EL GAUCHO RIOPLATENSE

El gaucho fue un personaje de las llanuras rioplatenses, de suma importancia en nuestra historia, puesto que fue uno de sus  principales protagonistas durante más de un siglo. Muy parecido en algunos rasgos humanos al español de la conquista, del que fuera descendiente directo, pero al mismo tiempo muy diferenciado en otros,  debido a que surgió luego de una larga mestización, se ha erigido  en un prototipo humano, cuyas características, virtudes y defectos  inspiraron a humanistas, filósofos, escritores y poetas que lo inmortalizaron, ensalzando su figura algunos, transformándolo en leyenda  o vituperando su existencia y su idiosincrasia otros.

Ni matrero, ni sumiso respetuoso de la Ley. Ni vago,  ni esforzado trabajador,  ni altanero,  ni fiel ni adúltero. Porque fue eso y mucho más. Fue el dueño del aire, del sol y de las nubes que lo cubrieron. Fue la voz de la tierra que lo vio nacer. Fue amigo de los pájaros, sostén de sus amores y bravo defensor de lo suyo. El nombre que lo identifica, y lo define como “hombre de campo” en  la República Argentina y en el Uruguay es una palabra acerca de cuya etimología, no se han conciliado aún dispares interpretaciones de filólogos autorizados, que incursionaron en el tema, aunque hay quienes afirman que “gaucho” deriva de la palabra quichua “huacho” que significa ilegítimo, vagabundo o abandonado y que a principios de la época colonial, se aplicaba a los nómades solitarios que pululaban por las pampas y que sólo necesitaban de caballos salvajes y ganado para su subsistencia simple, salvaje y libre.

En un vasto territorio que comprende las llanuras de Río Grande del Sur, la Banda Oriental,  la Mesopotamia rioplatense  y las Pampas bonaerenses, el gaucho entra en escena al promediar el siglo XVIII y lo hace simultáneamente desde distintos ámbitos, pero siempre ligado a las labores y la vida en la campaña. Trabajando en las grandes estancias jesuíticas de las Misiones Orientales, en las vaquerías de la Banda Oriental y de las que medraban al norte del Río Salado como jinete, domador, enlazador, tropero, baqueano, herrador y todos los oficios propios de la campaña, van consolidando la admirable personalidad del gaucho rioplatense, a la que no empañan las diversas figuras del «matrero», “mal entretenido” y “vagabundo”, con las que lo han denostado.

Biológicamente, el gaucho es, ante todo, es el hijo del español en tierra americana  y secundariamente, es  el mestizo, hijo de europeo y de madre india. En el primer caso, el gaucho no es sino un español más aplomado, con alma clásica y con su centro espiritual allí donde «los vientos lo llevan». En el segundo, es el fruto superior de un cruzamiento de razas providencialmente encontradas. «El verdadero hombre superior —dice el doctor LEONARDO PERRUS:— aparece cuando uno de los cónyuges es un paranoide y el otro es un sensato aplomado que vive tranquilo a ras del suelo». Y mucho de esto hubo en el mestizaje hispanoamericano que tuvo como habitat a estas tierras.

Dueño y señor de esos vastísimos territorios poblados por gran cantidad de ganado, aún sin marca, ocupado en tareas estacionales y sin necesidad de grandes esfuerzos para alimentarse, o para satisfacer sus pequeños vicios, pronto adquirió fama de “vago” y así lo bautizaron quienes primero se ocuparon de él. Los gauderios los llamaban,  porque seguramente no se detenían a verlo desplegar esas excepcionales habilidades y destrezas, que nos permiten hoy calificarlo como un verdadero centauro de las pampas (ver Los gauderios).

Porque si bien es cierto que la existencia de alimento de fácil acceso, las características estacionales de las tareas de campo que le eran afines a sus capacidades, lo austero de su vida y la innegable herencia hispana que corría por sus venas, lo definen como un hombre amante de la libertad y orgulloso de su estirpe, el gaucho fue un vigoroso trabajador, que sembró con su sudor y su sangre el suelo de la patria. Y ya sea en sus tareas cotidianas, como protagonista de las luchas por la Independencia o participando en la defensa de la soberanía nacional, supo cual era su destino,  sin que la deslealtad, la mentira o el deshonor, fueran males que lo identificaran.

