LA PENITENCIARÍA NACIONAL (28/05/1877)

Desde los tiempos de la Colonia, el Cabildo era el lugar de reclusión de los delincuentes; era la única prisión que había en Buenos Aires y esto, pronto se hizo era intolerable. Por ello se decidió construir en las afueras de la ciudad, una nueva cárcel para recluir a los segregados de la sociedad por sus delitos. Según informes de la época, en 1871, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, doctor EMILIO CASTRO, para reemplazar el llamado “Departamento Carcelario Provincial”, dispuso llamar a concurso para construir la nueva penitenciaría y en 1872, la Comisión encargada para estudiar los proyectos decidió confiar la construcción de la obra al arquitecto ERNESTO BUNGE y al ingeniero AGUSTÍN BALBÍN, quienes por su trabajo, cobraron el 5 % de los dos millones de “patacones” (o pesos oro), moneda de aquella época, que finalmente fue lo costó la obra.

Por la división geográfica de la época, la Penitenciaría quedaba en la provincia de Buenos Aires. En un descampado, por no decir en el medio del campo. Ejemplo en sus tiempos, la cárcel fue celebrada en los círculos mundiales de expertos en criminalística. El arquitecto Ernesto Bunge la ejecutó con el modelo del panóptico de Bentham: largos pabellones de dos pisos, que confluían en una garita central, donde el guardia podía observar todo, casi sin girar la cabeza.

El terreno utilizado medía 112.000 metros cuadrados y se hallaba en la llamada barranca de Juan Gregorio de la Heras, que ocupaba, según la nomenclatura moderna, el predio limitado por las avenidas y calles Las Heras, Coronel Díaz, Juncal y Jerónimo Salguero, En los planos del Departamento Topográfico de 1867, se determina que estas tierras eran quintas de las familias Medina, Cranwell, Sapello, Chapeaurouge y Arana.

Las palmeras de Coronel Díaz y Las Heras que aún se pueden ver, revelan que aquello fue puro campo hasta 1871, cuando se empezó a construir lo que sería la cárcel más moderna del país. En aquellos años, tan lejos estaba el penal de lo que se consideraba el “centro de la ciudad”, que los familiares de los presos se quejaban porque no podían visitarlos seguido, debido a la larga distancia que tenían que recorrer para hacerlo.

El 11 de enero de 1877, el Poder Ejecutivo nombró Gobernador Penitenciario al que había sido jefe de Policía, el doctor ENRIQUE O’GORMAN. El Reglamento para la administración y funcionamiento del establecimiento carcelario, fue redactado por personalidades del momento, como ROQUE SÁENZ PEÑA, JOSÉ MARÍA MORENO y JULIO CRÁMER y se adopta un severísimo régimen penitenciario de disciplina militar, aún más duro, cuando se trataba de prisioneros políticos, pero basado funcionalmente en la búsqueda de la rehabilitación del interno, mediante la aplicación de programas que incluían el trabajo de los presos y el aprendizaje de oficios en forma obligatoria, regular y retribuido.

El Reglamento para la administración y funcionamiento de este establecimiento carcelario, fue redactado por personalidades del momento, como ROQUE SÁENZ PEÑA, JOSÉ MARÍA MORENO y JULIO CRAMER, habiéndose adoptado un severísimo régimen penitenciario de disciplina militar, aún más duro, cuando se trataba de prisioneros políticos, pero basado funcionalmente en la búsqueda de la rehabilitación del interno, mediante la aplicación de programas que incluían el trabajo de los presos y el aprendizaje de oficios en forma obligatoria, regular y retribuido, aunque hasta 1947 se mantuvo la ominosa costumbre de vestir a los allí recluídos con el famoso traje a rayas.

La Penitenciaría Nacional, fue una cárcel para condenados y presos de máxima seguridad que aplicaba el sistema conocido como “auburniano”: de noche, aislamiento en las celdas, que eran individuales. De día, trabajo en talleres comunes, pero con la prohibición absoluta de hablar con los demás.

