EL ABORIGEN Y SU PROBLEMÁTICA (1500)

Indios
Los mal llamados “indios” fueron los naturales de América, sin mezcla de sangre europea. El término tuvo un origen equívoco, porque estuvo originado en la creencia europea de que el continente descubierto por CRISTÓBAL COLÓN, que luego denominaron América, era en realidad la India y comenzaron a llamar “indios” a los aborígenes de estas tierras. El término no pudo ser desterrado ya nunca más y en la República Argentina, todavía  suele utilizarse el término “indio” para referirse genérica e indiferenciadamente a los pueblos amerindios, sin mezcla de sangre europea. Diversos estudios e instituciones señalan como discriminatoria la tendencia a denominar a los pueblos originarios de América, con el término “indio”, por lo que será aceptable, referirse a ellos como “indígena” o “aborigen”.

Huinca
Procede de “wingka”, la palabra mapuche usada para nombrar a los españoles que llegaron a su territorio en el siglo XVI. Por extensión se aplica a los chilenos y argentinos, no indígenas y no negros, a veces con sentido despectivo. En un significado similar se han utilizado en castellano las palabras “cristianos” o “blancos”. Para autoidentificarse las personas aludidas con la palabra huinca, utilizan la denominación de su nacionalidad u otra adscripción geográfica o étnica.

Condición social del indio.
De acuerdo con el “derecho castellano” eran considerados como hombres libres, pero en el orden de su adoctrinamiento, estaban equiparados a personas que necesitaban de protección legal. Para facilitar la obra colonizadora, la Corona española implantó el trabajo obligatorio de los naturales por medio del sistema de las encomiendas, de la mita y del yanaconazgo, procedimiento que se desvirtuó en la práctica y dio origen a muchos excesos por parte de los españoles.

Las sabias “Leyes de Indias” constituían una legislación protectora del indígena, pues los monarcas españoles no vacilaron en reunir Juntas de teólogos y juristas para dictar normas sobre el trato humanitario que debía aplicarse con los naturales y el 9 de junio de 1537, el Sumo Pontífice PAULO III, que anteriormente había declarado en una bula que los indígenas del Nuevo Mundo “eran realmente hombres”, expidió otra Bula por la cual, considerados como tales seres humanos, los declaraba en estado de abrazar la fe de Jesucristo, no debiendo continuar en condición de esclavos. A pesar de ello, en América se cometieron numerosos excesos por parte de aventureros españoles que actuaron amparados por la enorme distancia que los separaba de la metrópoli y también por funcionarios venales, reacios a cumplir las humanas disposiciones de la Corona.

Como hemos dicho, cuatro fueron los sistemas de los que se valieron los españoles, para imponer el régimen administrativo que convenía a sus intereses:

Las “reducciones” (1571). Era éste un régimen especial al que se sometía a los pueblos aborígenes durante la colonización de América, de acuerdo con lo que establecían las Leyes de Indias españolas. Consistía en el confinamiento de los aborígenes en lugares aptos para ello. Se asignaba un jefe de la reducción y contaban con Cabildo, alcaldes y regidores indígenas. Los españoles sólo podían ejercer en ellas, el cargo de “cura doctrinero”, encargado de la educación, o  de “corregidor”, que era el encargado de recaudar los tributos a los que estaban obligados a pagarlos los aborígenes “reducidos allí”..

A españoles, mulatos y mestizos les estaba vedado vivir en las reducciones y sólo en casos especiales, se autorizaban residencias temporarias a españoles transeúntes y mercaderes. La finalidad del establecimiento de las reducciones, fue conseguir la evangelización del indio, aislándolo para impedir posibles abusos. Se disponía que debían establecerse en lugares con agua y buenas tierras, o preferentemente cerca de yacimientos mineros. Se garantizaba la propiedad de las tierras a los indios y en el caso de que las que se repartían, hubiesen pertenecido a un español, se lo compensaba a éste y los pleitos que de ello se originaban eran apelables ante el Consejo de Indias.

Las “encomiendas”. En el sistema de la “encomienda”, un español o encomendero se hacía cargo de un grupo de indios para civilizarlos —al menos teóricamente— y, a la vez, para beneficiarse con el trabajo personal de sus sometidos.

La “mita” . La “mita” (o turno) fue un sistema de vasallaje que se aplicó a las regiones con yacimientos mineros; allí los naturales trabajaban por turno y percibían un mísero salario.

El “yanaconazgo”. Fue una perversa forma de esclavitud a la que se sometió a los aborígenes de América, mediante el cual se los sometía por la fuerza para ocuparlos en 1a labranza de las tierras, en condiciones muchas veces infrahumanas.

Incluídas en este sistema que vinculaba a los aborígenes con las estructuras que buscaban su incorporación al mundo occidental y cristiano, no debemos olvidar a “las misiones”. Organizadas y administradas por los jesuitas, fueron el sistema más humanitario y que mejores éxitos obtuvo durante los casi 200 años que ejerció su influencia en el Río de la Plata (ver “Los jesuitas “ en Crónicas”).

La convivencia entre gauchos, estancieros criollos y caciques Los pueblos del noroeste y del centro del país, luego de los lógicos enfrentamientos con el conquistador español, ingresaron a la vida de la sociedad rioplatense fusionándose étnicamente en un alto porcentaje con los españoles, dando lugar a un tipo humano clasificado como “criollo argentino”. En el resto de nuestra extensa área geográfica, al no existir problemas de enfrentamientos, la comunidad integrada por gauchos, finqueros o estancieros criollos y pobladores de aldea o pequeñas ciudades, se encontraba unificada por las características del trabajo que realizaban y la ausencia de grandes y significativas riquezas que eliminaba las posibilidades de la existencia de una oligarquía explotadora. Sólo un pequeño grupo minoritario en Salta y Tucumán adquirirá con el tiempo una ideología explotadora y capitalista, que causa con el correr de los años graves problemas, no sólo en esas provincias, sino en el resto del país.

En la pampa húmeda y en la semiárida, existían enfrentamientos de grupos aborígenes con españoles, pero llega el momento que las relaciones se estabilizan y los indios que viven más cerca del cristiano, tratan de vivir en paz con él, salvo cuando guerreros invasores provenientes de zonas muy alejadas o de Chile, malonean cerca de Buenos Aires, en el sur de Córdoba, San Luis y Mendoza. Muchas veces los pampas e incluso los ranqueles, son obligados a invadir, por razones de solidaridad étnica, cooperación o simplemente por miedo de recibir el castigo de los invasores, sobre sus bienes y familias, si se negaran a participar en el asalto y el pillaje. Cuando el español sale a reprimir o castigar los malones, suelen pagar las consecuencias las tribus más cercanas y pacíficas, al confundirlas con los invasores. Eso sucede muchas veces y ya después de la Revolución de Mayo, los criollos argentinos castigan a pacíficos pampas y boroganos, creyéndolos comprometidos en robos o asesinatos y esta situación de injusticia y errores muy justificables, sucederán siempre a lo largo de la lucha contra el indio.

