LA MUERTE DEL NEGRO FALUCHO (07/02/1824)

LA MUERTE DEL NEGRO FALUCHO. En la noche del 4 al 5 de febrero, las reliquias del glorioso Ejército de los Andes encabezadas por los sargentos FRANCISCO MOLINA, MATÍAS NUÑEZ y JOSÉ MANUEL CASTRO, fueron sobornados por los oficiales realistas que estaban presos en el Fuerte de El Callao y entregaron a los realistas el más poderoso y fuerte baluarte del Perú: los formidables Castillos del Callao y la bandera española que el general San Martín había hecho rendir al tomar el Fuerte en , es nuevamente enarbolada dentro de los muros de esta fortaleza. Al amanecer del día 7, se hallaba de centinela junto al mástil donde flameaba el pabellón de la patria, un soldado del regimiento Río de la Plata, llamado ANTONIO RUIZ, conocido por sus compañeros como el “NEGRO FALUCHO”, cuando se presentaron ante él, los que venían a sustituir la bandera azul y blanca por el estandarte del rey de España. Suponiendo que los acontecimientos de la noche del 4 del mismo mes, no habían sido más que un motín de cuartel, al ver que se estaba izando la bandera enemiga, protesto enérgicamente, tratando de impedirlo. Los sublevados, molestos por esta actitud, quisieron imponerle su autoridad y le ordenaron a Falucho que presentara las armas al pabellón de España. -Yo no puedo rendir honores a la bandera contra la que he peleado siempre exclamó, resuelto, Ruiz. “Tú eres un revolucionario”. gritaron varios de sus antes compañeros de armas y de glorias. “Malo es ser revolucionario”, gritaron varios de sus antes compañeros de armas y de glorias. “Malo es ser revolucionario, pero mucho peor es ser traidor”, replicó el héroe mientras que, tomando su fusil por el cañón, lo hacía pedazos contra el asta de la bandera. Los ejecutores de la traición, se precipitaron sobre el fiel negro. Lo hicieron arrodillar en la muralla que daba al mar y cuatro tiradores le apuntaron las armas al pecho y a la cabeza. Todo era silencio y las sombras flotantes de la noche aun no se habían disipado del todo. Se oyó una voz, brilló el fuego de cuatro fusiles y, junto con una fuerte detonación, vibró en el espacio un entusiasta ¡Viva Buenos Aires!. Al desvanecerse el humo, el cuerpo ensangrentado de Falucho caía al suelo, acariciado por los primeros rayos del sol naciente. No ha sido olvidado aquel héroe. La Historia ha recogido su nombre y su estatua que se alza en Buenos Aires, muestra a la admiración de propios y extraños, el sacrificio del que fue fiel a su bandera hasta la muerte. La sublevación en los castillos del Callao, fue protagonizada por 1500 soldados entre argentinos y chilenos  impulsados por varias causas que no alcanzan a explicar aquél acto vituperable, que bien puede llamarse, más que un crimen, un acto de demencia. Impagos por más de un año y abandonados, después de largos años de continuo combatir; lejos de la patria nunca olvidada y heridos por la afrenta que para ellos significaba marchar siempre a retaguardia, ¡ellos, los vencedores de cien batallas! acostumbrados a ser siempre los primeros; huérfanos del Gran Capitán que les organizó y enseñó a triunfar, no es de extrañar que la desesperación turbara por un momento el ánimo de los vencedores de Chacabuco y Maipú. Falucho había nacido esclavo en Buenos Aires, hijo de padres africanos y liberto del comerciante Antonio Ruiz, de quien tomó su nombre y apellido. Formó en el Ejército del Norte y se batió en Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Integró después la Expedición Libertadora al Perú. Desde el 19 de septiembre de 1821, día en que el fuerte El Callao cayó en poder del general San Martín, formó parte de la guarnición que lo custodiaba. Su muerte heroica inspiró las estrofas del “Canto a Falucho”, de Rafael Obligado. La estatua de bronce que lo recuerda en Buenos Aires, obra de Lucio Correa Morales, se halla frente a los cuarteles de Palermo.

Dos años después, los citados MOLINA, NUÑEZ y CASTRO, luego de ser juzgados y sentenciados a muerte, fueron ahorcados en Buenos Aires

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