BATALLA DE SALTA (20/02/1813)

BATALLA DE SALTA. Importante victoria del general  MANUEL BELGRANO, vencedor de los realistas que invadieron el noroeste argentino desde el Alto Perú. Se dice que ésta fue la íunica vez en que un ejército realista se rindió en su totalidad y sin condiciones. El 14 de Febrero de 1813, la vanguardia del Ejército de BELGRANO, que había salido de Tucumán el 21 del mes anterior, sorprendió la avanzada realista situada en Cobos, quedando en el campo, muertos o prisioneros, casi todos los oficiales y soldados que la formaban. Los que lograron escapar llevaron a Tristán la noticia de la aparición de los patriotas. El general realista fortificó y mandó artillar todos los caminos que conducían a Salta, y esperó a Belgrano apostando el grueso de sus fuerzas, cubriendo “el Camino Real”. Pero éste había sido informado por el capitán JOSÉ APOLINARIO SARAVIA, gran conocedor de la zona, que el ejército patriota, podía evitar el sacrificio de vidas que exigiría el acto de forzar los pasos artillados por Tristán, siguiendo una senda, desconocida de los españoles, y aun de muchísimos salteños, que salía a la hacienda de Castañares, situada a una legua al norte de Salta. El general BELGRANO mandó reconocer este camino, que era una honda y estrechísima garganta que se abría en el fondo de la agreste quebrada de Chichapayas, y que una espesa y tupida vegetación ocultaba a la vista.

