EL GAUCHO ARGENTINO

No es necesario adentrarse en la pampa extensa y cimarrona, en los montes del noroeste argentino o en las tierras del litoral, para encontrar en su “hábitat” natural al gaucho, vocablo que define al hombre campesino de la Argentina (y del Uruguay), acerca de cuya etimología, no se han conciliado aún dispares interpretaciones de filólogos autorizados, que incursionaron en el tema, aunque hay quienes afirman que “gaucho” deriva de la palabra india “huacho” que significa ilegítimo, vagabundo o abandonado. A principios de la época colonial, se aplicaba a los nómades solitarios que pululaban por las pampas y que sólo necesitaban de caballos salvajes y ganado para su subsistencia simple, salvaje y libre.

Ni matrero, ni sumiso respetuoso de la Ley. Ni vago,  ni esforzado trabajador,  ni altanero,  ni fiel ni adúltero. Porque fue eso y mucho más. Fue el dueño del aire, del sol y de las nubes que lo cubrieron. Fue la voz de la tierra que lo vio nacer. Fue amigo de los pájaros, sostén de sus amores y bravo defensor de lo suyo”.

“El criollo de la campaña argentina, conocido como “el gaucho”, es un hombre alto, moreno. Cuando apenas puede  tenerse en pie, después de ser apartado del pecho materno, se le coloca a caballo en la delantera de la silla paterna y aprende así al mismo tiempo, a conocer el suelo que pisa  y el fiel animal que ya no abandonará hasta la muerte.  Vivirá  siempre montado a caballo, utilizando una pesada montura de cuero que le servía como almohada durante la noche”.

“Va armado con un gran cuchillo de catore pulgadas de largo que lleva atravesado en su espalda o en su bota, boleadoras, un lazo de cuero y una larga lanza con hoja curvada con la que desjarretaba al ganado para abatirlo. Con su cuchillo, cortaba los trozos de carne que le apetecían y cuereaba al animal dejando el resto para alimento de perros y fieras. Ponía a secar el cuero, luego de salarlo y cuando ya estaba a medio curtir, lo vendía o lo canjeaba por víveres o bebidas y en algunos raros casos, sabiendo que lo hecho era un delito, dejaba el cuero colgado de un alambrado, para que lo recupere el dueño del establecimiento”.

“Vivía por eso, a base de carne, con un poco de maíz tostado y siempre yerba para beber su “cimarrón” (es decir mate amargo). Su techo era el cielo o la enramada de un rancho, rudimentario refugio que albergaba a su familia, a la que visitaba ocasionalmente. Amaba hacer correr a sus caballos y probarse a sí mismo en luchas individuales (y hacer apuestas en ambas circunstancias); practicaba deportes, incluyendo juegos en equipos practicados a caballo (no muy diferentes del moderno polo argentino); participaba en bailes de campo, en fiestas regionales, siempre aficionado a la poesía, especialmente a baladas sentimentales y idílicas, acompañándose generalmente por la guitarra”.

“Aislado de los amigos y de las ciudades por inmensas distancias, no poseía otros medios para reunirse al común de los hombres, ni tenía otra ayuda para procurarse alimento, que la que le proporcionaba su caballo. Verdadero árabe de América, poseía con este nobilísimo animal,  el instrumento más indispensable para la vida, la fuente de riquezas, el amigo inseparable en el reposo y en el trabajo, en la guerra y en la paz”.

“El gaucho pasa más de la mitad de su vida sobre el arzón, y a menudo come y hasta dormita sobre la silla. A pie camina mal y al arrastrar las inmensas rodajas de sus pesadísimas espuelas, que le impiden caminar como nosotros, parece una golondrina desterrada y sujeta a morar en la tierra. Hasta hace pocos años, los mendigos de Buenos Aires, pedían limosna a caballo, y más de una vez he visto al gaucho, subir a caballo, hasta para ir el corral y traer agua del pozo. La abundancia de caballos es causa de que nadie se preocupe de evitarles el el cansancio, y el gaucho va casi siempre al galope, muy raras veces al tranco. Sin fatigarse puede recorrer durante varios días contínuos ciento veinte y hasta ciento ochenta millas cada  veinticuatro horas, cambiando caballos”. De esta sola necesidad de vida aérea, sacan forma y medida mil elementos de la vida física y moral del gaucho, desde su esqueleto hasta la más tierna expansión de sus sentimientos.Las tibias del gaucho son muy encorvadas por su presión continua sobre el cuerpo del caballo y la tensión prolongada de los músculos. Sus músculos lumbares y los demás que mantienen erguido cuerpo, están tan desarrollados, que hacen sospechar antiguas monstruosidades en lo que no es sino natural. El gaucho detesta por instinto la agricultura, la industria y todo lo que le obligue a trabajar de a pie o sentado. Por consiguiente, es carnívoro por excelencia y muy aficionado al aguardiente de uva, aunque rara vez cae en aquel estado de ebriedad tan común entre las clases más pobres de Europa”(“Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú” de Samuel Haigh).

