GUTIÉRREZ, JUAN MARÍA (1809-1878).

JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, llamado “El maestro poeta”. Eximio polígrafo, escritor, poeta, crítico y novelista de sólida formación humanística y científica. Educador  y distinguido hombre público, sin otra vocación más poderosa que la enseñanza. Nació el 6 de mayo de 1809 en una antigua casona porteña situada en la calle Pirán, (hoy Belgrano). Hijo del comerciante español JOSÉ MATÍAS GUTIÉRREZ y de doña CONCEPCIÓN G. GRANADOS DE CHICLANA, perteneciente a una familia del país, de ilustre figuración histórica.

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De los hombres que poseen el fuego sagrado de la docencia, unos se entregan al diario y duro ejercicio de la cátedra; otros, sin aplicarse directamente a las tareas docentes,  más bien dedican su laboriosa vida a servir de ejemplo de la juventud, a la escritura de obras didácticas y al estudio y alta dirección de la instrucción pública. Unos militan como soldados y capitanes; otros, como administradores y políticos. Maestros estos y aquéllos, todos coadyuvan y realizan la difícil tarea de formar las nuevas generaciones en el amor a la patria, en el conocimiento y en el respeto de la patria.

Y valga la introducción para presentar a JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, educador nato que perteneció a la categoría de los grandes teóricos y directores de la enseñanza. Por su pensamiento y don de gentes, por su solvencia como funcionario público y por su obra literaria, el hombre y el poeta no fueron substancialmente más que un maestro, un gran maestro de la juventud argentina y luego ingresó en la Universidad de Buenos Aires, su ciudad natal. A pesar de su afición al estudio, no llegó a graduarse en aquellos difíciles tiempos del gobierno de Rosas. Si no alcanzó en la Universidad el título de doctor, la crítica y el pueblo se lo otorgaron más tarde, con toda justicia, pues era realmente docto.

En 1830, cuando ESTEBAN ECHEVERRÍA regresó de Europa, integró el grupo de los hombres que con el mismo ECHEVERRÍA, ALBERDI y otros de igual fuste, formaron luego la llamada generación de 1837, “una de las más notables de la historia argentina por la claridad y firmeza con que se trazó un programa de acción política, social y cultural, y procuró realizarlo con continuidad y abnegación”, constituyendo el núcleo de la famosa “Asociación Mayo”.

Mientras y paralelamente ensayaba sus primeras armas literarias en los periódicos “El Amigo del País”, ‘Museo Americano”, “El Recopilador” (propiedad del famoso litógrafo BACLE), “La Moda”, etc. Fue contertulio en el Salón Literario de MARCOS SASTRE y allí, en 1837,  pronunció uno de sus discursos más medulares titulado: “Fisonomía del saber español: cuál debe ser entre nosotros’’ y en este trabajo quedaron expuestas las ideas fundamentales de su trayectoria literaria: independencia intelectual respecto de España, autonomía frente a sus tradiciones, y la libertad en el uso del lenguaje español.

En 1839, antes de ser aprisionado por la oposición que ejercía desde sus escritos, decidió expatriarse a Montevideo y en la capital uruguaya, publicó ensayos, poesías y traducciones. Colaboró en periódicos y revistas,  redactó “El Iniciador” y “El Tirteo” y escribió para el periódico titulado “Muera Rozas”, que tenía por lema: Patria, Libertad y Constitución. En el certamen poético celebrado en 1841, para solemnizar el recuerdo de la Revolución de Mayo, GUTIÉRREZ resultó vencedor con su celebrado “Canto a Mayo”, en competencia con otros poetas jóvenes, como ECHEVERRÍA, MÁRMOL, ACUÑA DE FIGUEROA y DOMÍNGUEZ.

