LAS INVASIONES INGLESAS. «APOSTILLAS»

Se ha escrito y se ha dicho tanto acerca de las invasiones inglesas al Río de la Plata, que no abundaremos más en este artículo. En cambio, trataremos de reunir aquí  algunas de las circunstancias, hechos y curiosidades que se relacionan con este suceso, es decir «apostillas», para comprender mejor algunos de los por qué y de los cómo de ellos.

Efectivos, medios y armamento comprometido por los ingleses en esta acción
Las invasiones inglesas fueron poderosos esfuerzos llevados a cabo cumpliendo un riguroso plan de batalla, empeñando en el operativo importantes medios humanos y materiales. Para la primera de ellas, trajeron 10 barcos de guerra, 1668 soldados entre infantería y artillería, 1.200 infantes de marina y algunas piezas de artillería (sin datos en cuanto al número de éstas). La segunda tentativa reunió en el Rio de la Plata 10.000 soldados de infantería y caballería  y aproximadamente 2.000 infantes de marina, 26 cañones, 350 caballos, 20 naves de guerra y 90 transportes

Sus armas
Cañón de campaña calibre 6. El calibre se medía entonces por el peso del proyectil, que era esférico, macizo y de fundición de hierro. El cañón de 6 libras (2,760 kg) tenía un calibre, por ancho de boca, de 89,7 mm. Era una pieza de bronce y se la empleaba como arma de apoyo de la infantería y la caballería en el campo de batalla
Tarros de metralla. Eempleados por la artillería. Era un recipiente de hojalata, relleno con balines de plomo o bronce, recortes de metal y clavos.
Proyectil «Shrapnel». Inventados por el general británico Henry Shrapnel (1761-1842), de donde deriva su nombre, constituyen un perfeccionamiento de los tarros de metralla. Se los utilizó por primera vez en el ataque realizado por los británicos contra la Guayana Holandesa en 1804. En 1806, las fuerzas de BERESFOD los emplearon en el combate sostenido a orillas del Riachuelo. El 2 de julio de 1806 el capitán jAMES FREDERIK OGILVIE, jefe de la artillería, informó a sus superiores en Londres que los nuevos proyectiles «Shrapnel» tuvieron gran efecto en la lucha, y envió sus felicitaciones al inventor. Los «Shrapnel», eran proyectiles esféricos y huecos, rellenos de balines y provistos de una carga de pólvora que los hacía estallar en el aire. Sus efectos eran sumamente mortíferos.
Fusil de chispa . “Brown-Bess”, Modelo 1802 con ánima rayada y bayoneta. De uso reglamentario por ejército británico.
Pistolas de “charpa” De chispa, que se llevaban colgadas a la cintura por medio de un “tahalí de cuero
Espadas. Con una hoja recta cortante de dos filos y punta, de aproximadamente 65/70 cm. de largo, punzante y  con dos filos.

Muerte de las calles
Reproducimos relatos de los combates sostenidos en las calles de Buenos Aires, hechos por jefes británicos que intervinieron en la lucha:
«Avancé con los rifleros hasta el costado oeste del edificio del Colegio de los Jesuítas (actual Colegio Nacional de Buenos Aires), sin sufrir pérdidas considerables, cuando, al adelantar el cañón liviano para abrir una brecha en la entrada principal del edificio, el enemigo apareció de repente en gran número en algunas ventanas, en la azotea de aquel edificio y desde las barracas del lado opuesto de la calle y desde el extremo de la misma. En un momento, la totalidad de la compañía de vanguardia de mi columna, y algunos artilleros y caballos fueron muertos o heridos…». Teniente coronel HENRY CADOGAN

«Antes de que me hubiese escasamente aproximado a la iglesia de San Francisco, ya había perdido bajo el fuego de un enemigo invisible y ciertamente inatacable para nosotros, a todos mis oficiales y la casi totalidad de los hombres que componían la fracción de vanguardia, formada por voluntarios de distintas compañías, los oficiales y casi la mitad de la compañía siguiente, y así en proporción en las otras compañías que componían mi columna…». Teniente coronel DENIS PACK.

«No bien alcanzamos la entrada de la iglesia de San Miguel, el enemigo comenzó un terrible fuego desde las casas opuestas. Habiendo perdido unos treinta hombres en esta entrada, y comprendiendo que era imposible forzar las puertas de la iglesia con las herramientas que me habían entregado, juzgué prudente desistir y penetrar más en la ciudad, esperando encontrar una posición más ventajosa. Al abandonar la entrada de la iglesia fuimos castigados con un fuego continuado. Después penetré en la ciudad hasta que juzgué que me hallaba cerca de la fortaleza. Viendo que había perdido tanta gente en la calle, que los cuatro oficíales de granaderos estaban heridos, que el mayor, el ayudante y el cirujano auxiliar habían sido muertos, y que había perdido, entre muertos y heridos, de ochenta a cien soldados de mi débil columna, doblé a la izquierda y busqué refugio ocupando tres casas…». Teniente coronel ALEXANDER DUFF.

