LA SOCIEDAD RIOPLATENSE (Siglo XVIII)

En el siglo XVI la esclavitud y la servidumbre se trasladaron de Europa al Nuevo Mundo. A los indios se los consideró vasallos libres pero de condición inferior; en calidad de menores de edad estaban bajo tutela del Rey y obligados al pago de tributos o a servicios forzosos como la mita. Excepcionalmente se sometió a los más rebeldes (las tribus caribes entre otros), a la esclavitud. En el último escalón de la sociedad colonial figuraban los esclavos africanos. Fue así que el verdadero privilegio en América estaba vinculado al color de la piel, aunque existían desigualdades entre los distintos grupos étnicos: aristocracia peninsular y criolla, indios nobles, negros libres, etc.

El ideal social de la corona española era que cada estamento o casta según se dice vulgarmente, permaneciera independiente de los otros. Pero la ley propone y el hombre procede de acuerdo a sus gustos e instintos.

Celebremos el 25 de Mayo

Muy pronto se multiplicaron las uniones ilegítimas de los amos blancos con sus esclavas v la costumbre estableció que los hijos de ambos fuesen libres; las indias encontraron excelentes partidos en los negros y América se convirtió en un continente mestizo donde las divisiones entre los grupos sociales estaban matizadas.

Es preciso recordar que tampoco España sancionó, como ocurría en aquella época, el matrimonio entre individuos de distintos estamentos y que la legislación represiva dictada por muchos cabildos para impedir tales situaciones tuvo escasa repercusión.

Componentes de la sociedad colonial
Por su origen étnico y por las circunstancias económicas, el pueblo de las colonias asentadas en el Río de la Plata, se dividía, según las leyes y las costumbres, en varias clases sociales: nobles, criollos, indios, mestizos, negros y mulatos. Los nobles representaban la clase privilegiada, y eran en su mayor parte españoles; a esta clase pertenecían los altos funcionarios que la metrópoli mandaba a las colonias. Entre la nobleza y las bajas clases sociales, constituída por los indios y los negros en sus diversas categorizaciones (según se verá más adelante), se formó una categoría intermedia, que ahora denominaríamos “burguesía”, y que entonces se llamaba “la gente decente”. Esta clase, criolla por excelencia, descendiente de españoles e indios, mantenía – o quería mantener – las formas de vida barrocas heredadas de España, mientras el pueblo común trataba de sobrellevar su existencia de distintas maneras.

En manos de la “gente decente” estaban el comercio, el sacerdocio, el foro, las milicias, y aún el gobierno comunal de los Cabildos. Se consideraba a esta clase con los mismos derechos y privilegios que la nobleza española. Para formar parte de los Cabildos, del gremio de abogados, del claustro universitario, del coro de las catedrales, del colegio de los médicos y de las demás corporaciones gubernamentales y directoras, si no se requería precisamente como en España ejecutoria de nobleza, era indispensable tener limpieza de sangre.

Los españoles aportaron a América su organización monárquica y aristocrática, pero cada región hispanoamericana tuvo particularidades sociales propias, debidas a circunstancias ambientales distintas. En Méjico o en el Perú había cierta nobleza de sangre, pues a esos lugares, ricos en metales preciosos y productos diversos, llegaron muchos aristócratas que reclamaron y lograron la jerarquía propia de su estirpe. Pero en el Río de la Plata no fue común tal asentamiento; por el contrario, en estas pampas, se asentaron buenos hombres de pueblo, sobre todo andaluces, y unos pocos hijosdalgo, gente de trabajo toda, que debieron a su dedicación y sudor, la posición social obtenida.

Los criollos del interior eran sumisos y resignados a la situación de dependencia de los grupos económicamente poderosos; por el contrario, los “porteños” y los pobladores de las zonas litoraleñas urbanizadas eran levantiscos. Poseían bienes, eran relativamente ilustrados, y constituyó la clase directora local o colonial. La gente decente criolla, hacía en cierto modo causa común con las bajas clases: mestizos, indios y negros eran queridos y respetados por ellos. Sólo llegó a reputarse antagónica del español, al que se llamabas gachupín en México, chapetón en el Perú, y más tarde godo en el Virreinato del Río de la Plata.

