SAN MARTÍN Y MATORRAS, JOSÉ DE (1778-1850)

Brigadier General de la República Argentina, Capitán General de la República de Chile y Fundador de la libertad del Perú. Nació el 25 de febrero de 1778 (1), en el pueblo “Nuestra Señora de los Reyes Magos”, una reducción fundada por los jesuitas en la actual provincia de Corrientes, uno de los treinta pueblos de las antiguas misiones guaraníticas, situadas sobre las márgenes del Alto Uruguay y que luego fuera llamada Yapeyú (ver San Martín. El debate sobre su nacimiento). Quinto hijo del capitán Juan de San Martín, funcionario de la corona española, a quien se le había encomendado el gobierno de los antigüas posesiones de los jesuitas que fueran expulsados en 1776  y de doña Gregoria Matorras, también oriunda de España,  que había venido al país unos años atrás con un pariente llamado Gerónimo Matorras (ver Cuándo nació San Martín).

Pasó los primeros cinco años de su infancia entre los indios de la misión y cuando su padre fue trasladado a un nuevo destino, estuvo en Buenos Aires por un corto tiempo. En 1783, viajó con su familia a España; e ingresó en el Seminario de Nobles y a este respecto ha escrito Ricardo Gutiérrez: “San Martín —ha escrito Gutiérrez— tuvo la fortuna de educarse en el mejor colegio de la península, cuyo plan de estudios abarcaba los conocimientos generales de humanidades, filosofía e historia, indispensables para emprender con provecho el estudio de las ciencias matemáticas y sus aplicaciones al arte de la guerra, que era el principal objeto de aquel colegio”.

A los 13 años fue incorporado, como cadete, al regimiento de Murcia, cuyo uniforme, blanco y azul, tenía los colores que el joven soldado debía pasear triunfantes por medio continente. Sirvió veinte años en los ejércitos españoles, haciendo las campañas de África, del Rosellón, de Portugal y la llamada de la Independencia española. Su primera campaña militar tuvo lugar en Africa. Allí, durante eh sitio de Orán, recibió su bautismo de fuego, siendo casi un niño. Su comportamiento le valió su primer ascenso a subteniente del Regimiento de Infantería de Murcia. Posteriormente, asistió a las batallas de Orán, San Marcial, Port Vendres, Bailén, Arjonilla, Albuera (donde fue ascendido a Comandante), San Miguel, Villalonga, Ermita de San Luis, Bunyuls del Mar y a la toma triunfal de San Telmo, distinguiéndose, por su valor y su pericia. Pero el futuro héroe de los Andes no había de tener solamente por escenario los campos de batalla continentales.

En 1797 estalló la guerra entre España e Inglaterra y la lucha se tomó esencialmente marítima. El ahora Segundo Teniente de la cuarta compañía del Regimiento de Murcia, José de San Martín, se embarcó con su batallón en la escuadre española del Mediterráneo y a bordo de la fragata “Dorotea”, combatió contra el navío inglés “Lyon”, que lo derrotó después de una ruda lucha. A la edad de veintiún años pasó a Cádiz y luego a Sevilla, con destino al Ejército del general Castaños, para servir como Ayudante del general Francisco María Solano en la campaña contra Portugal.

En 1801, el Regimiento en que actuaba inició sus acciones contra los portugueses. “Amigo de su jefe inmediato —explica Gutiérrez——, tuvo ocasión de relacionarse con los más famosos generales españoles de la época y de iniciarse en la política de Europa, estudiándola especialmente en relación con los intereses americanos. Los acontecimientos de la época y la situación especial de España fueron propicios al desarrollo de la inteligencia de San Martín, ofreciéndole ocasión de tomar parte, como pensador liberal, en las asociaciones secretas que tenían por objeto modificar las propensiones absolutas del monarca y del favorito, y como soldado de los hechos de armas que tuvieron lugar con motivo de la invasión francesa.”

Eran aquellos momentos trágicos para España: los monarcas habían sido reducidos a prisión en la famosa entrevista de Bayona. Francisco José Bonaparte se instaló en la península y sus habitantes se aprestaban a la hucha contra el invasor. San Martín, capitán de infantería ligera de voluntarios de Campomayor, intervino en las luchas que sobrevinieron en forma destacada, derrotando en Arjonilla a los franceses, y dos meses después, por su heroica acción en la batalla de Bailén, fue ascendido a teniente coronel de caballería. El 15 de mayo de 1811 intervino en la batalla de Albuera. Pocos días después, por su desempeño, fue nombrado comandante, agregado al regimiento de Dragones de Sagunto, cargo al que no se incorporó. La noble guerra de la independencia había comenzado en América. El pundonor, el amor patrio, todos los sentimientos dignos que se levantan alrededor de un gran propósito, se exaltaron, naturalmente, en el americano que llevaba sangre castellana en sus venas. Si los franceses eran usurpadores en España, los españoles habían llegado a serlo también en América, y por consiguiente el sentimiento de la independencia adquirió en el corazón de José de San Martín una fuerza doble al recuerdo de la esclavitud de su patria. Pensando en ello, se consagró al cumplimiento de sus nuevos deberes.