Su vestimenta
Mucho se ha dicho y sobre todo se ha  escrito acerca del gaucho como tipo humano y muchas páginas han sido dedicadas a su especial vestimenta, una de sus características que más lo identifican y que le ha sido impuesta sin duda, por la existencia de varios factores que influyeron para ello.

Porque debido a las exigencias que le imponían su forma de vida, su trabajo y hasta sus distracciones, .tuvo que adaptarse a su medio y lo hizo con sabiduría y hasta con elegancia. Las ropas del gaucho eran muy distintas de las del habitante de las ciudades de entonces y aún, de las del hombre de campo de hoy. Para componer su vestido, buscó todo lo que podía  hacerle más cómodo su modo de vivir y de trabajar. Los pantalones citadinos lo aprietan, la corbata lo oprime y necesitaba aire y libertad. Por eso, rasga en el medio un trozo de paño y pasando la cabeza por la hendidura, hace una especie de casulla que llama «poncho», una prenda que le sirve de abrigo, de protección contra la lluvia, de manta para pasar la noche y hasta de puerta para su rancho.

Y así fue conformando su atuendo: usaba “botas de anca de potro, hechas con el cuero de las patas del caballo,  cuyas punteras dejaban  al descubierto los dedos del pie para estribar; «calzoncillo cribado” (de piernas anchas como de enagua, cuya  parte inferior, la que salía por debajo del “chiripá”, con bordados calados y “cribas”, y hasta flecos más o menos largos que caían sobre las botas. Esos “cribos” eran los que le daban nombre a los “calzoncillos cribados”; camisa de mangas holgadas con puños abotonados, “chiripá” que ceñía su cintura cayendo en amplios pliegues sobre los muslos, dejando desnudas las piernas (que después cambió por la “bombacha” en razón de la mayor comodidad que esta le brindaba); una “faja” para sostener el chiripá y encima de ésta un cinto ancho de cuero, adornado con monedas de plata (y hasta de oro), que se cerraba con la “rastra”, un lujo que reemplazaba a la hebilla en el cinturón o en el tirador (1); el “chaleco” , que se prendía bien abajo con botoncitos, también de metal precioso y encima la “chaqueta”, corta, de cuello parado y abierta en la parte inferior delantera, dejando ver el chaleco. Un «pañuelo» al cuello, la «vincha» para sujetar la melena, .sombrero pajizo o copudo de alas cortas, con forma de cubilete y pañuelo de algodón atado alrededor del cuello completando  su vestuario. Un conjunto en fin de prendas para las que no se necesitaban costuras ni cortes artísticos, pero que era  el más simple, el más cómodo que pueda improvisarse, cuando no se dispone sino de una tela, unos cueros y un cuchillo

Completando este vestuario, llevaba «espuelas» con enormes rodajas ajustadas con tientos al  tobillo,  un “rebenque” y el infaltable «facón» atravesado atrás a la altura de la cintura, un cuchillo de grandes dimensiones (se dice que el de Santos Vega medía casi 50 centímetros de largo), un elemento vital para su supervivencia, que además de facilitarle su alimento, para “despenar” a su presa, cuerearla y depostarla, le servía de improvisado martillo, pala, cortador de nudos rebeldes, tensador de los alambrados y mil usos más que su destreza para manejarlo, le permitían hacer, sin olvidar que en sus manos era un arma formidable para dirimir sus diferencias en feroces duelos criollos.

Una vestimentas para cada ocasión
En marzo de 1992, el Correo Argentino emitió una serie de estampillas, alusivas a la vestimenta del gaucho y en esas viñetas, podemos encontrar la ratificación de lo expuesto. En cada una de las circunstancias que se tuvieron en cuenta para hacer estas ilustraciones, puede observarse la variedad de las prendas, que para cada una de esas ocasiones vestían nuestros gauchos.

