PELLEGRINI, CARLOS  ENRIQUE JOSÉ (1846-1906)

Presidente de la República Argentina (1890-1892) Abogado, integrante de la Generación del 80. Nació en Buenos Aires el 11 de octubre de 1846. Su padre fue el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini,  saboyardo de Chambery, que llegó al país en 1828 contratado por Bernardino Rivadavia para realizar un plan de obras públicas que incluía la construcción de un nuevo Puerto para la ciudad de Buenos Aires y que se frustró luego de la renuncia de RIVADAVIA. Pudo sin embargo, como ingeniero, proyectar luego importantes obras, destacándose además como notable pintor, especialmente retrartista. Su madre fue MARÍA BEVANS BRIGHT, cuáquera convertida al catolicismo.

Sus amigos lo llamaban “El Gringo “, pues por herencia familiar era rubio y de ojos claros. Era un hombre de elevada estatura y maneras enérgicas; sin embargo, más que la fuerza y la energía, la bondad dominaba en su carácter. Una bondad enmascarada de aspereza, pero positiva e innegable.

Estudio en el Colegio Nacional Buenos Aires y en 1867, Carlos, que era estudiante de Derecho, interrumpió sus estudios y marchó como alférez de zapadores a la guerra con Paraguay y allí se lo vió batirse como un bravo en los esteros paraguayos, de donde volvió con el grado de Teniente. Terminada la guerra volvió a sus estudios y en 1869 pudo recibirse de abogado. Su tesis universitaria versó sobre “El derecho electoral” y en ella sostuvo la necesidad del caudillo, el derecho del voto en la mujer y las garantías en la libertad del sufragio.

Muy pronto intervino en política, apoyando al Partido Autonomista de Adolfo Alsina. Hacia 1870 se afilió al partido de ALSINA y en los años 1871 y 1872 se postuló infructuosamente para una representación en el Congreso. En 1873, al producirse la victoria autonomista en la provincia de Buenos Aires, ocupó finalmente una banca en la Legislatura bonaerense, siendo el más joven de los diputados, con sus 26 años. Fue reelecto por cuatro años más y luego ejerció funciones como Ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires.

En 1874 participó en la votación de la Cámara, que convirtió en una victoria de los autonomistas, el triunfo electoral mitrista en la provincia de Buenos Aires, hecho que fue uno de los detonantes de la rebelión que estalló en setiembre de ese año. En 1877, muerto Alsina, encabezó las fuerzas porteñas y sus tendencias, para cooperar con la autoridad del general JULIO ARGENTINO ROCA.

En 1878, estando vigente la Conciliación, fue elegido diputado nacional y en 1879 asumió el cargo de ministro de Guerra y Marina, reemplazando a Roca en el gabinete de Avellaneda, ocupando esta delicada función en momentos en que se planteaban problemas entre el gobierno nacional y el gobernador de Buenos Aires acerca de la federalización de esta última ciudad (véase Federalización de la Ciudad de Buenos Aires).

Al producirse el grave enfrentamiento de 1880,  PELLEGRINI se alejó del Gobernador CARLOS  TEJEDOR y se acercó a JULIO ARGENTINO ROCA, junto a quien trabajó enérgicamente para doblegar los intentos de Tejedor y para  asegurar el triunfo roquista. A partir de entonces, su amistad con Roca,  se mantuvo  a lo largo de más de veinte años, que transitaron juntos por la política. Luego, en la selección y disposición pertinentes para el traslado transitorio de la capital nacional al suburbio de Belgrano, le cupo una gran responsabilidad.

En 1881 fue Senador; en reemplazo de Dardo Rocha, elección en la que influyó notoriamente el general Roca  En 1885, durante su estancia en Europa en cumplimiento de una misión financiera, el presidente Roca le ofreció el Ministerio de Guerra y Marina, cargo que desempeñó hasta la elección de Juárez Calman, cuya can­didatura apoyó no solamente desde su cargo oficial, sino también desde las columnas del diario “Sud América”, que redactaba con Delfín Gallo y Roque Sáenz Peña. Durante la campaña electoral de ese año no participó activamente en ningún acto político y se limitó a guardar el orden en los comicios.

