CURANDEROS, MANOSANTAS Y OTROS CHARLATANES EN LA ARGENTINA (SIGLO XVIII)

Allá por el siglo XVIII, cuando comenzaron a oírse cuentos y relatos de increíbles curaciones de ya deshauciados enfermos que habían sido llevados, como última alternativa, a un viejo gaucho que sabía curar el “pasmo”, aparecieron en el Río de la Plata, los curanderos y los mano santas.

Los curanderos eran más escasos que las curanderas, pero mucho más temibles. No se arredraban por el peligro de matar a un prójimo y aplicaban sin ningún tipo de prevención y sin recelo alguno, sus técnicas curativas.

Abundaban también en aquellos perdidos pueblitos, donde hasta se les otorgaban licencia para ejercer su arte. “Andaban de levita, pontificaban, emitían recetas de complicado cumplimiento y hasta extendían certificados de defunción que invariablemente todos los casos donde su “ciencia” había fallado, las muertes se habían producido por “afección cardíaca del corazón”.

Pero a cosas más atroces se atrevían estos curanderos, por estar autorizados y hasta requeridos para ello, por la autoridad policial. Hacían autopsias y era entonces que se los veía aprovechando la ocasión para asombrar al público con su destreza; despedazando, al rayo del sol, en medio de una nube de moscas, en presencia de todo el que quisiera mirar, el cadáver de algún pobre suicida, destrozándole las entrañas, aprendices carniceros, para probar lo que ya se sabía, que el hombre ha muerto de un tiro de revólver en la cabeza (“Tipos y paisajes criollos”, de Godofredo Daireaux)

El agua fría, santo remedio
Y entre todos estos cuenteros, es digno de recordar el famoso “médico del agua fría” como fue conocido ANTONIO SOMOZA. Con su terapéutica, inocente en sí y bienhechora a veces hasta cierto punto al principio, cuando solo usaba el agua fría en cantidad medida y prohibían el uso del alcohol, pronto se volvió dañino, debido al éxito obtenido en algunos casos, que con el entusiasmo que había cundido entre la gente, al ver que no mataba a todos sus clientes, le dieron fama y admiración.

Los que se salvaban por sus brebajes y maniobras, cantaban gloria; la protesta de los muertos metía poca bulla. Y la fe en el agua fría fue tal, que las copitas de agua acompañadas de palabras sagradas, rumeadas por estos “médicos”, se volvieron jarros, y las unciones inocuas se volvieron baños, y los muertos entonces, fueron tantos que su protesta empezó a dejarse oír.

El desvalido, en la soledad, alejado de todo recurso: el hombre imposibilitado por una herida, paralizado por la enfermedad, acudía a ellos, y el curandero, hombre o mujer, que, sin dárselo de inspirado o de sabio, se contenta con rodear al doliente de cuidados y de atenciones, le presta verdaderos servicios.

Le levanta la moral, le infunde esperanza; ayuda a la naturaleza con solo dejarla hacer. Desgraciadamente, muchas veces, estos personajes acababan por convencerse a sí mismos de la eficacia de sus remedios y de lo santo de su misión y verdaderamente creían que si con lavar una herida con agua fría, la podía mejorar, con mayor razón podrá salvar a un afiebrado, envolviéndolo en sábanas mojadas, y que si una copa de agua no le hizo mal a un herido, un buen jarro sanará a la fuerza a un rabioso.

Y como, en el desierto, se crían los bichos dañinos y que la obscuridad favorece la multiplicación de los microbios, en la Pampa despoblada y privada todavía de los faroles de la ciencia, cundieron y se multiplicaron durante un tiempo, los médicos y las curanderas del agua fría, de un modo devastador.