En febrero de 1843, participó como topógrafo en la defensa de Montevideo, plaza sitiada por tropas enviadas por ROSAS y en mayo de 1843, en compañía de JUAN BAUTISTA ALBERDI se embarcó rumbo a Europa para visitar Italia, Francia y Suiza. En 1845 regresa a América y después de una corta permanencia en Río de Janeiro, Brasil, se radicó en Chile. Allí, el presidente BULNES, a propuesta de su ministro MONTE, le encargó la fundación de la Escuela Naval Chilena, sin que las graves tareas que el desempeño de tal misión le imponían, le impidieran continuar con su actividad docente, sus trabajos literarios y el cultivo de la poesía.

En 1846  publicó “América poética”, una antología donde reunió obras de once poetas de naciones americanas. En 1848 regresó a su patria y en 1849, por no doblegarse a las exigencias de ROSAS, que le exigía cesar en sus críticas, emigró nuevamente a Montevideo. Pero el exceso de trabajo minó su salud, y los médicos le prescribieron un viaje que le sirviera de distracción y alivio: fue entonces que visitó el Perú y el Ecuador y se interesó por el movimiento literario de todos los países americanos. Volvía de su excursión, cuando supo la victoria de Caseros y el 13 de mayo de 1852 regresó al país con otros emigrados de su generación y nombrado Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de la provincia de Buenos Aires por el gobernador VICENTE LÓPEZ Y PLANES, cargo que dimitió después de la revolución del 11 de septiembre de 1852 contra URQUIZA.

Después de este acontecimiento, se puso al lado de éste, siendo elegido diputado por Entre Ríos ante el Congreso Constituyente de Santa Fe y nombrado por aquél, al asumir la presidencia de la Confederación, Ministro de Relaciones Exteriores, cargo que desempeñó por más de dos años, durante cuyo tiempo firmó el Tratado de libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay y con fecha 30 de agosto de 1855, el de paz y amistad con Chile.

Después de la batalla de Pavón, y elevado MITRE a la presidencia de la República, fue nombrado Rector de la Universidad de Buenos Aires, “empleo distinguidísimo al que le llamaban sus inclinaciones y su indiscutible ilustración” y donde se demostró grande y habilísimo organizador, llevando a cabo, entre otras tareas, la reorganización del Departamento Topográfico de Buenos Aires, la creación de la Escuela de Comercio y la fundación del Consejo de Obras Públicas.

Estudió la literatura hispanoamericana y realizó investigaciones biográficas sobre M. J. LAVARDÉN, JUAN CRUZ VARELA, sor JUANA INÉS DE LA CRUZ, J. R. DE ALARCÓN, etc. Tan vasta y variada es la obra escrita de Juan María Gutiérrez que sorprende pertenezca a un solo hombre y más a un hombre de acción y de gobierno. Además de sus Poesías, entre las cuales las hay de tanta inspiración y belleza como el “Canto a Mayo”, “La hija del bosque”, “La flor del aire” y “A mi caballo”, quedan de él, muchísimos trabajos, magistrales algunos, como “La enseñanza superior en Buenos Aires de 1758 a 1821”; “Apuntes biográficos de escritores, oradores y hombres de Estado de la República Argentina”; “El general San Martín”; “De la poesía y de la elocuencia de las tribus de América” , y “Estudios biográficos sobre algunos poetas sudamericanos anteriores al siglo XIX”.

No hay una sola de las publicaciones importantes editadas en Buenos Aires, durante su época, que no recibiera su valiosa colaboración: el “Correo del Domingo”, “La Revista del Río de la Plata”, “La Revista de Buenos Aires” y “El Inválido Argentino” encierran en sus páginas infinito número de trabajos, eruditos e interesantes, que, de ser reunidos con  colección, llenarían muchos volúmenes. Entre sus muchas producciones aun no recopiladas, se hallan interesantes estudios históricos: “Bosquejo biográfico del general San Martín”,  “Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la enseñanza pública en Buenos Aíres”, “Origen del arte de imprimir en la América española”,  “Bibliografía de la primera imprenta de Buenos Aires, desde su fundación hasta el año 1810”. Estudios de crítica literaria (sobre algunos poetas sudamericanos del siglo XIX, sobre JUAN CRUZ VARELA, sobre FLORENCIO BALCARCE y sobre varios otros publicistas argentinos, y el “Elogio del profesor de filosofía doctor Luis José de la Peña”. Antologías: “América poética”,  “Pensamientos de escritores, oradores y hombres de Estado de la República Argentina”. Textos escolares: “El lector americano”, “Historia argentina para los niños”, “Elementos de Geometría”. Obras poéticas originales: un volumen, titulado “Poesías”.

