GATO Y MANCHA DOS DE LOS PROTAGONISTAS DE UN ÉPICO RAID (25/04/1925)

El 25 de abril de 1925, AIMÉ FÉLIX TSCHIFFELY  con sus caballos Gato y Mancha, inicia un raid a caballo hasta Nueva York y en  1928 culminó la marcha más formidable que hayan realizado en la historia del mundo, el hombre y el caballo, hasta esa época. Un escritor y viajero suizo, radicado en la Argentina, llamado AIMÉ FÉLIX TSCHIFFELY, con dos caballos criollos, realizaron esta fabulosa hazaña de resistencia, uniendo en su marcha, las ciudades de Buenos Aires y Washington.. Tschiffely vino al país entusiasmado por los relatos sobre las inmensas pampas argentinas. Había nacido en Suiza en 1869 pero vivió mucho tiempo en Londres.

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Durante su permanencia en la Argentina se desempeñó como Profesor de Lenguas en el Colegio “Saint George” de Quilmes. Aprovechó también para recorrer el interior del país y conocer su gente y sus costumbres y en algún momento de esos viajes concibió la idea de realizar una romántica aventura: ir de Buenos Aires a Nueva York a caballo. Para concretar su sueño compró dos caballos criollos que llamó Mancha y Gato, colorado con pintas blancas el primero y el segundo un gateado que hizo honor a su fama de “gateado, antes muerto que cansado”, pertenecientes ambos a la estancia «El Cardal» del doctor EMILIO SOLANET,. Estos dos caballos, que tenían 15 y 16 años cuando iniciaron el raid y antes de recalar en la estancia de Solanet, habían pertenecido a un cacique llamado LIEMPICHÚN.

Partió el 23 de abril de 1925 desde una estancia del partido bonaerense de Ayacucho. Se dirigió a Buenos Aires, ensilló sus caballos usando un “chirigote”, silla de montar muy popular en la provincia de Entre Ríos e inició su largo viaje saliendo desde la Sociedad Rural en Palermo el 25 de abril de 1925. Desde Buenos Aires, pasando por Rosario y Santa Fe, llegó a Jujuy y pasó a Bolivia. En el Perú atravesó el desierto de Matacaballos, 160 kilómetros de arena sin agua y con 52 grados de calor (lo hizo de noche y en una sola etapa). Desde Cartagena hasta Panamá, viajó en barco y luego pasó por Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y México y llegó a Washington el 29 de agosto de 1928, después de tres años, cuatro meses y cuatro días.

Recorrió una distancia de más de 20.000 kilómetros, atravesando los desiertos más inhóspitos del globo, subiendo a más de cinco mil metros sobre el nivel del mar y transitando por selvas pobladas de indios salvajes. El plan inicial tenía como destino final a la ciudad de Nueva York, pero, con buen criterio, Tschiffely le puso fin en Washington, pues viajar a caballo por las carreteras de Estados Unidos atestadas de autos era suicida.

Culminaba así una proeza que no ha tenido parangón. Miles de leguas pisadas por los cascos endurecidos, hasta llegar a la Quinta Avenida, que detuvo su tránsito para ver pasar estas figuras ahora legendarias, extrañas en otro marco, que no fuera el de la pampa infinita. Nada detuvo su avance a través del continente, montando en Gato o en Mancha. Las largas marchas en los suelos pedregosos de las faldas de las montañas, en medio del sol abrasador de los valles dilatados, los ríos impetuosos v profundos, todo ha sido salvado y los caballos criollos, exponentes de la resistencia, de la bondad, de lo útil de esta raza, triunfan en una prueba en la que habrían caído vencidos selectos animales de cualquier otra raza, que no corrieran por su sangre, los nobles genes de sus antecesores árabes, criados a campo en nuestras llanuras.

La Sociedad Geográfica de los Estados Unidos lo distinguió con el honor de brindar una conferencia sobre su viaje, como había procedido con Amundsen y el almirante Byrd, exploradores de los polos. En su marcha a través de una América con grandes contrastes, desmorona récords: De altura, atravesando el Paso del Cóndor, entre Potosí y Challapata (Bolivia) a 5.900 metros. De distancia, cubriendo 22.500 kilómetros en 504 jornadas y de marcha diaria, con un promedio de 42,5 kilómetros por día, llegando por fin a su destino, cuando el 30 de agosto de 1928, se apea en Washington.

Culminaba así este increíble viaje, que tuvo además el mérito de actualizar el proyecto de realizar la Carretera Panamericana, obra que hoy es una realidad. El presidente CALVIN COOLIDGE recibió al jinete y el alcalde de Nueva York, Jimmy Walker, le ofreció una recepción y le entregó una medalla y la Sociedad Geográfica de los Estados Unidos lo honró, pidiéndole que brindara una conferencia sobre su viaje, como había procedido antes, con Amundsen y el almirante Byrd, exploradores de los polos. A su regreso a Buenos Aires, en enero de 1929, Tschiffely fue recibido como un héroe y una multitud agasajó a este criollo de corazón, reconociendo en él a tantos otros, que sin ser nativos, amaron esta tierra gaucha.

Buenos Aires vibró con este regreso, sintiendo el orgullo y la emoción de la hazaña, volcándose en las calles para darle la bienvenida al raidista y a esos valientes caballitos criollos «del galope largo y el instinto fiel», como lo cantó el poeta y como lo probaron en todas las rutas de América, para asombro de propios y extraños. Más tarde Tschiffely escribió el libro «De la Cruz del Sur a la Estrella Polar”, relatando sus experiencias y algunos capítulos de ese libro fueron publicados luego por la revista “National Geographic”. Luego, el jinete regresó a Inglaterra, donde se casó con una cantante argentina y regresó a Buenos Aires en 1938 y en 1943, para volver a ver a sus dos compañeros de hazaña, el “Gato” y el “Mancha” y con ellos realizó un nuevo viaje: esta vez por la Patagonia y Tierra del Fuego. Cuando los caballos murieron, fueron embalsamados y están en el Museo de Luján, para recordarnos con su estampa, que nada es imposible, cuando el corazón pone en marcha las reservas que animan a hombres y animales libres. Tschiffely murió en Londres en 1954, pero sus restos, de acuerdo con su voluntad, fueron traídos a nuestro país y están sepultados en el cementerio de la recoleta

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