Más parece resultado de sus deseos de adquirir luces y experiencia, que de la casualidad, la circunstancia de haber pertenecido a diferentes armas durante su permanencia en la Península. En los meses que siguieron a la batalla de Albuera, se perfilaron más nítidamente en su espíritu los caracteres de la Revolución de Mayo, cuya tendencia separatista comprendió, tomando la impostergable resolución de poner su espada al servicio de la causa de su tierra natal.

Ya Teniente Coronel, e iniciado en los trabajos de la sociedad secreta, fundada por Francisco Miranda, para conseguir la libertad de la América del Sur, pidió su baja y el 14 de septiembre de 1811 se embarcó furtivamente en Cádiz, rumbo a Londres, primera etapa de su viaje para América. Llegado a la capital del Reino Unido, el tiempo no fue perdido para los intereses de América, pues contrajo relaciones con varios americanos, devotos ardientes de la causa de la eman­cipación, y estableció con ellos una sociedad secreta para servir, con todo género de elementos, a aquel generoso y patriótico objeto. Ya había sido instruido por Zapiola y otros criollos de algunos de los objetos que se proponían sus con-nacionales en la empresa preparatoria del movimiento emancipador de Mayo. Mientras él y los demás americanos prestaban sus servicios en eh ejército español, desde 1774, los hermanos Gurruchaga desplegaban sus actividades en favor de la causa americana.

En 1807 se les unió Juan Martín de Pueyrredón, enviado del Cabildo de Buenos Aires ante la Corte, y bajo la dirección de José Moldes se formó la “Conjuración de Patriotas”, asociación secreta que había resuelto trabajar por la independencia americana. Componían esta asociación, entre muchos otros, José Moldes, los hermanos Gurruchaga, Juan Martín de Pueyrredón, Eustaquio y Juan Antonio Moldes, Bernardo O’Higgins, Zapiola, Balcarce, los hermanos Lezica, Carlos María de  Alvear. Por intermedio de esta asociación, se enteró de los planes americanos, y como el comité central de la Conjuración de Patriotas estaba ramificado con la Gran Asociación Patriótica que había formado en Londres el general venezolano Francisco Miranda, su estada en Inglaterra fue por demás fructífera para asegurar la independencia que ya de hecho existía en Amé­rica, desde el 25 de mayo de 1810.

El 12 de enero de 1812, SAN MARTÍN se embarcó, en Londres, en viaje hacia su patria, a la que llegó, el 9 de marzo de 1812, en compañía de Alvear, Zapiola y otros, ofreciendo inmediatamente sus servicios al gobierno patriota. En el Nº 28 de la Gaceta de Buenos Aires, del viernes 13 de marzo de 1812, apareció la siguiente información: “Noticias públicas. El 9 del corriente ha llegado a este puerto la fragata inglesa George Canning, procedente de Londres, en 50 días de navegación: comunica ha disolución del ejército de Galicia y el estado de terrible anarquía en que se halla Cádiz, dividido en mil partidos y en la imposibilidad de conservarse por su misma situación política. La última prueba de su triste situación son las emigraciones frecuentes a Inglaterra, y aún más a la América septentrional. A este puerto han llegado, entre otros particulares que conducía la fragata inglesa, el teniente coronel de caballería José de San Martín, primer ayudante de campo del general en jefe del ejército de la isla Marqués de Campigny, el capitán de infantería, Francisco Vera; el alférez de navío, José Zapiola; el capitán de milicias, Francisco Chilavert; el alférez de carabineros, Carlos Alvear y Balvastro, el subteniente de infantería, Antonio Arellano, y el primer teniente de guardias valonas, Barón de Holmberg. Estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la Patria.”

¡Qué lejos estaba del espíritu del que redactaba esta noticia, la importancia que ella tenía para los futuros destinos de la Patrie y de toda América!. A San Martín se le reconoció el grado de Teniente Coronel conquistado en el campo de batalla y se le encomendó la organización de un regimiento de caballería. Entretanto, San Martín se había casado con María Remedios de Escalada, había ascendido a coronel y se había unido a Alvear y otros para formar la Logia Lautaro con el fin de estimular, organizar y controlar el movimiento patriótico.