Promediando la segunda mitad del siglo XVIII, los asaltos y depredaciones son fruto en varias ocasiones, de insidias y venganzas de hombres blancos que viven con caciques maloqueros. Son estos hombres prófugos de la justicia, ladrones, aventureros, los que, buscando su propio beneficio, incitan a los indígenas para invadir campos y poblaciones del “huinca”. También existieron caciques araucanos que promovidos por comerciantes chilenos, invadían nuestras tierras para llevar en sus malones miles de vacas, caballos, ovejas y pertenencias, que luego se vendían en Chile con muy buenas ganancias. Ésta era la política de los toldos sobre los cristianos y de éstos que devolvían cada malón con una violenta réplica, para quitarles a los indios, en lo posible, lo que se habían llevado. Pero tengamos presente que muchas parcialidades aborígenes, no deseaban el malón ni la guerra, sino trabajar en paz, criar vacas y caballos e incluso sembrar primitivamente alguna sementera de maíz, zapallo y avena.

Entre los años de 1800 a 1852 vivían en una extensa zona de Buenos Aires, comprendida desde Tandil, Azul, Tapalqué, Olavarría, Las Flores y otras áreas de la costa atlántica, hasta las márgenes del Río Salado, dos ó tres docenas de caciques indios con sus respectivas tribus que alcanzaban a sumar aproximadamente unas 6.000 almas. Estos indígenas convivían con los gauchos y los estancieros criollos sin causarles ningún tipo de problemas. Trabajaban en las estancias o criaban hacienda en sus campos, dedicándose muchos de ellos a la fabricación de ponchos, matras (mantas), fajas, pellones, caronas, lazos y todo tipo de sogas que cambiaban por elementos que les eran necesarios. Todas estas tribus tenían permiso del gobierno y de los propios estancieros, para potrear y cazar en toda esa amplia zona y jamás hubo quejas ni enfrentamientos por ambos lados.

Ya años antes, los caciques pampas PASCUAL CUYUPULQUI y LORENZO CALPISQUI que vivían en las proximidades de Bahía Blanca, entraban a los campos de Chascomús, Ranchos, Guardia del Monte, Corrales del Vecino, Tuyú, Luján y Cañada de Morón, por detrás de la línea defensiva de fortines, a potrear y cazar sin producir ningún problema con los pobladores de esos pagos. Muchos otros caciques pampas e incluso araucanos, convivían fraternalmente con los gauchos y los estancieros criollos en el sur y sudeste de la pampa húmeda, como CURUNAHUEL, CALFUGÁN, FRACAMÁN, SUÁN, HULETÍN, JUAN CATRIEL, JUSTO COLIQUEO, IGNACIO COLIQUEO, COLUMAGÚN y otros más que sería largo enumerar.

Del mismo modo, en otras regiones del país, sea en la Pampa central, el sur de Córdoba o el extremo sudoeste de Buenos Aires, vivían en paz y trabajo, grandes jefes indios como PANGHITRUZ-GUOR, más conocido con su nombre cristiano de MARIANO ROZAS o el recto y digno cacique CHUILALEO. Si los indígenas hubieran sido educados en la paz y el respeto, enseñándoles a trabajar en diversas actividades, sin mezclarlos en las luchas políticas, sin engañarlos, explotarlos o despojarlos de sus tierras con el uso de la fuerza, hubieran estado desde el principio, incorporados a la vida nacional y asimilados totalmente a la gran estirpe criolla argentina.

Si entre los años 1800 y 1852, tantas tribus vivieron en paz, dentro de las propias tierras del cristiano, por qué no se aprovechó esa política inteligente dándoles instrucción, semillas, herramientas, buenos sementales, el aprendizaje de oficios, buen trato, atención sanitaria, sin necesidad de matarlos o explotarlos, como fue la determinación de la ambición capitalista inhumana que se apoderó de muchos hombres públicos argentinos. Para ROSAS, RAMOS MEJÍA y los cientos de estancieros criollos y de gauchos afincados en las tierras del sur, los hermanos indios no eran ningún problema, pues todos ellos vivían con la misma austeridad igualitaria y democrática de los caciques y capitanejos indígenas. La codicia y el dinero no significaban fines determinantes para sus vidas. La tierra sobraba y sus dueños reales o ilusorios no tenían depósitos en bancos extranjeros, ni divisas, ni hacían negociados.

La vieja sociedad criolla argentina era tan aborigen y popular como los mismos Príncipes del Desierto. Los viajeros, los naturalistas, los comerciantes, los políticos, conocían las llanuras del interior y la fama de esas ubérrimas pampas sin dueño y con millones de vacas, ovejas y caballos, sin marca ni señal. Esta riqueza conmueve al extranjero y a los hombres públicos que a partir de la segunda mitad del siglo XIX, manejan el país. Desde ese momento la suerte de los indios, de los gauchos y de los viejos estancieros criollos está echada. Todos ellos molestan; ya no puede existir una comunidad sin fines de explotación capitalista, porque una nueva clase social reclama para sí, no el dominio proindiviso de la tierra argentina, sino la parcelación de esos campos en grandes tajadas, para crear imperios agropecuarios que den prestigio, fortuna, viajes y poder. Indios, gauchos y estancieros criollos tienen los días contados y la sentencia de muerte decretada, desde las oscuras trastiendas de la ciudad portuaria. “Todos son ladrones, asesinos, anarquistas, libertarios que no aceptan sumisión ni vasallaje y luchan atrás de caudillos analfabetos que desdeñan la civilización y el progreso.

Vagos que no saben trabajar, atrasados que sólo matean a la sombra de las plantas y enlazan vacas ajenas para carnearlas”. La sabandija criolla no puede tener cabida en esas tierras que le pertenecen y donde ha vivido en paz y fraternal comunidad humana. Sólo sirven para los cantones, la guerra, los fortines; para defender los campos y las vacas de estos nuevos ricos que se apropian de todo. No quedan más posibilidades que la cárcel o el exterminio. Indios, gauchos y estancieros criollos tienen, al fin de cuentas, idéntico y fatal destino.