Vemos que mientras se hallaba abocado a la conquista amorosa, el modelo nos muestra que tenía un sombrero de fieltro de alas levantadas, un gran pañuelo “serenero”, poncho pampa, tirador de cuero, boleadoras, chiripá listado, botas de potro despuntadas, altas y hasta la rodilla sujetas con ligas, y grandes espuelas “nazarenas”. En la imagen de un gaucho  “Posando con su caballo”, lleva el típico sombrero de copa alta, con forma de cono truncado, una gran pañuelo “serenero” anudado bajo el mentón, una amplio poncho listado, camisa blanca y chiripá. Calzoncillos con largos flecos y botas de potro despuntadas y rebenque  “porteño” de cuero crudo de cabo corto.

Por su parte, el “Gaucho en la pulpería”, muestra un poncho muy colorido, chiripá, sombrero de fieltro de alas levantadas y pañuelo a la cabeza, debajo del sombrero, mientras que el “Gaucho propietario” se viste con sombrero de copa con forma de cono truncado con divisa federal a modo de cintillo. Camisa blanca de lino con chaleco, pañuelo a modo de corbata y chaqueta a la cintura con botones dorados. Calzoncillos cribados, poncho, a modo de chiripá y faja bordada. Calza botas de potro con espuelas y lleva un lazo en su mano.

(1)..- De las prendas de adorno que eran usadas por el gaucho, “la rastra” es una de las que aún hoy subsisten y quizás es la que goza de la mayor preferencia  por parte de nuestros hombres de campo. “La rastra” es un lujo que reemplaza a la hebilla en el cinturón o en el tirador. Consiste en una chapa de metal  (plata u oro), modelada de diversas formas, llevando por lo general, grabado o calado las iniciales del nombre y apellido del dueño (a veces ambos completos), adornadas con  artísticos dibujos..

Su vivienda
Un hombre que vive la mayor parte del tiempo sobre el lomo de su caballo, no puede dedicar mucha atención al diseño o a la construcción su casa, conocida en todos los rumbos del país, como “el rancho”. No necesitaban planos ni arquitectos ni albañiles para construírlas. “Su vivenda es pequeña y cuadrada, con pocos postes de sostén y varillas de mimbre entretejidas, revocadas con barro y a veces solamente protegido por cueros. El techo de paja o juncos, con un agujero en el centro para dar escape al humo; pocos trozos de madera o cráneos de vaca sirven de asiento; una mesita de apenas cincuenta centímetros  de altura para jugar a los naipes, un crucifijo colgado a la pared y a veces, una imagen de San Antonio o algún otro santo patrono, son los adornos de su morada. Pieles de carnero para que se acuesten las mujeres y niños y un fueguito en el centro, son sus únicos lujos; el gaucho en su casa siempre duerme o juega.

Ellos mismos los construían y en su versión más simple y paupérrima, era una choza hecha con juncos y ramas, que es el llamado “rancho de totora”. Un poco mejor y más confortable, accesible para quien disponía de mejor fortuna, era el llamado “rancho de estanteo o de estantes”, una estructura cuyas paredes estaban hechas con una armazón de gruesos troncos apilados y embadurnados con barro, cubierta con cañas o paja entretejida, superado sólo por el de adobe, que estaba construido con adobes (bloques de barro y paja picada, simplemente secados al sol), con techo de paja. El piso de  todas ellas, era siempre de tierra batida y tenían en el centro el “fogón”, un círculo de piedras que circundaba un espacio donde crepitaba el fuego donde cocinaban, ponían a calentar el agua para el mate o calefaccionaba ese único ambiente durante las frías noches de invierno. La puerta de estos ranchos era a menudo un par de tablas desunidas o un cuero de caballo o de buey; otras veces faltaba  por completo.

Algunas veces, al ir a tomar posesión de un terreno, comenzaban  por plantar en el suelo, aún cubierto de un tapiz herboso, cuatro cortos troncos de árboles, a los que sujeta un marco de madera y teje un plano de tiras de cuero sobre las cuales extiende su lecho; cubre después estos cimientos de vida social, con un techo de juncos sostenido por algunos palos, que hasta algunos días antes eran mimosas de hojitas recortadas y elegantes. Muchas veces la falta de lluvia, impide hacer barro para rellenar las paredes y durante muchos días, vive con su familia en una vida más que pública, expuesto a todos los soplos de la rosa de los vientos y poniendo en práctica el deseo de aquel filósofo antiguo, que hubiese querido vivir en una casa de cristal, para que todos pudiesen examinar su conducta”. El moblaje y los utensilios de la casa del gaucho, están reducidos al mínimo y algunas veces no se encuentran más que una mesita, una silla, una cruz de madera dura para asar la carne (el asador) y una pava (o caldera) para preparar el agua para el mate. En las casas más pobres, el lecho está formado por la silla nacional (recado), la que con las diversas partes que lo componen, permite al gaucho improvisar una cama aun en medio del desierto.