Gracias a sus lazos de amistad con los Alvear y a sus nuevas conexiones con la comunidad mercantil liderada por los Escalada, San Martín pudo reclutar un cuerpo selecto de hombres de la caballería y así nació el célebre Regimiento de Granaderos a Caballo, cuerpo modelo, verdadera escuela de los ejércitos de la Revolución, y cuyo brillante estreno, el 3 de febrero de 1813, en San Lorenzo, fue una notable victoria sobre las fuerzas realistas que habían remontado el río Paraná con la intención de asaltar sus poblaciones en busca de provisiones. En 1813, luego de la derrota de Belgrano en Vilcapugio, San Martín fue enviado a tomar el mando del ejército del Norte. Creó una escuela de entrenamiento militar en Tucumán, donde civiles y militares recibieron instrucción a un nivel profesional mucho más alto del conocido hasta ese entonces en la Argentina y durante los meses que pasó allí, sufrió de úlcera y otras enfermedades que lo atacaban periódicamente hasta que en 1814 fue a las sierras de Córdoba para descansar y curarse. Ya para esa época, había surgido en su mente una idea que analizó concienzudamente durante su estadía en esa provincia reparando su salud:

Le resultaba claro que las fuerzas patriotas de Buenos Aires habían hecho dos intentos de llevar la revolución a Bolivia (y de allí al Perú), pero ambos resultaron un fracaso luego de haber obtenido algunas victorias iniciales (en 1815, el tercer intento de Rondeau, correría la misma suerte), y visto lo cual, llegó a la conclusión de que una victoria definitiva sobre España no se lograría nunca procurando abrirse paso por el camino real hacia el Perú; la única esperanza para afianzar definitivamente la independencia de la región,  estaba en cruzar los Andes para liberar a Chile primer y luego, usándolo como base de operaciones, organizar una flota para transportar un ejército argentino-chileno a Lima que destruyera el centro del poder español en esa ciudad, mientras que los gauchos de Güemes podrían defender la frontera noroeste contra cualquier invasión realista.

En 1814, fue nombrado gobernador-intendente de Cuyo y allí, en Mendoza, comenzó a organizar el ejército de los Andes, con el que se proponía llevar a cabo su plan. En octubre de 1814, después de Rancagua, con la reconquista española de Chile, miles de soldados chilenos a las órdenes de los dos presidentes rivales, José Miguel Carrera y Bernardo O’Higgins, pasaron a Cuyo y San Martín comenzó a vislumbrar el éxito de su plan. Eligió a O’Higgins para que lo ayudara en la campaña y obligó al rebelde Carrera a abandonar la provincia de Mendoza, ganándose así un enemigo, pues éste se dirigió a Buenos Aires y más tarde a los Estados Unidos, para reaparecer más tarde involucrado en las luchas civiles que enlutaron la patria. Mientras San Martín avanzaba con sus planes, intervino activamente en la vida política de Mendoza y del país y cuando a fines de 1815, con la restauración de Fernando VII en el trono español y el control casi absoluto —excepto en el Río de la Plata y en la Argentina— por parte de los realistas, la causa patriota parecía perdida en toda Sudamérica, y su plan era la última esperanza que quedaba, presionó para que se declarara la independencia en el Congreso que habría de reunirse en Tucumán en 1816.

En julio de ese año se reunió en Córdoba con el recientemente nombrado Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, y juntos hicieron planes para poner en práctica el plan ideado por San Martín y el Director Supremo Pueyrredón prometió dar completo apoyo para organizar, equipar y pertrechar el ejército. El 20 de enero de 1817 el Ejército de los Andes abandonó el histórico campamento del Plumerillo, para iniciar su campaña. Las dos columnas principales se internaron por el paso de Uspallata y el de Los Patos, y las auxiliares, por el norte y por el sur. El 12 de febrero de 1817, San Martín derrotó a las fuerzas realistas a las órdenes de Marcó del Pont en la batalla de Chacabuco y aseguró así la independencia de Chile.

Coronada por el éxito en Chacabuco y libre ya Chile, O’Higgins fue designado Director Supremo de Chile. Mientras las acciones contra los realistas continuaban en el sur, San Martín hizo un corto viaje a Buenos Aires para planear la invasión conjunta de Argentina y Chile al Perú. Hubo demoras y nuevas fuerzas realistas penetraron por Talcahuano, en el sur de Chile y al mando de Mariano de Osorio, se dirigieron hacia Santiago, la capital. En marzo de 1818 vencieron a las tropas de San Martín en Cancha Rayada pero la independencia chilena logró salir airosa gracias al brillante triunfo de San Martín, logrado el 5 de abril de 1818  en Maipú.