La frontera del virreinato y los indios. El problema de los indios y de su penetración violenta en los territorios colonizados por los españoles, había preocupado seriamente a las autoridades, durante toda  la época colonial. El clamor de los hacendados había sido escuchado por los virreyes, quienes dictaron medidas para garantizar sus bienes. El virrey Melo de Portugal comisionó a Félix de Azara para que efectuara un estudio sobre las fronteras, a objeto de contener las repetidas hostilidades de los indios bárbaros. Consideraba Azara que no era necesario aumentar el número de fuertes y fortines de la frontera y estimaba que el único medio eficaz para asegurar la tranquilidad de las poblaciones era el de “repartir las propiedades”. Para completar esta información recordaremos que el censo de 1778 arrojaba una población rural de 12.925 habitantes.

Cómo combatir al indio en la frontera norte. La expedición al río Pilcomayo, efectuada por el gobernador intendente de Potosí, FRANCISCO DE PAULA SÁENZ, le sirvió a este, para producir el 21 de julio de 1805, un informe sobre los resultados de su expedición, acompañado por una serie de conclusiones, que según su criterio, deberían ser tenidas en cuenta para combatir con éxito a los indígenas hostiles. Dice al respecto: “Es necesario tener en cuenta que la preparación y ejecución de una excursión contra los indígenas del Chaco, deberá afrontar serias dificultadas, fundamentalmente presentadas por factores geográficos. Es de capital importancia entonces realizar exploraciones previas y empleando pequeñas unidades de tropa, conocedoras del terreno y de las tribus que lo ocupaban; preparar detalladamente la zona de operaciones, de manera tal que los  operativos de la lucha contra los indígenas, se realicen contando con la debida organización, el necesario equipo y el suficiente adiestramiento de la tropa a emplear. La escasez de soldados y la falta de un equipamiento militar adecuado resulta menos peligrosa que la carencia de agua o abastecimientos. Por ello debe insistirse repetidamente en el aprovisionamiento de ganado vacuno y caballar, enviándolo  por remesas, previamente concertadas con las guarniciones  instaladas en tierras de indígenas o reunido luego de atacar los pueblos hostiles que se encuentren  en el camino. Ir penetrando en territorio indígena mediante etapas sucesivas para afianzarse en el terreno conquistado y abastecerse convenientemente para las próximas etapas. Utilizar, en lo posible, la vía fluvial y poseer un depósito de víveres siempre en las cercanías de las columnas. En nuestro caso,  el centro de abastecimiento fue el Fuerte de San Luis. Medir las jornadas diarias de marchas por la presencia de agua y pasto en primer término. Por ello, el indio quema siempre los pastos. Contar siempre con la presencia de indios aliados y baquianos. Arrasar con los pueblos hostiles para luego de quemar las casas buscar los “troges” de maíz, que muchas veces han sido enterrados y apoderarse de todos los animales que se encuentren como gallinas patos, etc. además del ganado caballar o vacuno  que posean. Dentro de la táctica operativa indígena,  además de la quema de los pastizales,  está también el retiro inmediato de sus muertos en batalla,  para evitar que el enemigo conozca el alcance del daño efectuado entre las filas de la indiada” Finalmente opina sobre la táctica operativa que será conveniente aplicar en la guerra contra los indígenas, diciendo que “se deben realizar ataques rápidos y decisivos y no efectuar operaciones prolongadas y  lejanas, dificultadas por las posibilidades de abastecimiento”.

Actitud de los primeros gobiernos patriosProducidos los movimientos emancipadores, las naciones americanas —acordes con el progreso de la civilización— no tardaron en dictar leyes justicieras con respecto al indio y al negro.

En nuestro país, triunfante el movimiento de mayo de 1810, el primer gobierno patrio, no obstante las numerosas y urgentes cuestiones que debía resolver, planteó con toda inteligencia este arduo problema. Desde la Primera Junta hasta el Directorio, se dictaron resoluciones que trataban de encausar la problemática aborigen, mejorar sus condiciones de vida y tratar de establecer un equilibrio justo entre quienes defendían lo que había sido hasta ese momento sus tierras y la necesidad de integrar a la nueva nación, todos los territorios que las comprendían.

En el Archivo General de la Nación existe un Decreto, de puño y letra de Moreno, encargando al coronel Pedro Andrés García, se pusiera al frente de una expedición con destino a la frontera sur. Se consigna en el documento que el objeto de esta comisión no era puramente militar, sino también económico y político, debiéndose proponer los medios conducentes a una justa distribución de las tierras y a la realización de un colonización en paz.

Luego fue la Junta Grande, el primer gobierno oficialmente que dio a conocer disposiciones humanitarias, al declarar extinguida toda forma de servicio personal de los indios, en setiembre de 1811. Luego, la Asamblea de 1813 ratificó esta última disposición y desde ese momento los naturales debían ser considerados “hombres perfectamente libres y en igualdad de derechos a todos los demás ciudadanos” y la Constitución de 1853 (Art. 67, inc. 15) dispone “promover la conversión de los indios al catolicismo”.

Pero si bien las nuevas legislaciones liberaron al indígena del estado de esclavitud en que se hallaba, la dualidad de “intereses”, que enfrentaba al aborigen con el progreso, nunca pudo lograr un equilibrio que satisfaciera a ambas partes. Por un lado, los blancos, que amparados en su derecho a ejercer la soberanía nacional en “todo” el territorio de la República, iban avanzando en el desierto e instalándose en más y más poblados  y por el otro, sus primitivos habitantes, que amparados en su derecho a defender los lugares que habían sido suyos desde siempre, se resistían a ello y sometían a un permanente y desvastador hostigamiento a las poblaciones que se iban instalando.

Inseguridad en las fronteras con el indio (1817). El indio no encontraba en la pérdida de sus agrestes soledades ninguna utilidad, permanecía en la misma condición, y se le forzaba a emigrar, empujándolo siempre y empujándole violentamente fuera de los sitios en los cuales había nacido, vivido y gozado de la libertad salvaje de la vida vagabunda y ociosa. El instinto le aconsejaba hostilizar a los cristianos que iban avanzando, poblando y apropiándose de aquellas tierras incultas y feraces.

La hostilidad inicial, pronto se transformó en una despiadada guerra. Y el indio, aprovechándose de la anarquía que dominaba al país en esa época y de que el gobierno no podía volcar en la frontera todos sus recursos, apremiado por otras necesidades, impunemente repitió sus depredaciones.

Organizados en “malones”, amparados en su “derecho a defender su tierra, muchas veces instigados o acompañados por ajenos o delincuentes blancos, asaltaban los poblados, incendiaban las viviendas, mataban a los hombres, llevaban cautivos a las mujeres y a los niños y robaban el ganado, sembrando así el terror y la desesperanza entre los colonos que se atrevían a “hacer patria”, poblando esas regiones.