La construcción fue diseñada según el modelo del penal de Filadelfia, que aplicaba el concepto de una distribución celular para conservar el aislamiento del preso, pero sin mantenerlo “en solitario”. Siguiendo una distribución radial y partiendo de su núcleo central, se construyeron siete pabellones, formando como una estrella con radios divergentes. Cinco de ellos,  tenían 120 celdas cada uno. Los otros dos pabellones, ubicados el extremo de los “radios de esta estrella”, con 52 celdas más cada uno, estaban destinados a albergar presos con características específicas o que demandaban una atención especial por enfermedad, inconducta, etc. Podía alojar entonces, un total de 704 presos, que disponían  de tales comodidades, que ellos mismos,  la bautizaron como “El Hotel”.

Todo este conjunto de edificios de líneas pesadas que abarcaba una superficie de 22.000 metros cuadrados de edificación, semejaba una fortaleza de grandes dimensiones. Estaba rodeado  por una muralla almenada amarilla, de entre siete y ocho metros de altura y cuatro metros de espesor en la base, que iba menguando hasta llegar a la parte superior, que tenía 2,80 de espesor, con los acostumbrados torreones para vigilancia. “La clave de la seguridad la dan los muros”, decía ANTONIO BALLVÉ, Director de esa cárcel desde 1904 hasta 1909. En verdad, eran muros que imponían respeto por sí solos, pero aún así, no pudieron impedir que  varios delincuentes lograran escaparse, entre los muchos que no pudieron hacerlo.

Primer ingreso de presos
Era el 22 de mayo de 1877. Los días van siendo más cortos y el sol tiene una suavidad que preludia el invierno y FRANCISCO ACUÑA SANZ caminó siete kilómetros para llegar al lugar donde viviría los siguientes 20 años de su vida. Con él, llegarán  otros 362 presos. Lo hacen en los carros celulares tirados por caballos y una extraña procesión desciende de ellos y cruza esa tarde por primera vez, sus altos portones.

Dicen que pensaban aprovechar para escaparse, que llevaban pimienta en los bolsillos para tirar a los ojos de los guardias. Pero les resultó imposible. De dos en dos, fuertemente custodiados, los trescientos sesenta y dos presos, entre criminales, correccionales y encausados,  que se alojaban en la cárcel del Cabildo, marchan hacia su nuevo destino: la Penitenciaría Nacional, recientemente habilitada y destinada a servir como cárcel suburbana, que queda a cargo de ENRIQUE O’GORMAN, su primer “Gobernador”

Marcharon desde el Cabildo (hasta ese momento, la única cárcel de la ciudad), encadenados de a dos hasta la flamante “Penitenciaría Nacional”, inaugurada ese mismo día. Así, Acuña Sanz tiene el dudoso privilegio de ser el primer “reo” en ingresar al gigantesco y sombrío edificio ubicado en lo que por ese entonces era territorio de la provincia de Buenos Aires, hoy Plaza Las Heras. La extraña procesión cruzó esa tarde por primera vez, sus altos portones. De dos en dos, fuertemente custodiados, los trescientos sesenta y dos presos,  entre criminales, correccionales y encausados, marchan hacia su nuevo destino: esa Penitenciaría destinada a servir como cárcel suburbana, que queda a cargo como “Gobernador Penitenciario”, nombrado el mismo 11 de enero de 1877, el doctor ENRIQUE O’GORMAN, quien fuera Jefe de Policía de Buenos Aires

Finalmente, el 28 de mayo de 1877, con la instalación de esos primeros 362 presos que saturaban el Penal del Cabildo, quedó inaugurada en Buenos Aires, la “Penitenciaría Nacional”, que comenzó a funcionar con independencia del Poder Judicial. Producidos más tarde nuevos ingresos, la Penitenciaría llegó a albergar 710 reclusos y atento a que se conceptúa inhumano ”que los hombres de nuestro país,  acostumbrados a la inmensidad de nuestros campos”, deban ser alojados por el antigüo sistema de uno por celda, las celdas de la nueva Penitenciaría, de 5 por 2,70 metros cada una,  albergan hasta cuatro presos.

