LAFERRÈRE, GREGORIO DE (1867-1913)

Dramaturgo, aplaudido autor teatral, cuyas obras aún hoy tienen la misma repercusión entre el público, que cuando fueron estrenadas. Nació en Buenos Aires en 1867. Hijo de un hacendado francés y de una argentina descendiente de españoles y viajó a Europa por primera vez con su familia, cuando tenía 22 años. Allí murió su padre y al regresar a Buenos Aires fue testigo de la crisis de 1890 y comenzó su carrera política. Hasta los 37 años, Laferrère actuó solamente en política y fue un político liberal-conservador de tendencia más bien progresista, brindando todo su entusiasmo al Partido Nacional Independiente, que fundó y dirigió.

En 1893 fue elegido Diputado provincial y en 1898 ocupó una banca de Diputado en el Congreso Nacional. Siempre impecable con su traje de corte perfecto, su inmaculado cuello palomita y los bigotes con las puntas hacia arriba, era además un orador brillante que se lucía en las tertulias de clubes y cafés. Aparte de su presencia en el ámbito de la política, ha dejado su impronta como una de las glorias de nuestra literatura popular.

Comenzó a escribir por una apuesta y logró expresar como pocos los conflictos de la sociedad de su época. Se cuenta que un día, después de salir del Teatro donde había presenciado una obra a la que calificó de “valiente pavada”, le apostó a su amigo, el doctor Francisco Beazley, que él también podía escribir una obra y entonces su vida cambió de rumbo. El 30 de mayo de 1904 se estrenó su primera obra en el antiguo Teatro de la Comedia. Se trataba de “Jetattore”, cuyo argumento, narra la historia de un hombre ingenuo que quería casarse con una muchacha y a quien un grupo de jóvenes, por broma, le creaba fama de “jettatore”, satirizando de manera cruel la superstición popular que asigna a un personaje, en este caso, don Lucas, una irresistible fuerza maléfica que acarrea la mala suerte. La ignorancia y la superstición hacían que la broma pareciera realidad y el hombre se convertía en una víctima.

Luego, ya más en su madurez,  estrenó varias comedias costumbristas, llenas de escenas hilarantes y de natural espontaneidad, todas ellas, resultado de  “de óptimos reflejos y  que muestran  una rara espontaneidad e interesan por igual a los altos círculos sociales y a la clase popular. “Locos de verano”, “Bajo la garra” (la única obra de tono algo fuerte), “Los invisibles” y “El cuarto de hora”, son algunas de ellas y todas son vibrantes y armoniosas, frescas y prolijamente documentadas”, pero ninguna de ellas, confesaría luego, lo dejó enteramente satisfecho. Hasta que en 1908, estrenó la que él y su público consideraron como la mejor de todas: “Las de Barranco”, una obra que lo consagró como un autor teatral de fuste. Laferrère tuvo la virtud de lograr que a través del humor, se pusiera en escena la soledad, la miseria, el deseo de aparentar, la corrupción y la mentira, que consideraba eran los males de la sociedad que lo incluía.

Afirmó que escribía para experimentar emociones nuevas, por halagos de lucha, por aventura. Pero finalmente advirtió que el teatro era su gran pasión y por eso fue también fundador del Conservatorio Lavardén, destinado a la formación de actores. Falleció el 30 de noviembre de 1913       y en su sepelio lo despidieron Mariano de Vedia, Calixto Oyuela, Manuel Lainez y Vicente Martínez Cuitiño y todos señalaron los méritos de quien con la despreocupación propia de estar jugando un juego, traviesamente, logró por poderosa intuición, destacarse entre los más brillantes y autorizados comediógrafos argentinos.

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