En 1886 fue Vicepresidente en el gobierno de Juárez Calman y fue solidario de todos los actos de aquél durante su período. . Según Paul Groussac, “no se puede presentar a Pellegrini como un censor de malas costumbres políticas que él no practicaba: fue partícipe de ellas por tolerancia pasiva. Pero en los momentos graves, en plena rebelión del 90, sostuvo con energía a la autoridad nacional. Aún más: cuando el Presidente JUÁREZ CELMAN salió de la ciudad rumbo a Campana, PELLEGRINI, montando un caballo bayo, se dirigió a la plaza Libertad, afrontando el fuego de los cantones revolucionarios. Instaló su despa­cho en las inmediaciones y desde allí dirigió el ataque final contra el Parque

Cuando JUÁREZ CELMAN dimitió a, Pellegrini le sucedió en la presidencia. Recordamos con respecto a este suceso, que ESTANISLAO S. ZEBALLOS ya había vaticinado una tormentosa presidencia al doctor JUÁREZ CELMAN, ya que en carta del 3 de enero de 1886, cuando le dijo: “La presidencia de Ud. luchará con una oposición formidable, con una honda crisis financiera y con tormentas políticas que pueden ser recias.” Cuando Pellegrini asumió la presidencia, tenía cuarenta y cuatro años pero su experiencia política era ya considerable y sus méritos eran altamente valorados por la ciudadanía.

Crónicas de la época relatan que cuando se dirigía a asumir el mando salió de su casa, el 6 de agosto de 1890, y con su áspero vozarrón con quebraduras en falsete, se dirigió a la muchedumbre que lo aclamaba. Luego se dirigió a pie desde su casa en Florida y Viamonte, hasta la Casa Rosada y a su paso, las mujeres le arrojaban flores y en la calle Florida la multitud no lo dejaba avanzar. La Plaza de Mayo estaba repleta y la gente se amontonaba en azoteas, ventanas y sobre los tranvías.

Llegado a la Casa de Gobierno, mientras el pueblo pedía a gritos que el nuevo Presidente de la República saliese al balcón de la casa de gobierno, Carlos Pellegrini, encerrado con un grupo de banqueros y hombres de fortuna, les dijo, más o menos: “La Constitución acaba de hacerme presidente; pero la ruina que amenaza al país me prohibiría aceptar el puesto, si no fuera capaz de evitarla, en cuyo caso el patriotismo me aconsejaría dejar el lugar a otros que pudieran salvar la situación y a cuyas órdenes yo sería el primero en ponerme. Necesitamos de ocho a diez millones de pesos para pagar en Londres, de aquí a nueve días, el servicio de la- deuda externa y la garantía de los ferrocarriles.

“En el Banco Nacional no tenemos nada; si no pagamos, seremos inscriptos en el libro negro de las naciones insolventes. Sólo la ayuda de todos los que están en condiciones puede salvarnos. ¡Reclamo de ustedes esa ayuda en nombre de la Patria!”. Sólo después de haber conseguido lo que les pedía a los banqueros, mandó retirar la guardia y dispuso que se permitiera el acceso a todo el mundo, salió al balcón y saludó a la multitud que lo aclamaba. Con el palacio lleno de gente el nuevo presidente habló al pueblo y en su enérgico rostro, ornado de grandes bigotes, se vieron correr lágrimas de emoción. En párrafo conmovedor dijo.’ “Mi anhelo ferviente será descender del gobierno como subo: en brazos del pueblo’

En la Casa de Gobierno, Pellegrini mandó retirar la guardia y dispuso que se permitiera el acceso a todo el mundo. Con el palacio lleno de gente el nuevo presidente habló al pueblo desde el balcón y en su enérgico rostro, ornado de grandes bigotes, se vieron correr lágrimas de emoción. En párrafo conmovedor dijo.’ “Mi anhelo ferviente será descender del gobierno como subo: en brazos del pueblo’.