Logrado así el primer objetivo, San Martín comenzó a preparar la expedición al Perú y si bien los gobiernos argentino y chileno habían adquirido barcos para formar una flota armada y habían contratado al marino inglés Thomas Cochrane para que la comandara, los conflictos internos en Buenos Aires y las guerras civiles en las provincias ocasionaron la renuncia de Pueyrredón y volvió a imperar la anarquía en el país. En esos momentos no sólo era imposible asegurar un apoyo adecuado de parte de la Argentina para la expedición libertadora al Perú sino que incluso el gobierno de Buenos Aires, encabezado por Rondeau, pidió a San Martín que pusiera su ejército a disposición de las autoridades nacionales para reprimir las revueltas, especialmente en el litoral; San Martín se negó, tal como lo había hecho anteriormente ante un pedido similar de Pueyrredón; esta decisión —muchas veces mencionada en la historia argentina como la controvertida “desobediencia” de San Martín— fue el resultado del convencimiento del comandante de que su primer deber era lograr la independencia de la nación y de su renuencia a participar en la guerra civil.

Tratando de superar las dificultades que encontraba en su país, en un rápido retorno a Chile, San Martín se preparó, con ayuda chilena, para la siguiente etapa de su campaña: la liberación del Perú de manos de los españoles. El 20 de agosto de 1820, la expedición libertadora se embarcó en Valparaíso y el 12 de septiembre, San Martín fondeó en Pisco, al sur del Perú, y comenzó a organizar un ejército peruano-chileno-argentino con el objetivo de completar la liberación de América del Sur, expulsando a los españoles del Perú, su último baluarte. A principios de julio de 1821, San Martín logró entrar en Lima gracias a la acción conjunta de la armada y del ejército y el 28 de julio, declaró la independencia del Perú, luego de obligar a los realistas a replegarse a las sierras, donde pudieron defenderse mejor y obtener alimentos, reclutas y pertrechos con mayor facilidad. Se instaló un gobierno peruano independiente y San Martín fue nombrado Protector del Perú, con plena autoridad civil y militar.

Durante el siguiente año, mientras la situación militar entre patriotas y realistas que se mantenía sin grandes cambios, produjo un estado de estancamiento, que provocó el deterioro de las condiciones de las fuerzas de San Martín instaladas en Lima. Debido a la falta de acción, surgieron conspiraciones y resentimientos entre sus hombres. Fracasaron los intentos de San Martín por alcanzar una solución diplomática con el virrey La Serna en Punchauaca y la misma suerte habían corrido las campañas militares a las sierras y a los puertos intermedios al sur del Perú, donde se obtuvieron sólo limitadas victorias y para mayores males, Cochrane que había tenido un altercado con San Martin, se retiró con su flota. Ante estas circunstancias, San Martín pensó que la victoria final para lograr la independencia sólo podía resultar del esfuerzo mancomunado de sus tropas y las de Simón Bolívar que operaba en el norte de esos territorios y a quien le había enviado tropas para ayudarle a libertar Quito, en el Ecuador.

Pero la campaña de Bolívar sólo pudo darse por finalizada a mediados de 1822 y recién  entonces, pudo concretarse una entrevista entre ambos jefes. Ésta fue fijada para julio de 1822 en el puerto de Guayaquil, Ecuador y finalmente, esta famosa entrevista: la “Entrevista de Guayaquil” se realizó entre el 26 y el 27 de julio de 1822. Cuando llegó San Martín y le dieron la bienvenida en nombre de Bolívar a Guayaquil, Colombia, antes de siquiera haberse reunido con Bolívar, el Libertador se sintió tan indignado ante lo que vió y oyó, que pensó en regresar al Perú de inmediato, pero, en cambio, continuó con lo planeado y asistió a la conferencia.

Lo que se dijo allí ha quedado sumergido en el más absoluto misterio y fue, especialmente en el pasado, motivo de grandes controversias, aunque los hechos y resultados fundamentales hayan sido claros a la vista de lo que sucedió después: Para Bolívar fue una victoria personal, mientras que para San Martín fue una felonía tan grande que le hizo dudar de la buena fe de Bolívar. Una de las cuestiones por discutir era el estado futuro de Guayaquil. Debían decidir si debía integrarse al Perú o a la Gran Colombia (la nueva confederación que impulsaba Bolívar) y a partir de este tema, durante las reuniones secretas entre los dos grandes, se apreció rápidamente que sus prioridades eran distintas: San Martín —un soldado profesional convencido de que un líder militar debía jugar un papel ínfimo en la vida política— había tenido el solo propósito de lograr la independencia de España para que así cada país pudiera establecer la forma de gobierno deseada y había participado en la política únicamente en momentos imprescindibles para cumplir con este objetivo. Bolívar, un genio de la política, estaba ante todo interesado en instaurar repúblicas democráticas en las antiguas colonias españolas como primer paso y había optado por la acción militar —cruenta, prolongada pero finalmente victoriosa— sólo como un medio para conseguir la constitución de esa “Gran Colombia” de la que ambicionaba ser su monarca absoluto. San Martín también  advirtió que, si quería que se llevara a cabo su idea de unir a los dos ejércitos, tendría que dejar el mando a Bolívar, a pesar de que era mayor su experiencia militar. Por, cuando Bolívar se negó a aceptar que San Martín estuviera bajo sus órdenes, San Martín tomó el único camino que quedaba para no frustrar su sueño de lograr la independencia: retirarse por completo, con la seguridad de que Bolívar y su ejército irían al Perú y que no cejarían hasta lograr la victoria final.