Esta austeridad contrasta a menudo con las riquezas con que adornan a sus caballos. El gaucho se resuelve con frecuencia al inmenso sacrificio del trabajo, para economizar algún dinero y destinarlo a adornar a su montado, de modo que su casa puede estar sin puertas ni sillas, pero las riendas de su parejero (palabra con la que definen a un caballo buen corredor), estarán cargadas de plata y lo mismo el pie, cazado con el botín de montar, del que salen las puntas de los dedos pulgar e índice, brillará con dos inmensas espuelas del mismo metal. He visto un par de estribos fabricados con ochenta libras de plata y he conocido a un coronel que no sabía leer ni escribir, pero que llevaba sobre su caballo, un valor de quince mil libras en metales preciosos

Su montura
“Es un simple armazón de madera retobado con cuero y se llama “recado”; tiene forma de silla militar y se cubre con pellones y piel de carnero teñida; no se estilan hebillas para asegurar la montura, siendo utilizada para ello la cincha, delgadas tiras de cuero, adheridas a una argolla de hierro o madera que pasando por debajo de la panza del caballo, se unen mediante un correón, a otra argolla más chica cosida a la silla. Los «estribos»son de madera y en algunos casos de plata. En caso de usarse el primero, se estriba solamente apoyando el dedo grande del pie. El «freno» es como el de los mamelucos, con barbada de hierro, duro y áspero. La “matra”, que va debajo del recado es también la cama del gaucho y así se asegura alojamiento dondequiera que lo tome la noche” (1).

Nunca se les oye proferir queja contra su destino. Es indudable que constituyen una raza con menos necesidades y aspiraciones que cualquiera de las que yo he encontrado. Sencillas, no salvajes, son las vidas de esta «gente que no suspira», de las llanuras. Nada puede dar, al que lo contempla, idea más noble de independencia que un gaucho a caballo; cabeza erguida, aire resuelto y grácil, los rápidos movimientos de su bien adiestrado caballo, todo contribuye a dar el retrato del bello ideal de la libertad”.

Si el tiempo está lluvioso, la familia y los visitantes, perros, lechones y gallinas, se juntan dentro del rancho en promiscuidad; y cuando el humo de leña mojada generalmente llena la mitad del rancho, las figuras, en esta atmósfera opaca, parecen fantasmas sombríos. Pocos frutales a veces se encuentran cerca del rancho. Las mujeres gauchas se visten con camisas de algodón burdo, enaguas de bayeta o picote azul, que dejan descubiertos sólo los brazos y el cuello. Cuando salen a caballo, usan chales de bayeta de color vivo y sombreros masculinos de paja o lana. Se sientan de lado a caballo y son tan buenos jinetes como los otros. Las mujeres se ocupan de cultivar un poco de maíz que les sirve de pan; también cosechan sandías y cebollas y tejen bayetas y ponchos ordinarios. El uso del tabaco es común en ambos sexos: lo consumen en forma de cigarrillos con tabaco envuelto en papel o chala. Sus útiles de cocina son generalmente de barro cocido y sus platos de madera, aunque he visto en cierta oportunidad alguna fuente de plata, ennegrecida por el uso”.