Esta situación se presentó tanto en la llamada “Frontera Sur” que abarcaba un vasto territorio que se extendía desde la Cordillera de los Andes hasta el Atlántico,  desde el sur de la provincia de Buenos, como en la llamada “Frontera del Chaco”, que abarcaba el territorio comprendido por las hoy provincias de Córdoba, Chaco y Formosa. COMPLETAR  con la fotocopia

Pero fue en la Frontera Sur”, donde el problema se hizo muy grave, cuando los “araucanos”, nativos de allende la Cordillera de los Andes, originarios de Chile, muy belicoso y dados a “guerrear”, en busca de los mejores pastos que crecían en nuestras llanura y del caballo que en grandes manadas las poblaban, cruzaron las montañas,  se adueñaron  de estos territorios, sojuzgando a los pampas e incorporándolos a sus correrías, haciendo así  que fuera muy difícil, sangrienta y larga la conquista y pacificación de estos territorios.

En 1811, a su regreso a Buenos Aires, después de realizar la expedición a Salinas Grandes que en junio del año anterior, le fuera encomendada por la Primera Junta, el coronel PEDRO ANDRÉS GARCÍA, produjo un informe, manifestando que los fuertes no desempeñaban función alguna,  puesto que las poblaciones se habían extendido ya desde veinte y hasta sesenta leguas más al sud y , tras de señalar los problemas y dificultades que afectaban a la población de la campaña, para evitar la situación indefensa en que se encontraban tantos pobladores, propone llevar a cabo el trazado de una nueva línea de frontera, trasladando la frontera sur hasta la línea del río Negro, mediante una serie de operaciones ofensivas contra las tribus indígenas.

En ese mismo año numerosos caciques habían sido recibidos en Buenos Aires por el Triunvirato, como demostración de que el nuevo gobierno, se disponía a mantener relaciones pacíficas con los indios.

El  plan del coronel García, analizado en profundidad, recién en marzo de 1811, no fue, empero, llevado a la práctica. En esos momentos, las autoridades patriotas se encontraban totalmente empeñadas en la guerra contra los realistas y no podían distraer fuerzas para atender el problema de la lucha contra el indio. La línea de fronteras permaneció así, estacionaria sobre las márgenes del río Salado, con la localidad de Chascomús como punto más avanzado hacia el sur. Los otros puestos de vanguardia de la frontera bonaerense eran, de este a oeste, las localidades de Ranchos, Guardia del Monte, Lobos, Carmen de Areco y Rojas. La custodia de esa línea estaba a cargo del regimiento de milicias denominado “Voluntarios de Caballería”, pero por sus escasos efectivos y armamento deficiente, no se encontraba en condiciones de cumplir adecuadamente con su misión. Los indios, por lo tanto, prosiguieron desarrollando sin tregua sus incursiones.

En 1813, el coronel García presentó al Director GERVASIO ANTONIO POSADAS un nuevo memorial, donde aconsejaba realizar un avance general de la frontera hasta la línea del río Colorado o Negro. Esa operación se concretaría mediante el establecimiento de cuatro fuertes en las Sierras del Volcán, Tandil, Arroyo del Sauce y el mismo río Colorado. Posadas dio su aprobación al proyecto, pero, nuevamente, las exigencias de la guerra contra los españoles, impidieron poner en marcha la empresa. En 1814 arreciaron los ataques de los indios, y la campaña sufrió las depredaciones del malón, con su secuela de destrucción de estancias, asesinatos, robos de hacienda y raptos de mujeres y niños. Ante esta situación, el general Alvear –que ocupaba en ese momento el cargo de jefe de la guarnición de Buenos Aires– propuso al gobierno la reorganización completa del regimiento de “Voluntarios de Caballería”. Para lograr ese cometido debía ser designado un nuevo jefe que, además de probadas aptitudes militares, tuviese un conocimiento adecuado de la campaña y sus habitantes. El nombramiento recayó en el coronel JUAN RAMÓN BALCARCE, quien trabajó activamente para mejorar la eficacia combativa de las tropas de la frontera, cuyos efectivos sólo ascendían a un total de 1.287 hombres.

En 1815, al asumir Alvear como nuevo Director Supremo, se reanudaron las tareas de organización de la expedición propuesta por García, comenzándose con el transporte de los materiales destinados a construir el primer fuerte que permitiría trasladar la línea de fronteras hasta el río Colorado. Sin embargo, tampoco esta vez se pudo concretar la empresa. Alvear fue derrocado en abril de 1815 y las nuevas autoridades arrestaron al coronel, quien permaneció recluido en prisión hasta marzo de 1816, quedando así postergado nuevamente, el proyecto del coronel García.

Un nuevo esfuerzo de las provincias amenazadas por los malones, se desvaneció en diciembre de 1817.  Los gobiernos de las provincias de Santa Fe, Córdoba y Santiago del Estero, contando con el apoyo del Director Supremo Pueyrredón,  planearon realizar una expedición conjunta contra los belicosos aborígenes del Chaco y a tal efecto acordaron reunirse en un punto de la frontera norte, pero poco antes de llegar a destino, los milicianos se dispersaron y los pocos que arribaron carecían de armas y de caballada. Esta nueva frustración hizo que la situación de las poblaciones  fronterizas resultase desesperante. “Víctima de reiterados malones, la provincia de Santa Fe se ha quedado sin ganados y en la propia capital los abastecedores de leña no se animan a ir más allá de los montes vecinos, tan grande es el temor a los indios alzados. En Córdoba tampoco hay tranquilidad; las autoridades han reconocido que carecen de fondos para rescatar a los numerosos cautivos cristianos y han encargado esa caritativa tarea a los padres mercedarios que recaban limosna a ese efecto. Pero los rescates constituyen  un arma de doble filo: cuanto más importantes son, más despiertan la codicia de los caciques. Por su parte los correntinos deben rechazar como pueden las audaces excursiones de los guaycurúes y defenderse lo mismo que los demás pueblos, de los vagos, asesinos y desertores que pululan en las campañas. “En Santa Fe, no queda ni uno de los indios que habían sido reducidos. Tan lamentable hecho es consecuencia de la mala práctica de dar participación a los aborígenes en las guerras intestinas. La mayoría de los partidos han incurrido en ese error, pero el  principal responsable de dar alas a los salvajes,  es Artigas que tiene entre sus auxiliares a varias tribus autóctonas”.