El establecimiento, modelo en su género en el mundo de aquellos años, contaba con múltiples instalaciones, que permitían su casi total aprovisionamiento: capilla, hospital .talleres diversos, escuela, imprenta, panadería, fideería, jardinería, etcétera. Había  jardines, áreas para deporte y grandes patios en el centro del penal, que servían para los recreos de los reclusos y naturalmente, sectores especiales para los más díscolos. Muchos libros argentinos salieron de esa imprenta, y muchos hogares humildes comieron para las fiestas navideñas pan dulce hecho por aquellos hombres de vida tan triste, que soñaban con la libertad, y trataban de aprender oficios y enmendar su conducta. Se procuraba que la Institución, al tener ocupados en labores útiles a los reclusos, se abasteciera de todo lo necesario o de la mayoría de ello, y diera a los redimibles, conocimientos para reintegrarse alguna vez a la sociedad

En 1900 se presentó el primer proyecto para mudar el edificio a otro lugar. Palermo comenzaba a poblarse y la gente protestaba porque veía en la cárcel una amenaza a su seguridad. “Llegué al barrio en 1950. No podíamos dormir por los gritos. Los domingos eran peligrosos porque se fugaban disfrazados de mujeres. Y a mi hija, Martita, aún le dura el susto de cuando vio aparecer a varios presos que escaparon por un túnel que desembocaba en la carbonería que estaba acá a la vuelta”, recuerda Mary Gioja, que vive en Juncal y Aráoz. En 1933, la ley nacional 11.833 ordenó la mudanza de la Penitenciaría. Así, se inició una etapa signada por la indefinición: tuvieron que pasar 29 años para que la cárcel fuera demolida. El 5 de enero de 1962, luego de desalojar a los últimos 180 presos, la primera construcción que cayó fue la casa del Director.

Presos famosos
La Penitenciaría albergó a varios presos famosos y fue escenario de sucesos que conmocionaron a la opinión pública. Algunos de estos presos,  no pasaron por el paredón, pero terminaron en la abominada “tierra maldita”: el presidio de Ushuaia y otros cobraron fama por la peligrosidad que los caracterizaba. Y quizás los más famosos fueron Santos Godino, Mateo Banks y Simón Radowitzky.

CAYETANO SANTOS GODINO, el “Petiso Orejudo”. Asesino cruel y múltiple de chicos, ingresó a la Penitenciaría en 1914 y durante nueve años ocupó la celda 90. El “hombre de las orejas aladas” como figuraba en su prontuario fue sistemáticamente estudiado estudiado por el departamento de antroposicología creado por JOSÉ INGENIEROS, interesados en descifrar los orígenes de esa personalidad tan destructiva y despiadada.  En 1923 lo trasladaron al penal de Ushuahia, donde lo asesinaron otros detenidos en 1944, en venganza porque Godino había matado a un gatito que ellos tenían como mascota.

No mejor suerte tuvo el célebre en su época, MATEO BANKS. En 1922, este, hasta entonces tranquilo habitante de Azul asesinó a escopetazos a su mujer, a cinco hijos y a dos peones, para quedarse con un dinero que éstos tenían. Estuvo preso en la Penitenciaría y en 1944, habiendo salido en “libertad condicional”, fue muerto en una pensión de Buenos Aires.

Radowitzky era un ciudadano ruso, militante anarquista que tenía 18 años cuando tiró una bomba dentro del auto del jefe de la Policía, Ramón Falcón, matándolo en el acto a él y a su ayudante. Pasó por la Penitenciaría y se cree que una fuga exitosa que hubo en 1911 había sido preparada para él. Por temor a una emboscada, prefirió quedarse y fue a parar a Ushuaia. Declarado “preso político” por Hipólito Yrigoyen fue indultado en 1930 y 26 años después falleció en el exilio.