La clase dirigente criolla adoptó, o mejor dicho, continuó y adaptó al medio ambiente, las ideas y costumbres de la nobleza española. Perdiendo parte de la belicosidad y arrogancia peninsulares, llevó una existencia simple y honesta (la vida colonial era vida provinciana). Lo días sucedían a los días, y las noches a las noches, sin más novedades que las solemnidades religiosas, las fiestas onomásticas y circunstanciales de la real casa española, el cambio de altos funcionarios, las tertulias caseras.

El indio. Los indios debían pagar un tributo al rey, llamado “mita”, por lo que se los llamaba mitayos; no obstante, se les reconocían ciertos derechos, como a antiguos dueños de la tierra y se les pagaba por sus servicios. Cuando se resistían al dominio español y eran violentamente reducidos, se los podía para el servicio doméstico de los conquistadores y en tal caso, se los distinguía de los “mitayos”, y se los apellidaba “yanaconas”. En premio de servicios militares, el rey solía conceder, a ciertos súbditos españoles, el derecho de aprovechar parte del trabajo de los indios sometidos en las reducciones; éstas se llamaban entonces encomiendas, y sus dueños, encomenderos.

En el Río de la Plata el problema indígena, como cuestión social, sólo afectaba a las provincias del noroeste. El indio de la Mesopotamia estaba más o menos sometido y constituía un problema local, mientras que las tribus chaqueñas y pampeanas, lejos de ser partes integrantes del país, resultaban un azote permanente y estaban en absoluto reñidas con la sociabilidad rioplatense.

El eminente americanista contemporáneo LEWIS HANKE, ha puntualizado los horrores de las minas y los estragos consiguientes que hacía el sistema de la mita en los indios del extremo septentrional del Virreinato. Tan famosos eran los sufrimientos, que los familiares de los mitayos colectados para Potosí, en sus respectivas aldeas, despedían a los desgraciados con rituales fúnebres, pues sabían que trabajar en esas minas equivalía a la muerte; los pocos que lograban sobrevivir regresaban a sus lares, lisiados, enfermos y maltrechos.

En el régimen hispano, el indio no tenía esperanzas de redención. La represión brutal y hasta sádica que el “probo y mesurado” virrey JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ Y SALCEDO impuso a los rebeldes que siguieron a Tupac-Amaru, es índice elocuente del desdén con que se miraban los derechos indígenas, pese a las sabias disposiciones contenidas en las cédulas reales respecto de la humanidad del indio americano, de su condición de vasallo de la Corona y de la paternal protección que debía dispensársele. La impresión que en los criollos produjo el castigo impuesto a Tupac-Amaru se refleja bien en el apodo que endilgaron a Vértiz: “Cuatro Potros” (ver El indio y su problemática).

El negro. Los negros introducidos de África, se utilizaban y vendían en condición de esclavos; cuando el amo les otorgaba la libertad, se denominaban libertos. A los negros huídos a los bosques y a las selvas para librarse de la esclavitud, se los denominaba cimarrones, y se los perseguía como a bestias feroces. Las leyes eran severas con los negros libertos y mulatos. Se los obligaba a tributar al rey como los indios, y se les imponía una serie de rigurosas prohibiciones, entre otras, la de andar de noche sueltos y sin permiso por las calles, y, a las hembras, el uso de oro, seda, perlas y mantos.

En cuanto a su destino como esclavos, la legislación indiana había tomado medidas ponderables para evitar la explotación abusiva. Una cédula real de 1789 protegía a los muleques (niños esclavos), disponiendo su manutención por los amos hasta que estuvieran en edad de trabajar. La misma reglamentación establecía condiciones básicas de trabajo para limitar los excesos. La situación de los mulatos (hibridación blanco-negra) siempre tuvo carácter de infamante, y en plena época independiente proliferaban las actuaciones para probar la pureza de sangre.

Hasta hace relativamente poco, era un insulto decir a alguien “rabadilla morada”, signo de mulatismo según la creencia popular. Incluso los libertos estaban sujetos a severas prohibiciones y pago de tributos, pero, en general, los esclavos del Río de la Plata estaban en mejores condiciones que en el resto de Hispanoamérica, ya que sus tareas eran fundamentalmente domésticas o rurales, debido a la falta de cultivos que, como el algodón o la caña de azúcar, demandaban el agotamiento humano en aras de la mayor producción.

