LAS INVASIONES INGLESAS. APOSTILLAS Y CURIOSIDADES

Dos veces los ingleses intentaron establecerse en los territorios del Río de la Plata con fines estrictamente mercantilistas (1806 y 1807) y las dos fracasaron estrepitosamente, protagonizando un suceso que quedó grabado en nuestra Historia, como un hito fundacional de nuestra vocación como pueblo libre y soberano.

Y luego, a través de los años se ha escrito y se ha dicho tanto acerca de ellas, que no abundaremos aquí, más sobre aspectos que se refieran a su desarrollo. Trataremos en cambio, de recordar algunos de los incontables pormenores que las crónicas de la época registran como expresiones de supremo valor ciudadano, curiosidades y hechos extraños, sucedidos entonces, considerando que conociéndolos, estaremos más cerca de quienes vivieron en esas tensas jornadas, especialmente durante los 46 días que duró la permanencia del invasor en Buenos Aires en 1806.

One By One
Durante la ocupación militar de Buenos Aires por los ingleses en junio de 1806, las tropas invasoras ocuparon a la fuerza diversos edificios de la ciudad. Uno de ellos fue el convento e iglesia de Nuestra Señora de Belén, donde se venera a San Telmo. Frente a esa iglesia se encontraba la fonda atendida por MARTINA CÉSPEDES y sus tres hijas.

Una noche, un grupo de doce soldados ingleses golpeó la puerta de la fonda, cerrada a esas horas, con el propósito de ser atendidos por sus dueñas. No sabemos si en búsqueda de comida española, o algo más. La cuestión es que luego de la negativa inicial de las mujeres a permitir el ingreso de los soldados, doña MARTINA aceptó servirlos pero con la condición de que fueran ingresando al local uno a uno, a medida que fueran convocados, para atenderlos mejor. “Yes”, dijeron los ingleses, “One by one”. Así fue que a medida que ingresaban eran golpeados fuertemente en la cabeza con un garrote, maniatados, amordazados y encerrados en el interior de la vivienda.

La historia, de por sí pintoresca, no termina allí. Cuando MARTINA ofreció los prisioneros a LINIERS, este no salía de su asombro. En primer lugar, por el hecho de que cuatro mujeres desarmadas (aunque no olvidemos el garrote) capturaran a doce jóvenes soldados ingleses. El segundo motivo del asombro fue que MARTINA devolvió solamente once de los doce capturados. El restante, “se lo guardó” para su hija JOSEFA, quien se había enamorado del soldado; un joven escocés que aparentemente correspondía los sentimientos de la joven.

MARTINA CÉSPEDES fue nombrada Sargento Mayor del Ejército, con derecho a sueldo y uso de uniforme por LINIERS y orgullosa, participó muchos años en todos los festejos luciendo su uniforme y su medalla de “Defensora de Buenos Aires”. En 1825, cuando tenía ya 65 años, desfiló a caballo junto al general JUAN GREGORIO DE LAS HERAS y cuentan que le comentó: “¡Si me viese el Virrey Liniers…!”

Una pequeña placa de bronce, colocada en el edificio de departamentos ubicado frente a la iglesia de San Telmo, donde estaba la casa de MARTINA CÉSPEDES, lamentablemente demolida poco antes de que una ordenanza la declarara monumento histórico, evoca aún hoy su memoria.

Al pasar al frente de sus hombres por las calles San Nicolás y de la Paz (Hoy Corrientes y Reconquista), donde vivía ANITA PERICHÓN, el jefe de la resistencia SANTIAGO DE LINIERS vio cómo desde una ventana esta bella mujer, le arrojaba un pañuelo bordado. Liniers lo recogió a la vez que la saludaba con un movimiento de su espada. Estaba por comenzar el más escandaloso romance del Río de la Plata.

Valor ciudadano
Uno de estos protagonistas de esta historia singular de heroísmo fue el llamado PABLO XIMENES, quien luego de matar a dos ingleses, salvó a su hermano y luego de herir a otro inglés, lo cargó en sus hombros y lo trasladó hasta el hospital de campaña de las fuerzas patrias.112

También durante esos acontecimientos se produjo un hecho interesante. En la actual calle Suipacha Nº 55, vivía don Jorge Terrada, quien en pleno combate vio caer herido frente a su casa a un joven soldado inglés. Lo ingresó a su domicilio, lo curó y lo protegió durante un tiempo. Este joven, llamado MIGUEL HINES, no conocía sus orígenes ya que era huérfano. Vivía con una tía quien tenía guardada una carta para él, donde el misterio de su origen se aclaraba. La carta le debía ser entregada cuando tuviera 18 años.