Sus herramientas de trabajo
 “Siempre lleva lazo y boleadoras, que arroja con admirable destreza al pescuezo o a las patas de un animal, logrando detenerlo instantáneamente. De este modo, la gama y el avestruz (ambos más veloces que el caballo), son detenidos violentamente en su carrera, ya que algunas veces, la fuerza de las “bolas” quiebra las patas de la víctima. Y así sencillamente armado y montado en un buen caballo, es señor de todo lo que mira. El jaguar o el puma, el potro cimarrón o el toro bravío, la gama y el avestruz lo temen lo mismo. No tiene amo, no labra la tierra, difícilmente sabe lo que significa gobierno; en toda su vida, quizás no haya visitado una ciudad ni tiene idea de los que es una montaña o el mar, como su vecina, la vizcacha”. Su facón, un cuchillo de grandes dimensiones (se dice que el de Santos Vega medía casi 50 centímetros de largo), un elemento vital para su supervivencia, que además de facilitarle su alimento, para “despenar” a su presa, cuerearla y depostarla, le servía de improvisado martillo, pala, cortador de nudos rebeldes, tensador de los alambrados y mil usos más que su destreza para manejarlo, le permitían hacer, sin olvidar que en sus manos era un arma formidable para dirimir sus diferencias en feroces duelos criollos.

El gaucho federal.
Ventura R. Lynch (1851- 1883)  destacado cultor de las tradiciones populares argentinas, dice: «El gaucho federal vestía con muy poca diferencia del gaucho primitivo, con el sombrero de embudo de aquella época que habla sustituido al anterior y en el que lucía su ancha divisa punzó. El pantalón había sido reemplazado por el chiripá, siendo los más usados los de paño, lana, lino o algodón. Al cuello usaba un pañuelo punzó. Su facón había crecido un medio palmo, pasando a colocarse sobre los ríñones en vez del costado izquierdo o delante como lo usaban sus antecesores. El tirador sustituía ya al ceñidor. Su música había sido aumentada con huellas, gatos, pericones, triunfos, medias cañas, tristes, estilos, cuecas, imperando en sus letras los gritos de muerte que lanzaban los seguidores de JUAN MANUEL DE ROSAS contra sus enemigos y los elogios al Ilustre Restaurador de las Leyes, como él mismo pomposamente se hacía llamar. La trenza de los primitivos gauchos había desaparecido, usándose el pelo cortado a la altura de la oreja. La barba ya había entrado en moda, dejándose también crecer el bigote. El color del rostro era acentuado, semiachinado, mezcla todavía de la raza blanca y la cobriza, con el labio inferior un poco grueso, como los gauchos anteriores».

Dice Samuel Haigh en su obra “Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú”, refiriéndose a este personaje: “El criollo de la campaña argentina, conocido como “el gaucho”, es un hombre alto, moreno. Cuando apenas puede  tenerse en pie, después de ser apartado del pecho materno, se le coloca a caballo en la delantera de la silla paterna y aprende así al mismo tiempo, a conocer el suelo que pisa y el fiel animal que ya no abandonará hasta la muerte.  Vivirá  siempre montado a caballo, utilizando una pesada montura de cuero que le servirá como almohada durante la noche».

«Va armado con un gran cuchillo de catore pulgadas de largo que lleva atravesado en su espalda o en su bota, boleadoras, un lazo de cuero y una larga lanza con hoja curvada con la que desjarreta al ganado para abatirlo. Con su cuchillo, cortaba los trozos de carne que le apetecían y cuereaba al animal dejando el resto para alimento de perros y fieras. Ponía a secar el cuero, luego de salarlo y cuando ya estaba a medio curtir, lo vendía o lo canjeaba por víveres o bebidas y en algunos raros casos, sabiendo que lo hecho era un delito, dejaba el cuero colgado de un alambrado, para que lo recupere el dueño del establecimiento».

«Vivía por eso, a base de carne, con un poco de maíz tostado y siempre yerba para beber su “cimarrón” (es decir mate amargo). Su techo era el cielo o la enramada de un rancho, rudimentario refugio que albergaba a su familia, a la que visitaba ocasionalmente. Amaba hacer correr a sus caballos y probarse a sí mismo en luchas individuales (y hacer apuestas en ambas circunstancias); practicaba deportes, incluyendo juegos en equipos montados a caballo (no muy diferentes de nuestros modernos polo o “pato” ); participaba en bailes de campo, en fiestas regionales, siempre aficionado a la poesía, especialmente a baladas sentimentales y idílicas, acompañándose generalmente por la guitarra».

«Aislado de los amigos y de las ciudades por inmensas distancias, no poseía otros medios para reunirse al común de los hombres, ni tenía otra ayuda para procurarse alimento, que la que le proporcionaba su caballo. Verdadero árabe de América, poseía con este nobilísimo animal,  el instrumento más indispensable para la vida, la fuente de riquezas, el amigo inseparable en el reposo y en el trabajo, en la guerra y en la paz”.