Durante su presidencia, afrontó con resolución la extrema crisis económica y social que estremecía al país, por lo que reclamó enérgicamente del pueblo su ayuda en nombre de la Patria y fue respaldada por gran parte del pueblo y los grupos de poder, aunque la oposición, representada por la Unión Cívica, mandó enlutar los balcones de su sede el día en que asumió. Gobernó durante dos años y seis días y durante ese período tomó decisiones que pusieron a flote la economía nacional: envió a VICTORINO DE LA PLAZA (q.v.) a Londres para conferenciar con banqueros internacionales en lo atinente a la refinanciación de la deuda exterior de la Argentina; creó la Caja de Conversión; colocó sobre bases sanas a la moneda en circulación; fundó el Banco de la Nación Argentina para fortalecer el sistema bancario y apoyó el desarrollo de la industria nacional.

Y con sus medidas, no sólo salvó a la Nación de la bancarrota, sino que fue el iniciador de su período de mayor prosperidad y éxito económico. Aunque su política financiera probablemente le valió el mayor prestigio y respeto por parte del pueblo argentino, hizo también otras contribuciones, como la organización del servicio de salud pública, la creación del Jockey Club y su oposición a la intervención militar en política. Atacó la corrupción y propició la reforma social y política pero hizo uso de medios tradicionales “hoy llamarías fraudulentos” para asegurar la elección de LUIS SÁENZ PEÑA a la presidencia de la República para sucederle (ya que  es sabido que durante un tiempo expresó sus dudas sobre la capacidad del pueblo para elegir y hasta justificó la venta de votos, pero hacia el final de su vida, se mostró partidario de elecciones limpias).

Terminó su período presidencial siendo su nombre aclamado y todos le reconocieron que su afán preferente fue mantener el orden y descargar la atmósfera revolucionaria que imperaba al hacerse cargo del mismo. Dejó el gobierno sin haber incrementado su fortuna personal y se dedicó a trabajar como artillero. Se ha dicho de Pellegrini y Roca, que ambos representaban la “nueva oligarquía”, que combinaba el poder del antiguo estanciero con el de los nuevos líderes urbanos, extranjeros por nacimiento o por sus ancestros.

Regresó a la política y en 1895 asumió como Subsecretario de Hacienda en el gobierno de JOSÉ EVARISTO URIBURU, cargo al que renunció en 1896 en razón de haber sido elegido Senador Nacional por la Capital Federal, banca que mantuvo hasta 1904. En 1898 rechazó una nominación del Partido Autonomista Nacional para la presidencia y en 1899 partió para Europa para tomarse un descanso. A su regreso, a fines de ese año, fue objeto de una demostración de gran afecto.

Cuando apareció el vapor «Eolo», que lo conducía, un clamor general recorrió la multitud de  manifestantes que lo esperaba y el entusiasmo creció al presentarse en el puente de mando, saludando al público, que prorrumpíó en estruendosos aplausos y vítores. Una vez en tierra el viajero, la columna se puso en marcha y al pasar por la plaza de Mayo se vio que todos los edificios se encontraban colmados de personas que aclamaban al viajero y se hacía lo mismo desde el Banco de la Nación, la Casa Rosada y la Municipalidad.

Al llegar al Jockey Club, el señor PRATS, dirigiéndose al doctor Pellegrini, entre otras cosas: “Esta manifestación lo es de simpatía a vuestra persona, pero lo es también de orden público, porque en momentos en que el país se reabre y necesita resolver complicados problemas económicos y financieros, vuelve naturalmente sus miradas hacia sus hijos eminentes y recuerda que, entre ellos, vuestro nombre es una garantía de patriotismo, prestigiado por vuestra versación en los negocios públicos.” El doctor PELLEGRINI, embargado por la emoción que lo dominaba, se expresó diciendo: “No es un estadista eminente; no es la personalidad de un hombre que encarna la gloria de este pueblo la que habla. Entonces, ¿ cuál es la causa de esta manifestación? ¿ Acaso mis méritos personales?. No los tengo. Soy un simple viajero convaleciente, que se prepara a poner a disposición de la patria todo su esfuerzo, todo su cariño, en defensa de los intereses, como lo ha hecho en otras ocasiones”.