La Penitenciaría Nacional fue establecimiento, modelo en su género en el mundo de aquellos años, contaba con múltiples instalaciones, que permitían casi total aprovisionamiento: capilla, hospital .talleres diversos, escuela, imprenta, panadería, fideería, jardinería, etcétera. Había  jardines, áreas para deporte y grandes patios en el centro del penal, que servían para los recreos de los reclusos y naturalmente, sectores especiales para los más díscolos. Muchos libros argentinos salieron de esa imprenta, y muchos hogares humildes comieron para las fiestas navideñas pan dulce hecho por aquellos hombres de vida tan triste, que soñaban con la libertad, y trataban de aprender oficios y enmendar su conducta. Se procuraba así, que la Institución, al tener ocupados en labores útiles a los reclusos, se abasteciera de todo lo necesario o de la mayoría de ello, y diera a los redimibles, conocimientos para reintegrarse alguna vez a la sociedad

Fugas memorables
Los procesos que durante 84 años signaron la historia penitenciaria argentina, la tuvieron como escenario principal. Recordemos que la Penitenciaría Nacional fue el escenario de fugas que hicieron historia. La Guía Kuntz del año 1886 nos permite conocer el nombre de las autoridades y los cargos que desempeñaban en esa Penitenciaría y el relato de las huidas más o menos exitosas que se registran en su historia de casi 84 años. Según el cronista Emilio Bitar, hubo fugas durante los años 1908,1909, 1923, y 1960.

La primera fuga que demostró que la inviolabilidad que se le adjudicaba, no era tal, se produjo el 29 de diciembre de 1889: un tal Fernández Sampiño escapó “vestido con ropas que le llevó su amante”, que había ido a visitarlo. Más corajudo fue Alejo Ibarra, llamado “El diente”: en 1900 se metió en un tacho de basura y salió dentro de él, llevado afuera por el carro de los basureros. En 1911 llegó la primera evasión grupal. Trece presos de la Sección Jardinería hicieron un túnel para llegar a la calle. La tapa estaba disimulada con un cuadrado de tierra sembrado con preciosas flores. Un año después, 11 presos trataron de fugarse a través del sistema cloacal de la Penitenciaría y uno solo fue apresado antes de lograr su libertad. Los otros 10 murieron en el intento.

Pero la fuga más espectacular por su  patético final, se produjo el 23 de agosto de 1923. Un grupo de 55 presos, decididos a fugarse, llegó al taller donde se fabricaban escobas y desde un baño, donde habían cavado un túnel de 24 metros de largo por 60 centímetros de diámetro, que pasando por debajo de los muros, desembocaba en la calle “Chavango” (hoy avenida Las Heras), comenzaron su viaje hacia la libertad. Pero no pensaron que la torpeza de uno de ellos, conocido como el “gordo Hans Wolf,, condenado por el asesinato de Estela Gutman,  frustraría el intento de muchos de ellos . Catorce lograron escapar, pero el decimoquinto, el gordo Wolf, tuvo la pésima idea de meterse en el pozo con los pies hacia adelante. No pudo entonces arrastrarse ni darse vuelta y quedó atascado. Los que quedaron atrás, sin poder escapar por este infortunado, tuvieron que volver a sus celdas, pero sin perder el buen humor, le pusieron el apodo de “Tapón” (este escape inspiró la película “La Fuga”, de Eduardo Mignogna). Finalmente, una mañana de 1960, el delincuente Jorge Villarino, apodado “el rey de las fugas”, ganó los techos de la Penitenciaría y como “el hombre araña”, se fugó descolgándose por los cables telefónicos.

Entre sus muros, se desarrolló una triste historia de ajusticiamientos
La Penitenciaria Nacional albergó muchos presos famosos que tuvieron destinos dramáticos. Algunos terminaron en el inhóspito presidio de Ushuaia. Otros, enfrentando un resuelto pelotón de fusilamiento.

Durante los primeros años de su existencia, la Ley contemplaba la pena de muerte y las ejecuciones eran legales y hubo en esa época,  cuatro ahorcamientos. Después, llegaron los fusilamientos. Se hacían en la misma cárcel, sin un lugar fijo. Los condenados eran sentados en una silla, contra algún paredón, en un amanecer elegido por el juez. José Meardi fue condenado a la pena capital por el crimen de su esposa y lo fusilaron  el 11 de mayo de 1894. El 6 de abril de 1900, Domingo Cayetano Grossi se sentó frente al pelotón. Lo habían condenado por el asesinato de cinco chicos, que eran los nietos  de su concubina y aunque la madre y la abuela de los niños, también estuvieron implicadas en el crimen, se salvaron de los balazos porque la pena de muerte sólo regía para los hombres que no llegaban a los 70 años, aunque había una excepción para los menores de edad.

Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvato eran dos vendedores de pescado que el 20 de julio de 1914 mataron a Frank Livingston de 63 puñaladas. Fue un crimen por encargo y la instigadora había sido la esposa de la víctima. Los dos pescadores fueron enviados presos a la Penitenciaría y el 22 de julio de 1916, fueron ejecutados.

La pena de muerte había sido derogada en 1922, pero en 1930, después de la revolución que derrocó al Presidente Yrigoyen, al instaurarse la Ley Marcial fue reimplantada Bajo ese régimen, Severino Di Giovanni, un militante anarquista italiano,  condenado a muerte por el asesinato de cuatro personas durante un atentado con una bomba, fue fusilado a las cinco de la madrugada del 1º de febrero de 1931. Los 8 disparos que acribillaron su cuerpo, no lograron silenciar su poster grito “Viva la anarquía”. Al día siguiente, su cómplice Paulino Scarfó sufrió el mismo destino.

RAÚL AMBRÓS, que ingresó a la Penitenciaría en 1913 y estuvo allí hasta su demolición, compartió las últimas horas de varios condenados a muerte. Dos de los que más solía recordar fueron los italianos Severino Di Giovanni y Paulino Scarfo, condenados por el gobierno militar de JOSÉ FÉLIX URIBURU a la pena capital por anarquista. A este último, “el 2 de febrero de 1931 lo llevé al banquillo de fusilamiento”, contaba en una nota periodística de 1962. “Tuvo una entereza extraordinaria, su último deseo fue tomarse un café. Delante del pelotón, se negó a que le vendaran los ojos, me agradeció por todo y gritó: Señores buenos días, viva la anarquía”. Ocho tiros impactaron en su cuerpo y murió, igual a lo  que ocurrió el día anterior con su camarada Di Giovanni.

El 12 de junio de 1956, en la Penitenciaría se produjo un fusilamiento que marcó la historia del último medio siglo. Un pelotón ejecutó al general  Juan José Valle. Apenas tres días antes había liderado una sublevación contra el régimen que, en setiembre de 1955, había derrocado a Juan Domingo Perón. Un día antes habían sido fusilados tres sargentos -Isauro Costa, Luis Pugnetti y Luciano Isaías Rojas- que habían participado en el levantamiento. Valle y los suboficiales fueron parte de una lista más grande de ejecutados en otros puntos del país, entre ellos cinco civiles. Fue la llamada “Operación Masacre”  que el escritor Rodolfo Walsh documentó para la posteridad.

A partir de 1904, se aflojan las condiciones de extremo rigor que caracterizaron los comienzos de la Penitenciaría. Antonio Ballvé, jefe del penal entre 1904 y 1909, llevó a José Ingenieros, quien diseñó las teorías de clasificación y estudio de los presos, a partir de sus características físicas. Eliminó el régimen de silencio y e instauró las recompensas por buena conducta. Si un preso se portaba bien, sus familiares podían llevarle café o chocolate, podía dejar una hora más la luz encendida, o quedaba autorizado para usar bigote.

Casi medio siglo después, en 1964, cuando el Director Nacional Penitenciario era Roberto Pettinato,  el régimen se flexibilizó muchísimo. Los presos podían usar su nombre (hasta entonces los guardias los llamaban por el número de penado) y se eliminaron los grilletes y los trajes a rayas. Los internos podían recibir visitas íntimas.

La Penitenciaría estaba llena de huertas y tenía una gran fábrica con que se autoabastecía y se nutría de productos a las instituciones públicas. Pero representaba un problema hacia afuera. Ya desde 1909 se hablaba de un traslado. Con el tiempo, el penal fue “quedando mal” en una zona cada vez más poblada y más rica. Lo inevitable, por fin. Llegó. El 6 de setiembre de 1961, la demolición manual empezó por la casa que ocupaba el jefe de la unidad. El 5 de enero de 1962 comenzaron la explosiones con trotyl, para derrumbar los muros, de siete metros de alto y cuatro metros de ancho en la base. El 5 de febrero, en medio de los escombros, arriaron la Bandera por última vez. “Se me caían las lágrimas. La quería y la recuerdo con un cariño de locos”, dirá el alcaide mayor retirado Horacio Benegas, museólogo y asesor en tema históricos y culturales del Servicio Penitenciario Federal.