”El acrecentamiento de la población y la necesidad de brindar protección a quienes se adentraban en lejanos y peligrosos territorios de la patria para vivir y progresar, hizo indispensable la adopción de medios de defensa adecuados. En 1822 el doctor López calculaba en 74.000 almas las que habían tomado ese camino y mientras los cristianos mostraban un creciente desarrollo, en sentido contrario se encontraban las tribus errantes y belicosas que no estaban dispuestas a ceder esas tierras que les garantizaban una existencia con abundancia de pastos y alimentos, vivida a su libre albedrío. Así nació el proyecto que afianzaría la presencia soberana de las autoridades constituídas en esos territorios, dominados por la barbarie”.

Finalmente, las acciones que se realizaron para recuperar esas tierras ocupadas por los aborígenes, que no aceptaban la presencia del blanco ni su “modus vivendi”, se concretaron a partir de 1823, mediante la “Campaña al Desierto” en la frontera Sur y la “Campaña al Gran Chaco”, en la frontera Norte (ver “Campaña al Desierto” y “Campaña al Gran Chaco” en Crónicas).

PRINCIPALES TRIBUS INVOLUCRADAS EN LA LUCHA POR LA POSESIÓN DE SUS TIERRAS.

En la frontera Sur:
Pampas
Con este nombre aludimos a los indígenas primigenios que habitaban en las pampas, desde mucho antes de la llegada de los españoles y comenzaron a extinguirse a principios del siglo XVIII, exterminados por aborígenes “araucanos”, que provenientes de Chile, cruzaron la Cordillera de los Andes en procura de mejores tierras y bienes, escapando de la “hambruna” a que los sometían los inhóspitos territorios que habitaban desde sus orígenes. Abarcaban a los “taluhet” del noreste (que incluía a los “querandíes”), y a los “diluhet” del sudoeste de dichas llanuras. Se dedicaban a la caza de guanacos y venados, para lo cual debieron ser  ágiles corredores y diestros en el manejo del arco y las boleadoras. Muerta la presa, bebían su sangre caliente. A veces recogían raíces, algarrobas y langostas, cuando las había. Su industria principal era el trabajo de la piedra, con la que fabricaban algunos útiles, puntas de flecha y “sobadores” para la preparación de las pieles. Se guarecían al amparo de paravientos hechos con estacas, cueros y ramas y más tarde en toldos. Los hombres vestían un taparrabo triangular  y usaban “barbote”, también llamado “tembetá”, voz guaraní (“tembé”: labio, “Ita”: piedra),  que designa a una varilla de metal, madera  u otro material que atraviesa el labio inferior de los miembros de la tribu, como señal de madurez sexual). Las mujeres se cubrían con “pampanillas” y unos y otros se abrigaban con mantos hechos con pieles de zorro, guanaco o nutrias cosidas entre si y según las circunstancias (fiesta o guerra), se pintaban el cuerpo. De pueblos más avanzados aprendieron a modelar una tosca alfarería. La “araucanización” que sufrió este pueblo, hace muy difícil que hoy se encientre algún individio de esa etnia en estado puro.

Araucanos
 “Araucano”, es un término que significa habitante de Arauco, una región que actualmente se encuentra en territorio chileno. Por extensión se ha utilizado la expresión para referirse a las personas o comunidades de lengua mapuche aunque habitaran fuera de Arauco. A estas tribus, pertenecían los caciques TRACALEU, MARCELO NAHUEL, JUAN SALPÚ, NAMUNCURÁ, ZUNIGA, PURRÁN . SAYHUEQUE, estaban en la provincia de Neuquén. El cacique araucano YANQUETRUZ, se estableció con su tribu entre los ranqueles, ocupando territorios al sur de Córdoba, Santa Fe, San Luis y La Pampa, tomó el mando de los ranqueles al morir el cacique CARIPILÚN y los llevó a la guerra contra el blanco, apoyado por los “aucas”, una tribu de belicosos aborígenes escindidos de los araucanos que se dieron el nombre de aucas (que significa “pueblo libre”) y que habitaba sobre las márgenes de los ríos Negro y Colorado

Boroganos (o boroanos)
Se conoce como boroanos, borogas o boroganos (en cualquiera de los tres casos también se los encuentra en la bibliografía escritos con v), al grupo de mapuches originarios de Boroa (o Voroa) en la Araucanía chilena. Su lugar de origen se encontraba en el territorio actualmente chileno que se extiende, entre los ríos Cautín y Toltén, cerca de La Imperial. Su nombre deriva del arroyo Vorohue (“lugar donde hay huesos”, aunque según algunas versiones estos “huesos” serían mazorcas de maíz). Durante la guerra e la Independencia de Chile (1819/1821), la mayoría de los boroganos lucharon junto a los realistas, acaudillados por el cacique Curiqueo, pero algunos otros lo hicieron del lado de los “patriotas” (independentistas). A partir de 1818, comenzaron a realizar incursiones al oriente de la Cordillera de los Andes, llegando hasta la actual provincia de Buenos Aires en donde formaron una federación gobernada por un consejo de seis caciques mayores: Cañiullan, Melín, Alún, Gauyquil, Mariano Rondeau y Cañiuquir, del cual dependían otros veinte caciques menores. Se unieron al general chileno José Miguel Carrera, que luego de ser derrotado en su patria, había huído hacia la Argentina y lo secundaron en sus correrías hasta que este fue derrotado el 30 de agosto de 1821 en Punta del Médano por las fuerzas del coronel José Albino Gutiérrez. En  1823, comenzaron a trasladarse a las Salinas Grandes y a la Sierra de la Ventana, donde se asentaron. y en agosto de 1828, atacaron Carmen de Patagones y la “Fortaleza Protectora Argentina”. El boroga Caniucuiz (Cañiuquir o Cañiquir) asumió el mando de los boroganos y éstos intentaron unirse al levantamiento unitario de Juan Galo de Lavalle, pero Juan Manuel de Rosas  logró impedir esto, llegando a un arreglo con los boroganos por medio de una de las esposas (Luisa) del cacique mayor Cañiuquir, que mantenía prisionera en su estancia de Los Cerrillos. Más tarde, de la mano del cacique Rondeau  buscaron acercarse a las autoridades y vivieron un tiempo en paz, hasta que el araucano Calfucurá, considerándolos traidores a “la causa araucana”, asesinó a Rondeau y a todos sus capitanejos.