De inmediato se reintegró al Senado y fundó “El País”, un matutino en cuyas páginas comenzó a expresar sus nuevas ideas acerca de la urgente necesidad de lograr una reforma social y política. En 1900 el presidente ROCA le confió una misión financiera en el Viejo Mundo y a su regreso se produjo un distanciamiento entre ambos líderes. En 1906 resultó electo diputado por la Capital Federal y a partir de 1902 se dedicó a realizar una serie de extensos viajes a través del territorio de los Estados Unidos.

En uno de esos viajes, en 1904 pudo asistir a la elección de Theodore Roosevelt como presidente y lo que vio, escuchó y le informaron, le sirvió para reforzar sus convicciones. Luego de esos viajes, publicó en el diario “La Nación”, seis cartas relativas a su experiencia en los Estados Unidos e insistiendo con su posición de que era necesaria una mayor democracia para la Argentina, renegó su antigua orientación pro- europea y urgió afianzar las relaciones con los Estados Unidos.

Su lucha contra el fraude electoral culminó en una dramática escena sucedida en el Congreso, cuando estrechó la mano del diputado socialista ALFREDO PALACIOS en su denuncia pública de la corrupción que se practicaba en las elecciones oligárquicas y en la necesidad de una reforma que evitara tales males. Acto que no sería el último en demostrar la honestidad de su pensamiento y el coraje de su gestión, ya que en su último discurso público, como Diputado de la Nación, advirtió que “las compuertas deben ser abiertas al pueblo” y en los últimos años de su- existencia, luchó por una reforma electoral en la que se garantizara la libertad del sufragio y por una política económica de orientación proteccionista.

Falleció el  17 de julio de 1906, el mismo año de la desaparición de BARTOLOMÉ MITRE, BERNARDO DE IRIGOYEN y el presidente QUINTANA. Roque Sáenz Peña, en carta dirigida a un amigo el 1° de enero de 1907, se refirió a la desaparición del ilustre estadista: “La muerte de Pellegrini ha sido una pérdida para el país porque él era una fuerza. Veremos si su muerte no produce desequilibrios en la cosa pública”.

Ezequiel Ramos Mejía decía de él: ‘¿Quién le ha oído hablar mal de nadie? Siempre tiene en los labios la palabra que explica cuando no la que disculpa”. Era laborioso, intrépido y optimista. Amaba el trabajo, pero gustaba también de esparcimientos y diversiones. Era asiduo concurrente a los teatros, hipódromos y fiestas sociales, para “reposar mi espíritu de tanta diaria miseria’; como dice en una carta a Leandro N. Alem, que le reprochaba frivolidad y mundanería.

Sus contemporáneos lo pintan como un hombre pragmático y realista, buen orador, de gran capacidad de improvisación, apasionado y activo en la acción política. Tenía sin embargo gran sentido de la medida. Se cuenta de él que, cuando JUÁREZ CELMAN envió al Congreso el mensaje en que propones su nombramiento de general –ya en  plena  revuelta del 90—, exclamó: “No estamos en carnaval para esas designaciones”. Se recuerdan asimismo, muchas de sus frases felices, como la que pronunció en el sepelio del doctor Ignacio Pirovano: «Sobre su tumba todo, hasta el egoísmo floral” (ver Presidencia de Carlos Pellegrini). Para completar esta información, recomendamos la biografía de Carlos Pellegrini, por Agustín P. Rivero Astengo, Buenos Aires, 1941).

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