“El gaucho pasa más de la mitad de su vida sobre el arzón, y a menudo come y hasta dormita sobre la silla. A pie camina mal y al arrastrar las inmensas rodajas de sus pesadísimas espuelas, que le impiden caminar como nosotros, parece una golondrina desterrada y sujeta a morar en la tierra. Hasta hace pocos años, los mendigos de Buenos Aires, pedían limosna a caballo, y más de una vez he visto al gaucho, subir a caballo, hasta para ir el corral y traer agua del pozo. La abundancia de caballos es causa de que nadie se preocupe de evitarles  el cansancio, y el gaucho va casi siempre al galope, muy raras veces al tranco.

“ Sin fatigarse puede recorrer durante varios días contínuos ciento veinte y hasta ciento ochenta millas cada  veinticuatro horas, cambiando caballos”. De esta sola necesidad de vida aérea, sacan forma y medida mil elementos de la vida física y moral del gaucho, desde su esqueleto hasta la más tierna expansión de sus sentimientos.Las tibias del gaucho son muy encorvadas por su presión continua sobre el cuerpo del caballo y la tensión prolongada de los músculos. Sus músculos lumbares y los demás que mantienen erguido cuerpo, están tan desarrollados, que hacen sospechar antiguas monstruosidades en lo que no es sino natural. El gaucho detesta por instinto la agricultura, la industria y todo lo que le obligue a trabajar de a pie o sentado. Por consiguiente, es carnívoro por excelencia y muy aficionado al aguardiente de uva, aunque rara vez cae en aquel estado de ebriedad tan común entre las clases más pobres de Inglaterra”

El prototipo del hombre rural argentino, no se parece al de ninguna otra región del continente, pues difiere, y en no pocos rasgos, del cholo del Alto Perú, el guaso de Chile o el charro mexicano, sin que sea preciso extenderse en mayores consideraciones para corroborar el aserto. Uno y otros son mestizos, pero el elemento hispano predominó más en el gaucho rioplatense, cuyas modalidades, en toda la gama del folclore, están impregnadas de españolismo. De ahí que si bien, como su ancestro pampa, tehuelche, guaraní o diaguita, su instinto de libertad y su amor irrenunciable a la heredad nativa,  eran indomables, heredó del conquistador, no pocas de sus virtudes y acaso muchos de sus defectos.

En ese sentido cabe señalar su hidalguía proverbial, la temeridad en la pelea, el espíritu de aventura, su vocación de señorío por más lastimosa, pero siempre digna, que sea su pobreza, corno la de los hijodalgos venidos a menos y —¿por qué no?—, cierta proclividad trashumante y de holganza, que matiza con guitarreadas y ruedas de mate junto al fogón. Por-eso ha dicho MENÉNDEZ Y PELAYO que “el gaucho de la pampa argentina, no es ni más ni menos, que el campesino andaluz o extremeño”.

En su época de oro, el gaucho,  cargado de tradiciones paternas y de una lengua que el romance había purgado, se desplaza con su  guitarra para cantar, en pulperías y fandangos, «con toda la voz que tiene» y así nace el “payador”. Asi lo vio Concolorcorvo en su obra “Lazarillo de Ciegos caminantes, cuando en 1773) dejó uno de los primeros testimonios sobre el gaucho payador diciendo: «Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos del Plata. Mala camisa y peor vestido procuran encubrirse con uno o dos ponchos. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su  costa y pasan las semanas enteras tendidos en un cuero, cantando y tocando».

Durante los más de cuatro siglos pasados desde el descubrimiento de América, el gaucho ha desempeñado diversos papeles en el desarrollo histórico de la República Argentina, habiéndose transformado, ya en el siglo XX,  en un símbolo de la identidad nacional, justamente, cuando el gaucho desaparecía de la vida y la escena argentinas. Durante el siglo XVI, y como parte de la lucha para sobrevivir, la forma de vida de los gauchos, se desarrolló al margen de la estructura hispánica de “Pueblo-Iglesia-Gobierno” y de economía agrícola-ganadera. Eran individuos, que ya fuera por necesidad o preferencia, cambiaban las seguridades de una sociedad establecida, por la vida libre en los campos, por lo que paulatinamente, fueron conformando un estilo de vida viable, que se basaba casi totalmente en la disponibilidad de caballos salvajes y de ganado, muy abundante en aquellos días.

