LA YERRA

La yerra es una de las fiestas tradicionales del campo argentino, donde  se marcan a fuego los animales “orejanos”, es decir los aún no marcados, con la marca que establece su pertenencia. Se efctúa en otoño (porque en esa época desaparece la mosca y se retira la sabandija). Puede efectuarse en rodeo a campo libre o en corral. Los “enlazadores”,  de a caballo, arrastran «a cincha» al animal hasta el lugar donde los “pialadores” lo voltean y los manean, presentando al “marquero”, el cuarto trasero izquierdo para que proceda a aplicar la marca, que previamente ha sido puesta al rojo vivo, en un fogón armado con piedras sobre el mismo piso.. Antiguamente las marcas eran grandes y se ponían en el cuarto trasero del animal. Hoy se los marca en la quijada, para no arruinar el cuero.

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Transcribimos a continuación parte de un texto de MARTINIANO LEGUIZAMÓN referido a esta actividad que suele congregar a toda la paisanada de la zona, que vive durante esas jornadas una alegre fiesta que culmina con un sabroso asado.

“En un descampado del pajonal, como un manchón moviente de bigarrados colores, mugía el ganado y se apeñuscaba chocando las astas, para mirar con esos ojos enormes  y mustios que parecen henchidos de la apacibilidad de las praderas.  el grupo de jinetes que andaban eligiendo los terneros orejanos, Un vaho tenue, formado de alientos, flotaba sobre aquella masa uniforme que agujereaba al pronto, la aguda cornamenta de algún toro al levantarse bramando amenazador.

Hacia un costado del rodeo, una carreta desuñida alzaba en la diafanidad azulada,  el crucero del pértigo; al lado,  ardía el braserio de una fogata donde se calentaban las marcas, y en torno, varios mozos de catadura y vestimenta diversas, se movían con desgano friolento, preparando sus lazos.

Elegido el ternero, taloneaba el jinete su caballo revoleando la “armada” hasta tenerlo a tiro; zumbaba la trenza viboreando en el aire y se ceñía en las astas o en el pescuezo del animal. Huía éste hasta que el lazo cimbreando quedaba tenso (A). Bregaba reculando aún, enterraba las partidas pezuñas en el pasto húmedo y balaba desesperado ; pero el jinete, castigando su cabalgadura, se dirigía hacia el fogón, al trote largo, llevado a la rastra a su presa gimiente.

Dos o tres “piales”, habilmente aplicados y el ternero, medio asfixiado, caía balando, mientras los “pialadores” le maneaban las patas con un cordel (B). La operación, casi sin variantes, se repetía varias veces, hasta que el tarjador (el que aplica la marca),  gritaba ¡Basta!. Una leve humareda, al asentar la marca candente sobre el cuero peludo, seguida de un balido lastimero y los animales, libres de las ligaduras, chorreando sangre, con los ojos turbios de dolor, se enderezaban tembloroosos para alejarse en busca de sus madres, que allá, en la orilla del rodeo, trotaban inquietas, mugiendo con ecos broncos.

En un momento se procedía así a señalar todo el lote. Algún muchacho que hacía sus primeros ensayos en la ruda faena, corría detrás del ternero procurando “pialarlo” para mostrar su baquía y si por casualidad lo conseguía, jamás faltaba la sonrisa burlona o el comentario mordaz para amenguar su naciente destreza, con esa malicie expresiva, de gesto chúcaro y sabor original, inconfundible entre nuestros gauchos.

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