Mapuches
“Mapuche” es la palabra que utilizan los mapuches para designarse a sí mismos. Deriva de las expresiones “mapu” (tierra) y “che” (persona o gente). Tribu del cacique COLIQUEO, proveniente de Chile, se ubicaban en Los Toldos, provincia de Buenos Aires. El origen de esta “gente de la tierra”, que habitaba en Chile, arrancaría de una población remota de pescadores y cultivadores, de lengua mapuche dominados por “moluches” (guerreros), que los habría invadido hacia los siglos XII o XII (según R.L. Latcham). Uno de sus componentes habría derivado de una básica vinculación amazónica y el otro sería de raza “ándida”. No se sabe en qué medida intervinieron elementos oceánicos que aportarían una fuerte influencia polinésica (toquis o hachas ceremoniales, arcos cortos, inhumación de sus muertos en una canoa, anclas de cuatro uñas y velas trapezoidales). Los mapuches, desplazados por la invasión de los “moluches”, se extendieron hacia el norte (pincuches),  y hacia el sur (huilliches). Quizás otra etnia que había llegado a tener  unos 400.000 individuos se afincó al oeste de la Cordillera de los Andes y cuando llegaron los conquistadores españoles, los llamaron “araucanos”, gentilicio derivado de “Arauco”, voz corrupta equivalente al topónimo “ragco” (agua gredosa), según F. Erize.

Ranqueles
Es la castellanización de la palabra mapuche “rangkülche”,  que proviene de “rangkül” (caña) y “che” (persona) y que era utilizada para denominarse a sí mismos. Para los mapuches eran una de las cuatro identidades territoriales del Puelmapú. La República Argentina utiliza oficialmente la designación rankulche. Surgidos de la expansión de los rasgos culturales de un sector de los tehuelches septentrionales, dominaban el sur de las provincias de Mendoza, Córdoba y San Luis y el norte de La Pampa, capitaneados por los caciques EPUMER ROSAS -EPUMER PAINE, REUMAY, PINCÉN, CARIPILÚN, MANUEL GRANDE, TRIPAILAO, y RAMÓN CABRAL o RAMÓN PLATERO.

Salineros
Aliados naturales de los ranqueles, el núcleo principal se ubicaba en las Salinas Grandes, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Estaban dirigidos por la dinastía araucana de los Curá, que ocupaban el sudeste de La Pampa y el oeste de Buenos Aires, mientras que la tribu del cacique PINCÉN ocupaba  el noroeste de Buenos Aires.

Tehuelches
“Tehuelche” es una palabra derivada del mapudungun, que significa “gente bravía”, para denominar a un conjunto de pueblos que habitaban la Patagonia argentina. Es la denominación genérica con que los españoles y argentinos llaman a diversos grupos nómades de la Patagonia. Puelche (“gente del este”) es también una palabra mapuche para denominar a los pueblos del este de los Andes, que se ha utilizado para pueblos como los “gününa kune”, los “aonikenk” e incluso para mapuches o tehuelches mapuchizados. La agrupación de varios pueblos en una sola palabra, produjo históricamente confusión sobre la identidad de cada uno de ellos. En 1995 el antropólogo argentino ROODOLFO CASAMIQUELA  identificó a los pueblos tehuelches del siguiente modo: Tehuelches insulares: los “selnám” y los “manekenk o haush”); Tehuelches meridionales australes: los “aónik’enk” y los “patagones” o “chewelches”; Tehuelches meridionales boreales: los “mech’arn”; Tehuelches septentrionales australes o gününa kena, llamados también “pampas”, “chewelches”, “tehuelches”, “williches”, y “puelches” (un subgrupo de ellos son los “chüwach a künna”); Tehuelches septentrionales boreales: los “querandíes” y los “puelches” del norte del Neuquén). En La República Argentina, se utiliza oficialmente la designación tehuelche para referirse a los habitantes de la Patagonia. Vivían en la zona de Tapalqué, provincia de Buenos Aires, en Río Negro, Neuquén y Chubut. A esta etnia pertenecían la tribus de los caciques JUAN SACAMATA, MANUEL QUILCHAMAL, tehuelches de la cordillera de los andes, CATRIEL, que vivían en la zona de Azul y la Tribu del cacique principal MANUEL BAIGORRITA.

En la frontera Norte (“Campaña al Gran Chaco”)
Abipones
Tenían su “hábitat” en la ribera norte delrío Bermejo inferior. A comienzos del siglo XVIII adoptaron el caballo y se dedicaron a la depredación, atacando las estancias y las ciudades de los españoles.

Mocovíes
Aliados de los abipones en sus correrías, originariamente vivían en las fronteras del antigüo Tucumán y contribuyeron en gran medida con la destrucción de “Concepción del Bermejo” y en los ataques que se llevaban a cabo sobre Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba. Alejados de esos centros de población por la expedición que ESTEBAN DE IURIZAR Y ARESPACOCHAGA llevara contra ellos en 1770,  se dedicaron a hostilizar poblaciones y estancias de Santa Fe.

Matacos
Vivían al oeste de Chaco y Formosa y este de Salta. Tenían una agricultura muy rudimentaria. En sus ataque a poblados utilizaban lanzas y “macanas” (un temible garrote hecho con madera dura, quizás quebracho, árbol nativo de la zona). Cuando llegaron los españoles, se dedicaron casi exclusivamente al asalto de sus instalaciones.

Pilagaes
Habitan en la parte central de la provincia de Formosa, sobre la margen derecha del río Pilcomayo, en las zonas anegadizas del estero “Patiño”. Son los únicos de la familia de los  “guaycurúes” que todavía tienen una importante cultura autóctona

Sanavirones
Habitaban el bajo río Dulce y en la cuenca de Mar Chiquita, hasta el río Primero en territorios que hoy ocupa la provincia de Córdoba y desde allí hostilizaban  a sus vecinos, los “comechingones”  hasta que llegados los españoles, comprobando que con ellos obtenían mejores botines en sus correrías, se dedicaron a atacar y a saquear sus poblaciones.

Tobas
Ocupaban originariamente  el territorio que hoy ocupa la provincia de Formosa; después se replegaron hacia el este, extendiéndose luego hacia el norte y el sur. En el siglo XVIII también adoptaron el caballo y así aumentó su peligrosidad, pues como hábiles jinetes, les resultó muy conveniente la velocidad con que sus montados  les permitían ataques relámpago a estancias y poblados de esos territorios.

