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LA BATALLA DE SALTA. APOSTILLAS Y CURIOSIDADES
La batalla de Salta, ese magnífico triunfo de las armas de la patria obtenido el 20 de febrero de 1813 durante la guerra de la independencia, sin entrar en mayores consideraciones sobre sus contenidos estrictamente castrenses, ofreció una serie de particularidades que son dignas de recordar (ver Batalla de Salta).
Por ejemplo, que como la capitulación de los españoles se había acordado en la Iglesia de la Merced, a pocas cuadras de la plaza central y los soldados del ejército patrio quisieron izar una bandera en lugar, como no encontraron ninguna, pusieron en el mástil un poncho celeste y blanco. ¿Hay quizá alguna prenda más parecida a una bandera que un poncho celeste y blanco?
Resulta curioso también que por ejemplo, al momento de la rendición y entrega del armamento fuera común observar, como era esperable, rostros de alegría en los criollos y lágrimas de dolor en los españoles. Sin embargo, a la noche —en las numerosas tabernas de la ciudad,— los soldados de ambos bandos confraternizaban animadamente.
BELGRANO, —en vez de avanzar rápidamente como le exigía el gobierno de Buenos Aires— luego de aceptar la capitulación de los vencidos, permaneció en Salta y como quería modificar el concepto que se tenía de los porteños en el norte, tuvo un comportamiento tolerante con los vencidos. Enterró en una fosa común a los soldados muertos de ambos bandos con una escritura en la cruz que decía “A los vencedores y vencidos” y contrariamente a las órdenes recibidas, no hizo escarnio de los vencidos, sino que les hizo jurar que nunca más levantarían armas contra los ejércitos americanos; dándole libertad a los que esto juraban.
2685 soldados y 98 oficiales españoles se habían rendido en la ciudad de Salta a las fuerzas de los patriotas y sólo 7 oficiales y 300 soldados no cumplieron el juramento. Los españoles consideraron esto como una verdadera catástrofe y su comandante, el General PIO TRISTÁN vio derrumbarse su carrera militar y sus consiguientes sueños de grandeza, pero cumplió el juramento de no alzar armas nunca más contra el ejército patrio. De él se decía en el Perú: “Por un TRIS se perdió Salta y por un TAN Tucumán”
Goyeneche logró posteriormente que el Obispo de Charcas liberara a los soldados del juramento que habían ofrecido y en razón de ello, mientras muchos, entre los que estaba TRISTÁN no combatieron nunca más, otros, en cambio no cumplieron y volvieron a tomar las armas contra los ejércitos patrios. Cuando alguno de estos últimos era atrapado, se procedía a su inmediato fusilamiento.
La actitud de BELGRANO fue reprobada en Buenos Aires donde se decía que el general era bueno e ingenuo y la respuesta de éste a esas críticas, contenida en una carta que le enviara a FELICIANO CHICLANA, muestra una vez más los valores que la Historia le reconoce: “Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son esos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna dan conmigo que me río de ellos, y hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria”.
Cuando el 3 de marzo de 1813 se supo en Buenos Aires del triunfo de Belgrano en la batalla de Salta, se organizó un baile en la plaza Mayor de la ciudad y se recaudaron fondos para las viudas de los muertos en esa batalla y recién entonces, la Asamblea General auspició el uso de la bandera que Belgrano había enarbolado un año atrás con la consabida reprobación de Rivadavia, aunque no abolió oficialmente el uso de la bandera española.
Una estrategia a todo o nada
Belgrano había llegado a Salta y luego de sobrepasarla recorriendo una senda desconocida para los realistas, que pasa detrás de las montañas aledañas, tomó posición de combate al norte de la ciudad y esa fue una decisión que lo puso en una situación extrema: el triunfo o la derrota será total ya que el vencido tendrá cortada su vía de retirada. El resultado demostró que el doctor MANUEL BELGRANO era un soberbio estratega.
Matar para evitar la efusión de sangre
Durante la batalla de Salta se produjo una situación que fue motivo de múltiples comentarios en aquella época. El Coronel APOLINARIO FIGUEROA divisó en medio del combate al propio jefe realista PÍO TRISTÁN y trató de darle alcance. TRISTÁN huyó pero no pudo evitar que FIGUEROA lo alcanzara y casi a quemarropa le disparara un pistoletazo que no llegó a herirlo. Esta correteada al jefe realista delante de su propia tropa fue muy comentada luego de la batalla.
Cuando finalmente los españoles se rindieron y muchos de sus oficiales juraron no combatir más contra el ejército patriota, BELGRANO los invitó a un banquete de honor al que concurrió TRISTÁN y éste manifestó su interés de conocer a quien lo había perseguido y le había disparado. “TRISTÁN le preguntó cuál había sido su propósito al dispararle el tiro el día de la batalla; a lo que contestó FIGUEROA: “Señor general: lo hice, porque así pensaba se evitaría la efusión de sangre”.
El olor a pólvora y el coraje del tendero Benitez
Durante la batalla de Salta, un pacífico tendero salteño, quien se había incorporado al batallón de los “Decididos de Salta”, avistó entre los realistas, al que hacía flamear la bandera del batallón “Cuzco” y como había quedado un poco aislado de sus camaradas, sintió el impulso de apropiarse del estandarte y corriendo hacia él, se lo arrebató.
A todo galope volvió hacia donde estaban sus compañeros con la bandera extranjera flameando al viento. No advirtió que podían confundirlo con un realista, fue entonces cuando recibió una andanada de proyectiles de sus propios camaradas que afortunadamente no dieron en el blanco. Tampoco acertaron los realistas que no cesaron de dispararle hasta que se perdió de vista.
Cuando posteriormente BELGRANO quiso ascenderlo por esta acción, el tendero BENÍTEZ, no lo aceptó, diciendo que lo sucedido no tenía importancia, que él no era militar sino que se había incorporado al ejército circunstancialmente. Cuando le preguntaban por esta acción, solía responder que no sabía como se había animado, y que en el fragor del combate sintió que el olor a pólvora lo había enloquecido y que ese estímulo había provocado en él tal coraje”.
Doña Pascuala Balvás
Cuando los últimos grupos de soldados realistas se refugiaron en la Catedral de Salta, el general español PÍO TRISTÁN los mandó a llamar para organizar la defensa de la ciudad de Salta, cuya plaza dominaban. Al ver que los soldados no respondían a la orden dada, una vecina salteña de filiación realista, se subió al púlpito de la iglesia y arengó a los soldados para que combatieran. Al ver que tampoco respondían a su pedido los insultó y reprochó duramente.
Tal fue la valentía de la mujer, que una vez rendido el ejército español nadie osó molestarla e inclusive algunos como el General PAZ intentaron ubicarla y conocerla para manifestarle su respeto y admiración.