Cuando llegó a esa edad, su tía le entregó la carta de su padre, por la que se enteró que éste era nada menos que el príncipe de Gales, Jorge, hijo a su vez de Jorge III; y quien sería luego Rey de la Gran Bretaña con el nombre de Jorge IV. El futuro rey era un verdadero tarambana, famoso por su vida disipada. Cuando MIGUEL HINES se enteró quien era su padre, arrojó al río Támesis la carta con el anillo que éste le dejara y se embarcó en el proyecto militar inglés, se convertiría en la segunda invasión inglesa. MIGUEL también será, porque fue él, quien en el año 1838 instalara en la ciudad de Buenos Aires, el primer árbol de Navidad.

ÁLZAGA y LINIERS fueron los dos héroes de la jornada. En esa noche de gloria y laureles, ninguno de los dos habrá imaginado que poco tiempo después ambos serían fusilados, marcando una constante de nuestra historia como lo es la injusticia con los defensores de las causas nobles. En el escenario internacional, España se aliará a Inglaterra contra Napoleón y esto abrirá a los ingleses las puertas del “Libre comercio”, motivo central de su interés en Sudamérica.

Prohibido jugar a la reconquista
Tan intensa había sido la participación de la población en los enfrentamientos y tan impresionados con los acontecimientos habían quedado los niños, que inmediatamente se popularizó el “Juego de la reconquista”, en el que dos bandos de niños y jóvenes se enfrentaban y arrojaban piedras y cohetes y se trababan en intensas luchas cuerpo a cuerpo, simulando lo que habían vivido en la gesta de la defensa y reconquista, con el previsible calentamiento de los ánimos, y posteriores complicaciones de contusos por todas partes.

Como era de esperar este juego se prohibió, estableciéndose una multa de $6 a los padres, amos, tutores y encargados. Así se encargó de anunciarlo el escribano de Su Majestad con sonoros bandos, acompañado de la tropa, pífanos y tambores, por voz del pregonero”. Las niñas en cambio ya en aquel entonces jugaban a la rayuela y a la ronda mientras cantaban “Arroz con leche”, “Mambrú se fue a la guerra” y “Sobre el puente de Avignon”.

¡Avance! ¡avance! ¡avance!
El ejército criollo avanzó hacia el fuerte por las actuales calles 25 de Mayo, Reconquista, San Martín, Rivadavia e Hipólito Yrigoyen. Junto a soldados disciplinados avanzaban mujeres y niños, gente desarmada y curiosos. La gente alentaba a los combatientes al grito de: “¡Avance!” “¡Avance!” “¡Avance!” lo que llenaba de temor a los ingleses.

La tucumanesa
En esta oportunidad, una mujer llamada MANUELA PEDRAZA, “La Tucumanesa”, llegó a la plaza junto a su marido y allí mató con sus propias manos al primer inglés que logró atrapar y con el arma que le quitó, continuó combatiendo junto a los hombres. LINIERS informó sobre este hecho al Rey de España, que la nombró Subteniente de Infantería con derecho al uso de uniforme y goce de sueldo, por real cédula del 24 de febrero de 1807.

Es el 12 de agosto de 1806. BERESFORD se rindió luego de un combate en el que murieron más de 400 ingleses y un número mayor de criollos. Los 1135 soldados ingleses sobrevivientes, junto con algunas mujeres y niños del mismo origen que los acompañaban en la expedición, fueron enviados a numerosas ciudades del interior como Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Mendoza etc. Muchos de ellos huyeron para incorporarse posteriormente al ejército inglés de Whitelocke durante la segunda invasión, pero la gran mayoría optó por quedarse y convertirse en ciudadanos de esas localidades y fueron el origen de numerosas familias del interior y de Buenos Aires.

Las dulceras de Beresford
MANUEL BILBAO, en su libro “Tradiciones y Recuerdos de Buenos Aires” (1934), cuenta los pormenores de una confusión que permitió que WILLIAM CARR BERESFORSD, durante los 46 días que permaneció en Buenos Aires, hasta que la ciudad fuera reconquistada luego de vencer a los invasores, se convirtiera en un exitoso exportador de dulceras y fuentes de plata.