El número de estos centauros vernáculos, se acrecentó notablemente durante los siglos XVII y XVIII, con la inclusión de representantes de las razas blanca e india, frecuentemente mezcladas, pero con la sangre caucásica predominante. Las frecuentes carnicerías y la exposición diaria al peligro físico y a las lesiones corporales, los tornaron indiferentes al derramamiento de sangre, aceptando la violencia y la brutalidad como algo normal, necesario y hasta digno de admiración, si era útil para asegurar el logro de un fin deseado; solamente individuos bien dotados podían elegir esta vida y ciertamente, sólo los hombres fuertes podían sobrevivir.

Los gauchos desarrollaron poderosos egos y otorgaban su lealtad en forma ciega y completa al caudillo o líder que ganaba su confianza y bajo el mando de dichos capitanes, prestaron invalorables servicios durante guerras contra los indios, extendiendo las fronteras;  se unieron a otros argentinos para derrotar a las inglesas en 1806 y 1807; lucharon valerosamente en las guerras de la independencia; bajo el mando de MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES y otros “atrevidos”, defendieron con valor y astucia las fronteras norteñas argentinas contra las fuerzas realistas hasta que los ejércitos y la estrategia continental de San Martín, conquistaron la independencia; fueron arrastrados a las guerras civiles, tanto en el período de la independencia como en el de los albores de la nacionalidad, generalmente comandados por líderes provincianos: ARTIGAS, ESTANISLAO LÓPEZ, FRANCISCO RAMÍREZ, JUAN FACUNDO QUIROGA, y hasta ROSAS Y URQUIZA contaron con su pertenencia para lograr sus objetivos.

Al comenzar el siglo XVIII, la economía argentina casi dependía de las habilidades y la baquía de los gauchos, quienes capturaban, mataban y cuereaban el ganado salvaje para utilizarlo en el floreciente comercio de piel y sebo a lo largo de la costa; se ocupaban de la hacienda y los caballos de las estancias más convencionales del noroeste; actuaban como arrieros de mulas para el aprovisionamiento de las nuevas y productivas industrias que se instalaron en Santa Fe y zonas aledañas; eran los “baquianos” que conducían las pesadas carretas transportando bienes y personas a través de llanos, montes y montañas y hasta criaban mulas para comerciarlas en Bolivia.

Durante el largo período de gobierno de ROSAS, muchos de los gauchos que no estaban en las fuerzas armadas, se encontraron luchando para sobrevivir, pero esta vez contra el gobierno, formando parte en bandas armadas de ladrones de ganado o bandidos, cuya destino inexorable era enfrentarse con cinco años de prisión o de conscripción en los fortines de frontera, si no podían demostrar que tenían un empleo legal y fijo en alguna de las estancias. Más tarde, los cambios económicos que tuvieron lugar a comienzos del siglo XIX, produjeron desastres en el entramado social y eso trajo la eventual aniquilación del gaucho. El número de esos antigüos “señores de la Pampa”, decreció aún más con la crisis que sobrevino luego de la guerra con Paraguay y más tarde con las Campañas al Desierto de Alsina y Roca. La industria de saladeros que tomó fuerzas a principios del siglo XIX, hizo de la carne algo valioso para la alimentación y desarrollos posteriores usaron la totalidad de la estructura del ganado vacuno, que ya no era de quien se apropiara de él, sino de quien lo compraba para la faena. La tierra comenzó a ser de propiedad privada y los gauchos ya no podían recorrerla libremente para obtener carne para alimentarse y cuero para sus aperos o para ocasionales trueques por yerba y otros “vicios”.

Por eso y otros muchos males, muchos hombres, entre ellos nuestros gauchos, se unieron a la migración rural y fueron hacia las ciudades para emplearse como policía militar o para unirse a alguna otra fuerza de seguridad. y cuando a comienzos del siglo XX, quisieron volver a las pampas, se encontraron con que ésta se hallaba ya ocupada por grandes establecimientos ganaderos, fábricas y poblados con gente que ya no montaba a caballo, sino que utilizaban modernos automóviles.

