EL CALLEJÓN DE IBÁÑEZ (1861)

El callejón de Ibáñez quedaba también sobre este camino en un punto accidentado entre los Olivos y Las Blanqueadas, formando un martillo en la conocida quinta de Ibáñez, completamente abandonada en esa época, lo que favorecía los asaltos que lo hicieron famoso, a los cuales la fantasía popular llevó en alas de la fama hasta nuestros días. En vano la policía daba batidas, pues nunca encontraba a los bandidos, viniendo a descubrirse después que la mayor parte de los asaltos los llevaban a cabo los mismos vecinos chacareros como lo puso en evidencia más de un hecho en que esto se comprobó.  Una vez, un vecino de San Fernando, criollo guapo, llamado Pedro García, se demoró en la ciudad más de lo necesario, haciéndosele tarde para su vuelta, y para ganar camino, al llegar a Las Blanqueadas, se resolvió a cruzar el callejón, tomando sus precauciones por si tenía un mal encuentro. Al llegar al martillo del callejón, le salió al encuentro un enmascarado que le atajó, pero García, hombre de armas lle­var, sacó su daga y de un hachazo en la cabeza lo dejó fuera de combate, huyendo el asaltante herido. Pero éste no estaba solo, y cuando García acordó, se le vinieron encima otros dos a los que esperó a pie firme y resguardándose las espaldas con su caballo, con su poncho en una mano y la daga en la otra se defendió, hiriéndolos y obligándolos a huir como al anterior compañero, quedando su arma ensangrentada y su poncho con algunos tajos. Después de esto, García se alejó, pero no dejó de llamarle la atención lo poco baqueanos que eran los asaltantes en el uso del arma blanca, presumiendo por ello, que más bien que asesinos y profesionales del crimen, obraban a la sombra de la fama que tenía el callejón y a la buena suerte que siempre les había acompañado en sus fechorías, en las cuales llegaban al crimen cuando la sorpresa y el número estaban a su favor. Vino a confirmar la opinión de García un hecho posterior en que un vecino de Las Blanqueadas, una noche en que estaba reunido con varios amigos jugando a la baraja, fué asaltado en su casa, para lo cual los enmascarados apagaron de un ponchazo la luz, matando a uno, hiriendo a otros y llevándose lo que encontraron. Un médico de Santos Lugares asistió en esos días a un vecino de allí, de una feroz mordedura en una pierna y dio la casualidad que ese mismo médico fuera quien atendiera a los heridos durante el asalto a los jugadores, quienes le refirieron cómo había sido éste y cómo uno de ellos, en la oscuridad, le agarró la pierna a uno de los malhechores, pegándole un mordisco tan feroz que casi le sacó un pedazo. Este relato llamó la atención del médico, que nada dijo del otro enfermo que asistía, pero cuando fué a casa del mordido, examinándole la herida le dijo: “si es mordedura de perro, la cosa no ofrece mayor peligro, pero si es de cristiano no tiene cura”. Esto produjo un efecto terrible en el enfermo, quien le confesó con lujo de detalles como había sido mordido y la forma en que habla actuado en el asalto de la casa de su vecino. El médico hizo la denuncia y los cinco asaltantes fueron presos y previo el juicio de circunstancias, resultaron ser todos los detenidos, chacareros del lugar, que se dedicaban en pandilla a desvalijar y matar a los transeúntes. Todos fueron fusilados en Santos Lugares, acabándose con esto los salteadores, pero conservando el callejón su fama de sitio peligroso, lo que favoreció a otros para repetir las fechorías. Para terminar del todo con este estado de cosas, durante el gobierno de don Pastor Obligado, se clausuró el callejón, trazándose un camino recto, de la calle Santa Fe a la quinta de Ibáñez y Las Blanqueadas.

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