LA CATEDRAL DE BUENOS AIRES (1620)

En 1620, por mandato de Su Santidad el PAPA PAULO V, fue erigida esta Iglesia Catedral del nuevo obispado del Río de la Plata, dedicándosela a San Martín de Tours. Esta grandiosa construcción fue obra del obispo ANTONIO DE AZCONA IMBERTO y nació sin “planos previos” y por lo que sucedió después, fue construída de muy mala manera y con material deficiente El 24 de mayo de 1752 la Catedral se derrumbó estrepitosamente. Los primeros signos del desastre habían ocurrido el día anterior a las nueve de la noche, pero el 24, entre las 6 y las 7 de la mañana, las tres bóvedas de la Catedral se desplomaron al mismo tiempo, destrozando más de dos tercios del cuerpo de la iglesia.

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El obispo, monseñor CAYETANO MARZELLANO, al escuchar los primeros ruidos se precipitó hacia el altar mayor y consiguió sacar el Altísimo Sacramento. La única suerte en medio de la desgracia fue que no hubo muertos ni heridos. Se derrumba la Catedral. El otoño había comenzado tres días atrás; al menos en los almanaques. Las puertas estaban cerradas y si alguien pensaba ir a misa temprano, recién se levantaba. Después, los que pasaban cerca creyeron recordar “un chaparrón ahogado” y luego un murmullo creciente “como de fuego con ramas secas”. La torre del costado oeste, parte de la otra y el techo de la Catedral se derrumbaron.

Los agoreros de siempre pensaron en el Juicio Final: el derrumbe de la Catedral era un aviso para hacer penitencia; en unos días más el mundo se habría terminado. Y hasta el Gobernador de Buenos Aires, JOSÉ DE ANDONAEGUI, en una carta que le envía al virrey del Perú, se refiere a este suceso diciendo:. “La justa indignación de la Majestad divina contra Buenos Aires se ha manifestado una vez más, aunque con alguna indulgencia, por el hundimiento de la Catedral el 24 de marzo, entre seis y siete de la mañana; no hay ninguna muerte que deplorar. Este acontecimiento, que ha destruido completamente la nave, lo atribuyo a los continuos procesos, odios y rencores que los abogados alientan entre los habitantes y comerciantes de la ciudad”.

El edificio se había inaugurado en 1671; las torres eran más recientes: no más de cincuenta años. Técnicos y autoridades opinaron que las torres no debían reconstruirse porque “dificultaban la puntería de los cañones del fuerte”. En realidad, todo el mundo en la Colonia sabía que la Catedral podía caerse en cualquier momento y según aseguraban los maestros alarifes que fueron llamados para repararla, fue muy mal construida desde sus cimientos. Por lo tanto era imposible arreglarla y la única solución era hacer un edificio nuevo cuyo costo se calculó en 200.000 pesos. El gobernador declaró que era imposible reunir semejante suma porque los vecinos eran muy pobres y el obispado tampoco contaba con esa cantidad de dinero. Entonces el obispo le escribió una carta al rey donde le explicaba la situación, le contaba la tristeza de los vecinos y le decía que el problema del dinero lo tenía acongojado y lleno de confusiones y terminaba pidiéndole su ayuda.

La carta llegó a España y generó una catarata de trámites burocráticos que se prolongaron por mucho tiempo. Pedidos de informes, planos y presupuestos cruzaron el océano durante años. Uno de los métodos sugeridos para reunir fondos fue la venta de títulos de nobleza, pero ya se había abusado tanto de ese sistema, que la gente pagaba muy poco por ellos. Tampoco se podía aplicar más impuestos a los sufridos comerciantes del Río de la Plata. Todavía en el año 1758, se seguía discutiendo si correspondía o no que el rey colaborara, ya que esa Catedral se había construido sin su permiso. Por fin, el rey destinó seis mil pesos anuales a la reedificación y ordenó al virrey del Perú que contribuyese con la misma suma. Solucionado finalmente el problema del dinero, los trabajos se reiniciaron y comenzaron las obras, pero éstas demoraron tanto tiempo, hubo que sortear tantos inconvenientes y fueron tantas las paralizaciones que afectaron la continuidad de los trabajos, que se hizo muy popular el dicho “tan largo como las obras de la catedral”, cuando un trabajo se demoraba más de lo debido.

Concluidas por fin, las costosas – y grandes reparaciones realizadas en la Catedral de Buenos Aires, el 25 de marzo de 1791 se reabrió a los fieles con suntuoso aparato. Pero faltaba aún, un largo camino por recorrer, para que la Catedral de Buenos Aires, luzca como hoy la vemos.

En 1822 BERNARDINO RIVADAVIA, siendo Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriorers durante el gobierno de MART{IN RODR{IGUEZ,  trajo desde París los planos con los que se iba a construír la iglesia de la Magdalena, inspirada en el Partenón de Grecia, para hacer con la Catedral de Buenos Aires algo parecido (1). También trajo al arquitecto francés PRÓSPERO CATELÍN que llegó a Buenos Aires junto con otros técnicos que RIVADAVIA contratara en el viejo mundo. A CATELÍN le confió la dirección del flamante “Departamento de Ingenieros” desde donde realizará una vasta obra, en la que se destacan un proyecto para un Paseo de Buenos Aires (1823), la Sala de Representantes y el pórtico de la Catedral Metropolitana.