En el cúmulo de esta bibliografía de estudios y géneros tan diversos, se descubre sin dificultad, entre otros, un sentimiento generador y una idea matriz: constituir, ordenar y documentar la enseñanza nacional. Faltaban para ello, al mediar el siglo XIX, por la esterilidad intelectual e institucional de la dictadura de ROSAS, los elementos más indispensables. ¡ Había que improvisarlos ¡ De ahí que JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, al abrazar la educación pública a modo de apostolado social, se entregara a su febril trabajo de publicista. Si nada o casi nada se había hecho todo o casi todo debía hacerse. Y, celoso gobernante y administrador, Gutiérrez lo vigilaba y aun lo hacía todo por sí mismo.

Así se explica el carácter enciclopédico y pedagógico de su obra, que perdía en intensidad cuanto ganaba en extensión. En cualquiera de sus géneros, la producción de Gutiérrez adolece literariamente de su pecado original: no puede decirse que sobresalgan el Historiador ni el crítico, ni el estilista, ni el poeta. Lo que sobresale y resalta de todo ese conjunto, es el Educador, quien por la necesidad de los tiempos, no sólo, es alma y dirección de la instrucción pública, sino también historiador, crítico; estilista, poeta. La historia nos presenta; pues, en Juan María Gutiérrez a un eminente maestro.

Por otra parte, la crítica literaria ha juzgado su obra histórica y sociológica superior a su obra poética. Sin embargo, para el niño argentino, que recita en la escuela y guarda en el corazón para toda la vida alguna de sus poesías, Gutiérrez es un poeta; podrá ser un maestro si se quiere, pero un maestro poeta. Sus poesías “A mi bandera”,” A la juventud Argentina”, “El árbol de la llanura” y “La mujer” son para el escolar, que no posee el agudo juicio crítico del retórico, verdaderas obras maestras. Es que, realmente, a pesar de su relativo mérito literario, representan dechados de sencillez y de ternura. Contra la crítica y a pesar de la historia, el niño tiene razón. Este autor, en sus composiciones que resultaron escolares, acaso sin que él mismo voluntariamente se lo propusiera, por espontánea florescencia de su temperamento docente, se revela todo un poeta. Y el escolar tiene razón hasta desde un punto de vista más general, que no puede comprender todavía: Gutiérrez, sólo por el hecho de su vocación educativa, es íntimamente un poeta. Lo sería aunque no hubiese escrito versos ¿ Qué es, al fin y al cabo todo verdadero maestro sino un poeta de los niños? Ser maestro es saber enseñar. Saber enseñar es amar a los niños. Amar a los niños es como amar a las flores, o a las estrellas: ¡es ser poeta!.

El 11 de diciembre de 1872 fue nombrado miembro de la Real Academia Española. El 25 de febrero de 1878, en ocasión de celebrarse en Buenos Aires el primer centenario del nacimiento del general  San Martín, viendo pasar la comitiva, y lleno de amor y entusiasmo, un anciano gesticulaba y movía los brazos, mientras que lágrimas de alegría corrían por su faz. Un joven que estaba a su lado, destinado a ser más tarde uno de los primeros hombres de ciencia del país, el Doctor JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA, alarmado por el estado de excitación de este hombre, trataba, vanamente, de calmarle. -No puedo –le respondió – ¡esto es más fuerte que yo!. Al día siguiente, 26 de febrero de 1878, JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, falleció a consecuencia de las emociones recibidas en aquel memorable día, estando solo en su dormitorio. Recién al día siguiente, al abrir la doméstica la puerta de su habitación se supo de esta muerte tan penosa para la nación entera.

