AHORCADOR

La pieza auxiliar del “apero” criollo llamada “ahorcador”, es una simple transformación del “pretal”, que los españoles utilizaban como adorno de sus sillas o monturas. El “ahorcador” es pues, en nuestra tierra, un “pretal de trabajo”. Es una correa reforzada de cuero crudo y de ancho variable, que contornea horizontalmente el pecho o “encuentro” del caballo y se asegura, por sus dos extremos, en las argollas de la cincha o la encimera, mientras que una correa más angosta, que baja desde la cruz del animal, por ambos lados, impide que esta especie de pechera, se descoloque. El “ahorcador” es empleado en los casos en que el caballo debe tirar a la cincha, ya cuando se enlazaba durante el rodeo, ya para cuartear una carreta o en otras tareas similares. Con el ahorcador”, nuestros hombres de campo mantenían su recado siempre armado, evitando el riesgo de que la cincha se corriera hacia los ijares de su cabalgadura, y contribuía a que ésta desarrollara su fuerza al máximo.

Lata de pobre

Muchas denominaciones populares, que en un principio chocan al oído por su fonética rústica, y que aparentemente carecen de sentido, resultan encantadoras y gráficas al extremo, cuando se conoce su significado. Tal el caso de la expresión “lata de pobre”, nombre que se le da en el noroeste argentino, a un árbol (“Piper tucumanus”), de ramas rectas, largas y muy livianas, provistas de anchas hojas. Estas ramas, con su follaje, se usan para techar los ranchos y ramadas, tal como se usan los juncos, la paja u otros similares, reemplazando a las chapas de metal (latas según el habla campesina). De ahí su nombre: la “lata de pobre” es la única que está al alcance de la gente con escasos recursos para techar su vivienda. Pero éste no es el único beneficio que brinda este árbol; sus ramas, largas y flexibles, sirven para reemplazar a las cañas en aquellos lugares donde a ésta no está disponible y además de emplearlas también en la construcción de refugios, se las utiliza como “picanas” y “picanillas”, empleadas para acuciar a  los bueyes que tiran de las carretas, arados y carros.

Eran un remedio que se aplicaba en nuestro campo para curar los males del sistema respiratorio: Tos, resfríos, anginas eran curados mediante la aplicación de ventosas al paciente. Estas eran por lo general, un pequeño vaso de vidrio al que con un isopo se mojaba con alcohol por todo su interior. Acostado boca abajo el “paciente”, el encargado de la cura, encendía el alcohol de cada ventosa y rápidamente, cuando se apagaba la llama, aprovechando el vacío que se producía en el interior de la ventosa, lo aplicaba contra la espalda, a la altura de los pulmones del enfermo, convencido que así extraería el mal que había entrado en ese cuerpo.

 

Tata Inti

Los quichuas adoraban al sol, que era para ellos, un Dios todopoderoso, puesto que era él el que le daba vida al mundo, mediante la luz y el calor, elementos éstos, de los que no podían prescindir los seres vivientes, sean humanos, animales o vegetales. Para testimoniarle su devoción y respeto, así como para merecer sus favores, le ofrecían sacrificios invocándolo por sunombrte “Tata Inti”, que en su idioma quería decir “Pâdre Sol”.

 

Caronilla

Algunas piezas del antigüo apero o recado criollo, han caído en desuso, o se usan poco y a veces cumpliendo una función distinta a la que tuvieron en su origen. Tal es el caso de la “caronilla”, un cuerito bien sobado y por ello muy blandito o jerga tejida que se ponía entre el “carón” y el “lomillo” o el “basto”, para evitar la fricción entre ambos y el natural desplazamiento de estos, cuando se aflojaba la cincha. Pero los tiempos cambian y actualmente, especialmente en el norte argentino, se llama “caronilla” a una especie de alfombrita tejida y de vivos colores, que se coloca a continuación del “cojinillo”, es decir, que reemplaza al “sobrepuesto” o “sobrepellón”.