El prototipo del hombre rural argentino, no se parece al de ninguna otra región del continente, pues difiere, y en no pocos rasgos, del cholo del Alto Perú, el guaso de Chile o el charro mexicano, sin que sea preciso extenderse en mayores consideraciones para corroborar el aserto. Uno y otros son mestizos, pero el elemento hispano predominó más en el gaucho rioplatense, cuyas modalidades, en toda la gama del folclore, están impregnadas de españolismo. De ahí que si bien, como su ancestro pampa, tehuelche, guaraní o diaguitas,  su instinto de libertad y su amor irrenunciable a la heredad nativa eran indomables, heredó del conquistador, no pocas de sus virtudes y acaso muchos de sus defectos.

En ese sentido cabe señalar su hidalguía proverbial, la temeridad en la pelea, el espíritu de aventura, su vocación de señorío por más lastimosa, pero siempre digna, que sea su pobreza, corno la de los hijodalgos venidos a menos y —¿por qué no?—, cierta proclividad trashumante y de holganza, que matiza con guitarreadas y ruedas de mate junto al fogón. Por-eso ha dicho MENÉNDEZ Y PELAYO que “el gaucho de la pampa argentina, no es ni más ni menos, que el campesino andaluz o extremeño”.

Durante los cuatro siglos pasados desde el descubrimiento de América, el gaucho ha desempeñado diversos papeles en el desarrollo histórico de la República Argentina, habiéndose transformado, ya en el siglo XX en un símbolo de la identidad nacional, justamente, cuando el gaucho desaparecía de la vida y la escena argentinas. Durante el siglo XVI, y como parte de la lucha para sobrevivir, la forma de vida de los gauchos, se desarrolló al margen de la estructura hispánica de “Pueblo-Iglesia-Gobierno” y de economía agrícola-ganadera. Eran individuos, que ya fuera por necesidad o preferencia, cambiaban las seguridades de una sociedad establecida, por la vida libre en los campos, por lo que paulatinamente, fueron conformando un estilo de vida viable, que se basaba casi totalmente en la disponibilidad de caballos salvajes y de ganado, muy abundante en aquellos días.

El número de estos centauros vernáculos, se acrecentó notablemente durante los siglos XVII y XVIII, con la inclusión de representantes de las razas blanca e india, frecuentemente mezcladas, pero con la sangre caucásica predominante. Las frecuentes carnicerías y la exposición diaria al peligro físico y a las lesiones corporales, los tornaron indiferentes al derramamiento de sangre, aceptando la violencia y la brutalidad como algo normal, necesario y hasta digno de admiración, si era útil para asegurar el logro de un fin deseado; solamente individuos bien dotados podían elegir esta vida y ciertamente, sólo los hombres fuertes podían sobrevivir.

Los gauchos desarrollaron poderosos egos y otorgaban su lealtad en forma ciega y completa al caudillo o líder que ganaba su confianza y bajo el mando de dichos capitanes, prestaron invalorables servicios durante guerras contra los indios, extendiendo las fronteras;  se unieron a otros argentinos para derrotar a las inglesas en 1806 y 1807; lucharon valerosamente en las guerras de la independencia; bajo el mando de MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES y otros “atrevidos”, defendieron con valor y astucia las fronteras norteñas argentinas contra las fuerzas realistas hasta que los ejércitos y la estrategia continental de San Martín, conquistaron la independencia; fueron arrastrados a las guerras civiles, tanto en el período de la independencia como en el de los albores de la nacionalidad, generalmente comandados por líderes provincianos: ARTIGAS, ESTANISLAO LÓPEZ, FRANCISCO RAMÍREZ, JUAN FACUNDO QUIROGA, y hasta ROSAS Y URQUIZA contaron con su pertenencia para lograr sus objetivos.