Resulta que, según cuenta el autor, muchas familias de Buenos Aires no se sentían muy molestas con la presencia de las tropas inglesas y era frecuente que los oficiales de la rubia Albión fueran invitados a tertulias y “saraos”, donde departían amablemente con sus anfitriones y que muchos fueran obsequiados con dulces, alfeñiques, mazamorra y otras dulzuras criollas. BERESFORD no era la excepción y también recibía ese tipo de obsequios, que como era costumbre, llegaban en hermosas dulceras y fuentes de plata, que se sobreentendía, debían ser devueltas a sus dueños. Fueron muchos los obsequios de este tipo que BERESFORD recibió, e ignorando esa condición, las envolvía cuidadosamente, las embalaba y las remitía a Inglaterra, donde las recibía su familia, que admirada por la belleza de esos objetos, se ufanaba sirviendo en ellas a sus invitados.

Se dice que BERESFORD, años después y estando ya en Londres, se enteró de que la costumbre en Buenos Aires, al recibir ese tipo de obsequios, era devolver las dulceras y fuentes en las que llegaban, no sólo se sintió apesadumbrado, sino que de inmediato, se apresuró a enviarles abanicos, aros y otros objeto de valor, con una nota pidiendo disculpas por su “ignorancia de sus costumbres” a cada una de las familias de Buenos Aires y Montevideo, que le habían hecho algún obsequio de ese tipo.

El condado de Buenos Aires
Resulta interesante destacar que luego de las invasiones inglesas y hasta 1810, Buenos Aires fue un condado y su conde fue SANTIAGO DE LINIERS, premiado por la Corona de España con ese título nobiliario, como reconocimiento a su accionar durante estos acontecimientos.

Hubo un segundo conde de Buenos Aires y este fue su hijo LUIS DE LINIERS Y MEMBIELLE, producto de su padre con “La Pericona”. Luego del fusilamiento de su padre, Luis tramitó el cambio de la denominación de su condado por el de “conde de la Lealtad” y en reconocimiento a su padre, que había sido un muy leal defensor de la corona de España hasta que ello le causó la muerte, le fue aceptado el cambio. Lamentablemente el pueblo de Buenos Aires no fue leal con Liniers.

LINIERS fue nuestro primer héroe nacional. Lamentablemente no supo, no quiso o no pudo erigirse en un héroe emancipador. Por ello quedó atrapado entre la opinión de la corona de España, que desconfiaba de él porque era francés y los criollos que no estaban a favor de continuar con una línea independentista pro española, como propiciaba él.

Estos títulos nobiliarios no fueron ya reconocidos en nuestro territorio desde el año 1813, pero siguieron teniendo vigencia en España. Posteriormente, en 1860, otro descendiente de Liniers retomó el nombre original.

La Mata Hari de la colonia
Luego de las invasiones inglesas, la postura de los políticos de Buenos Aires podía resumirse en las siguientes posiciones: Un sector francófilo quería apoyar una salida acorde a los intereses de Francia, triunfal en el mundo en esos momentos dominado por Napoleón. La cabeza de este grupo era SANTIAGO DE LINIERS. Los “Carlotistas” en cambio, querían declarar la independencia y proclamar una monarquía independiente de España, bajo el poder de la hermana de Fernando VII, Carlota, esposa del Rey de Portugal, instalada en Brasil. Entre este grupo estaban BELGRANO, CASTELLI y PASO y el sector más radicalizado, cuyo exponente era MARIANO MORENO, quería la independencia absoluta de España, pero bajo un régimen republicano.

Luego de la reconquista de Buenos Aires, LINIERS era el personaje del momento. En un desfile en el que el héroe era aclamado por la multitud. El héroe de la época se había enamorado de ANITA PERICHÓN, aquella francesa que le había arrojado un pañuelo bordado desde su balcón, cuando pasara por su casa rumbo a la reconquista de la ciudad. Anita era una intrigante mujer que ha pasado a la historia por su acción en el espionaje de la época y por las armas que utilizaba para obtener la información que luego vendía al mejor postor.

“Mientras su esposo viajaba por distintos lugares de América, en dudosas misiones comerciales, ANA PERICHÓN tuvo una agitada vida social, erótica y política. Fue espía de los británicos, de los franceses, de los portugueses, que luego fueron brasileños, de los argentinos, que aun no lo eran, o de todos a la vez, cómplice de contrabandistas y gestora de negocios turbios, tanto en Buenos Aires como en el Brasil.

Se la llamó “la Perichona” porque estaba fresca la celebridad de la Perricholi, apócope de ‘perra’ y ‘chola’, como se la conocía a una criolla llamada MICAELA VILLEGAS (una actriz en verdad peruana) cuyos amores con el Virrey del Perú, Manuel de Amat y Juniet, habían conmovido a Lima unos años antes y se dice “que vestía guerrera militar sobre la piel desnuda y gorra de coronela en los encuentros íntimos que mantenía con el Virrey.