 

Las boleadoras

Las primitivas “boleadoras” utilizadas por los aborígenes, fueron en las manos del gaycho, un arma formidable. Son dos o tres bolas de piedra forradas con cuero fresco sin curtir y sujetas por ramales de cuero retorcido o tientos trenzados, de unos dos metros de longitud cada uno. Nuestro hombre de campo las llamaba “las tres Marías” a esas de tres bolas, las que le servían como arma o para bolear potros chúcaros. Unas veces las llevaba atadas a la cintura y otras atadas en la cabecera de los bastos. Las boleadoras de dos bolas, mucho más livianas, las usaban para cazar ñanduces, gamos y guanacos, y las llamaban “ñanduceras”.

 

Mensuales

Así se llamaba a los peones que vivían en la misma estancia. Para ellos, en todos los establecimientos había construcciones con varias habitaciones, baño y cocina, que eran ocupadas por la peonada fija y allí, todas las mañanas al salir el sol, iba el capataz  o el mayordomo, para distribuir el trabajo del día.

 

Puestero

Los establecimientos de campo, por la extensión y el gran número de animales que tenían, no podían ser eficazmente vigilados desde el casco de la estancia, así llamado el conjunto de edificios donde vivían los propietarios, los mayordomos, capataces y “mensuales”. Por esta razón, en distintos lugares del campo, se levantan pequeñas viviendas que reciben el nombre de “puestos”. En cada uno de ellos, vive un peón con su familia, que tiene a su cargo la vigilancia sobre un sector determinado del campo, debiendo recorrerlo periodicamente, controlando el estado de los alambrados, de las aguadas, de los molinos, tanques y bebederos y muy especialmente al ganado consignado en su sector. Estos peones, que deben gozar de la más absoluta confianza del “patrón” por su honradez y laboriosidad, se llaman “puesteros” y están una escala por encima de los “peones.

 

Cigarros de chala

Chala es esa hoja que cubre la mazorca de maíz. Cuando está verde, se la emplea como forraje para los animales y cuando está ya está seca, se la usa para rellenar colchones y mucha gente de campo, la usa para armar sus cigarrillos, en lugar del papel, obteniendo así lo que se llama un cigarro de chala”.

 

La guayaca

La “guayaca” es una tabaquera que aún se usa en el campo. Se hace preferentemente con la vejiga o el buche de ciertos animales (avestruz por lo común) y según se afirma, es la mejor forma de conservar fresco y con buen aroma al tabaco. En algunas regiones, a esta “bolsa de tabaco” se la conoce como “chuspa”

 

El petizo de los mandados

En las casas más o menos alejadas de los pueblos, solían tener un petizo para que los muchachos de la casa hicieran los mandados con mayor rapidez. A este pobre caballito, le tocaba galopar a cada rato y por cualquier necesidad que se presentara. En él, los pequeños jinetes iban al almacén, al correo, a la tienda, a buscar leña y siempre a la disparada. Era costumbre además que después de haber hecho todos los mandados,  los muchachos fueran a visitar a sus amigos o se juntaran  para correr con sus petizos. Los peones cuando eran ocupados para hacer diversos trabajos de apuro, se quejaban diciendo “… me tienen como petizo de los mandados”.

 

Estribar entre los dedos

Los estribos que se usaban antiguamente eran muy diferentes a los que se usan hoy. Eran una simple tira de cuero que terminaba en un botón, liso o trenzado, un hueso o un simple pedazo de madera atravesado. Esta tira de cuero era tomada entre el dedo gordo del pie y el anterior, de manera que el botón o lo que fuera que se había colocado, servía de apoyo al jinete. A fuerza de estribar de esa forma, los hombres que andaban mucho a caballo, tenían los dedos de sus pies completamente deformados, como deja constancia JOSÉ HERNÁNDEZ en su obra “Martín Fierro”, diciendo en uno de sus versos: “Con las patas como toro, de estribar entre los dedos”.