Al comenzar el siglo XVIII, la economía argentina casi dependía de las habilidades y la baquía de los gauchos, quienes capturaban, mataban y cuereaban el ganado salvaje para utilizarlo en el floreciente comercio de piel y sebo a lo largo de la costa; se ocupaban de la hacienda y los caballos de las estancias más convencionales del noroeste; actuaban como arrieros de mulas para el aprovisionamiento de las nuevas y productivas industrias que se instalaron en Santa Fe y zonas aledañas; eran los “baquianos” que conducían las pesadas carretas transportando bienes y personas a través de llanos, montes y montañas y hasta criaban mulas para comerciarlas en Bolivia.

Durante el largo período de gobierno de ROSAS, muchos de los gauchos que no estaban en las fuerzas armadas, se encontraron luchando para sobrevivir, pero esta vez contra el gobierno, formando parte en bandas armadas de ladrones de ganado o bandidos, cuya destino inexorable era enfrentarse con cinco años de prisión o de conscripción en los fortines de frontera, si no podían demostrar que tenían un empleo legal y fijo en alguna de las estancias.

Más tarde, los cambios económicos que tuvieron lugar a comienzos del siglo XIX, produjeron desastres en el entramado social y eso trajo la eventual aniquilación del gaucho. El número de esos antigüos “señores de la Pampa”, decreció aún más con la crisis que sobrevino luego de la guerra con Paraguay y más tarde con las Campañas al Desierto de Alsina y Roca. La industria de saladeros que tomó fuerzas a principios del siglo XIX, hizo de la carne algo valioso para la alimentación y desarrollos posteriores usaron la totalidad de la estructura del ganado vacuno, que ya no era de quien se apropiara de él, sino de quien lo compraba para la faena. La tierra comenzó a ser de propiedad privada y los gauchos ya no podían recorrerla libremente para obtener carne para alimentarse y cuero para sus aperos o para ocasionales trueques por yerba y otros “vicios”.

Por eso y otros muchos males, muchos hombres, entre ellos nuestros gauchos, se unieron a la migración rural y fueron hacia las ciudades para emplearse como policía militar o para unirse a alguna otra fuerza de seguridad. y cuando a comienzos del siglo XX, quisieron volver a las pampas, se encontraron con que ésta se hallaba ya ocupada por grandes establecimientos ganaderos, fábricas y poblados con gente que ya no montaba a caballo, sino que utilizaban modernos automóviles.

El gaucho, visto por un irlandés. SAMUEL HAIGH, un viajero inglés que pasó por Buenos Aires en 1817, escribió luego un libro (“Bosquejos de Buenos Aires”) describe así al gaucho argentino: “No existe ser más franco, libre e independiente que el gaucho… Sencillamente armado y montado en su buen caballo, es señor Je todo lo que mira. El yaguar o el puma, el potro o ei toro bravio, la gama y el avestruz, le temen lo mismo. No tiene amo, no labra el suelo, dificiimente sabe lo que significa gobierno: en toda su vida quizá no haya visitado una ciudad y tiene tanta idea de una montaña o del mar como su vecina subterránea, la vizcacha. Algunos gauchos jóvenes me han dicho que eran a veces desgraciados “por amor”, pero cuando llegan a los años de discreción,  nunca se les oye proferir queja contra su destino. En efecto, constituyen una raza con menos necesidades y aspiraciones que cualquiera de las que yo he encontrado. Sencillas, no salvajes, son las vidas de esta gente que no suspira» de las llanuras. Nada puede dar, al que lo contempla, idea más noble de independencia que un gaucho a caballo; cabeza erguida, aire resuelto y grácil, los rápidos movimientos de su bien diestro caballo. todo contribuye a dar el retrato del bello ideal de la libertad. Los gauchos son muy aficionados al aguardiente de uva; pero rara vez caen sn aquel estado de ebriedad tan común entre las clases más pobres de Inglaterra”

