EL ORGANITO (1895)

EL ORGANITO. Llegó a nuestro país con la inmigración europea de fines del siglo XIX (se estima que el primer inmigrante que trajo consigo un organito, fue en 1895) y aún hoy, cuando es muy difícil encontrar alguno circulando por las calles porteñas, se recuerda, cuando su “cotorrita de la suerte”, por una moneda, vaticinaba el futuro de millones de argentinos. El funcionamiento del organito es muy parecido, en sus rudimentos, al de una computadora. Es un instrumento de viento y todas las melodías que son ingresadas se codifican. La información musical (duración de sonidos y silencios, nota que debe sonar, etc.) es inscripta por el arreglador de la música en un cilindro que tiene clavos de distintos tamaños. Cuando el cilindro gira va moviendo teclas que dejan pasar el aire (como en el bandoneón). Cada una de esas teclas está vinculada a un tubo o una fila de tubos que están afinados para esa nota. La secuencia de una nota tras otra, da la melodía y la simultaneidad los acordes. Por eso, para armar un organito se debía ser un muy buen músico y tener buen oído, porque había que ajustyarse a la poca cantidad de notas disponibles y a su duración, que estaba determinada por la longitud del cilindro. En un cilindro largo, se podían grabar más compases y en uno corto, la música se acababa muy pronto. Hay varios sistemas para reproducir una misma canción. En Alemania, Italia y Holanda, donde son en la actualidad instrumentos con gran divulgación popular y el Estado estimula los museos como atractivo turístico, se usa todavía un sistema en base a cartón perforado con agujeros. También los hubo acá, pero parece que no eran muy prácticos y que el sonido que producían no tenía calidad y había que cambiar permanentemente esa matriz de cartón. Y esa fue la primera transformación “a la criolla” que sufrieron los “organitos” y el ingenio de nuestros “organilleros”, supo reemplazarlos con otros materiales que le brindaron mejores resultados. La magia del “organito” fue tan grande, que desde Evaristo Carriego hasta Jorge Luis Borges, lo hicieron resonar con fuerza en sus poemas. Y su misterio es tan terco y tan vigente, que mientras Borges le le cantó al primero y Homero Manzi le dedicó un tango al último, el organito sigue girando su historia en el Museo, que día tras día, está construyendo en Buenos Aires, el señor Osvaldo La Salvia, un viejo organillero, que todavía sorprende a los viajeros que llegan hasta la Basílica de Luján, donde suena un tango junto a una canzoneta italiana, para regocijo de quienes “por un moneda”, le preguntan cuál será su suerte a la cotorrita que lo acompaña. Y esto no es todo, porque mientras espera que el pico de la cotorrita le traiga su destino, podrá admirar la fina manufactura del organito de don La Salvia. La caja musical es de madera tallada a mano y fileteada a pincel multicolor, aunque con predominio del gris y el rojo. Se le han hecho algunos agregados a su estructura original y una cajonera sobrepuesta, lo hace más alto de lo común y por esa especie de “pasarela”, se pasea muy oronda, una cotorrita que parece dueña del lugar. La función empezará cuando usted llegue y don La Salvia comience a darle vueltas a la manivela. Las notas de un movido valcecito inundarán sus sentidos y rápidamente se verá rodeado por quienes, estando de paseo por la Plaza, no quieren perderse este espectáculo, que ya ha pasado los cien años de vida y sigue tan vigente como el primer día, tocando quizás, no ya un tango de Mariano Mores, sino una alegre “canzoneta” para el goce de algún inmigrante que busca en esas notas, volver a su terruño (se han utilizado textos de una nota realizada por los periodistas Horacio del Prado y Fernando Aráuz al lutier y músico Pascual La Salvia).

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