HUECOS Y BALDÍOS

La silueta del Buenos Aires de principios del siglo XIX estaba interrumpida por baldíos, llamados popularmente «huecos». Tenian nombres curiosos, productos de tradiciones o de hechos a veces intrascendentes y se los recuerda como otra de las características que tenía la ciudad de Buenos Aires. Históricos algunos, ya que alcanzaron lúgubre fama durante la época de Rosas, merecedores del olvido otros por su desagradable destino, fueron todos ellos lugares de indudable presencia en los comienzos de nuestra historia. Eran sitios aptos para dejar allí a las carretas, caballos o bueyes, también eran un lugar propicio para arrojar todo tipo de basuras. Años mas tarde, le dieron paso a la mayor parte de las actuales plazas que se encuentran en el perímetro de la ciudad de entonces.

Resultado de imagen para hueco de las ánimas

Recordemos entonces “El hueco de las ánimas” (imagen), situado en lo que es hoy la esquina de Rivadavia y Reconquista; “El hueco de las carretas”, ubicado en donde hoy está Retiro y que era otro de los lugares donde las carretas repostaban en sus viajes hacia y desde la campaña; «El hueco de la yegua» (hoy Belgrano y Pozos»; «El hueco de la laguna», ubicado donde hoy se cruzan las calles Saavedra y México) y que era un lugar donde se amontonaba la basura que sería luego retirada por los carros de la Municipalidad (cuando lo hacían ¡!!); “El hueco de Botello», que estaba sobre el ángulo noroeste de Venezuela y Santiago del Estero (según algunos autores, en Tacuarí y Alsina); “El hueco de los Olivos”, ubicado en la manzana siguiente (hacia el oeste), a la que actualmente ocupa el Congreso Nacional.

Algunos de estos “huecos” o baldíos, con el correr del tiempo se transformaron en plazas. Lo que actualmente es la Plaza Vicente López se conocía como «El hueco de las Cabecitas», llamado así porque en ese lugar se arrojaban las cabezas de las ovejas y corderos que eran sacrificados en el Matadero del Norte, que estaba ubicado en las actuales calles Las Heras y Pueyrredón y era por eso, lugar de concentración de numerosos perros “cimarrones”, que buscaban su alimento entre esos despojos y uno de los puntos peligrosos de la ciudad ya que, hasta poco antes de finalizar el siglo XIX, nadie se atrevía a atravesarlo solo; “El hueco de Lorea» (hoy Plaza Lorea), era un terreno donado por el constructor vasco don ISIDRO LOREA con un fin benéfico. Tanto el constructor como su esposa murieron poco después de la donación, hecha durante las invasiones inglesas, y el terreno figuró como plaza a partir de 1910.

Por muchos años y hasta que se convirtió realmente en una plaza, fue un paraje donde acampaban las carretas que venían especialmente desde el Norte y el Oeste de la campaña con corambre (conjunto de cueros o pieles), , cerdas, lana, grasa, maíz, trigo y cebada etc. y donde  los indios solian ir para a vender (o trocar por caña, tabaco, yerba, etc.) sus productos (sal, mantas, lazos, riendas, maneas boleadoras, plumas de ñandú, quillapiés hechos con cueros de zorro, liebre, gama, zorrino,, etc.).

Este así formado mercado, ocupaba hasta 4 y 5 cuadras desde la Plaza, por donde hoy es la avenida Rivadavia, donde sobre el frente que mira al Oeste, se armaban unos precarios refugios con un ancho corredor por el medio, donde se instalaban boliches y fondines que eran frecuentados por los troperos, mientras que otros eran ocupados por comerciantes, diríamos hoy mayoristas», que compraban a pequeña escala para revender luego los frutos del país que allí acopiaban, a los barraqueros o acopiadores por mayor. En el centro de esa fila de «tiendas», se alzaba un enorme portón que daba entrada a una gran barraca, que era propiedad de un comerciante español llamado PABLO VILLARINO, mientras que en el centro de la fila de locales que ocupaban el lado que miraba al Este, había otra inmensa barraca,, que se llamaba «Barraca de Cajías», que era donde losaborígenes que habían venido a vender sus productos, guardaban sus caballos y aperos. Esas tropas de carretas y el mercado que se generó a su alrededor, se trasladaron luego al «hueco de Salinas» y más tarde al predio donde hoy se encuentra la Plaza Once de Setiembre.

“El hueco de Doña Engracia, hoy Plaza Libertad, llamado así, porque allí, en una tapera miserable, vivía una anciana negra con ese nombre. El lugar era muy apartado del centro de la ciudad y además solía utilizarse como vaciadero de basuras y estaba transitado por facinerosos; «El hueco del Mercado de la Piedad» (1782), ubicado entre las calles Pazos (actualmente San José), Mardena (actualmente Virrey Cevallos), De las Torres o de Los Reynos del Arriba  (actualmente avenida Rivadavia) y Del Cabildo (actualmente Hipólito Yrigoyen), que estaba en el lugar don de hoy se encuentra la Plaza del Congreso. “El hueco de los. Sauces, hoy plaza Garay, situada entre las calles Solís, Sáenz Peña, Garay y Pavón, donde merodeaba gente “de mal vivir” y en el cual se cuenta se detuvo Rosas a descansar después de ser vencido en la batalla de Caseros; “El hueco de las Salinas”, hoy Plaza Once de Septiembre, que tomaba un gran espacio de la esquina sudoeste que forman las calles llamadas hoy Rincón e Hipólito Yrigoyen y que era la estación de las tropas de carretas que venían del interior hasta bien entrado el Siglo XX..

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.