Su vestimenta
Mucho se ha dicho y sobre todo escrito del gaucho, como tipo humano y entre esas páginas, muchas se han dedicado a su vestimenta, lográndose por ello, tener una idea clara de su composición y razones que tuvo para vestir así. Para componer su vestido, ha buscado todo lo que pueda hacerle más cómodo su modo de vivir. Los pantalones citadinos lo aprietan, la corbata lo oprime; necesita aire y libertad. Por eso, rasga en el medio un trozo de paño y pasando la cabeza por la hendidura, hace una especie de casulla que llama poncho, una prenda que le sirve de abrigo, de protección contra la lluvia, de manta para pasar la noche y hasta de puerta para su rancho. Otra tela (el chiripá) ciñe la cintura y cae en amplios pliegues sobre los muslos, dejando desnudas las piernas, que cubre con botas de potro, o calzado sin  curtir, fabricado con el cuero de las patas del caballo. La chaqueta es de paño ordinario, bayeta o pana al igual que los calzones abiertos en las rodillas, ambos y adornados con profusión de botoncitos de plata o filigrana. Lleva sus espuelas con enormes rodajas ajustadas por el tobillo sobre unas rústicas botas hechas con el cuero de las patas de un caballo, cuyas punteras dejan al descubierto los dedos del pie para estribar. Sombrero pajizo o copudo y pañuelo de algodón atado alrededor del cuello completan su vestuario, un conjunto de prendas que  no necesitas costuras ni cortes artísticos, pero que es el más simple, el más cómodo que pueda improvisarse, cuando no se dispone sino de una tela, unos cueros y un cuchillo (ver “Vestuario del gaucho” en Crónicas)

.Su vivienda
Un hombre que vive la mayor parte del tiempo sobre el lomo de su caballo, no puede dedicar mucha atención al diseño o a la construcción su casa, conocida en todos los rumbos del país, como “el rancho”. No necesitaban planos ni arquitectos ni albañiles para construírlas. “Su vivenda es pequeña y cuadrada, con pocos postes de sostén y varillas de mimbre entretejidas, revocadas con barro y a veces solamente protegido por cueros. El techo de paja o juncos, con un agujero en el centro para dar escape al humo; pocos trozos de madera o cráneos de vaca sirven de asiento; una mesita de diez y ocho pulgadas de altura para jugar a los naipes, un crucifijo colgado a la pared y a veces una imagen de San Antonio o algún otro santo patrono, son los adornos de su morada. Pieles de carnero para que se acuesten las mujeres y niños y un fueguito en el centro, son sus únicos lujos; el gaucho en su casa siempre duerme o juega.

Ellos mismos los construían y en su versión más simple y paupérrima, era una choza hecha con juncos y ramas, que es el llamado “rancho de totora”. Un poco mejor y más confortable, accesible para quien disponía de mejor fortuna, era el llamado “rancho de estanteo o de estantes”, una estructura cuyas paredes estaban hechas con una armazón de gruesos troncos apilados y embadurnados con barro, cubierta con cañas o paja entretejida, superado sólo por el de adobe, que estaba construido con bloques de barro (ladrillos) y paja picada, simplemente secados al sol, con techo de paja. El piso de  todas ellas, era siempre de tierra batida y tenían en el centro el “fogón”, un círculo de piedras que circundaba un espacio donde crepitaba el fuego donde cocinaban, ponían a calentar el agua para el mate o calefaccionaba ese único ambiente durante las frías noches de invierno. La puerta de estos ranchos era a menudo un par de tablas desunidas o un cuero de caballo o de buey; otras veces faltaba  por completo.

Algunas veces, al ir a tomar posesión de un terreno, comenzaban  por plantar en el suelo, aún cubierto de un tapiz herboso, cuatro cortos troncos de árboles, a los que sujeta un marco de madera y teje un plano de tiras de cuero sobre las cuales extiende su lecho; cubre después estos cimientos de vida social, con un techo de juncos sostenido por algunos palos, que hasta algunos días antes eran mimosas de hojitas recortadas y elegantes. Muchas veces la falta de lluvia, impide hacer barro para rellenar las paredes y durante muchos días, vive con su familia en una vida ás que pública, expuesto a todos los soplos de la rosa de los vientos y poniendo en práctica el deseo de aquel filósofo antiguo, que hubiese querido vivir en una casa de cristal, para que todos pudiesen examinar su conducta”. El moblaje y los utensilios de la casa del gaucho, están reducidos al mínimo y algunas veces no se encuentran más que una mesita, una silla, una especie de chafarote para asar la carne (el asador) y una cafetera para preparar el agua para el mate. En las casas más pobres, el lecho está formado por la silla nacional (recado), la que con las diversas partes que lo componen (sudadera, jergón, carona de vaca,  lomillo, cincha, pellón, sobrepuesto, o sobrepellón y sobrecincha), permite al gaucho improvisar una cama aun en medio del desierto.