LINIERS, que para ese entonces era viudo, se había enamorado perdidamente de ANA PERICHÓN. Esta bella y joven mujer, de quien LINIERS se había convertido en su confidente, vivía lujosamente con comisiones otorgadas por conocidos contrabandistas y especialmente por los servicios secretos prestados a Inglaterra, Portugal y Francia, que, como se verá luego, fue una actitud que perjudicará al Virrey, ya que ANA se apoderará de información que será usada posteriormente en su contra.

Los traidores de las invasiones inglesas
Habiendo analizado las circunstancias y los personajes que estuvieron vinculados con los sucesos de las invasiones inglesas, han surgido algunos nombres de aquellos personajes que o bien por lealtad a su condición de españoles, o movidos por intereses personales, se mostraron desleales con la patria que los albergaba.

La lista comienza con el nombre de los que formaron parte del grupo que facilitó la fuga del coronel CARR BERESFORD, luego de que éste estuviera confinado junto con el teniente coronel PACK. Este es el grupo más directamente señalado como «traidor» por las autoridades coloniales de la época. Se les acusó de colaborar con el enemigo británico para facilitar la huida del General William Carr Beresford (quien estaba prisionero tras la primera invasión) y de negociar una posible emancipación bajo tutela británica.

Eran ellos, SATURNINO JOSÉ RODRÍGUEZ PEÑA: Militar criollo que ayudó a Beresford a escapar hacia Montevideo; MANUEL ANICETO PADILLA: Colaborador en la fuga y en las tratativas con los ingleses; ANTONIO LUIS DE LIMA: portugués involucrado en la logística de la huida.

A esta lista injustamente, se agrega el nombre de quien fuera el héroe de la Reconquista de Buenos Aires, SANTIAGO DE LINIERS, a quien el sector de los españoles residentes, especialmente los que eran funcionarios del Cabildo con MARTÍN DE ÁLZAGA a la cabeza, calificaron de “traidor”, acusándolo de ser un agente encubierto de Napoleón Bonaparte (entonces enemigo de España) debido a su nacionalidad francesa, sin dejar de considerarlo un “buen amigo” del general inglés, a quien mientras estuvo prisionero, colmó de atenciones y cuidados (información obtenida en Google IA).

Al fin, todo era para hacer negocios?
Sin descartar ni poner en duda las numerosas y muy bien argumentadas razones que nuestros historiadores le atribuyen al reino unido, para pergeñar tamaño atropello a nuestra soberanía, incluyendo las justificadas geopolíticamente, muchos de ellos le asignan a la ancestral vocación mercantilista de Gran Bretaña, el motor que las impulsó. Basta mencionar algunos hechos que caracterizaron nuestras relaciones a través del tiempo, para aceptar que algo de cierto hay en esto.

Desde las exigencias de trato preferencial en sus relaciones comerciales con las Provincias Unidas desde los albores de nuestra Independencia, los bloqueos que dispusiera de nuestro Puerto, los sucesos acaecidos en la Vuelta de Obligado, el préstamo de la Baring Brothers y su utilización para ponernos de rodillas para fortalecer su posición como país acreedor, las cartas que sus enviados y funcionarios les remitían a Londres, poniendo en evidencia sus expectativas y proyectos (ver El comercio con Gran Bretaña), son algunos de estos antecedentes.

Y por si fuera necesario más, recordemos que el diario “Times” de Londres, en su edición del 25 de setiembre de 1806, publicó un extenso artículo ofreciendo un detallado informe sobre la situación y el estado de la ciudad de Buenos Aires, destacando las ventajas que se derivarían de su conquista y el 7 de octubre del mismo año, dos barcos con bandera inglesa, cargados de mercaderías que pensaban vender en Buenos Aires, cuyo gobierno, creían, aún era ejercido por sus compatriotas, son apresados, ni bien hacen fondo frente al puerto de esta ciudad. Interrogados los capitanes de esas naves, se supo que estas embarcaciones eran la avanzada de una importante flotilla, también cargada con mercaderías, que enviaban las autoridades británicas, ignorando que a esa fecha, ya se había producido la derrota de sus tropas y la consiguiente Reconquista de Buenos Aires.