Un esclavo, por la época, valía unos 300 pesos, y eso era mucho dinero. Por lo mismo, en estas regiones no era negocio abusar del rendimiento del siervo. Hubo esclavos magníficos, con notable habilidad para algunas artesanías. El célebre FERMÍN GAYOSO, criado de JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN, que tras las invasiones inglesas adquirió fama como pintor de alta escuela y, al parecer, fue el primer maestro que tuvo el artista argentino PRILIDIANO PUEYRREDÓN, hijo del general (ver “La esclavitud en el Río de la Plata).

Los negros, los mulatos, los indios y los mestizos, en general, eran excluídos; pero se daba cabida al criollo, descendiente directo de español, aunque éste hubiese entroncado con indias conversas, que siempre podían suponerse nobles en su raza, hijas de caciques y príncipes americanos.

El gaucho. A propósito del gaucho de la época hay muchas opiniones, no siempre coincidentes. CONCOLOCORVO, un viajero sagaz, lo considera un vago rematado e inútil, mientras que FÉLIX DE AZARA define al gaucho como jornalero campestre. Es posible que ambos tengan razón. CONCOLORCORVO hace referencia al gaucho arisco que poblaba la Banda Oriental, similar al de las zonas marginales de Buenos Aires. Pero ya a fines del siglo XVIII el gaucho pampeano corrido por los indios, había abandonado la vida errante y necesitado de protección, se había conchabado en las grandes estancias fronterizas como pastor de ganados.

Es muy elocuente el grabado de F. BRAMBILLA (1794), pues uno de los gauchos tiene en la mano un desjarretador de ganado, claro índice de su condición de asalariado en estancias ganaderas. Gauchos eran los domadores, pialadores, desolladores, conductores de carretas, postillones, boyeros, peones de campo, en fin, y sus vidas transcurrían monótonas en el idéntico quehacer cotidiano. Ello no quita que también fueran gauchos los bandidos de la campaña.

El pasatiempo del gaucho pampeano era el juego del pato, un viril juego llamado así porque los competidores disputaban a caballo la posesión de una pelota de cuero con asas, que en su interior contenía un pato cuya cabeza emergía por un agujero ad hoc. Obtenía la victoria el participante que lograba llevar la pelota hasta un lugar previamente indicado, después de haber eludido o vencido el acosamiento de sus rivales que –sin reglas ni norma alguna – se esforzaban e ingeniaban para obtener el trofeo de cualquier manera.

El juego, aunque brutal, exigía fuerza, temeridad, destreza y baquía ecuestre incomparables. Se jugaba con el mayor desinterés, y era signo de hombría exponer la vida sin otro aliciente que el alarde de varonil coraje. Otra muestra de hombría gaucha era el “visteo”, especie de esgrima, de duelo a cuchillo por mero entretenimiento, que ponía de relieve la agudeza visual de los participantes y muchas veces terminaba en tragedia. Diversiones menos violentas del paisanaje eran las riñas de gallos, las carreras cuadreras, la taba y las bochas (orejanas y marcadas), nacidas en la campaña y ciudadanizadas luego por vía de los boliches o pulperías (ver El gaucho Rioplatense).

El clero. Una situación de particular privilegio tenía el clero regular y la jerarquía eclesiástica cuyas importantes posesiones y singulares inmunidades les otorgaba relevancia ante el poder civil. Los clérigos seculares, en cambio, carecían de esa representatividad, y muchos de ellos vivían sacrificadamente entre el paisanaje, compartiendo sus penurias en silencioso apostolado. La vida religiosa tenía en todo el Virreinato especial importancia, y no iba a la zaga de España en formalismos. Sin perjuicio de ello, en la campaña, donde la población era escasísima, las formas tradicionales se habían perdido mucho, relajándose hasta perderse la religiosidad y aún el vínculo familiar.

