FEMINISMO EN 1819

“Parece ser que la moda inglesa ha prendido fuerte entre nuestras mujeres y ya son muchas las que comienzan a rebelarse de lo que consideran una esclavitud impuesta por una sociedad de hombres. Según las nuevas costumbres que llegan desde Europa, las damas y señoritas, con el beneplácito de sus padres y sus maridos, tienen el derecho de pasar el día entero mano sobre mano, quejándose del exceso de trabajo y de la escasez del tiempo que disponen, para dedicarse a la danza, la música y el recitado”

Tal el texto que apareció en el diario “El Censor”, que fue rápidamente contestado mediante una nota aparecida en el mismo diario diciendo: “No queremos entrar en polémicas con nuestras señoras, pero ello no nos impide sostener, que no tienen  porqué quejarse, ni envidiar a las europeas, ya  que sus vidas nos parecen de lo más apacibles que puedan transcurrir en este mundo, sin tener que pensar en los avatares de las guerras que se libran en las provincias, ni en los azares de la política y que las tareas que tradicionalmente se le encomiendan aquí a toda mujer hacendosa, no nos parecen tan gravosas.

No resulta demasiado exigente el pretender que dirijan personalmente nues­tras casas, a las que, dentro de la sencillez que las caracteriza, no les faltan para su halago ni la plata de Potosí, ni las alfombras norteñas, ni las pinturas y tallas del Cuzco, ni los ricos tapices europeos, ni los muebles de jacarandá y caoba. Sin olvidar que también les cabe la responsabilidad del cuidado de la vajilla de loza de peltre, pedernal de China, de las ollas de barro y de hierro, de las chocolateras,  poncheras v vasos. Y como su tiempo todavía es largo, no le será trabajo sino placer,  el que se dediquen a la costura, mientras sus días arremansados, transcurren recibiendo visitas en la salita del patio, con los pies apovados sobre alfombras de Córdoba. Allí pueden cortarse sus rebozos y basquifias, sus mantas blancas y negras de lana y seda fina, sus sayas, sus enaguas con lujo de encajes y bordados.

No les faltarán, por cierto, ni el lienzo, ni el clarín, ni la bayeta, ni el tafetán; amén de la breta ña, el ruán, la indiana, la muselina, la gasa, la seda, la estameña, el raso y el terciopelo. No es extraño que, con estos materiales, puedan hacerse ellas mismas sus zapatos, sean de cordobán —los de uso diario— sean de terciopelo y de raso los de las damas de calidad.

Que no se quejen las señoras del trabajo de la cocina, ya que en muchas de nuestras casas, los dos eselavillos cocineros las libran de cuidados culinarios. El desayuno no les presentará dificultades. ¿Qué es una taza de chocolate o café con leche con tostadas o bizcochos? En cuanto al almuerzo, que teóricamente debería presentarse entre las doce y las tres, es conocida nuestra pésima costumbre. Algunas familias no almuerzan jamás y esperan a pan y mate la hora de la comida; otros arriban a distintos horarios, v aquel se encarga una tortilla y ésta se bebe un chocolate en la cama, mientras el de más allá,  se hace freír un par de huevos. ¡Cuánto mejor sería oue se sentaran todos a una, como lo hacen en algunas casas dísciplinadas, ante la sopa de arroz, de fideos o de fariña, el puchero, el asado o la carbonada, el picadillo de carne con pasas o las albóndigas, los zapallitos rellenos, el estofado, los guisos y la humita. En cuanto a los postres, me regocijo de sólo pensar en la mazamorra o la cuajada, en las natillas, los bocaditos de batata, los dulces y las frutas de estación. Los días de santo o mantel largo, son de rigor los pasteles y el arroz con leche. Desde allí, a la comida de las diez o las once.

No faltan diversiones en la vida de nuestras señoras porteñas. Ante todo, las muy sanas que emanan de la iglesia: preparación de autos y procesiones, fiestas con motivo de la elección de los jefes de conventos y desfiles de las “Insinias”, es decir: de las niñitas vestidas de ángel, rizadas y empolvadas para encanto de las madres y tortura de las criaturas. En otras oca­siones, la imaginación femenina se desborda hasta el absurdo. Con ello me viene a la memoria cierto velorio en el cual, habiendo muerto un bebé de la familia y un negrito, se empeñaron en vestir al primero de San Miguel Arcángel v al otro de Diablo. Fue menester la intervención de la autoridad para que al desventurado morenito se lo enterrara cristianamente.

Dicen algunas descontentas que sólo salen a misa, a ver a sus conocidas cada tres meses, y que todo el resto de su tiempo lo pasan atendiendo la casa v cosiendo como esclavas. Y digo yo: ¿Dónde dejan el teatro y su berberisca cazuela que les permite conversar con sus amistades; dónde las reuniones con música, café, naipe, risa y conversación; dónde las tertulias de baile o tertulias de canto, las veladas ante las ventanas de rejas, abiertas en toda su amplitud v sin luz en el salón, con sus románticas excursiones al patio, cuando brindan a sus caballeros esos delicados ramitos que ellos guardan devotamente?. Finalmente, a eso de las doce, las señoras —cansadas de conversar en el estrado— comenzarán a llamar a sus hijas a quienes la fiesta se les hizo corta, y a soportar los ruegos de la juventud que pide otro vals, otro minué, otra contradanza, ycomo postre, un cielito, bailado con el entusiasmo propio de su condición y edad.

Y así pongo punto final a los trabajos y los días de las envidiosas de la moda inglesa, que tanto se quejan, sin darse cuenta que sus vidas, son mucho mejor vividas, haciendo lo que hacen.

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