PRINCIPALES ACCIONES DESARROLLADAS EN EL MARCO DE LA LUCHA CONTRA LOS ABORÍGENES HASTA 1810

Una confrontación secular
Según algunos historiadores, la confrontación con el aborígen, comenzó en 1516, cuando los guaraníes dan muerte  a JUAN DÍAZ DE SOLÍS, en las costas del río Uruguay. En noviembre de 1529, los indios “timbúes” destruyen el Fuerte Sancti Spiritus, en represalia por las crueldades a las que los someten los españoles. En 1531, el navegante portugués PEDRO LÓPEZ DE SOUZA, mientras explora el río Uruguay, es hostigado por los charrúas y obligado a retirarse. El 15 de julio de 1536, un grupo de 400 españoles es exterminado por los “querandíes” en la acción de “Luján” y el 21 de diciembre del mismo año, Buenos Aires es incendiada y sus pobladores obligados a abandonarla, por los mismos indígenas. En 1553, PEDRO DE VALDIVIA es muerto por los “mapuches” en Neuquén. En 1581, JUAN DE GARAY incursiona 70 leguas al sur después de refundar Buenos Aires y llega a los territorios donde hoy se encuentra la ciudad de Mar del Plata y es permanentemente hostilizado por los “querandíes” (pampas), con quienes libra varios enfrentamientos. En 1583 el sargento mayor JUAN RUÍZ DE OCAÑA, perteneciente a la expedición de GARAY se bate con el cacique guaraní TELEMONIÁN CONDIÉ, que se resiste a la presencia de los españoles “en su tierra” y marchando hacia Santa Fe, el mismo GARAY es lanceado durante un entrevero con los indígenas del lugar.

En 1606 los siete caballos y las cinco yeguas que quedaron vivos luego de que DOMINGO MARTÍNEZ DE IRALA ordenara el despoblamiento de Buenos Aires, se dispersaron. Y ya en libertad, con buenos pastos y sin predadores a la vista, se multiplicaron enormemente y esas grandes manadas, atrajeron la codicia de los habitantes originarios y hasta de los araucanos y mapuches, que se decidieron a atravesar la cordillera, donde además de caballos, tenían a la mano, fabulosas praderas e ingentes manadas de vacunos cimarrones, dando comienzo a las primeras correrías que se registran al sur de Cuyo

En 1609 comienza la caza salvaje del ganado cimarrón y en busca de ellos, los indios “pampa” saquean la zona sur de la provincia de Córdoba, hasta que son echados por una partida al mando del teniente LUIS DEL PESO  En 1627, como represalia  por los malones que efectuaban los “pehuenches” al sur de Chile, el capitán español JUAN FERNÁNDEZ los batió al norte del río Neuquén. En 1649, el capitán español LUIS PONCE DE LEÓN bate a una partida de aborígenes belicosos en cercanías del lago Huechulafquen y cuando el jesuita español DIEGO ROSALES, rescatando al cacique vencido, junto con 40 de sus hombres que habían quedado cautivos de ROSALES, los lleva devuelta a su toldería, es obligado a retirarse en medio de la hostilidad de toda la tribu.

En 1657 el corregidor de Cuyo, maestre de campo MELCHOR DE CARVAJAL Y SARAVIA rechaza un ataque de los pehuenches  y los persigue luego hasta el río Atuel.  En 1659. Puelches y pehuenches, pertenecientes a la tribu del cacique TANAQUEUPÚ, de reconocida crueldad, asuelan la región sur de las provincias de Córdoba y San Luis y unidos luego con los “boroganos”, venidos desde Chile, incursionan por los llanos de la provincia de Buenos Aires. En 1664, los “puelches”, aliados con los “araucanos”  llevan un gran ataque  que llega hasta las inmediaciones de donde hoy está la provincia de Mendoza