 

Tientos

Los tientos son tiras de cuero crudo, generalmente muy delgadas y siempre muy parejas de grosor, que se cortan con un cuchillo bien afilado de una cuero vacuno. Sirven para trenzar botones, pasadores y otros adornos  de ciertas partes del apero, para hacer riendas, cinchas estribos y hasta, con los muy delgados,  para coser piezas de cuero. Se usan, atados a los bastos, para sostener las boleadoras, el poncho y cualquier otra cosa que deba llevarse “atada a los tientos”, para que el jinete quede con las manos libres.

 

Una desgracia

El gaucho culpable de una muerte, se veía obligado a “ganar el monte”, convirtiéndose en un “matrero”, para huir de la justicia y entre la gente de campo, cuando se hablaba de ese hombre, no se decía que había cometido un crimen, sino que había tenido “una desgracia”. Una desgracia era, pues, en el leguaje corriente, matar a un semejante. Si esta “desgracia” se había producido en “buena ley”, es decir defendiendo su honor o el de alguno de sus allegados, peleando lealmente en un “duelo criollo”, este hombre podía contar con el respeto y la ayuda de cuantos lo conocían. Por eso le era fácil conseguir refugio, víveres y “vicios”, y nunca le faltaba un aviso oportuno de la llegada de “la partida” y un buen caballo para huir.

 

Te de yuyos

El campo argentino es riquísimo en plantas medicinales: poleo, menta, yerbabuena, carqueja, ruda, manzanilla, y muchísimas especies más. Como se reproducen solas y abundan tanto se los llama “yuyos”: A pesar de que cada una tiene un nombre propio se llama “te de yuyos” a cualquier infusión que se obtiene  haciendo hervir sus hojas o sus flores en agua.

 

Mataco

En el norte y el noroeste argentino, existe un “armadillo”, con cierta condición especial, que lo diferencia del “peludo”, “la mulita”, “el piche” y otros de la misma familia. Es el llamado “mataco” o “quirquincho” o “tatú bola”, nombres estos dos últimos, que se refieren a las características propias de este animalito, que, cuando se siente amenazado, se arrolla dentro de su caparazón (cuyas placas están especialmente articuladas) y forma una esfera hermética que lo defiende  de casi todos los peligros que puedan amenazarlos. Ni el zorro con su picardía, ni el tigre con la fuerza de sus afiladas garras, logran forzar esta protectora coraza. Y cuando no, es el hombre quien logra hacerlo para saborear su rica carne.: simplemente lo estrella contra una roca y el golpe atonta al animal, que pierde así el dominio de sus músculos y no puede abroquelarse dentro de su caparazón. “Mataco” es además, en su origen, la denominación de cierta etnia aborigen que habita en el norte argentino y también  la de un árbol cuya madera, de gran dureza, era utilizada por esos aborígenes para hacer las puntas de sus flechas, lanzas y arpones para la pesca. “Quirquincho” en el idioma quichua y “tatú” en idioma guaraní significan “armadillo”.

 

Ahorcador

La pieza auxiliar del “apero” criollo llamada “ahorcador”, es una simple transformación del “pretal”, que los españoles utilizaban como adorno de sus sillas o monturas. El “ahorcador” es pues, en nuestra tierra, un “pretal de trabajo”. Es una correa reforzada de cuero crudo y de ancho variable, que contornea horizontalmente el pecho o “encuentro” del caballo y se asegura, por sus dos extremos, en las argollas de la cincha o la encimera, mientras que una correa más angosta, que baja desde la cruz del animal, por ambos lados, impide que esta especie de pechera, se descoloque. El “ahorcador” es empleado en los casos en que el caballo debe tirar a la cincha, ya cuando se enlazaba durante el rodeo, ya para cuartear una carreta o en otras tareas similares. Con el ahorcador”, nuestros hombres de campo mantenían su recado siempre armado, evitando el riesgo de que la cincha se corriera hacia los ijares de su cabalgadura, y contribuía a que ésta desarrollara su fuerza al máximo.

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