Una empresa sucia y sórdida
Los partes oficiales de la capitulación de Whitelocke en Buenos Aires, dando cuenta del fracaso de la segunda invasión, llegaron a Gran Bretaña el 11 de setiembre de 1807y fueron dados a publicidad dos días después. En su edición del 14 de setiembre, el diario «The Times», de Londres, que casi exactamente un año antes había exaltado la toma de la capital del Virreinato del Río de la Plata, comentó la nueva derrota británica en un largo artículo titulado: «Evacuación de Sudamérica» y los siguientes son sus párrafos principales:

“El ataque sobre Buenos Aires ha fracasado y hace ya tiempo que no queda un solo soldado británico en la parte española de Sudamérica. Los detalles de este desastre, quizás el más grande que ha sufrido este país desde el comienzo de la guerra revolucionaria, fueron publicados ayer en un número extraordinario”.

«El ataque, de acuerdo al plan preestablecido, se llevó a cabo el 5 de julio, y los resultados fueron los previsibles. Las columnas se encontraron con una resistencia decidida. En cada calle, desde cada casa, la oposición fue tan resuelta y gallarda como se han dado pocos casos en la historia. La consecuencia fue que el plan de operaciones se frustró. «Los despachos son los únicos documentos por los que podemos juzgar el sistema de operaciones militares que ha sido puesto en práctica en Sudamérica, y no podemos dejar de repetir que nos parece el más extraño que ha sido nunca llevado a cabo”

“El comandante en jefe parece haber estado en la más perfecta ignorancia, tanto acerca de la naturaleza del país que debía atravesar, como sobre el monto y el carácter de la resistencia que debía esperar. Con el propósito, suponemos, de evitar un encuentro molesto, desembarca a treinta millas del lugar donde debía operar. Prosigue su marcha a través de un territorio lleno de pantanos, cortado por riachuelos y, finalmente, con un ejército jadeante y exhausto, se asienta frente a una plaza fortificada enteramente, en la cual, según el tenor de su despacho, “llovían sobre él metrallas desde todas las esquinas y desde los techos de todas las casas, mosquetazos, granadas de mano, ladrillos y piedras”.

“Bajo estas circunstancias, lo notable no es que no haya tenido éxito, sino que haya podido escapar de la dificultad en la que se hallaba envuelto y obtener las condiciones (de rendición) favorables que le fueron concedidas. El general Whitelocke ha demostrado más talento como negociador que como comandante de una fuerza de operaciones. Si el enemigo se hubiese comportado más encarnizadamente, la totalidad de las tropas hubieran debido rendirse a discreción. Su comunicación con la flota era de lo más precaria, y en el mismo momento en que comenzaban las negociaciones, eran atacados por un cuerpo enemigo, en una de sus más fuertes posiciones: la Residencia”.

“Los despachos abundan en excusas por haber abandonado esta importante conquista. No podemos de ningún modo suscribir algunas de ellas. Si la hostilidad de los habitantes puede ser aceptada como una razón para no invadir o evacuar un país, entonces no hay país que no esté libre de ataque u ocupación. ¿Acaso Bonaparte, que se ha abierto camino a través de la belicosa población del continente, razonó nunca de esta manera? ¿Acaso esperó el general Whitelocke que los habitantes de Buenos Aires se pusieran espontáneamente de su lado, o que permanecerían como mansos espectadores de su duelo con Liniers? ¿Acaso la resistencia que encontró cayó sobre él como algo inesperado? ¿No debió ser prevista? ¿Ignoraba que durante varios meses se habían empleado todos los medios para excitar y organizar toda la furia y el odio del país contra él?”.

“Este ha sido un asunto desgraciado del principio al fin. Los intereses de la nación, así como su prestigio militar, han sido seriamente afectados. El plan original era malo y mala fue su ejecución. No hubo nada de honorable o digno en él; nada a la altura de los recursos o el prestigio de la nación”.

“Fue una empresa sucia y sórdida… ¿Cómo podía esperarse que estuvieran con nosotros las manos o los corazones del pueblo, si los primeros que ocuparon la ciudad se mostraron menos ansiosos de conciliarse con los habitantes que de colocar fuera de peligro el botín obtenido? Había un vicio radical en el plan original, que ninguna empresa posterior pudo remediar”. Si los desautorizados promotores del primer desembarco, hubieran dispuesto de una fuerza igual a la que ha sido ahora expulsada de Buenos Aires, el pais podría estar en estos momentos en nuestras manos”.

Todo valía para desalentar la ocupación
El factor religioso fue utilizado como arma psicológica para fomentar la deserción de soldados irlandeses o extranjeros de confesión católica y fueron frecuentes las deserciones que se producían entre los invasores, habiendo sido catequizados por diligentes “curitas”, que apelaban a su conciencia, haciéndoles comprender que no estaban cumpliendo con los preceptos de su religión.

