UNA EXPEDICIÓN A LAS SALINAS GRANDES DE LA PAMPA (10/06/1810)

El abastecimiento de sal en cantidades suficientes fue una de las principales preocupaciones de la época, Fue este un producto de importancia vital no sólo por su aplicación en las comidas cotidianas, sino también por su aplicación en la conservación de las carnes y los cueros. Las características de su uso y su obtención, aumentaron su valor, no sólo comercial sino también estratégico y la necesidad de sal para cubrir las demandas de los saladeros, impuso que se realizaran expediciones a las Salinas Grandes.

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Pasados solamente quince días de la revolución de mayo de 1810, la Junta ordenó al coronel y geógrafo PEDRO ANDRÉS GARCÍA que organice y dirija una expedición a las Salinas Grandes, los grandes depósitos de sal que se hallaban en jurisdicción de la actual provincia de La Pampa, a unos 8 kilómetros de la estación Hidalgo, del actual Ferrocarril General Roca). Podría extrañar esta preocupación en tiempos de tan urgentes y gravísimos problemas, pero no debemos olvidar que la provisión de sal para la ciudad, constituía desde antiguo una seria preocupación por tratarse de un elemento imprescindible en la dieta familiar, además era fuente de recursos para las arcas públicas, ya que el Cabildo disfrutaba de la exclusividad de su venta y regulaba los precios, sin olvidar el gran consumo de sal que imponía el salado de ls cueros, incipiente industria, que comenzaba a rendir pingües ganancias.

Cuando se estimaba que las reservas contenidas en los depósitos, había disminuido hasta resultar insuficiente para satisfacer las necesidades del producto, se proclamaba por un “bando”, la preparación de un viaje para marchar hacia las salinas y Lujan solía ser el punto de partida preferido para iniciar esas excursiones, que no se trataba por cierto, de una excursión placentera. Requería el aporte de hombres, animales, medios de transporte y bagajes en cantidades que hasta hoy parecen cuantiosas, sin contar con la escolta militar que imprescindiblemente debía acompañarlos. En tiempos del virrey Vértiz llegó a armarse una tropa de seiscientas carretas. La que salió a fines del año de la Revolución fue más modesta: 25 carretas para transporte de personas, herramientas, armas y enseres, 175 para cargar la sal, 55 de media carga, 7 carretones, más de 2.000 bueyes y medio millar de caballos, todo lo cual fue atendido por 407 hombres de trabajo y soldados. El coronel GARCÍA, perito en rumbos y rastrilladas, diestro en la labor de campo, jefe a la vez comprensivo y enérgico y hábil diplomático con los caciques indígenas, fue el conductor de todo este heterogéneo conjunto.

Proclamado el bando, el comandante de la expedición tenía que habérselas con el abigarrado contingente y encauzarlo en la disciplina. Paisanos ansiosos de aventura, gauchos matreros, boleadores errantes de ñandúes y baguales, férreos protagonistas de las ya raleadas vaquerías, el paisanaje todo, en fin, se concentraba ante el anuncio de una expedición a las salinas. Las pulperías irradiaban el mensaje y las carretas encolumnadas comenzaban el bamboleo de su mole por las huellas desparejas de la pampa hacia el punto de reunión y la capacidad y agallas del jefe se ponían a prueba entonces: el capataz de la tropa, hombre experimentado y de autoridad reconocida, iniciaba su difícil tarea de organizar aquel mundo inquieto y levantisco.

Los peones y boyeros practicaban su destreza en todos los momentos. Los milicianos cargaban el escueto parque de cañoncitos, más ruidosos que contundentes, y preparaban las armas para afrontar el peligro de las fieras y de los indios. Y así, aquella caravana se internaba, tras el lejano y misterioso horizonte de la pampa, por centenares de leguas y de días, afrontando vicisitudes de toda índole en las duras jornadas, abandonada a su suerte, en un escenario, donde los encuentros con la indiada rebelde, solían ser los episodios más dramáticos y muchas veces trágicos. Si la suerte los acompañaba, llegaban felices a las Salinas Grandes  y allí empezaba la etapa del trabajo rudo y la carga penosa de las carretas, bajo un abrasador e impiadoso sol.

Cumplida la tarea, llegaba la hora del regreso y nuevamente las penurias, ahora agravadas por el riesgo de que un inesperado barquinazo, venciera la resistencia de esos ejes formidables, que  solían ceder bajo el peso que llevaban o de que fueran atacados por asaltantes que codiciaran esa preciosa carga o acosados por los aborígenes. Riesgos éstos que ocupaban la mente de los expedicionarios,  alejándola de la preocupación que seguramente habrán tenido sus familiares, porque cuando los meses se alargaban sin noticias, inquietos por una demora: ¿pensaría la gente de Buenos Aires en los accidentes graves, en la inundación traicionera, en el ataque alevoso que podrían haber convertido el “misterioso desierto” de la pampa en la fosa común, cubierta paradójicamente por el blanco sudario de la amarga sal?.

Pero las angustias y zozobras quedaban finalmente atrás. El regreso era festejado con júbilo y daba pie a una efusiva bienvenida, comentarios y casi siempre, una gran fiesta para agasajar a los expedicionarios, héroes muchas veces anónimos que hicieron estos esforzados aportes, sin alharacas y con frecuencia a costa de sus vidas.

Este cuadro apasionante quedó registrado en el “Diario” que llevó día a día el coronel GARCÍA durante esa expedición y en éste y otros documentos de diverso origen, se apoyan las notas informadas y amenas de FEDERICO OBERTI volcadas en su obra “Setecientas leguas en carretas, en busca de la sal para la ciudad”, Selecciones Folklóricas, Editorial Códex, 9 de mayo de 1966, en la historia novelada de Samuel Tarnopolsky, que se titula “La rastrillada de Salinas Grandes” y en la obra  “Alarma de Indios en la frontera sud”, del mismo  Samuel Tarnopolsky, 1944.

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