Hoy, en el predio que ocupaba la Penitenciaría hay mucho verde y algunas construcciones. Sobre Juncal, donde funcionaba el taller de litografía y fotograbado, está el Colegio Lenguas Vivas. Donde cruzaba el pabellón 4 hay unas canchitas de fútbol. La Escuela municipal N° 26, por Salguero, que fue  construida donde funcionaban los talleres de mecánica, herrería y carpintería. Unas hamacas ocupan el lugar de la antigua torre de vigilancia. Una calesita y un arenero, el de la huerta triangular entre los pabellones 2 y 3.

Donde ahora hay unos bancos y unas mesas fusilaron al general Juan José Valle, que en 1956 se levantó contra el régimen que, un año antes, había derrocado al gobierno peronista. En la barranca hay unas placas de bronce y mármol sobre una estructura de adoquines. No se puede subir a leerlas, porque al pie de la barranca colocaron un alambre para proteger el césped

Datos curiosos
Más guardias que presos. La Penitenciaría no solía estar superpoblada. Tenía capaci­dad para 704 internos, cada uno en un calabozo y en 1961 cuando cerró había 570. El personal, en ese momento, era de 579 guardia, más de un guardia por preso.

Familiares famosos. Tres Directores de la Penitenciaría tenían vínculos familiares con personajes conocidos de la historia argentina. El primero, Enrique O’Gorman, era hermano de Camila, ejecutada durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, por su relación amorosa con el cura Gutiérrez. Reynaldo Parravicini, Director entre 1887 y 1890, fue el padre del artista Florencio Parravicini y a fines de los 40,  fue Director Roberto Petinatto, padre del músico y presentador que lleva el mismo nombre´

Un no al traje a rayas. Enrique O’ Gorman consideró denigrantes los trajes a rayas enviados durante su gestión para que se vistiera con ellos a los presos y pidió al ministro de Gobierno, una autorización para teñirlos de azul. “El gasto tendría poca importancia y los resultados morales serían de trascendencia”, argumentó. Y logró su objetivo:  el traje rayado que hicieron famoso las películas, se usó recién medio siglo después.

Estrictos horarios y reglamentaciones. Los horarios en el penal estaban bien determinados: higiene, alimentación e intervalos de descanso, 4 horas. Trabajo en los talleres, 9 horas. Instrucción escolar, 2 horas. Tarea escolar en la celda, 2 horas. Reposo, 8 horas y todo estaba rigurosamente reglamentado. Por ejemplo, los presos debían tener tres frazadas para abrigarse y éstas debían pesar “1.950 gramos cada una”.

Austeridad en las celdas.  Las celdas eran de 4 por 2,20 metros y además de la cama y la ropa, los presos podían tener una mesa, una repisa, un plato, una taza, una escupidera y una escoba.

Hecho en la cárcel. Los condenados debían trabajar obligatoriamente, por lo que la Penitenciaría era una gran fábrica que producía suculentos ingresos que se destinaban a su administración. En ella se fabricaban zapatos para la Policía, muebles para los ministerios y fideos para los hospitales. Se producían pan- dulces para la confitería El Molino y en su imprenta se imprimía el Boletín Oficial.

La seguridad la daban sus muros. Los anchos, profundos y altos paredones eran “la base de la seguridad de la cárcel”, escribió el director Ballvé en 1907. “Las fuertes rejas y las pesadas puertas interiores no serían hoy obstáculos, para los instrumentos del delincuente moderno, que corta el acero casi con la misma facilidad con que un niño divide un trozo de manteca”

La silla de la muerte. Los anarquistas Di Giovanni y Scarfó fueron fusilados, sentados en una silla verde de madera que está conservada en el Museo Penitenciario  en el barrio de San Telmo, mostrando los orificios que produjeron las balas que acabaron con sus vidas (Esta nota fue enriquecida con material extraído (en algunos casos textualmente) de un artículo de Leonardo Torresi, publicado en el diario Clarín de Buenos Aires el 3 de julio de 2002).

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