San Martín ha sido muy elogiado por esta actitud que mostró la talla de su desinterés pero que se debió también a una evaluación realista de las circunstancias. Si el triunfo definitivo podía ganarse sólo con la unión de los dos ejércitos libertadores, probablemente ésa haya sido la única solución. Las tropas de San Martín ya se encontraban en Perú y el hecho de que él se retirara no las afectaría; por otro lado, las tropas de Bolívar, al que estaban profundamente apegadas, no hubieran aceptado de buen grado ser trasladadas en masa a otro país y tener otro comandante. Al final, los dos libertadores lograron su cometido y entablaron una amistad muy especial, a pesar de tener personalidades tan diferentes, como lo refleja el brindis final en un banquete: Bolívar lo hizo “por los dos hombres más grandes de América del Sur, el General San Martín y yo”; por su parte, el general argentino brindó con estas palabras: “Por la pronta terminación de la guerra, por la organización de las nuevas repúblicas del continente americano y por la salud del Libertador de Colombia”; cada uno reconoció en el otro el mismo afán por la independencia y la libertad y el papel fundamental que habían desempeñado en conquistarla.

Después de la conferencia, convencido de que la ambición de Bolívar no tenía límites, y que el general venezolano, no admitía igual con quien compartir la gloria de expulsar de la América del Sur a los españoles, prefirió, antes que ser obstáculo a la pronta realización de tan anhelado fin, ceder el campo, y retirarse a la oscuridad de la vida privada. Regresó a Lima y el 20 de setiembre de 1822 renunció a su cargo ante el Congreso peruano y de inmediato partió rumbo a Chile, donde permaneció hasta enero de 1823. Cruzó los Andes para ir a su antiguo hogar en Mendoza; pidió autorización al gobierno para entrar en Buenos Aires pero le fue negado. Rivadavia, ministro de Gobierno, siempre le había tenido desconfianza y alegó que sería peligroso que el general viajara a la capital debido a la insegura situación reinante (desórdenes, guerras civiles, etc.). Temía que la captura de San Martín por parte de grupos guerrilleros pudiera traer serias consecuencias políticas para toda la nación, que ya se encontraba en un estado turbulento.

San Martín se sintió profundamente herido de que no le dejaran ver a su esposa, que estaba muriendo en Buenos Aires, y pensó que el peligro de ser capturado era una mera excusa. Por fin llegó a Buenos Aires el 20 de diciembre de 1823, luego de la muerte de su mujer. En febrero viajó a Europa acompañado de su pequeña hija Mercedes; se radicó en Bélgica, donde el general retirado se dedicó a la educación de la niña y a recibir visitas de renombre. En febrero de 1829, San Martín regresó al Rio de la Plata; encontró a Buenos Aires sufriendo las consecuencias de la revolución de Lavalle y del fusilamiento de Manuel Dorrego. No quiso desembarcar y permaneció a bordo, donde lo visitaron varios ex oficiales del cuerpo de granaderos a caballo, como Juan Lavalle, Manuel Olazábal, y Antonio Alvarez Condarco, entre otros.

Convencido de que el conflicto civil en la Argentina sólo podía resolverse mediante un prolon­gado derramamiento de sangre y de que él no podría nunca ponerse al frente de semejante lucha, en la que participarían veteranos del ejército de los Andes en ambos bandos, San Martín regresó a Europa sin pisar territorio argentino, deteniéndose primero por unos meses en Montevideo.

Finalmente, se instaló en París, cerca de Alejandro Aguado, un antiguo compañero de armas durante la guerra española contra Napoleón, que se había transformado en un acaudalado banquero. Mercedes, la hija de San Martín, contrajo matrimonio con Mariano Balcarce, hijo del general Antonio Balcarce, uno de los mejores amigos de San Martín durante la guerra de la independencia y el joven matrimonio con sus dos hijas vivieron con San Martín, salvo durante algunas misiones diplomáticas encomendadas a Balcarce por el gobierno de Rosas.