El jefe de Estado Mayor encargado de esta comisión, la halló practicable, y así se lo comunicó a BELGRANO, que se enteró, muy complacido, del caso. Por este camino pasó el ejército en la tarde del 18 de febrero, en medio de una copiosa lluvia que hizo, tan penoso como difícil, el paso de la artillería y de las cincuenta carretas del bagaje. Cuando el 19 le dijeron a TRISTÁN que el ejército patriota estaba íntegro en Castañares, acampado en sus potreros, protegidos por cercos de piedra, negóse a creerlo, contestando, con acento de incredulidad: ¡Ni que fueran pájaros! Al día siguiente, su ayudante le despertó, al amanecer, para decirle que, tras las cercas de Castañares, se veía maniobrar a las tropas patriotas. -¿Son muchos?- preguntó el ayudante. -¿Llueve aun? -Sí, señor general, lleve, y mucho. -Pues me alegro –replicó el jefe realista- así se matan mejor las avispas. Luego, ya acabado de vestir, salió a la calle, pasando a la casa de un señor Aguirre, desde cuyos balcones, y a favor de un anteojo de campaña, pudo convencerse de la verdad de cuanto le habían dicho. Al amanecer del día 20, una desagradable noticia circuló en el campamento patriota, se supo que BELGRANO había tenido, durante la noche, un copioso vómito de sangre, y se dudaba de que pudiera mandar la acción. Afortunadamente, mejoró y pudo montar a caballo. El mayor general DÍAZ VÉLEZ fue destinado para conducir el ataque al ala derecha y el Coronel MARTÍN RODRÍGUEZ el ala izquierda. BELGRANO se puso al frente de sus tropas y en la madrugada del 20 de febrero de 1813, las tropas españolas que esperaban que los patriotas llegaran por “el camino real”, fueron sorprendidas por su retaguardia, cuando el ejército de Belgrano irrumpió sobre ellas, dando en Salta una batalla que fue la culminación del éxito logrado en Tucumán El choque de las tropas fue rudo y sin cuartel. Todos se batieron con bravura, distinguiéndose por su valentía el Regimiento Nº 1, el predilecto de Belgrano, que luchó encarnizadamente, durante tres horas, con el Real de Lima, el mejor cuerpo del ejército realista, y el único compuesto de soldados peninsulares. La lluvia persistente que durante tres días cayera sobre los patriotas, había puesto la pólvora en malas condiciones, por cuyo motivo los soldados patriotas, desechando sus fusiles, echaron mano de los sables y bayonetas, por lo que a fuerza de coraje y en combates cuerpo a cuerpo, fueran estrechando lenta, pero inexorablemente el cerco que iba rodeando a los realistas. Las tropas realistas, que no pudieron detener este ataque, finalmente desarticulada su línea de combate y sin ánimos para seguir la lucha, se refugiaron en la ciudad de Salta hasta donde fueron perseguidos y acosados, hasta que el General Tristán, viendo la inutilidad de seguir una lucha, que ya le había causado 481 muertos y 114 heridos, tres banderas perdidas, diez piezas de artillería y más de 2.000 fusiles capturados por los patriotas, que tan solo tuvieron un total 103 muertos y 433 heridos. El día 20, al atardecer, consumada por completo la destrucción de las fuerzas españolas, llegó al campamento de BELGRANO, en calidad de parlamentario, el coronel FELIPE DE LA HERA. El parlamentario, una vez en presencia del general argentino, preguntó: -¿Tengo el honor de hablar con el general Belgrano? –Sí, señor, habla usted con él. LA HERA, acercándose mucho al general vencedor, le habló unos momentos en voz muy baja, transmitiéndole la proposición de entrega formulada por TRISTÁN. BELGRANO, contrariando el parecer de Castelli, que exigía una rendición incondicional y a discreción, contestó al parlamentario en estos términos: -“Diga usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana y que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación. Que haga, pues, cesar inmediatamente el fuego en los puntos donde aun resisten sus tropas, que yo, por mi parte, voy a mandar que se haga lo mismo en todos los que ocupan las mías”. Aquella misma tarde se firmó la capitulación. El general vencido se comprometía a salir de la ciudad el día siguiente y entregar todo su armamento, rindiéndolo en el mismo campo de batalla. Los rendidos, de general abajo, jurarían no volver a tomar las armas contra la patria, quedando libres y pudiendo regresar a sus hogares. Esa misma noche, en su parte de batalla, BELGRANO le manifestó al Gobierno de Buenos Aires: “El Todopoderoso ha coronado con una completa victoria nuestra causa”. Elogiaba después la actuación del Mayor general DÍAZ VÉLEZ, agregando al final: “su desempeño, tanto como el del Coronel MARTÍN RODRÍGUEZ y el de todos los demás comandantes de la División, así de infantería como de caballería, igualmente el de los oficiales de artillera y demás cuerpos del ejército, ha sido el más digno y propio de los americanos libres que han jurado sostener la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata, debiendo repetir a V. E. lo que le dije en mi parte del 24 de septiembre pasado: que desde el último soldado hasta el jefe de mayor graduación, e igualmente el paisanaje, se han hecho acreedores a la atención de sus conciudadanos y a las distinciones con que no dudo V. E. sabrá premiarlos”. En el mismo campo donde se desarrolló la batalla de Salta, fueron sepultados los caídos de ambos ejércitos, erigiéndose poco después un túmulo con una cruz que tiene la siguiente inscripción: “Aquí yacen vencedores y vencidos durante la Batalla de Salta”. La reconquista de Salta, luego de la victoria obtenida