LAS VAQUERÍAS (1750)

Las vaquerías eran verdaderas expediciones de caza de ganado vacuno cimarrón (salvaje), llevadas a cabo por hombres de a caballo, que se realizaban durante los siglos XVII y XVIII en los territorios del Río de la Plata. Organizadas en un comienzo para poblar las nuevas estancias que  empezaban a surgir en estos inmensos territorios, derivó luego en una feroz matanza para obtener principalmente el cuero, objeto de un activo y muy rentable comercio oficial y de contrabando, aunque a veces, se aprovechaban también el sebo, la lengua, los cuernos  y la cerda, productos con los que dio comienzo, la  primera industria autóctona argentina. Las vaquerías tuvieron importancia así, porque favorecieron la formación del tipo gaucho y fomentaron el conocimiento y el dominio de las actividades pecuarias  en la Argentina.

Las vaquerías, Museo Etnográfico y Colonial Juan de Garay

Los caballos y vacas traídos por los españoles y abandonados en las desiertas pampas, a mediados del siglo XVI, se habían multiplicado prodigiosamente y así nacieron las vaquerías. Transcurrido apenas un siglo, el ganado vacuno salvaje constituía ya una inagotable fuente de riqueza, explotada de una manera primitiva y bárbara. Las naves españolas que, con permiso especial, venían de cuando en cuando a Buenos Aires, cargaban a su regreso gran cantidad de pieles, y mucho más cargaban de contrabando las inglesas, portuguesas y holandesas.

Quienes se dedicaban a esta actividad, conocidos como “accioneros de vaquería”, debían,  además de contar con el capital necesario, tener pericia y autoridad probada,  pues la expedición  debía internarse en el desierto durante meses, a muchas leguas de la ciudad, expuesta al peligro del indio, de los incendios del campo, sequías, inundaciones, fieras, pérdida del rumbo en las cerrazones, etc. Todo lo cual, sumado a las exigencias de la vida de campo que debían soportar, demandaba la participación de hombres con notables condiciones físicas, coraje, templanza y consumada baquía.

Se les exigía tramitar un permiso que otorgaba el Cabildo local y pagar el impuesto establecido (derecho de vaquería), cualesquiera fueren sus objetivos (cueros, sebo, lenguas, cuernos o cerdas). Pero, no siendo fáciles de vigilar, las grandes matanzas de ganado, continuaron sin que se cobrara regularmente el impuesto. Obtenido el permiso, parece ser que ya nada les impedía emprender “la cacería”.

Formando una tropa de hombres a caballo, se dirigían hacia donde sabían que se encontraban reunidas las grandes manadas de reses cimarronas (sin dueño) y, llegados al lugar, rodeaban el ganado hasta detenerlo en un punto propicio para lo que vendría y se formaba allí el “rodeo”, que cubría una gran extensión de la campaña. Comenzaban entonces una loca carrera de la muerte a través del rebaño, armados de un instrumento cortante de hierro en forma de hoz o media luna, atado a la punta de un asta. Daban con él un golpe en las patas traseras del animal, tan diestramente, que limpiamente le cortaban el nervio sobre la juntura. La pata se encogía al instante, y después de haber cojeado algunos pasos, la bestia caía, sin poder levantarse más. De esta forma, solo diez y ocho o veinte hombres postraban en una hora setecientas u ochocientas reses y a veces más.

Cuando esa salvaje tarea los dejaba agotados,  desmontaban del caballo y reposaban un poco, mientras otros hombres que habían estado antes descansando, enderezaban las reses caídas, se arrojaban sobre ellas y las degollaban. Les sacaban la piel y el sebo, y a algunas también la lengua, y abandonaban el resto para festín de los caranchos, chimangos y perros salvajes del campo. Los cueros eran prontamente estaqueados  y cuando ya estaban secos,  los cargaban en los grandes carretones que los acompañaban en la faena.

Durante el siglo XVIII, este mercado, principalmente el de los cueros), alcanzó su máxima plenitud. Estas matanzas solían prolongarse por días y como los cueros debían ser “de ley”, es decir, de cierta medida, eran sólo los de toro (y no de cualquier toro), los más buscados, siendo rechazadas por los mercaderes las que no lo fueran o no tuvieran las medidas requeridas. Como no todos los cueros eran aceptados, para enviar cincuenta mil pieles a Europa se sacrificaban ochenta mil reses.

La aparición del aborigen chileno (araucanos principalmente), en el sur del territorio hoy argentino, que llegaron atraídos por la existencia de esos inmensos rebaños de ganado, la actividad de los “accioneros de vaquería”, la de campesinos que por puro placer, perseguían y mataban enormes cantidades de animales para sacarles sólo la lengua, abandonando el resto del animal en el campo y de otros que iban sólo en busca de grasa (que entonces servía en lugar de aceite, de tocino, de manteca, y también de materia combustible), y que mataban animales que consideraban lo suficientemente gordos y cargaban bien sus carros con el producto, dejando abandonado el resto, provocó una espantosa mortandad entre los rebaños salvajes, lo que rápidamente derivó en el aniquilamiento de la riqueza ganadera. Las manadas de ganado cimarrón comenzaron a desaparecer con tanta rapidez que fue necesario imponer severas prohibiciones y reglamentos para la matanza. Fueron suprimidos los permisos y ahuyentado el ganado a más de cien leguas de la ciudad y en  1796 se las protegió bajo ordenanza del gobierno virreinal (ver Los cueros de Ley y la caza de vacunos).

3 Comentarios

  1. Javier Portillo

    Buen día. Excelente pagina con muchos detalles historicos.
    Queria hacerle la siguiente consulta. En el texto describen a la herramienta para cortar el tendon del animal como «instrumento cortante de hierro en forma de hoz o media luna, atado a la punta de un asta». ¿Tenia un nombre especifico esta herramienta?.
    Muchas gracias!

    Responder
    1. Horacio

      Igual que como hoy, en aquellos tiempos ya se lo llamaba «desrajetador», palabra cuyo significado puede Usted consultar en Google. Gracias por visitarnos.

      Responder
  2. Anónimo

    que bestiales los hombres de nuestra historia, muchas gracias por la explicación… Maite de Recoleta…

    Responder

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.