Una visión muy crítica del gaucho
«Los que son acomodados, como lo son generalmente los que viven en el Litoral, usan chupa o chamarra, chaleco, calzones, calzoncillos, sombrero, calzado y un poncho  y los peones o jornaleros y gente pobre, no gastan zapatos; los más no tienen chaleco, chupa, ni camisa y calzones, ciñéndose a los ríñones una jerga que llaman chiripá; y si tienen algo de lo dicho, es sin remuda, andrajoso y puerco, pero  nunca les faltan los calzoncillos blancos, sombrero, poncho para taparse y unas bo­tas de medio pie sacadas de las piernas de los caballos y vacas.

Se reducen sus habitaciones a ranchos o chozas, cubiertas de paja, con las paredes de palos verticales hincados en tierra y embarradas las coyunturas sin blanquear, las más sin puertas ni ventanas, sino cuando mucho de cuero. Los muebles se reducen, por lo general, a un barril para traer agua, a un cuerno para beberla y un asador de palo. Cuando mucho agregan una olla, una marmita y un banquillo, sin manteles ni nada más; pareciendo imposible que pueda vivir el hombre con tan pocos utensilios y comodidades, pues aun faltan las camas, no obstante la abundancia de lana.

Por supuesto que las mujeres van descalzas, puercas y andrajosas, asemejándose en todo a sus padres y maridos, sin coser ni hilar nada. Lo común es dormir toda la familia en el propio cuarto y los hijos que no oyen un reloj ni ven regla en nada, sino lagos, desiertos y pocos hombres vagos y desnudos corriendo tras las fieras y toros, se acostumbi a lo mismo y a la independencia. No conocen med para nada; no hacen alto en el pudor, ni en las comodidades y decencia, criándose sin instrucción ni sujeción alguna y son tan soeces y bárbaros, que se matan  entre sí algunas veces, con frialdad que sí degollasen una vaca…

La religión corresponde a su estado, y sus vicios capitales, son una inclinación natural a matar animales y vacas con enorme desperdicio, repugnar toda ocupación que no se haga corriendo y maltratando caballos, jugar a los naipes, la embriaguez  y el robo…»(“Memoria sobre el estado rural  del Río de la Plata”, Félix de Azara.

Carta de un prisionero ingles (1806)
Uno de los prisioneros ingleses que luego de la derrota sufrida durante la primera invasión a Buenos Aires en 1806, por estar herido, no había sido remitido al interior con el resto de los prisioneros, le envió una carta a otro oficial del ejército británico, que estaba internado en el Valle de Calamuchita, provincia de Catamarca y en ella le decía: … “Más desconfianza me inspiran los peones errantes o gauchos que nos acompañan cuando nos trasladamos por el desierto. Tienen una mirada torva, pelo largo y renegrido coronado por un pequeño sombrero que les cae sobre la frente y se ata con un barbijo. Todos usan poncho, prenda muy abrigada y útil para la gente pobre y botas de cuero fresco abiertas en los dedos del pie. Ningún árabe puede emular su destreza a caballo. Los días domingos se unen puebleros y peones para asistir a los oficios religiosos en la iglesia. A la tarde, pasan largas horas jugando a la taba o a los naipes y por la noche empiezan las peleas, algunas muy sangrientas y a cuchillo por motivos de juego.

(Informe enriquecido con material extraído de “Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú” de Samuel Haigh;; «Nuestra Patria» de C.O. Bunge;  “Viajes por el Río de la Plata”, de Pablo Mantegaza; “Archivo de la Revista Todo es Historia”;  Memorias sobre el estado rural  del Río de la Plata”, de Félix de Azara; “Lazarillo de ciegos caminantes” de Concolocorvo; “Historia del país de los argentinos”, de Fermín Chaves

 (1).-Este simple recado evolucionó luego y fueron parte integrantes del mismo la sudadera, el jergón, la carona de vaca, el lomillo, la cincha, el pellón, el sobrepuesto, o sobrepellón y la sobrecincha).

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