Esta austeridad contrasta a menudo con las riquezas con que adornan a sus caballos. El gaucho se resuelve con frecuencia al inmenso sacrificio del trabajo, para economizar algún dinero y destinarlo a adornar a su montado, de modo que su casa puede estar sin puertas ni sillas, pero las riendas de su parejero (palabra con la que definen a un caballo buen corredor), estarán cargadas de plata y lo mismo el pie, cazado con el botín de montar, del que salen las puntas de los dedos pulgar e índice, brillará con dos inmensas espuelas del mismo metal. He visto un par de estribos fabricados con ochenta libras de plata y he conocido a un coronel que no sabía leer ni escribir, pero que llevaba sobre su caballo, un valor de quince mil libras en metales preciosos

Su montura
“Es un simple armazón de madera retobado con cuero y se llama “recado”; tiene forma de silla militar y se cubre con pellones y piel de carnero teñida; no se estilan hebillas para asegurar la montura, siendo la cincha, de delgadas tiras de cuero, adheridas a una argolla de hierro o madera que se une mediante un correón, a otra argolla más chica cosida a la silla. Los  “estribos” son de madera y en algunos casos de plata. En caso de usarse el primero, se estriba solamente apoyando el dedo grande del pie. El “freno” es como el de los mamelucos, con barbada de hierro, duro y áspero. La “matra”, que va debajo del recado es también la cama del gaucho y así se asegura alojamiento dondequiera que lo tome la noche”.

 “Nunca se les oye proferir queja contra su destino. Es indudable que constituyen una raza con menos necesidades y aspiraciones que cualquiera de las que yo he encontrado. Sencillas, no salvajes, son las vidas de esta “gente que no suspira”, de las llanuras. Nada puede dar, al que lo contempla, idea más noble de independencia que un gaucho a caballo; cabeza erguida, aire resuelto y grácil, los rápidos movimientos de su bien adiestrado caballo, todo contribuye a dar el retrato del bello ideal de la libertad”.

“Si el tiempo está lluvioso, la familia y los visitantes, perros, lechones y gallinas, se juntan dentro del rancho en promiscuidad; y cuando el humo de leña mojada generalmente llena la mitad del rancho, las figuras, en esta atmósfera opaca, semejan los fantasmas sombríos de Osián. Pocos frutales a veces se encuentran cerca del rancho. Las mujeres gauchas se visten con camisas de algodón burdo, enaguas de bayeta o picote azul, que dejan descubiertos sólo los brazos y el cuello. Cuando salen a caballo, usan chales de bayeta de color vivo y sombreros masculinos de paja o lana. Se sientan de lado a caballo y son tan buenos jinetes como los otros. Las mujeres se ocupan de cultivar un poco de maíz que les sirve de pan; también cosechan sandías y cebollas y tejen bayetas y ponchos ordinarios. El uso del tabaco es común en ambos sexos: lo consumen en forma de cigarrillos con tabaco envuelto en papel o chala. Sus útiles de cocina son generalmente de barro cocido y sus platos de madera, aunque he visto en cierta oportunidad alguna fuente de plata, ennegrecida por el uso”.

Sus herramientas de trabajo
“Siempre lleva lazo y boleadoras, que arroja con admirable destreza al pescuezo o a las patas de un animal, logrando detenerlo instantáneamente. De este modo, la gama y el avestruz (ambos más veloces que el caballo), son detenidos violentamente en su carrera, ya que algunas veces, la fuerza de las “bolas” quiebra las patas de la víctima. Y así sencillamente armado y montado en un buen caballo, es señor de todo lo que mira. El jaguar o el puma, el potro cimarrón o el toro bravío, la gama y el avestruz lo temen lo mismo. No tiene amo, no labra la tierra, difícilmente sabe lo que significa gobierno; en toda su vida, quizás no haya visitado una ciudad ni tiene idea de los que es una montaña o el mar, como su vecina, la vizcacha” (Informe enriquecido  con material extraído de “Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú” de Samuel Haigh, “Viajes por el Río de la Plata”, de Pablo Mantegaza y archivo de la Revista “Todo es Historia”)

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