“Por los caños corría la sangre», dijo el Teniente de Milicias MARTÍN RODRÍGUEZ en 1807, luego de retomar la Casa de la Virreina, después de haber librado un encarnizado encuentro con los invasores, que dejaron allí 30 de hombres muertos.  Ubicada en la esquina de las actuales calles Perú y Belgrano, había sido tomada por los ingleses al mando del Coronel HENRY CADOGAN durante la segunda de las invasiones inglesas y convertida en un bastión desde donde sus efectivos, atrincherados en las azoteas, barrían con su fuego a las milicias criollas que intentaban avanzar por la avenida Belgrano.

Héroes navales
Muchos marinos, además de SANTIAGO DE LINIERS tuvieron una actuación destacada durante las invasiones inglesas. Durante la primera de ellas, el capitán de fragata GUTIÉRREZ DE LA CONCHA se desempeñó como su eficaz segundo y lucharon con ellos el Teniente de Fragata JOSÉ DE CÓRDOBA Y ROJAS, CÁNDIDO DE LASALA y JACINTO ROMARATE entre otros. En 1807, durante la defensa de Buenos Aires, los marinos se batieron  con denuedo en el Retiro, muriendo allí el Teniente de Navío LASALA, el Teniente de Fragata BENITO CORREA y el Alférez de Fragata JOSÉ RIVAS, mientras que en otros sectores del combate, se destacaron JUAN BAUTISTA AZOPARDO, ANGEL HUBAC y el Teniente de Navío BALTAZAR UNQUERA, cuyo nombre llevó una calle de la ciudad de Buenos Aires, hasta que fue cambiado por Florida.

El tesoro de Buenos Aires
Cuando a principios de mayo de 1806 la escuadra inglesa navegaba hacia el Río de la Plata, los jefes de la expedición ya tenían resuelto un problema para ellos muy importante. 15 días antes, BAIRD, BERESFORD y POPHAM habían convenido la forma de distribuirse el tesoro que sospechaban se hallaba en Buenos Aires, a la espera de ser trasladado a España. Según las leyes navales inglesas, los caudales eran considerados «buena presa». El convenio reservaba a BAIRD la cuota del jefe, por haber autorizado la expedición.

La existencia del tesoro fue confirmada el 9 de junio, cerca de Montevideo, por un escocés llamado RUSSEL, pasajero de una goleta de bandera portuguesa. Los informes de RUSSEL fueron estimulantes para los ingleses que escucharon deleitados las palabras de éste: «Una gran suma de dinero llegó a Buenos Aires desde el interior. La ciudad está protegida solamente por una poca tropa de linea, cinco compañías de indisciplinados blandengues, canalla popular. La festividad de Corpus Christi, que se aproximaba y atraía la atención de todos, terminando en una escena de borrachera general y tumulto, seria la crisis más favorable para un ataque contra la ciudad».

El 28 de junio, luego de una muy débil y desordenada resistencia, ya flameaba la bandera inglesa sobre el Fuerte de Buenos Aires. La ciudad había caído sin resistir. Se discuten los términos de la capitulación. BERESFORD exige, como principal condición, la entrega de los caudales reales que SOBREMONTE se había llevado a Luján. El virrey accede ante los emisarios del-jefe invasor y, protegido por soldados ingleses, el tesoro desanda el camino de la fuga. El 5 de julio, las carretas arriban a Buenos Aires. Doce días después, la fragata «Narcissus» zarpa hacia Gran Bretaña con la carga preciosa.

La llegada del tesoro a Inglaterra es triunfal. En Portsmouth, donde la «Narcissus» ha anclado el 12 de setiembre, una multitud despide a los ocho grandes carros —ca­da uno lleva cinco toneladas de pesos plata— que parten hacia Londres, adornados con las banderas españolas tomadas en Buenos Aires. Luego, Los londinenses reeditan, multiplicado, el júbilo de Portsmouth. Precedidos por piquetes de caballería y bandas de música, los carruajes recorren las principales calles rumbo al Banco de Inglaterra, donde los caudales quedan depositados a la espera de su distribución entre las fuerzas invasoras. Lo que los ingleses no imaginaban entonces, es que cuando ellos festejaban el éxito de la invasión, hacía ya un mes que Buenos Aires había sido recuperada por los porteños.