Y fue por acción de la Iglesia y de la corona, que la “gente decente” era piadosa e ingenua, y, a su ejemplo, lo era todo el pueblo civilizado. La familia estaba organizada bajo el principio de un amplio poder del padre sobre la mujer, los hijos, los criados y los esclavos, Al caer la noche, antes o después de cenar, todos rezaban en común el rosario, y, al acostarse, los hijos pedían la bendición a los padres. Hijos y criados besaban al jefe de familia la mano, generosa en la dádiva y severa en el castigo.

Religiosamente educada en los claustros, ignorante y crédula, la sociedad vivía como dormitando su larga siesta colonial, sobre un suelo abundante, en un clima templado y bajo un cielo siempre límpido. Solamente la inquietaban las exacciones del régimen del monopolio y regalía, y sus injusticias dejaban en los ánimos un fermento de incomodidad y desconfianza y aunque en estado latente hasta que las invasiones inglesas, revelaran las ventajas de un nuevo régimen de franquicias comerciales, ahí estaba el germen de la Revolución.

Marranos versus cholos
Sin duda, se ha exagerado en cuanto a diferencias existentes entre españoles y criollos, sobre todo cuando se ha querido presentar a estos últimos como excluídos de los empleos públicos, aunque fue lógico que ocurriera así. Durante los primeros tiempos de nuestra existencia como colonia Hispanoamericana, fueron españoles los que casi exclusivamente se hallaban al frente de todo negocio que se iniciaba y quienes ocupaban la casi totalidad de los cargos públicos, ejerciendo un derecho, que aunque “logrado por la fuerza”, era un derecho al fin, aceptado en aquella época.

Y no hay duda que debido a esa ofensiva discriminación, derivada de un hecho de fuerza, haya prevalecido un clima de antagonismo para con la comunidad española, hasta cierto punto justificable, No había existido más título que el “derecho de la fuerza” para ejercer ese y muchos otros derechos, ni para que se mantuviera sujeta la América por más de tres siglos a los Reyes de España.

Fue así que nació una marcada tirria entre criollos y peninsulares, y prueba cabal de ello hay en los motes con los que mutuamente los más exaltados se zaherían. Los españoles calificaban de rebeldes a los hijos del país, a quienes miraban con cierto rencor y desprecio. Cholos era otra forma de llamarlos y así (equivalente a mestizo) querían indicar que “habían mamado la infamia de los indios”. Los criollos, por su parte, motejaban a los peninsulares de marranos, godos, chapetones, maturrangos, cuando no usaban epítetos menos inocentes. Sin duda, en los españoles de cierta relevancia, era notorio el afán de espectación, especialmente en el interior. Tal vez de allí haya surgido la calificación de “godo”, como burla de la rancia estirpe romano-germana, pues hacerse el godo significaba blasonar de noble.

Sin embargo y a pesar de que ese desequilibrio de los derechos que existía entre “conquistadores” y “conquistados”, es bien notorio y cualquiera puede advertir, que los hombres que hicieron la revolución desempeñaban importantes funciones públicas en la administración verreinal y que a partir de 1810, criollos y hombres de diversas nacionalidades fueron reemplazando paulatinamente a los españoles en esas diversas funciones.

Las causas que pudieron mantener vivas esas ideas encontradas eran producto, sin duda, de apreciaciones equivocadas. Muchos españoles creían de buena fe que su posesión era justa, “por el valor de sus armas y sus largos años de posesión no perturbada”. En cuanto a su valor, nadie lo ha puesto jamás en duda. En cuanto a su larga posesión, es un argumento contraproducente. Por esa regla no existiría la independencia de los Estados Unidos del Norte, ni la de tantos otros Estados que en el mundo la proclamaron, ni la España misma, sujeta por más de ocho siglos a los moros, habría podido jamás pensar en sacudir el yugo y recobrar su libertad y sus heroicos esfuerzos por reconquistar su independencia, se mirarían como actos de rebelión. Lo que hizo pues, la España con los moros, lo hizo, a su vez, la América con España. Ambas se libertaron de un poder opresor y ambas gozan hoy del premio de sus nobles esfuerzos.

Nuestra emancipación había sido inevitable, como bien lo comprendió la mayoría de los españoles residentes en estas tierras, que se plegaron a las nuevas ideas, aunque algunos se mantuvieron fieles a sus principios realistas y monárquicos. Estas ideas, lógicamente fundadas, trajeron el convencimiento al ánimo de todos y por eso se comenzaron a ver españoles y criollos, confundidos como una sola familia y unidos por lazos de imperturbable amistad.

Felizmente había llegado la paz. Esa saña recíproca, se fue superando y a partir de los sucesos del 25de Mayo de 1810, se estableció una mejor inteligencia. El sistema social heredado de España, una estructura que había procurado asegurar la subsistencia de un régimen señorial en el cual los españoles, por modesto que fuera su origen, desempeñaban el papel de señores, mientras los pobladores autóctonos quedaban relegados, paulatinamente entro en desuso y a partir de diversas medidas dispuestas a este respecto por la Asamblea del Año XIII, y el Decreto del 3 de agosto de 1821, derogando el del 11 de abril de 1817, que prohibía el matrimonio de españoles con hijas del país, quedó definitivamente sepultado.

La educación
En lo que atañe a la enseñanza, suele hacerse una tajante división a propósito de las reformas introducidas bajo la administración de Carlos III. Pero no conviene exagerar la nota. A la hora de la Revolución de Mayo se seguía enseñando en la escuela elemental, además del Catecismo, las tres facultades: leer, escribir y contar. Enseñanza de tipo secundario sólo se impartía en los colegios de San Carlos (Buenos Aires) y Montserrat (Córdoba).

Las universidades de Charcas y de Córdoba, tras las mentadas reformas, seguían ceñidas a los principios tradicionales y limitaban su enseñanza a Filosofía, Teología y Jurisprudencia, en los distintos grados y jerarquías. Apenas un esbozo de Física y Biología se insinuaba en el Protomedicato, aunque no faltaban los ardientes propulsores de la enseñanza de las ciencias naturales. En cuanto a la historia, con las reformas borbónicas no sólo subsistió el desinterés por esa asignatura, sino que hasta se regimentó lo que no había que saber, mediante el establecimiento de textos selectos para las escuelas por Real Orden de 1771.

Si algo hizo la administración borbónica con relación a la enseñanza de la historia, fue una mayor adecuación del adoctrinamiento político, con la intención de lograr la más radical adhesión del pueblo al soberano. Los aspectos de la enseñanza que hoy llamamos sociales apuntaban, por entonces, a finalidades eminentemente políticas y oportunistas. A comienzos del siglo XVIII se había instalado la primera imprenta en territorio de las misiones jesuíticas; los tipos eran burdos y hasta adecuados a una fonética indígena, pues estaba destinada al uso de la Compañía. En 1776 los jesuitas establecieron otra imprenta en Córdoba, que pronto quedó inactiva. La Real Imprenta de los Niños Expósitos, que el virrey VÉRTIZ hizo funcionar en Buenos Aires, fue más fructífera, ya que de ella surgieron las primeras hojas periodísticas, además de los bandos, decretos y demás impresos oficiales.

Las expresiones artísticas eran escasas; quizá lo más difundido haya sido la música. Hacia 1810 había en Buenos Aires alrededor de treinta músicos profesionales, entre los que se destacaba el catalán BLAS PARERA, quien más tarde compondría los acordes del Himno Nacional Argentino. las expresiones literarias – algunas excelentes, como la “Oda al Paraná” de MANUEL JOSÉ LAVARDÉN – alternaban con los comentarios en los periódicos. También a LAVARDÉN debe el teatro argentino su primera obra: “Siripo”.

La arquitectura
La arquitectura dejaba mucho que desear ya que, a excepción de las iglesias principales y algunas mansiones señoriales, el aspecto de las ciudades y villas era de una chatura monótona y fea. La orgullosa Buenos Aires tenía apenas unas 85 manzanas edificadas, con predominio de adobes, sin frentes pintados, techos lisos y amplios balcones. Allí vivían – según censo de 1810 – 41.642 personas, entre ellas unos 6.000 esclavos. Las principales casas tenían jardines al frente y al fondo, y en los balcones abundaban las plantas con flores. La movilidad era escasísima.

Prácticamente, el único medio de transporte, para personas y cargas, era la carreta. CONCOLOCORVO, en la segunda mitad del siglo XVIII, contó en Buenos Aires sólo 16 coches, cuyos precios eran muy elevados: una galera valía mil pesos, y los conductores y postillones ganaban buenos salarios.