Peligro en las calles
Algunos soldados ingleses de guardia en las calles o frente a las pulperías, “que según el censo levantado por los británicos en esos días eran seiscientas en toda la ciudad, aparecían acuchillados y nunca era posible descubrir a los autores de esas muertes. Detrás de la obediencia formal y de las buenas maneras los porteños, todos compartían la misma idea: desalojar a los ingleses de Buenos Aires.

Efectivos, medios y armamento comprometido por los ingleses en esta acción
Las invasiones inglesas fueron poderosos esfuerzos llevados a cabo cumpliendo un riguroso plan de batalla, empeñando en el operativo importantes medios humanos y materiales. Para la primera de ellas, trajeron 10 barcos de guerra, 1668 soldados entre infantería y artillería, 1.200 infantes de marina y algunas piezas de artillería (sin datos en cuanto al número de éstas). La segunda tentativa reunió en el Rio de la Plata 10.000 soldados de infantería y caballería y aproximadamente 2.000 infantes de marina, 26 cañones, 350 caballos, 20 naves de guerra y 90 transportes

Sus armas
Cañón de campaña calibre 6. El calibre se medía entonces por el peso del proyectil, que era esférico, macizo y de fundición de hierro. El cañón de 6 libras (2,760 kg) tenía un calibre, por ancho de boca, de 89,7 mm. Era una pieza de bronce y se la empleaba como arma de apoyo de la infantería y la caballería en el campo de batalla. Tarros de metralla. Eempleados por la artillería. Era un recipiente de hojalata, relleno con balines de plomo o bronce, recortes de metal y clavos. Proyectil «Shrapnel». Inventados por el general británico Henry Shrapnel (1761-1842), de donde deriva su nombre, constituyen un perfeccionamiento de los tarros de metralla. Se los utilizó por primera vez en el ataque realizado por los británicos contra la Guayana Holandesa en 1804. En 1806, las fuerzas de BERESFOD los emplearon en el combate sostenido a orillas del Riachuelo. El 2 de julio de 1806 el capitán jAMES FREDERIK OGILVIE, jefe de la artillería, informó a sus superiores en Londres que los nuevos proyectiles «Shrapnel» tuvieron gran efecto en la lucha, y envió sus felicitaciones al inventor. Los «Shrapnel», eran proyectiles esféricos y huecos, rellenos de balines y provistos de una carga de pólvora que los hacía estallar en el aire. Sus efectos eran sumamente mortíferos.

Fusil de chispa. “Brown-Bess”, Modelo 1802 con ánima rayada y bayoneta. De uso reglamentario por ejército británico. Pistolas de “charpa” De chispa, que se llevaban colgadas a la cintura por medio de un “tahalí de cuero. Espadas. Con una hoja recta cortante de dos filos y punta, de aproximadamente 65/70 cm. de largo, punzante y con dos filos.

Muerte de las calles
Reproducimos relatos de los combates sostenidos en las calles de Buenos Aires, hechos por jefes británicos que intervinieron en la lucha: “Avancé con los rifleros hasta el costado oeste del edificio del Colegio de los Jesuitas (actual Colegio Nacional de Buenos Aires), sin sufrir pérdidas considerables, cuando, al adelantar el cañón liviano para abrir una brecha en la entrada principal del edificio, el enemigo apareció de repente en gran número en algunas ventanas, en la azotea de aquel edificio y desde las barracas del lado opuesto de la calle y desde el extremo de la misma. En un momento, la totalidad de la compañía de vanguardia de mi columna, y algunos artilleros y caballos fueron muertos o heridos…”. Teniente coronel HENRY CADOGAN.

“Antes de que me hubiese escasamente aproximado a la iglesia de San Francisco, ya había perdido bajo el fuego de un enemigo invisible y ciertamente inatacable para nosotros, a todos mis oficiales y la casi totalidad de los hombres que componían la fracción de vanguardia, formada por voluntarios de distintas compañías, los oficiales y casi la mitad de la compañía siguiente, y así en proporción en las otras compañías que componían mi columna…”. Teniente coronel DENIS PACK.