El reparto de «la presa» se hizo, finalmente, en 1808, después de una áspera disputa entre BERDSFORD y POPHAM por la interpretación del convenio que ambos habían firmado en Santa Elena: de acuerdo con el fallo de las autoridades, 296.187 libras, 3 chelines y 2 peniques se repartieron entre 2.841 participantes en el ataque a Buenos Aires (1.235 del Ejército y 1.606 de la Marina). El general BAIRD recibió 35.985 libras; BERESFORD, 11.995. El resto se distribuyó en una proporción aproximada de 7 mil libras para los jefes superiores de tierra y mar, 750 para los capitanes, 500 para los tenientes, 170 para los suboficiales y 30 para cada soldado y marinero.

Una empresa sucia y sordida
Los partes oficiales de la capitulación de Whitelocke en Buenos Aires, dando cuenta del fracaso de la segunda invasión, llegaron a Gran Bretaña el 11 de setiembre de 1807,y fueron dados a publicidad dos días después. En su edición del 14 de setiembre, el diario «The Times», de Londres, que casi exactamente un año antes había exaltado la toma de la capital del Virreinato del Río de la Plata, comentó la nueva derrota británica en un largo artículo titulado: «Evacuación de Sudamérica» y los siguientes son sus párrafos principales:

«El ataque sobre Buenos Aires ha fracasado y hace ya tiempo que no queda un solo soldado británico en la parte española de Sudamérica. Los detalles de este desastre, quizás el más grande que ha sufrido este país desde el comienzo de la guerra revolucionaria, fueron publicados ayer en un número extraordinario…» «El ataque, de acuerdo al plan preestablecido, se llevó a cabo el 5 de julio, y los resultados fueron los previsibles. Las columnas  se encontraron con una resistencia decidida. En cada calle, desde cada casa, la oposición fue tan resuelta y gallarda como se han dado pocos casos en la historia. La consecuencia fue que el plan de operaciones se frustró…»

«Los despachos son los únicos documentos por los que podemos juzgar el sistema de operaciones militares que ha sido puesto en práctica en Sudamérica, y no podemos dejar de repetir que nos parece el más extraño que ha sido nunca llevado a cabo. El comandante en jefe parece haber estado en la más perfecta ignorancia,  tanto acerca de la naturaleza del país que debía atravesar, como sobre el monto y el carácter de la resistencia que debía esperar. Con el propósito, suponemos, de evitar un encuentro molesto, desembarca a treinta millas del lugar donde debía operar. Prosigue su marcha a través de un territorio lleno de pantanos, cortado por riachuelos y, finalmente, con un ejército jadeante y exhausto,  se asienta frente a una plaza fortificada enteramente, en la cual, según el tenor de su despacho, “llovían sobre él metrallas desde todas las esquinas y desde los techos de todas las casas, mosquetazos, granadas de mano, ladrillos y piedras”.

Bajo estas circunstancias, lo notable no es que no haya tenido éxito, sino que haya podido escapar de la dificultad en la que se hallaba envuelto y obtener las condiciones (de rendición) favorables que le fueron concedidas. El general Whitelocke ha demostrado más talento como negociador que como comandante de una fuerza de operaciones. Si el enemigo se hubiese comportado más encarnizadamente, la totalidad de las tropas hubieran debido rendirse a discreción. Su comunicación con la flota era de lo más precaria, y en el mismo momento en que comenzaban las negociaciones,  eran atacados por un cuerpo enemigo, en una de sus más fuertes posiciones:  la Residencia.

«Los despachos abundan en excusas por haber abandonado esta importante con­quista. No podemos de ningún modo suscribir algunas de ellas. Si la hostilidad de los habitantes puede ser aceptada como una razón para no invadir o evacuar un país, entonces no hay país que no esté libre de ataque u ocupación. ¿Acaso Bonaparte, que se ha abierto camíno a través de la belicosa población del continente, razonó nunca de esta manera? ¿Acaso esperó el general Whitelocke que los habitantes de Buenos Aires se pusieran espontáneamente de su lado, o que permanecerían como mansos espectadores de su duelo con Liniers? ¿Acaso la resistencia que encontró cayó sobre él como algo inesperado? ¿No debió ser prevista? ¿Ignoraba que durante varios meses se habían empleado todos los medios para excitar y organizar toda la furia y el odio del país contra él? .

«Este ha sido un asunto desgraciado del principio al fin. Los intereses de la nación, asi como su prestigio militar, han sido seriamente afectados. El plan original era malo y mala fue su ejecución. No hubo nada de honorable o digno en él; nada a la altura de los recursos o el prestigio de la nación. Fue una empresa sucia y sórdida… «¿Cómo podía esperarse que estuvieran con nosotros las manos o los corazones del pueblo, si los primeros que ocuparon la ciudad se mostraron menos ansiosos de conciliarse con los habitantes que de colocar fuera de peligro el botín obtenido? Había un vicio radical en el plan original, que ninguna empresa posterior pudo remediar”. Si los desautorizados promotores del primer desembarco, hubieran  dispuesto de una fuerza igual a la que ha sido ahora expulsada de Buenos Aires, el pais podría estar en estos momentos en nuestras manos”.