Las costumbres. A comienzos del siglo XIX se difundió el uso de la vajilla suntuosa; hasta entonces, el lujo consistía en la limpieza del mantel y el lustre de los cubiertos de plata. Los utensilios complementarios fueron introducidos por los ingleses, quienes iniciaron la moda de la diversidad de platos con sendos servicios especiales de vajilla. Los habitantes de Buenos Aires se reunían los domingos en el Retiro –y algo similar ocurría en las villas del interior – para solazarse con las corridas de toros, volcando en gritos y ademanes la presión acumulada en siete días de vida monótona. El espectáculo no era caro: costaba tres reales del lado de la sombra, y dos del que picaba el sol; el precio de los palcos era de un peso. Tanta gente iba a los toros, que fue preciso habilitar dos calles (las actuales Esmeralda y Maipú) y construir un puente sobre el arroyo de Matorras (calle Viamonte) para facilitar el acceso al redondel taurino.

En los suburbios de todas las villas, los domingos, había carreras cuadreras, y a propósito de ellas se jugaba a la taba y a las bochas. La riña de gallos era importante diversión dominguera en todo el país. La cría y cuidado de gallos de pelea era menester muy difundido, hasta el extremo de que un viajero ha asegurado que frente a cada rancho había un gallo atado a un palo, listo para lidiar en cuanto su dueño aceptara un desafío.

La Revolución y la guerra de la Independencia fueron ante todo obra de la burguesía criolla. Esta les dio impulso, forma, organización y fines, y las demás clases sociales americanas la siguieron con fidelidad y entusiasmo. Puede decirse que en América no hubo, en los últimos tiempos del coloniaje, más rivalidad de clase que la oposición al “gachupíón”, “chapetón” o “godo”. Si bien las diferencias sociales se hacían sentir con cierto rigor en las colonias ricas y tradicionales como México y el Perú, en ninguna parte engendraron odios profundos, y, en el Río de la lata, fueron tan leves, que desaparecieron y se borraron en los primeros lustros de la Revolución.

En las invasiones inglesas, toda la población americana civilizada, sin asomos siquiera de antagonismos de clase, se unió para rechazar la agresión extraña. El negro y el mestizo formaron heroicas falanges en los ejércitos de la Patria. Por otra parte, el clima diezmaba de tal manera al elemento africano, que, por su disminución, tendió siempre a desaparecer de las pampas argentinas: No hubo así, después de la guerra de la Independencia, grandes problemas étnico sociales. La partícula ancestral de sangre indígena parecía diluída en los descendientes criollos los indios se habían refugiado en los bosques y selvas lejanas; los negros, que nunca fueron tantos como en las demás colonias, por no requerirlos mayormente las industrias locales, raleaban y se eliminaban por causas climáticas. Todo venía pues a favorecer la naciente democracia.

El aire renovador que comenzó a soplar desde las postrimerías del siglo XVIII fue impulsado por los decentes del elemento criollo –profesionales, comerciantes, militares, hacendados y frailes-, a los que acompañaron muchos peninsulares del mismo rango, arraigados a la tierra y de espíritu liberal. Es oportuno señalar que criollo significa criado en la tierra; y conviene recordar que criar equivale a alimentar y cuidar los hijos. Los criollos, efectivamente, sentían ese vínculo de unión con la tierra de su crianza, sentimiento que no era exclusivo de los hijos de españoles, sino de todos los nacidos en estas regiones y de buena parte de los afincados en ellas. No se trata, pues, de estirpe ni de raza, sino de nacimiento y aún de aquerenciamiento al suelo. Muchos dirigentes criollos descendían de italianos, franceses, ingleses, y abundaron los europeos afincados que se plegaron al movimiento criollo y se aferraron a la tierra con ahínco.

Con la difusión de la cultura y el aumento de la riqueza, el grupo de la clase dirigente aumento y se extendió. Así como la “gente decente” había sustituido antes a la nobleza, el pueblo vino a substituir a la “gente decente”. Y pronto sucedió, que todo argentino, por el solo hecho de serlo, tenía “limpieza de sangre” en los orígenes de su nacionalidad.

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