Falleció a las tres de la tarde del 17 de agosto de 1850, en Boulogne-Sur-Mer. La gastralgia que le había provocado días antes la intensa crisis que venía soportando desde hacía tiempo, apareció con rara violencia y un frío glacial comenzó a sentir en sus extremidades. Entonces lo colocaron en el lecho de su hija, doña MERCEDES DE SAN MARTÍN DE BALCARCE, donde fue rodeado por su yerno MARIANO BALCARCE, su hija, sus nietas MERCEDES y JOSEFA, su médico el doctor JORDAN y JAVIER ROSALES, encargado de la Representación Diplomática de Chile en Francia. Al acercársele su hija Mercedes,  escuchó que su padre le decía: “Mercedes, esta es la fatiga de la muerte”- Después, dirigiéndose a su yerno, MARIANO BALCARCE, pero ya con acento moribundo: “Mariano…, a mi cuarto” y éstas fueron sus últimas palabras.  Murió respetando hasta el último instante de su vida, la divisa que lo guió: “Serás lo que debes ser, y si no, no serás nada”.

Y como si el momento de su muerte debería quedar grabado para siempre en la memoria de los argentinos, por singular coincidencia, dos de sus relojes, quedaron detenidos en la misma hora en que había expirado el Libertador, uno de ellos de cuadro negro, colgado sobre una de las paredes de una pieza inferior, y otro que era el reloj de bolsillo del mismo general. Libertador de medio continente, defensor de las libertades públicas y de los derechos de los ciudadanos, hijo dilecto de América, Héroe Máximo de los argentinos. Después de pronunciar aquellas palabras y después de un ligero movimiento convulsivo, expiró al quebrarse su corazón bajo el golpe mortal de un aneurisma. Así terminó la vida de nuestro Libertador, el más grande hombre de nuestra historia; brillante hombre de espada, que esgrimió con máximo desinterés, profunda abnegación y gran eficacia. únicamente para libertar pueblos, “realizando así su gesta libertadora en América del Sur”.

La carta que escribió a su amigo íntimo Rodríguez Peña, desde Tucumán, el 22 de marzo de 1814, sintetiza el valor de la gesta libertadora que lo ha inmortalizado, pues expone claramente los lineamientos fundamentales de su plan militar de liberación continental: “Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile y acabar allí con los godos, apoyando un gobierno de amigos sólidos para acabar también con los anarquistas que reinan. Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar a Lima; ése es el camino y no éste, mi amigo (se refiere al camino por tierra pasando por Salta y el Alto Perú). Convénzase usted que hasta que no estemos sobre Lima la guerra no se acabará”. En su testamento dejó su sable a Juan Manuel de Rosas, que gobernaba Buenos Aires en ese momento; a pesar de que conocía perfectamente la condena unitaria contra Rosas y la violencia de la época, San Martín pensó que Rosas había sellado su lucha por la independencia al forzar a las flotas británicas y francesas (1839-1840) a dejar que la Argentina labrara su propio futuro.

Después de la muerte de Rosas, en 1897, su familia regresó el sable al patrimonio nacional durante una emotiva ceremonia, y fue colocado en el Museo Histórico Nacional. En 1880, los restos de San Martín llegaron a Buenos Aires y fueron puestos en una cripta especialmente diseñada, en la Catedral Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires y junto a la suya, están las urnas que guardan los restos de sus grandes amigos y colaboradores: Guido y Las Heras. Por sus talentos militares y sus grandes virtudes cívicas, alcanzó San Martín la cima de la grandeza humana. Fiel a la máxima de su vida, dice el general Mitre: “Fue lo que debía ser; y antes que ser lo que no debía, prefirió no ser nada. Por eso vivirá en la inmortalidad”.

Existen numerosas estatuas de San Martín en todas las naciones que libertó, en Boulogne Sur Mer, Francia y también en otras ciudades que le rinden homenaje, siendo de todas ellas, una de las más impactante, la que se encuentra en Mendoza, en el Cerro de la Gloria, y que representa a San Martín y a su querido Ejército de los Andes. La bibliografía sobre San Martín, ya sea de nivel profesional, literario o popular, es vastísima, inclusive sin contar las series documentales y las memorias de veteranos de la guerra de la independencia que se han publicado.