“No bien alcanzamos la entrada de la iglesia de San Miguel, el enemigo comenzó un terrible fuego desde las casas opuestas. Habiendo perdido unos treinta hombres en esta entrada, y comprendiendo que era imposible forzar las puertas de la iglesia con las herramientas que me habían entregado, juzgué prudente desistir y penetrar más en la ciudad, esperando encontrar una posición más ventajosa. Al abandonar la entrada de la iglesia fuimos castigados con un fuego continuado. Después penetré en la ciudad hasta que juzgué que me hallaba cerca de la fortaleza. Viendo que había perdido tanta gente en la calle, que los cuatro oficiales de granaderos estaban heridos, que el mayor, el ayudante y el cirujano auxiliar habían sido muertos, y que había perdido, entre muertos y heridos, de ochenta a cien soldados de mi débil columna, doblé a la izquierda y busqué refugio ocupando tres casas…”. Teniente coronel ALEXANDER DUFF.

“Por los caños corría la sangre», dijo el Teniente de Milicias MARTÍN RODRÍGUEZ en 1807, luego de retomar la Casa de la Virreina, después de haber librado un encarnizado encuentro con los invasores, que dejaron allí 30 de hombres muertos. Ubicada en la esquina de las actuales calles Perú y Belgrano, había sido tomada por los ingleses al mando del Coronel HENRY CADOGAN durante la segunda de las invasiones inglesas y convertida en un bastión desde donde sus efectivos, atrincherados en las azoteas, barrían con su fuego a las milicias criollas que intentaban avanzar por la avenida Belgrano.

Héroes navales
Muchos marinos, además de SANTIAGO DE LINIERS tuvieron una actuación destacada durante las invasiones inglesas. Durante la primera de ellas, el capitán de fragata GUTIÉRREZ DE LA CONCHA se desempeñó como su eficaz segundo y lucharon con ellos el Teniente de Fragata JOSÉ DE CÓRDOBA Y ROJAS, CÁNDIDO DE LASALA y JACINTO ROMARATE entre otros.

En 1807, durante la defensa de Buenos Aires, los marinos se batieron con denuedo en el Retiro, muriendo allí el Teniente de Navío LASALA, el Teniente de Fragata BENITO CORREA y el Alférez de Fragata JOSÉ RIVAS, mientras que en otros sectores del combate, se destacaron JUAN BAUTISTA AZOPARDO, ANGEL HUBAC y el Teniente de Navío BALTAZAR UNQUERA, cuyo nombre llevó una calle de la ciudad de Buenos Aires, hasta que fue cambiado por Florida.

El tesoro de Buenos Aires
Cuando a principios de mayo de 1806 la escuadra inglesa navegaba hacia el Río de la Plata, los jefes de la expedición ya tenían resuelto un problema para ellos muy importante. 15 días antes, BAIRD, BERESFORD y POPHAM habían convenido la forma de distribuirse el tesoro que sospechaban se hallaba en Buenos Aires, a la espera de ser trasladado a España. Según las leyes navales inglesas, los caudales eran considerados “buena presa” y el convenio reservaba a BAIRD la cuota del jefe, por haber autorizado la expedición.

La existencia del tesoro fue confirmada el 9 de junio, cerca de Montevideo, por un escocés llamado RUSSEL, pasajero de una goleta de bandera portuguesa. Los informes de RUSSEL fueron estimulantes para los ingleses que escucharon deleitados las palabras de éste: «Una gran suma de dinero llegó a Buenos Aires desde el interior. La ciudad está protegida solamente por una poca tropa de línea, cinco compañías de indisciplinados blandengues, canalla popular. La festividad de Corpus Christi, que se aproximaba y atraía la atención de todos, terminando en una escena de borrachera general y tumulto, sería la crisis más favorable para un ataque contra la ciudad».

El 28 de junio, luego de una muy débil y desordenada resistencia, ya flameaba la bandera inglesa sobre el Fuerte de Buenos Aires. La ciudad había caído sin resistir. Se discuten los términos de la capitulación. BERESFORD exige, como principal condición, la entrega de los caudales reales que SOBREMONTE se había llevado a Luján. El virrey accede ante los emisarios del jefe invasor y, protegido por soldados ingleses, el tesoro desanda el camino de la fuga. El 5 de julio, las carretas arriban a Buenos Aires. Doce días después, la fragata “Narcissus” zarpa hacia Gran Bretaña con la carga preciosa.