allí, consolidó al nuevo gobierno nacional (la Asamblea General Constituyente recién instalada), avivó el entusiasmo popular por la causa de la Revolución y disipó la amenaza de una invasión por el norte que podía haber puesto en peligro la emancipación nacional. La victoria de Salta es una de las glorias más completas del ejército argentino, los anales patrios no recuerdan un triunfo más brillante. MANUEL BELGRANO, que protagonizando “el éxodo jujeño”, había logrado dejar tierra arrasada al avance español conduciendo a los jujeños hacia el sur y abandonando su pueblo y el 24 de septiembre de 1812, en el “Campo de las Carreras” en Tucumán, había logrado poner en fuga a las fuerzas de Pio Tristán, ahora, en las estribaciones de Salta, venció y rindió a los invasores que pretendían repetir lo logrado en el Alto Perú, desactivando los movimientos tras la libertad de las colonias. La Patria naciente había sido salvada. Habían pasado casi cinco meses del encuentro en Tucumán y durante ese tiempo las fuerzas patriotas no tan solo habían mejorado su capacidad de combatientes, sino que con las armas dejadas por el adversario, estaban realmente mejor equipadas y en mejor aptitud para el combate. Es interesante conocer la correspondencia entre Belgrano y Pio Tristán en ese intervalo, en la cual ambos mostraban, no tan solo un sentido de caballerosidad magistral, sino también la esperanza de vencerse por las palabras, sin llegar a las armas. “La victoria de Salta es una de las glorias más completas del ejército argentino, los anales patrios no recuerdan un triunfo más brillante. BELGRANO sabía que la cosa no terminaría ahí, que el enemigo se retiraba para volver a atacar y decidió insistir ante las autoridades de Buenos Aires sobre la urgente necesidad de equipar al ejército y pagar los sueldos atrasados. No se cansaba de mandar partes en los que describía el estado de sus soldados, los que le ponían el pecho a las balas en la última avanzada contra los godos: “La desnudez no tiene límites: hay hombres que llevan sus fornituras sobre sus carnes y para gloria de la Nación, hemos visto desnudarse de un triste poncho a algunos que los cubría para resguardar sus armas del agua y sufrirla con el mayor gusto”. Por supuesto que los gobernantes porteños que se repartían los beneficios del monopolio del puerto y de la Aduana, ni se dignaban a contestarle. Hasta que a Belgrano le subió la temperatura más de lo previsto y les mandó este parte que los denunciaba magistralmente: “Digan lo que quieran los hombres sentados en sofás, o sillas muy bonitas que disfrutan de comodidades, mientras los pobres diablos andamos en trabajos: a merced de los humos de la mesa cortan, tasan, destruyen a los enemigos con la misma facilidad que empinan una copa (…) Si no se puede socorrer al Ejército, si no se puede pagar lo que este consume mejor es despedirlo”. Recordemos que el genio de BELGRANO ya se había mostrado en la frustrada campaña a Asunción, donde no logro la victoria militar, pero si sembró en los paraguayos las ideas porteñas nacidas en mayo del 1810. La batalla de Salta pone en evidencia una vez más, la capacidad de Belgrano, ampliamente reconocida por el general SAN MARTÍN, para obrar con sagacidad e inteligencia, lo que le convierte en un real estratega. Si Tucumán fue un triunfo de singular envergadura, Salta se convirtió en una absoluta derrota de los españoles, que se rindieron, deponiendo sus armas. Una vez más, allí apareció fulgurante la figura magistral de BELGRANO que, acepta la rendición, pero, con una grandeza incomparable, otorga el perdón a aquellos que juraran no tomar en el futuro acciones contra la Patria que nacía. La historia recoge el momento en el cual Belgrano no tan solo “devuelve” el sable a Pio Tristán, sino que también lo estrecha en un fuerte abrazo. Belgrano y Pio Tristán habían compartido sus tiempos en España durante sus estudios y, según se considera, debieron haber sido de alguna manera amigos. El desarrollo evolutivo de los pueblos, en aquella época de éxitos y fracasos, los había enfrentado como soldados, pero ellos, sin dudas, como hombres, sabían de los valores del espíritu, lo que en Salta daban prueba. En un mundo con profundos cambios en el cual Europa se estremecía por las guerras, los hombres que habían nacido en nuestras tierras de promisión, se encontraban ante las realidades que los llevaba por caminos diversos y, consecuentemente, los enfrentaba en las lides de superación. Es por eso que el Éxodo Jujeño y las batallas de Tucumán y Salta, tienen que ser entendidas y comprendidas con criterio sabio y profunda calidad espiritual, que son las virtudes que hacen gala, los patriotas que solo persiguen el ámbito de la libertad como objetivo único y común. Si Tucumán tiene el derecho histórico de ser calificada como la “Batalla de la Patria” por sus efectos en la evolución y la formación de nuestra Nación, sin dudas, Salta es el broche sagrado que cierra aquel hecho, confundiendo los valores y uniendo los destinos de una futura Argentina. Jujeños, tucumanos y salteños, de esta manera, con sus sangres y sacrificios, bajo la honorable y digna dirección del general Manuel Belgrano, hicieron el soporte firme y sólido de la Patria. Algo, casi sagrado, que jamás deberemos olvidar” (Teniente coronel José Javier de la Cuesta Ávila (LMGSM 1 CMN 73 VGB).

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  1. Anónimo

    no me gusto

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