Fue GUTIÉRREZ un espíritu superior, cuyas altas facultades potenciaron  un trabajo constante, ofrecido por él, con noble sencillez, como un amoroso homenaje a la gran pasión de la vida: la patria.  “La personalidad de Juan María Gutiérrez ofrece facetas múltiples para su estudio —ha escrito ELÍAS DIAZ MOLANO—, tanto como fueron diversas sus actividades: la poesía, el Salón Literario, luego la Asociación de Mayo, más tarde el exilio. No tuvo sosiego en el destierro y dióse a viajar. Así conoció mundo: Montevideo, Génova, Gran Bretaña, París, Río de Janeiro, Río Grande do Sul, la Patagonia, el Estrecho, Valparaíso, Santiago, Lima, Guayaquil, de nuevo Valparaíso, Mendoza, Santa Fe, Paraná, y por último, el punto final, confundiéndose con la ciudad que lo viera nacer: Buenos Aires”.

“Conoció los grandes océanos y el Mediterráneo, el delicioso mar de Homero, las bellezas de Turín, los Alpes, París, El Havre, todo lo más hermoso y pintoresco del viejo mundo. Hallándose en Chile, se enteró de la caída de Rosas y regresó en seguida a su patria. En Mendoza visitó el Departamento de Policía, donde fue atendido por el jefe de la repartición, don DAMIÁN HUDSON. Sobre una pared de su despacho observó un plano topográfico. “— ¿Es la ciudad de Mendoza?, le preguntó. “—Efectivamente. Fue realizado en diciembre de 1816 por los estudiantes de matemáticas del Colegio de esta ciudad. JUAN MARÍA GUTIÉRREZ pidió permiso para copiarlo, trabajo que realizó en con­tados minutos. Años después, el mencionado jefe de policía publicó en la “Revista de Buenos Aires” un articulo en el que expresaba que el terremoto ocurrido en Mendoza había destruido el primitivo plano de la ciudad. JUAN MARÍA GUTIÉRREZ se apresuró a escribir a HUDSON: “El plano está salvado para siempre, aun cuando su original hubiese desaparecido bajo los escombros de la gran catástrofe del terremoto. Usted lo encontrará magníficamente grabado en el número 17 de la “Revista del Plata”, correspondiente al 8 de enero de 1855.”

En 1853, encontrándose en Santa Fe, como miembro del Congreso General Constituyente, GUTIÉRREZ contrajo enlace con doña GERÓNIMA CULLEN. Seguía considerándose un hombre joven y optimista. Había vuelto al país, tras 14 años de ausencia, y encontró su patria llena de posibilidades. Todos sabemos —escribió— que la Argentina “es una tierra de miel y leche”. Es cierto —aclaraba— que no poseemos industrias; nos limitamos a producir materias primas que en­viamos al extranjero, de donde nos son devueltas en forma de productos elaborados. En los países de Europa queda el beneficio. Pero todo tenía solución, según afirmaba el visionario: “Los cereales de nuestras llanuras, los árboles de nuestras selvas, los metales de nuestros yacimientos, todo dama por población y capitales. “Parécenos aún escuchar su voz, su anhelo persistente, esa esperanza que se dejó oír a lo largo de cien años casi, hasta que, entre celajes de en­sueños patrióticos, se perfila, industrializada y pujante, la Nueva Argentina.

Había cumplido 50 años de edad cuando MITRE lo designó Rector de la Universidad de Buenos Aires. En esa época colaboraba asiduamente en las revistas y periódicos de la época. Durante los 15 años que permaneció al frente de la alta casa de estudios, es cuando alcanzó plenitud su genio investigador. A este tiempo corresponde su obra fecunda de productor literario e histórico” (ver El Segundo Padre de la Patria)

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