Entre las obras más inspiradas y mejor documentadas se encuentran la clásica “Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana” de Bartolomé Mitre (editada en Buenos Aires en 3 volúmenes, en 1887-1889 y en gran número de ediciones posteriores), que constituye con la “Historia del libertador don José de San Martín”, de José Pacífico Otero (4 volúmenes editados en Buenos Aires en 1932 y, en 1944-1945, con una más detallada y mejor documentada), las dos más importantes obras para conocer la historia del ilustre general y de su geste gloriosa. La biografía algo romántica y en un solo volumen escrita por Domingo Faustino Sarmiento y “El Santo de la Espada”, la obra literaria de Ricardo Rojas, editada en Buenos Aires en 1933, completan quizás el material más significativo de esta bibliografía. Domingo Faustino Sarmiento recogió de los labios del Héroe Máximo de los argentinos la noticia de que “había nacido en la Casa de Gobierno de Yapeyú”. Bartolomé Mitre afirma que “el antiguo colegio y huerta adyacente era la mansión del teniente gobernador Juan de San Martín y su familia”. No existe, quizá, un medio más eficaz y valioso para reconstruir el retrato moral y físico de un personaje histórico, que el testimonio de los hombres que lo conocieron y presenciaron sus acciones.

En el tiempo de la dominación jesuítica,  Yapeyú había sido una floreciente población, que comenzaba a decaer al tiempo del nacimiento de San Martín. “El niño criollo nacido a la sombra de palmas indígenas, borró tal vez de su memoria estos espectáculos de la primera edad; pero no olvidó jamás que había nacido en tierra americana y que a ella se debía. Contribuyeron sin duda a fijar indeleblemente este recuerdo las impresiones que recibió al abrir sus ojos a la luz de la razón. Oía con frecuencia contar a sus padres las historias de las pasadas guerras de la frontera con los portugueses, que debían ser los que más tarde redujesen a cenizas el pueblo de su nacimiento. Su sueño infan­til era con frecuencia tur­bado por las alarmas de los indios salvajes que asolaban las cercanías. Sus compañeros de infancia fueron los pequeños indios y mestizos a cuyo lado empezó a descifrar el alfabeto en la escuela democrática del pueblo de Yapeyú..Pocos años después, Yapeyú era un montón de ruinas; San Martín no tenía cuna; pero en el mismo día y hora en que esto sucedía la América era independiente y libre por los esfuerzos del más grande de sus hijos, y aún viven las palmas a cuya sombra nació y creció.

Para una mayor comprensión de su dimensión humana, transcribimos, fragmentos de libros y memorias escritos por contemporáneos del general José de San Martín, con el fin de mostrar su figura en la forma espontánea y real con que la presentaron aquellos que lo trataron en vida: “San Marín vio la luz en un pueblo denominado Yapeyú. Tiene, según creo, 39 años; es hombre bien proporcionado, ni muy robusto ni tampoco delgado, más bien enjuto; su estatura es casi de seis pies, cutis muy amarillento, pelo negro y recio, ojos también negros, vivos, inquietos y penetrantes, na­riz aquilina: el mentón y la boca, cuando sonríe, adquie­ren una expresión muy sim­pática. Tiene maneras distinguidas y cultas y réplica tan vivaz como el pensamiento  Es valiente, desprendido en cuestiones dinero, —sobrio en el comer y beber; quizás esto último lo consi­dere necesario para conservar su salud, especialmente la sobriedad en el beber. Es sencillo y enemigo de la ostentación en el vestir, deci­didamente retraído y no le tienta la pompa ni el fausto. Aunque un tanto receloso y sus picas, creo que esta personalidad sobre pasa las circunstancias del tiempo en que le ha tocado actuar y  las personalidades con quienes colabora. Tiene predilección con el arma de caballería, en la que se distinguió por primera vez en la batalla de San Lorenzo. Confía mucho, según creo, en sus cualidades de estratega como militar y en su sagacidad y fineza en materia de partidos y política… Cuando se reconcentra demasiado en asuntos políticos y diplomáticos suele sufrir  hemorragia de los  pulmones y es de natural predispuesto a la melancolía, con alguna sombra de superstición.” (De un  informe del agente norteamericano Worthington a su gobierno, escrito en Chile en vísperas de la batalle de Maipú, en el año 1818 y publicado en “Diplomatic Correspondence of the United States, concerning the independence of Latin American Nations”, William R. Manning, New York, 1925).

“Tenía por costumbre levantarse de tres y media a cuatro de la mañana, y aunque con frecuencia le atormentaba al ponerse en pie un ataque bilioso, causándole fuertes náuseas, recobraba pronto sus fuerzas por el uso de bebidas estomacales, y pasaba luego a su bufete. Comenzaba su tarea, casi siempre a las cuatro de la mañana, preparando apuntes para su secretario, obligado a presentársele a las cinco. Hasta las diez se ocupada de los detalles de la adminis­tración del ejército, parque, maestranza, ambulancias, etcétera, suspendiendo el trabajo a las diez y media. Sucesivamente concedía en­trada franca e sus jefes  y personal de cualquier rango que solicitaren su audiencia.

