EL MUSEO HISTÓRICO NACIONAL (1889)

EL MUSEO HISTÓRICO NACIONAL, UN TESORO DE INCALCULABLE VALOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA, fue fundado en 1889 con el objetivo de evocar las tradiciones de la Revolución de Mayo y de la Guerra de la Independencia.

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Se encuentra ubicado a espaldas de la barranca donde Pedro de Mendoza habría fundado Buenos Aires en febrero de 1536, un rincón agreste y apacible, bordeado hoy, por la tupida arboleda del Parque Lezama, ese límite natural que lo protege del ruidoso acontecer cotidiano; un predio que, cuando JUAN DE GARAY, en 1580 fundó por segunda vez Buenos Aires, se encontraba fuera de la traza urbana.

A fines del siglo XVIII la zona del Parque Lezama estaba delimitada por varios solares. Juan Necochea Abascal poseía uno que comprendía el terreno del Museo. La actual calle Defensa era conocida entonces con el nombre de «Barranca de Marcó» (fue tomado del propietario del lugar, don Ventura Miguel Marcó del Pont), ubicado en la manzana que daba a la barranca de los mistos, actual calle Bolívar.

Años más tarde otros propietarios se sucedieron: Manuel Gallego y Valcárcel, Daniel Mackinlay y Carlos Ridgely Horne, quien construyó allí su casa. Ya para entonces el lugar era conocido con el nombre «quinta de los ingleses» o «Barranca de Horne». Finalmente, el lugar fue adquirido por un caballero de origen salteño, llamado José Gregorio Lezama, quien edificó una bellísima residencia de estilo italiano que poseía galería exterior, alta torre, mirador, hornacinas, estatuas y macetones. El decorado interior fue realizado más tarde por el artista uruguayo León Palicia.

El nuevo propietario convirtió la quinta en un jardín, dándole una fisonomía de gran jerarquía a este rincón de la ciudad.  Sus canteros cubiertos con plantas de la más diversa clase,  bordeados de arrayanes y flanqueados de cuando en cuando con estatuas de mármol y vasos renacentistas, crearon un parque como nunca se había visto en Buenos Aires

Hacia 1887, por iniciativa del Intendente de Buenos Aires, Antonio F.  Crespo, se tramitó la adquisición de ese parque para destinarlo a ser un paseo público, que se llamaría “Paseo del Sud”, tal como ya había sucedido anteriormente, cuando se creó el “Parque Tres de Febrero” y diez años después, en ese  Parque, se instala el Museo.

La historia de esta Institución, nace con la primera época de nuestra Independencia. Bernardino Rivadavia, Secretario del Triunvirato en 1812, solicitó a las autoridades  de todas las Provincias Unidas del Río de la Plata, que se enviaran todos los elementos que les fuera posible, para formar un Museo de Arqueología y Paleontología.

Habiendo sido bien recibida esta propuesta, en 1825 abrió sus puertas el “Museo Público de Buenos Aires”, que se instaló en la planta baja del Convento de Santo Domingo, poniendo en exhibición unas 150 piezas enviadas desde todo el país.

Se considera que recién en la época de Juan Manuel de Rosas, este Museo adquirirá categoría de “histórico”, cuando incorporó en sus vitrinas la “máquina infernal” que le había sido enviada al gobernador de Buenos Aires, con la intención de matarlo (ver “Atentado contra Juan Manuel de Rosas” en Crónicas).

En 1889 el intendente de la ciudad,  Francisco Seeber creó el “Museo Histórico de la Capital”, que se inauguró el 30 de agosto de 1890 y fue puesto bajo la dirección de ADOLFO PEDRO CARRANZA, que desempeñó un rol fundamental en la formación de las primeras colecciones de la institución. Consiguió donaciones de figuras relevantes y de descendientes de nuestros próceres y cuando abrió sus puertas, ya instalado en la calle Esmeralda 448 de la ciudad de Buenos Aires, contaba con 191 piezas entre las que se destacaba la lámina de Oruro y la Tarja de Potosí, el juego de pistolas de San Martín donado por Mitre, objetos personales del Libertador, cedidos  por Mariano Balcarce, el sable que lo acompañó en sus campañas donado por Manuela Rosas de Terrero, la totalidad de los muebles del dormitorio sanmartiniano y el retrato de Mariquita Sánchez de Thompson entre tantas otras.

Tiempo de mudanzas. El doctor Carranza pronto comprendió que la dependencia del Museo al orden municipal, imponía limitaciones a su desarrollo y gracias al apoyo del Concejo Deliberante, logró que el contenido del Museo, pasara a ser patrimonio nacional, medida que lo habilitó al presidente CARLOS PELLEGRINI, para imponerle el nuevo nombre de “Museo Histórico Nacional”.

 En 1891 se traslada a la calle Moreno 330 y en 1893 fija su sede en el ocal de la entonces  “quinta agronómica”, de la calle Santa Fe 3951, en un edificio de ladrillos rojos, que estaba ubicada donde hoy se encuentra el Jardín Botánico, permaneciendo allí hasta 1897, fecha en la que se traslada en forma definitiva al Parque Lezama, cuando ya contaba con 886 piezas en sus vitrinas y expositores.

El trazado de su planta es rectangular, cuenta con planta principal para exhibiciones y servicios y subsuelo, ocupando una superficie cubierta de 2.160 metros cuadrados. Está rodeado por una serie de patios que son llamados “de los bronces, campanas y cañones”, de los hierros” y “de los mármoles” y hoy alberga una importante colección

de retratos, armas, uniformes, banderas, muebles y otros objetos de próceres y figuras relevantes de la historia argentina, como Belgrano, Moreno, San Martín y Rosas, entre otros, siendo dignos de destacarse  las mencionadas pertenencias del general San Martín donadas por Bartolomé Mitre, Escalada y doña Encarnación, un par de pequeños grabados en cobre que pertenecieron a Felipe II, un tintero de plata sellada, fundida y labrada que fue usado para la firma de la Constitución de 1853,  numerosos retratos y documentos originales, como los  correspondientes a las jornadas vividas durante la semana de Mayo de 1810, firmados por Saavedra y Cisneros, la renuncia del general San Martín al mando del Ejército Libertador, el Protocolo de Palermo (6 de abril de 1852), el original del “Acuerdo de San Nicolás” y otros valiosísimos papeles que han guardado las constancias de nuestra Historia. (Esta crónica ha sido enriquecida con información y textos extraídos de una nota de Adriana B. Anzillotti, publicada en el diario “La Nación” de Buenos Aires).

 

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