El impensado beneficio que aportó la arquitectura colonial para vencer a los ingleses
Las casas coloniales de Buenos Aires, provistas de estrechas ventanas defendidas por rejas de hierro, anchos muros y pesados portones, constituyeron uno de los factores decisivos de la victoria obtenida por las fuerzas porteñas contra el ataque británico. Atrincherados en las azoteas de esas improvisadas «fortalezas», las tropas y el pueblo dirigieron el fuego que diezmó a las columnas inglesas de asalto que avanzaban por las calles sin protección alguna.

Paradójicamente, fue el mismo general WHITELOCKE quien, con anterioridad al ataque y cuando se hallaba todavía en Montevideo, vislumbró el peligro que representaban los edificios coloniales españoles como posibles centros de resistencia. Uno de sus subordinados, el general CRAUFURD, así lo atestiguó ante la corte marcial a que fue sometido WHITELOCKE cuando regresó a Inglaterra. Reproducimos sus declaraciones: «El dia después de mi llegada a Montevideo, el general (Whitelocke) me hizo notar la rara construcción de las casas —sus azoteas defendidas por parapetos y otras circunstancias que, observó, favorecían mucho su defensaagregando que de ningún modo expondría a sus tropas,  en una contienda tan desigual como la que se presentaría al entrar en una plaza tan grande como Buenos Aires, cuyos habitantes estaban todos preparados parea defendería y cuyas casas,  eran de igual construcción a las que entonces me mostraba …»

Al fin, todo era para hacer negocios?
Sin descartar ni poner en duda las numerosas y muy bien argumentadas razones que nuestros historiadores le atribuyen al reino unido, para pergeñar tamaño atropello a nuestra soberanía, incluyendo las justificadas geopoliticamente, muchos de ellos le asignan a la ancestral vocación mercantilista de Gran Bretaña, el motor que las impulsó. Basta mencionar algunos hechos que caracterizaron nuestras relaciones a través del tiempo, para aceptar que algo de cierto hay en esto.

Desde las exigencias de trato preferencial en sus relaciones comerciales con las Provincias Unidas desde los albores de nuestra Independencia, los bloqueos que dispusiera de nuestro Puerto, los sucesos acaecidos en la Vuelta de Obligado, el préstamo de la Baring Brothers y su utilización para ponernos de rodillas para fortalecer su posición como país acreedor, las cartas que sus enviados y funcionarios les remitían a Londres, poniendo en evidencia sus expectativas y proyectos (ver El comercio con Gran Bretaña), son algunos de estos antecedentes.

Y por si fuera necesario más, recordemos que el diario “Times” de Londres, en su edición del 25 de setiembre de 1806, publicó un extenso artículo ofreciendo un detallado informe sobre la situación y el estado de la ciudad de Buenos Aires, destacando las ventajas que se derivarían de su conquista y el 7 de octubre del mismo año, dos barcos con bandera inglesa, cargados de mercaderías que pensaban vender en Buenos Aires, cuyo gobierno, creían, aún era ejercido por sus compatriotas, son apresados, ni bien hacen fondo frente al puerto de esta ciudad. Interrogados los capitanes de esas naves, se supo que estas embarcaciones eran la avanzada de una importante flotilla, también cargada con mercaderías, que enviaban las autoridades británicas, ignorando que a esa fecha, ya se había producido la derrota de sus tropas y la consiguiente Reconquista de Buenos Aires.

Belgrano explica el fracaso de las invasiones inglesas
Pasado ya mucho tiempo después de la segunda invasión inglesa a Buenos Aires, en abril de 1815, MANUEL BELGRANO cumpliendo una misión diplomática en Inglaterra, tuvo la oportunidad de explicarle gráficamente al brigadier inglés CRAWFURD la razón del fracaso que habían sufrido los ingleses cuando intentaron apoderarse de Buenos Aires en 1806 y 1807, diciéndole que el pueblo, protagonista principal de aquellas jornadas, en medio de los disparos gritaba “Queremos el amo viejo —, o ninguno”.

Para ver más “apostillas» referidas a las invasiones inglesas, ver “Un Reglamento para una Buenos Aires ocupada”, “Almorzando con el enemigo”, “Soldados ingleses en los ejércitos de la patria”, “Prisión para los jefes de la primera invasión de los ingleses”, “Se fugan de Lujan los prisioneros ingleses”, “Primera carga de caballería argentina en Perdriel”, “Pañuelos subersivos”, “El ombú de la mala suerte”, “El Pato cautiva a los ingleses”, “Cuarenta y seis días de gobierno inglés en Buenos Aires”, “La Estrella del Sur”, “Inglaterra devuelve el dinero robado”; “Beresford exporta dulceras de plata”

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