EL CAFE DE LA VICTORIA (1804)

Fue el mejor café de Buenos Aires durante varios años. Estaba en la esquina de las calles Bolívar y Victoria (actual Hipólito Yrigoyen), al lado de la casa de MANUEL A. AGUIRRE, finca que fue demolida al abrirse la Diagonal Sur. El anónimo redactor del libro “Cinco Años en Buenos Aires, 1820-25”, que firma “Un inglés”, dice que “el Café de la Victoria es espléndido y no tenemos en Londres nada parecido, aunque quizás sea inferior al “Mille Colonnes” y otros cafés de París. Como el café de Marcos, el de Catalanes (en Barí) y el de Martín, este café tiene un amplio patio cubierto con toldos en el verano y aljibes de agua potable. La mesa de billar está siempre concurrida y las mesas siempre rodeadas de gente. Las paredes el salón están cubiertas de vistoso papel francés con escenas de la India o Tahití y también episodios de la historia romana. Los mozos de café son extremadamente curiosos y hacen preguntas indiscretas. Uno me preguntó por qué los ingleses tenemos la cara tan rubicunda. Los precios son muy moderados: un vaso de licor o brandy o cualquier bebida, té, café y .pan importan medio real. Los mozos no esperan propina como en Inglaterra. Un “maítre ” dirige el servicio en el establecimiento”.  A ese café, en febrero de 1807,  el almirante Brown fue conducido en andas por el pueblo, luego de que desembarcara la Recoleta, después de la victoria que obtuviera en el combate naval de Juncal. Un testigo presencial dice que “el pueblo lo llevó hasta el aristocrático café de la Victoria donde estuvo una hora expuesto a la expectación pública”. La principal clientela de estos cafés, eran  jóvenes atraídos por la necesidad de participar en las luchas, abrirse camino, emular en momentos de agitaciones profundas, como las de principio de siglo. En ellos, se encontraron y se vincularon personas con aspiraciones comunes, actuantes, en  medio de difícil conjunción y fueron protagonistas en los sucesos trascendentales  de la nueva nación en 1810.  Según el doctor VICENTE FIDEL LÓPEZ, los mayores miraban mal a estos cafés por el espíritu opositor a las instituciones metropolitanas que distinguía a sus asiduos concurrentes, amigos de las novedades puestas en boga por los filósofos franceses. Esto no significaba  que se abstuviesen de concurrir, pues también iban a jugar sus partidas  de “tresillo o revesino”  y hacer de “mariscales de café”, género que siempre abundaba.

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