Pero a pesar del éxito obtenido con el agua fría, alguien empezó a experimentar nuevos “remedios” que pronto cautivaron a sus “pacientes”. Largas colas se formaban frente a las puertas de aquellos ranchos de la campaña, donde en medio de la penumbra de un cuarto pobremente amoblado, con un crucifijo colgado en una pared y un profano altar donde se destacaba rodeada con velas, la imagen de “San són” o “San la muerte” y más tarde la del gauchito Gil o la difunta Correa, atendía el manosanta, “el dotor” como se lo llamaba, o la curandera.

Fernando Asuero, el rey de trigémino (1930)
En mayo de 1930, llega a Buenos Aires el “doctor” español FERNANDO ASUERO, un vasco famoso que se decía capaz de curar diversas dolencias excitando el nervio trigémino con un estilete que introducía por la nariz. Desde el año anterior está en Montevideo, donde siguen “las maravillosas curaciones”  que este profesional practica en sus pacientes: paralíticos que andan, un ciego que ya ve y várices desaparecidas.

En Buenos Aires, donde llega recomendado por PRIMO DE RIVERA, lo recibe el presidente Yrigoyen y pronto comienza a realizar  sesiones de lo que él llama “asueroterapia”. Para ROBERTO ARLT, “Asuero es el tema del día en toda casa donde hay un estropeado, lisiado o enfermo de cualquier cosa”.

Se hospedaba en un Hotel de la Avenida de Mayo al 900 y en la calle, una multitud de gente humilde con sus enfermos a cuestas, esperaba que los curara o les quitara el dolor, lo que provocaba infinitas discusiones entre “asueristas” y “antiasueristas”, porque el “mago Asuero” solo atendía a quienes estuvieran en condiciones de pagar el alto costo de sus consultas y sus aplicaciones de la “asueroterapia”.

Por él, el trigémino, ese nervio que recorre la cabeza y sensibiliza casi toda la cara produciendo intensos e incapacitantes dolores, se puso de moda y hasta en el Teatro se hizo presente,  cuando el genial FLORENCIO  PARRAVICCINI estrenó una obra que llamó “nena … tocáme el trigémino”.

Pero la mentira tiene patas cortas. Un mes después de su llegada, algunos de sus enfermos, que estaban curados, se agravan o mueren. ¿Culpa del donostiarra?. El 10 de junio de 1930, el Departamento de Higiene pide su procesamiento y  la prensa lo fustiga sin piedad, cuando se descubre que no es médico, sino un simple charlatán

El caso Asuero adquiere dimensiones insospechadas y abre la puerta a una feroz polémica que se entabla entre el gobierno y la oposición que no está dispuesta a perder la oportunidad que este nefasto personaje le deja de regalo. Acusan a Yrigoyen de haber sido cómplice de esta estafa y de haber permitido que este falso médico ejerciera sus artes impunemente.

Acorralado por los hechos y por la preocupación de que la opinión pública lo condene, YRIGOYEN se reúne con Asuero en la Casa de Gobierno a las 15.30 del 14 de junio y hablan por espacio de 50 minutos. Desde allí el falso médico se dirige al Juzgado donde se había radicado la denuncia y una hora después, sale con rumbo desconocido. Vivió oculto durante 15 días, hasta que finalmente se fue del país en un barco que partió hacia España el 29 de junio de ese mismo año.

MANO SANTAS
María Salomé Loredo de Subiza
Conocida como «La Madre María», esta española de nacimiento y radicada en la provincia de Buenos Aires en 1858, fue una figura que alcanzó el rango de mito popular y generó un culto que aún perdura. Se casó muy joven con un rico hacendado y tuvo un hijo que murió a los tres meses. Quedó viuda al poco tiempo y volvió a casarse con otro estanciero fallecido en 1883.

Se dice que a fines del siglo XIX, María Salomé Loredo pasó por un período de graves enfermedades que la llevaron a consultar a PANCHO SIERRA, célebre “sanador pampeano” de la época, muerto en 1891. Desde entonces, María Salomé fue su discípula y se considera que fue su heredera.