La llegada del tesoro a Inglaterra es triunfal. En Portsmouth, donde la «Narcissus» ha anclado el 12 de setiembre, una multitud despide a los ocho grandes carros —cada uno lleva cinco toneladas de pesos plata— que parten hacia Londres, adornados con las banderas españolas tomadas en Buenos Aires. Luego, Los londinenses reeditan, multiplicado, el júbilo de Portsmouth. Precedidos por piquetes de caballería y bandas de música, los carruajes recorren las principales calles rumbo al Banco de Inglaterra, donde los caudales quedan depositados a la espera de su distribución entre las fuerzas invasoras. Lo que los ingleses no imaginaban entonces, es que cuando ellos festejaban el éxito de la invasión, hacía ya un mes que Buenos Aires había sido recuperada por los porteños.

El reparto de “la presa” se hizo, finalmente, en 1808, después de una áspera disputa entre BERDSFORD y POPHAM por la interpretación del convenio que ambos habían firmado en Santa Elena: de acuerdo con el fallo de las autoridades, 296.187 libras, 3 chelines y 2 peniques se repartieron entre 2.841 participantes en el ataque a Buenos Aires (1.235 del Ejército y 1.606 de la Marina). El general BAIRD recibió 35.985 libras; BERESFORD, 11.995. El resto se distribuyó en una proporción aproximada de 7 mil libras para los jefes superiores de tierra y mar, 750 para los capitanes, 500 para los tenientes, 170 para los suboficiales y 30 para cada soldado y marinero.

El impensado beneficio que aportó la arquitectura colonial para vencer a los ingleses
Las casas coloniales de Buenos Aires, provistas de estrechas ventanas defendidas por rejas de hierro, anchos muros y pesados portones, constituyeron uno de los factores decisivos de la victoria obtenida por las fuerzas porteñas contra el ataque británico. Atrincherados en las azoteas de esas improvisadas “fortalezas”, las tropas y el pueblo dirigieron el fuego que diezmó a las columnas inglesas de asalto que avanzaban por las calles sin protección alguna.

Paradójicamente, fue el mismo general WHITELOCKE quien, con anterioridad al ataque y cuando se hallaba todavía en Montevideo, vislumbró el peligro que representaban los edificios coloniales españoles como posibles centros de resistencia. Uno de sus subordinados, el general CRAUFURD, así lo atestiguó ante la corte marcial a que fue sometido WHITELOCKE cuando regresó a Inglaterra. Reproducimos sus declaraciones:

“El día después de mi llegada a Montevideo, el general (Whitelocke) me hizo notar la rara construcción de las casas —sus azoteas defendidas por parapetos y otras circunstancias que, observó, favorecían mucho su defensaagregando que de ningún modo expondría a sus tropas, en una contienda tan desigual como la que se presentaría al entrar en una plaza tan grande como Buenos Aires, cuyos habitantes estaban todos preparados parea defendería y cuyas casas, eran de igual construcción a las que entonces me mostraba …»

Los ingleses comienzan a mostrar la verdadera razón de sus invasiones
El 4 de agosto, un bando de Beresford estableció nuevas tarifas para la importación y exportación. Para las mercaderías extranjeras, que por las leyes españolas pagaban un arancel que oscilaba entre el 35 y el 42 por ciento, se redujo este derecho al 12 y medio por ciento si provenían de Inglaterra y al 15 y medio por ciento si procedían de Francia, Holanda o Alemania. Paralelamente, se establecieron tarifas diferenciales para la exportación, en favor de Inglaterra y se abolió el “estanco” (monopolio fiscal) del tabaco y de los naipes.

Belgrano explica el fracaso de las invasiones inglesas
Pasado ya mucho tiempo después de la segunda invasión inglesa a Buenos Aires, en abril de 1815, MANUEL BELGRANO cumpliendo una misión diplomática en Inglaterra, tuvo la oportunidad de explicarle gráficamente al brigadier inglés CRAWFURD la razón del fracaso que habían sufrido los ingleses cuando intentaron apoderarse de Buenos Aires en 1806 y 1807, diciéndole que el pueblo, protagonista principal de aquellas jornadas, en medio de los disparos gritaba “Queremos el amo viejo —, o ninguno”.

Para ver más “apostillas» referidas a las invasiones inglesas, ver “Un Reglamento para una Buenos Aires ocupada”, “Almorzando con el enemigo”, “Soldados ingleses en los ejércitos de la patria”, “Prisión para los jefes de la primera invasión de los ingleses”, “Se fugan de Lujan los prisioneros ingleses”, “Primera carga de caballería argentina en Perdriel”, “Pañuelos subversivos”, “El ombú de la mala suerte”, “El Pato cautiva a los ingleses”, “Cuarenta y seis días de gobierno inglés en Buenos Aires”, “La Estrella del Sur”, “Inglaterra devuelve el dinero robado”.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *