LA CIUDAD DE MONTEVIDEO VISTA POR UN VIAJERO (1811)

Vista desde la Bahía, San Felipe de Montevideo aparece bellísima ante los ojos del viajero. Construída en pendiente, lo mismo que Buenos Aires y sobre una lengua de tierra, que se caracteriza por el verdor de sus árbles y jardines, salpicada de casas de piedra o de ladrillo, cuyos aleros brindan acogedora sombra. Pocas viviendas tienen más de un piso,aunque las hay algunas pocas de doble planta y con balcones de hierro primorosamente forjado, con sólidas y de gruesas paredes, con pesadas puertas de herrajes capaces de soportar un asalto. Carecen de chimenea pues el fuego suele encenderse directamente en los patios o bien en las cocinas apartadas, desde donde se traslada la comida al calor del algún brasero.

Resultado de imagen para montevideo colonialLas calles son anchas, las del centro empedradas, con cruces en ángulo recto y la mayoría de ellas simplemente de tierra, que con las lluvias se transforman en verdaderos barrizales, por lo que se encuentran en bastante mal estado, debido al tránsito de las pesadas carretas aguateras —procedentes de los pozos-manantiales de la Aguada que surten a la ciudad de agua potable— y de las que acarrean carbón, ladrillos, pasto, carne y leña. Los vendedores ambulantes circulan gritando: «A la buena leche gorda marchante» o pregonando corvinas y borriquetas.. El aguatero se anuncia mediante un cencerro, con riesgo de ser confundido con el basurero, que también lo usa.

Estas calles, que ostentan todas nombre del santoral, se alumbran por la noche con faroles de hierro adosados a las casas, provistos de velas de sebo. Aunque los hospitalarios habitantes de Montevideo son pródigos en invitaciones a comer y el chocolate preparado por las amas de casa,  resulte especialmente tentador, conviene no retrasarse por las noches, pues el regreso asume características de epopeya. Estas gentes tienen la pésima costumbre de arrojar sus desperdicios a la calle lo cual no sólo origina el hedor correspondiente, sino que atrae ejércitos de ratas hambrientas, más peligrosas que cualquier bandolero, pues atacan a los transeúntes tardíos. En cierta oportunidad tuve que defenderme a bastonazos y optar por una cobarde huída. El que se salva de las ratas noctámbulas, no se saIvará de los perros vagabundos que durante el día libran su propia batalla por los desechos bajo las ventanas abiertas para una imposible  ventilación.

Hacia el sur, Montevideo está defendida por fuertes baterías, provistas de máquinas lanzabombas y por el pequeño Fuerte de San Felipe. También en isla de Ratas hay montados  numerosos cañones. La Ciudadela, vuelta hacia  el continente, se protege del lado de la ciudad mediante un puente levadizo.

El comercio se ejerce muy activamente. En los fondos del Cabildo se encuentra la Recova, donde se expende la carne. Los verduleros se instalan en la llamada Plaza de la Verdura, el cerdo se compra en las chancherías y el pescado en la Calle de los Pescadores. Se desarrollan también pequeñas industrias donde se fabrican yesqueros, peinetas, canastas, cazuelas, cigarros, riendas trenzadas, bozales y otros productos. En la Calle de las Tiendas,  predilecta del señorío, venden géneros, broches, agujas y otras lindezas con las que las montevideanas se arreglan para aviarse, que es un primor.

No resisto a la tentación hablar ahora de estas amables damas, prolijas y elegantes. En el interior de sus casas, son afectas a la moda inglesa, pero cuando salen, visten de negro, con garbosas mantillas a la española. Son morenas, con ojos de azabache y su charla es música celestial, al menos para mí. Por el contrario, un amigo mío encuentra que estas jóvenes son las más horrorosas que haya visto. En fin: que sobre gustos no hay nada escrito.

Los hombres se parecen a los de España. Son conservadores y con muchos prejuicios, valerosos e indolentes. Por supuesto, los ejemplares del bajo pueblo, difieren mucho de los caballeros, que poseen los refinamientos de cualquier otro lugar del mundo. Pero todos son grandes comedores de carne que consumen casi cruda y en cantidades imposibles de comprender. Frecuentan mucho los cafés y juegan fuerte toda la noche.

Como he llegado hace poco, aún no he podido visitar todos los sitios de interés que ofrece Montevideo, a los que han prometido llevarme: entre ellos el Hueco de la Cruz, donde las morenas venden factura y se hacen fogones para el churrasco. En cambio he quedado muy impresionado por la hermosa Iglesia Matriz, donde escuché Misa el domingo y por un paseo subsiguiente que unos buenos amigos me hicieron dar por los alrededores, alegrados por colinas y valles y regados por generosos riachuelos, pero lamen­tablemente faltos de cultivo. A unas diez leguas hay un agradable río, el Louza, junto al que crecen algunos árboles, a cuya sombra escribí estas precipitadas líneas (ver Montevideo Colonial).

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