En 1666. GASPAR DE VILLARROEL  regidor de la provincia de Valdivia (Chile), cruza la cordillera y sale en persecución de indios que cometían desmanes al sur de Neuquén. En 1672 comienzan los malones de indios en el sur bonaerense : los “pampas”  atacan establecimientos ganaderos cercanos al arroyo de Tandil  y la sierra de Volcán. En 1700 los padres jesuitas VAN DER MEEN, JUAN JOSÉ GUGLIELMI y FRANCISCO ELGUEA son muertos por los aborígenes mientras éstos predicaban en los faldeos de la cordillera neuquina. En 1704, durante el gobierno del corregidor PABLO GIRALDEZ DE ROCAMORA, los “pehuenches”, del centrosur de Chile, someten a los pacíficos huarpes”, cruzan la cordillera y se unen a las tribus de esa etnia que habitaban en Mendoza. En 1713, los “pehuenches” incendian San Luis. En 1735 aparecen los primeros “malones” en lo que era el “centro” de la Provincia del Río de la Plata, realizando atrevidas “entradas” en diversos poblados y estancias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. El 5 de enero de 1735, los indígenas invadieron el valle de Salta, incendiaron los precarios asentamientos de los españoles y cometiendo toda clase de atrocidades, se llevaron numerosas “cautivas”, alimentos y armas. En agosto de 1737 los “pampas”, ya araucanizados,  atacaron a las poblaciones de la zona del Salado y Arrecifes y robaron gran cantidad de animales. El Gobernador SALCEDO envió una expedición “punitiva” que habiendo encontrado un poblado indígena, mató a su cacique “TOLMICHIYÁ” y a todos los hombres de su toldería. En represalia, el cacique “CACAPOL” con unos 2.000 indígenas entró al territorio que hoy ocupa “Magdalena”, arrasando con todo lo que encontraba, llegando hasta unas seis leguas de Buenos Aires. Simultáneamente, su hijo “CANGAPOL”, con 4.000 indígenas destruyó todo lo que encontró en la zona de Luján, arreó el ganado, mató a los hombres y se llevó cautivas a todas las mujeres. En 1740, los “malones” devastan Fontezuelas, Luján y Matanza, llegando hasta siete leguas de Buenos Aires y el pago de Magdalena sufre un feroz ataque que causa más de 100 muertos entre sus pobladores, muchos cautivos y grandes daños materiales. En 1741, el Gobernador del Tucumán JUAN DE SANTISO Y MOSCOSO acuerda la paz con el cacique “BRAVO”, líder de los “pampas”, quien se compr omete a detener las incursiones de los “aucas”. En 1742, las matanzas llevadas a cabo en 1740 por los indígenas en Luján, San Antonio de Areco y Magdalena, deciden al gobernador de Buenos Aires, ORTÍZ DE ROZAS a buscar un acuerdo con las tribus hostiles, para que cesen en sus ataques, garantizándoles que no serán hostilizados y que se les atenderá en sus necesidades de alimento, pero fracasa en la intentona. En 1743, JUAN ALONSO ESPINOSA de los MONTEROS, es nombrado Gobernador del Tucumán (1743-1749) por FERNANDO VI. Durante su gobierno, en 1747, se produjo una gran invasión de indígenas “abipones” a quienes detuvo luego de una extenuante campaña. También en Salta y Jujuy debió luchar contra los “tobas” y “mocovíes” que lanzaban contínuos “malones” contra los poblados. En 1744, El  Gobernador de Buenos Aires, DOMINGO ORTIZ DE ROZAS derrotó a los indígenas que atacaban las poblaciones de la frontera con Luján. Toma numerosos prisioneros y los envía a trabajar en las obras de Montevideo. En 1745, el Gobierno de Buenos Aires dispone la instalación de fortines para defender sus fronteras, pero el plan fracasa debido a las numerosas deserciones que se producen por la hostilidad de los aborígenes y por la precariedad de medios de subsistencia para sus guarniciones. En 1747, JUAN ALONSO ESPINOSA de los MONTEROS, Gobernador del Tucumán, dispone una importante operación ofensiva para detener una gran invasión de indígenas “abipones” que comandados por el caudillo BENAVÍDEZ”, habían invadido la Provincia, asolando las campañas de Santiago del Estero y Córdoba y asaltando las tropas de carretas que viajaban entre Buenos Aires y Córdoba, camino del Alto Perú. En el marco de esa campaña, funda el “Fuerte San José” en Santiago del Estero. El 29 de enero de 1750, luego de una serie de combates en que fueron vencidos por las tropas santafecinas, al mando del Teniente de Gobernador de Santa Fe, FRANCISCO ANTONIO DE VERA Y MUJICA y del sargento mayor JUAN ESTEBAN FRUTOS, las últimas tribus “charrúas” que quedaban en el territorio de Entre Ríos, se rindieron a discreción a los españoles, poniéndose así fin a una de las luchas más encarnizadas que hayan sostenido los santafecinos contra los antiguos pobladores de estas tierras, entre los cuales se destacaron por su ferocidad y pujanza los célebres e indómitos “charrúas”. El 8 de mayo de 1751, un malón asalta, incendia y saquea el pueblo de Pergamino. En 1752, las constantes luchas contra los indígenas en las que se empeñaba el Gobernador del Tucumán, JUAN VICTORINO MARTÍNEZ DE TINEO, causaron la sublevación de las milicias de Catamarca y La Rioja. Los hombres reclutados y ya listos para marchar hacia la frontera de Santiago del Estero con el Chaco, se amotinaron y se dispersaron por toda la Provincia, acompañados por los campesinos en protesta contra el arbitrario servicio militar que los españoles les imponían. A causa de esto, MARTÍNEZ DE TINEO renunció. En 1773, comienza a vislumbrarse la poca efectividad de la presencia de los Fortines instalados en 1752 en “Zanjón”, “Luján” y “Salto” y dos “baqueanos”, llamados  EGUÍA y RUÍZ aconsejan trasladarlos a sitios estratégicos más avanzados. Comienza así entonces a estudiarse la posibilidad de realizar una vasta campaña contra lo indígenas y un plan de expansión colonizadora. El 30 de julio de 1774, el  Gobernador del Tucumán, JERÓNIMO MATORRAS, se reúne con los caciques de las tribus “mocobíes” y “tobas” que actuaban bajo el comando en jefe del famoso cacique LACHIQUIRÍN (también llamado PAIKÍN) y el 30 de julio de 1774 firmaron una paz y sometimiento al Rey de España. Poco después el cacique PAIKÍN fue muerto por su rival, el cacique BENAVIDES que desde 1747 asolaba la zona de campañas de Córdoba y que luego de matar a su rival, incrementó sus correrías, ignorando la paz que había firmado Paikín. Se sabe que esta expedición habría encontrado tres leguas más adelante de Caugayé unos torreones y murallas, vestigios ruinosos de un antiguo pueblo de cristianos fundado por ANGELO PAREDO, en 1670. En abril de 1778, son descartados por impracticables los ambiciosos planes de expansión que se estaban estudiando desde el año anterior y es aceptada la propuesta de MANUEL DEL PINAZO, que sugiere avanzar las fronteras, después de haber efectuado un detenido reconocimiento de los territorios a ocupar. En julio de 1778, aprobados los planes para terminar con la belicosidad de los indígenas y expandir la presencia colonizadora, el Maestre de Campo MANUEL DEL PINAZO, parte al frente de una imponente caravana de 580 carretas escoltadas por 400 soldados al mando del Capitán JUAN DE SARDÉNS, con la misión de explorar el territorio afectado por los malones y proponer las medidas a tomar. En 1779, el Teniente Coronel FRANCISCO BETBEZÉ inspecciona las fronteras de Buenos Aires y en consonancia con sus informes, se instalan seis nuevos fuertes que se ponen a cargo de los “blandengues” y cinco fortines que serán guarnecidos con milicianos de cada lugar, que no tendrán sueldo, pero sí alimentos. Son ellos los fuertes de “Juan Bautista de Chascomús”, Nuestra Señora del Pilar de los Ranchos”, “San Miguel del Monte”, “San Antonio del Salto”, “Luján” y San Francisco de Rojas y los fortines “Los Lobos”, “Navarro”, “Claudio de Areco” (hoy Carmen de Areco), “Mercedes” y “Melincué”. El 13 de diciembre de 1783, un malón asaltó la estancia “El Rincón de López”. En las llanuras desiertas del sur, sobre el río Salado. Los indígenas cometieron toda clase de atrocidades, cayendo inmolaos el dueño de la misma, CLEMENTE LÓPEZ DE OSORNIO y su hijo mayor Andrés, de veintiséis años de edad. Clemente López de Osornio encarnó, en la segunda mitad del siglo XVIII, “el tipo rudo del estanciero militar que pasó su vida lidiando con el indígena para conquistar palmo a palmo la pampa y dominar a los salvajes infieles”. Fue Sargento Mayor de milicias, caudillo de los paisanos y cabeza del gremio de hacendados, “de quienes tuvo durante muchos años la representación con el cargo de apoderado ante las autoridades del Virreinato”. Su famoso establecimiento “El Rincón” era el eje de la ganadería en el sur y el centro del abasto para la ciudad. Tan importante personaje y colonizador fue el abuelo materno de Juan Manuel de Rosas. En 1785, con efectivos aportados por Buenos Aires, Córdoba y Mendoza, se lanza una importante campaña contra los indígenas que llega hasta 240 leguas más allá de la frontera sur. En 1792, el comandante DOMINGO DE AMINGORENA llega hasta las 200 leguas al sur de Mendoza y logra batir a una poderosa fuerza de indígenas al mando del cacique NUYEGALEY.

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