Con la colaboración del francés PIERRE BENOIT y del alarife JOSÉ SANTOS SARTORIO, CATELÍN realizó  la fachada catedralicia entre los años 1822 y 1824. El pórtico se caracteriza por sus grandes dimensiones —doce columnas— y aparece adosado al resto del edificio. Las columnas dibujadas por CATELIN son lisas y terminadas en amplios capiteles. En un principio estuvieron apoyadas al nivel del piso, agregándose después la escalinata de acceso que les quitó parte de la base.

En 1839 el padre SATURNINO SEGUROLA compró una casa vecina al Tmplo y la donó para ampliar el terreno que ésta ocuparía y JUAN MANUEL DE ROSAS donó el piso de mármol que se le iba a colocar en ésta, una nueva remodelación y ampliación.

En 1852, la Catedral ya estaba casi terminada y la fachada efectivamente, se estaba pareciendo, poco a poco, a la Magdalena de París. De todos modos, no se sabía cuándo se terminará la obra. Algunos dicen que cinco, que seis años. Otros que quince, que veinte. Sobre las doce columnas (que van representando, todavía con palos y ladrillos, a los doce apóstoles) está el hueco del frontispicio. Tampoco saben muy bien qué hacer con él. En el Partenón y la Magdalena hay un grupo escultórico. En principio están de acuerdo en hacer algo similar. El problema era cuál será el tema que lo ocupará, quién lo hará y de dónde saldrá el dinero. Una idea era poner a José encontrándose con su padre Jacob y para hacerlo le encomiendan el trabajo al escultor francés JOSEPH DUBOURDIEU quien agregó los bajo relieves del frontispicio, obra que junto con el revoque y detalles de terminación, finalizaron en el año 1862.

Pero si la contrucción de la Catedral de Buenos Aires se caracterizó por el tiempo que demandó su construcción y la cantidad de profesionales que pusieron su sello en ella, fue esta última afirmación la que ha despertado mayores discusiones. Fue DOUBOURDIEU el verdadero autor de las figuras en bajorrelieve que ornan su frontispicio?. W. JAIME MOLINS publicó en el diario “La Prensa” el 8 de marzo de 1959 una nota titulada “El bajorrelieve de la Catedral de Buenos Aires”, y dice que hablar del mismo es recordar el proceso arquitectónico del frontispicio a partir de BERNARDINO RIVADAVIA, porque fue este eminente argentino quien trajo los planos de París (Francia), sugestionado por el helenismo exterior de la Magdelaine. Duda quién fue el autor del bajorrelieve que exorna nuestro templo mayor y asegura que apareció después de la caída de ROSAS y antes de que se constituyera, como autoridad urbana, la primera Municipalidad de Buenos Aires (1858). Cree sin lugar a dudas, que fue producto de la iniciativa del Jefe de Policía de aquellos días, CAYETANO MARÍA CAZÓN, porque, ateniéndose a tradiciones verbales, añade, fue un preso policial el realizador de tan magnífica concepción.

De resultas de esta nota, VICENTE GESUALDO el 17 de marzo del mismo año, replicó en el mismo diario, que estaba en condiciones de afirmar que el autor del bajorrelieve del frontis de la Catedral de Buenos Aires fue efectivamente el escultor francés J. DUBOURDIEU, radicado en Buenos Aires en la época de JUAN MANUEL DE ROSAS, y que se puede leer en El Nacional de Buenos Aires, del 21 de diciembre de 1853, lo siguiente: “M. Doubourdieu, autor de los modelos para el frontis de la catedral, donde se ha grabado la alegoría de la reunión de los apóstoles. Es un trabajo de mérito que acredita al artista”. Días más tarde, el 23 de marzo, apareció otro argumento firmado por W. JAIME MOHINS, que sobre la autenticidad del trabajo adjudicado a DUBOURDIEU, el arquitecto MARIO J. BUSCHIAZZO, en su obra “La Catedral de Buenos Aires”, publicada en 1945, pone sus dudas. “No puedo afirmar —dice— que el segundo trabajo del escultor francés sea el actual, pero menos me inclino a creer que sea obra de un preso a quien se indultó.” Finalizando su nota con estas palabras: “A falta- del documento fehaciente, que quizá devoraron las llamas en el ignominioso incendio de la Curia Eclesiástica, queda en pie la incógnita.. ¿Fue Dubourdieu? ¿Fue un preso? ¿Quizá el albañil —tal vez preso— que cita Mitre ?.

 (1).. Se afirma que nuestra Catedral Metropolitana se hizo a semejanza de la Iglesia de la Magdalena de París y eso es erróneo porque este último Templo, se inauguró después que nuestra Catedral, y mal pudo ser copiada de ésta. Quizás el parecido termine en ese frente que realizó CATELÍN, aunque  la de Francia tiene solamente ocho columnas en lugar de las doce que él onstruyó en Buenos Aires. Lo que pasó quizás, es  que el hecho de que RIVADAVIA haya traído los planos de la futura Iglesia de la Magdalena, muy seguramente ello condicionó (o inspiró) a CATELÍN, sin que así pretendiera hacer una copia de la francesa..

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