El almuerzo del general era en extremo frugal, y a la una del día, pasaba a la cocina y pedía al cocinero lo que le parecía más apetitoso. Se sentaba solo a la mesa que le estaba preparada con su cubierto, y allí se pasaba aviso de los que solicitaban verlo, y cuando se le anunciaban personas de su predilección y confianza les permitía entrar” (Relato del general Tomás Guido). “Los ojos de San Martín tienen una peculiaridad que sólo habla visto antes una vez en una célebre dama. Son oscuros y bellos, peno inquietos; nunca se fijan en un objeto más de un momento, pero en ese momento expresan mil cosas. Su rostro es verdaderamente hermoso animado, inteligente; pero no abierto. Su modo de expresarse, ácido, suele adolecer de oscuridad. Sazona a veces su lenguaje con dichos maliciosos y refranes. Tiene grande afluencia de palabras y facilidad para discurrir sobre cualquier materia.. Parece haber en él cierta timidez intelectual que le impide atreverse a dar libertad a la vez que atreverse a ser un déspota.

El deseo de gozar da la reputación de libertador y la voluntad de ser un tirano forman en él un extraño contraste. No ha leído mucho, ni su genio es de aquellos que pueden ir solos. Citó continuamente autores que sin duda alguna conoce a medias y de la mitad  que conoce paréceme que no comprende el espíritu. Al girar sobre temas religiosos, conversación en que tomó parte Zenteno (gobernador de Valparaíso), habló mucho de filosofía. Ambos caballeros parecen creer que la filosofía consiste en dejar la religión a los sacerdotes y al vulgo, y que los sabios deben reírse igualmente de frailes, protestantes  y deistas” (Del diario de la escritora británica maría Graham, que conoció a San Martín en Valparaíso, Chile, en octubre de l822).

“Es sumamente cortés y sencillo, sin afectación en sus maneras, excesivamente cordial e insinuante y poseído evidentemente de gran bondad de carácter; en suma, nunca he visto persona cuyo trato seductor fuese más irresistible. En la conversación aborda inmediatamente los tópicos sustanciales desdeñando perder tiempo en detalles, escuchaba atentamente y respondía con claridad y elegancia de lenguaje, mostrando admirables recursos en la argumentación y  facilísima abundancia de conocimientos, cuyo efecto era hacer sentir a sus interlocutores que eran entendidos como lo deseaban. Empero, nada había ostentoso o banal en sus palabras, y aparecía ciertamente en todos los momentos perfectamente serio, y profundamente poseído de su tema” (Relato del marino inglés Basil May que en 1821 conoció a San Martín en el Perú, tomado de su libro de viajes que fue publicado en traducción castellana de Carlos Aldao, con el título de “El general San Martín en el Perú”).

“Entró por fin, con su sombrero en la mano,  con la modestia y  apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferencia le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América!. Por ejemplo: yo le  esperada más alto y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado y  no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos.. Yo le suponía grueso y sin embargo de que lo está más que cuando hacía !a guerra en América, me ha parecido más bien delgado; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero lo hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque más grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla con toda la llaneza de un hombre común. A1 ver a modo como se considera él mismo se diría que este hombre no había hecho nada de notable  en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así” (extraído de un relato de Juan Bautista Alberdi, que visitó a San Martín en su residencia en París  en el año 1843).

(1) Esta fecha de nacimiento es la que figura en la “Historia de San Martín” de Bartolomé Mitre (Tomo 1, pág. 85), pero algunos nuevos documentos contradicen esta fecha. El señor Juan A. Pradére afirma que nació en 1781, fundado en dos antecedentes: 1°. En su foja de servicios de 1808, expedida por autoridades españlas, donde se consigna que en este año, San Martín tenía 27 años y por lo tanto habría nacido en 1781; 2°. El acta matrimonial con María de los Remedios de Escalada, en la que San Martín declara tener 31 años, debiendo ser su fecha de nacimiento 1781. La fecha de 1778 que da el historiador Mitre, es la que consta en el acta de defunción. La partida de bautismo no ha sido hallada, y éste sería sin duda, el verdadero documento que puede atestiguar a ciencia cierta el año del nacimiento de San Martín aunque en el trance supremo de la muerte de nuestro glorioso “Gran Capitán”, su hija confirmó, solemnemente, ante las autoridades civiles y eclesiásticas de Boulogne-Sur-Mer, la fecha y lugar de nacimiento, declarando que había fallecido a la edad de 72 años, cinco meses y 22 días.  La destrucción de las antiguas misiones jesuíticas, donde naciera, fue llevada a cabo por los portugueses en 1817 y ello nos ha privado de saber finalmente cual es la verdad (Ver “La casa, natal de San Martín”, por M. Leguizamón, Buenos Aires, 1915).

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