Comenzó a ser conocida como la “Madre María” y dedicó su vida a prodigar lo que ella llamaba su “don de Dios”: a curar enfermedades del alma y del cuerpo. En su casa de la calle La Rioja, en la Capital Federal, recibía a una multitud de humildes esperanzados. María se consideraba continuadora de Jesús y no adivinaba el porvenir ni ejercía la medicina ni obraba milagros.

Frecuentemente perseguida por las autoridades, se rodeó de un grupo de discípulos y de gente importante a quienes pronto se le sumaron personas de la alta burguesía y la aristocracia porteña. Se dice que entre ellos estaba HIPÓLITO YRIGOYEN, a quien habría sugerido no volver al gobierno, para cumplir un segundo mandato.

Cuatro días antes de su muerte, la MADRE MARÍA apareció ante sus fieles vestida con su acostumbrado sayal blanco y un crucifijo de oro sobre el pecho. Entonces desgranó una serie de profecías que incluían su propia muerte y, según sus intérpretes, alusiones a la Segunda Guerra Mundial:

“Europa desaparecerá en medio de terremotos e inundaciones. Grande será el desarrollo de la inteligencia humana pero muchos la emplearán para el mal. Habrá dinero pero poco para comer. Faltarán viviendas, familias enteras estarán separadas por el odio y la venganza”. Después se encerró en su cuarto y fue encontrada muerta el 2 de octubre de 1928. Tenía 73 años. Después de muerta, su tumba en la Chacarita se convirtió en lugar de veneración, donde jamás falta una ofrenda floral para mantener vivo su recuerdo.

Francisco “Pancho” Sierra (1843-1891)
Célebre “sanador” pampeano conocido como “Pancho Sierra”, se afirma que era hijo de una familia acomodada del norte bonaerense y que llegó a cursar algunos años en la Facultad de Medicina. Mientras vivía en Buenos Aires, sufrió un fracaso amoroso y desapareció de su hogar y recién se tienen noticias de él, en 1872, cuando reaparece ya como “curandero”.

Poseedor de cierta fortuna, había comprado una estancia en la localidad del “Porvenir”, cerca de Rojas, provincia de Buenos Aires y allí se instaló. “Curas milagrosas” rápidamente cimentaron su fama y pronto fue consultado tanto por gente humilde como por poderosos que a caballo, sulky o carro viajaban expresamente para consultarlo. Lo cierto es que durante casi 20 años practicó curas consideradas milagrosas.

Se afirmaba que era capaz de curar a través de la sugestión, el agua magnetizada y a veces, por imposición de las manos. Entre sus “pacientes”, muchos de ellos deshauciados por la medicina alópata, se encontraban ricos estancieros como GÓMEZ BASUALDO y ROBERTO CANO. Pero también tuvo poderosos enemigos que lo trataban de “charlatán”, entre ellos RAFAEL HERNÁNDEZ, ADOLFO ALSINA, MARCOS PAZ y hasta el mismo ex Presidente, el general ROCA.

SIERRA tuvo además fama de buen hombre y de generoso. Su campo estaba siempre poblado con gente que esperaba ser atendida, a quienes les brindaba cobijo y comida gratuitamente. Cuando murió en 1891, su leyenda comenzó a agigantarse y muchas asociaciones de espiritistas, lo reivindicaron como su maestro y guía. Su tumba se encuentra en Salto, provincia de Buenos Aires y a través del tiempo, se ha convertido en lugar de peregrinación de gente que lo “consulta” o le pide algún milagro, aún después de muerto.

Charlatanes para todos los gustos
Los cosméticos eran variadísimos, pero la “línea del doctor Domassan”, era una de las más publicitadas. Ofrecía “el agua de lis doble”, para el cutis de las señoras, el “agua preservativa” para el cuidado de la boca y el “agua para teñir el pelo privilegiada”, en las variedades negro, castaño y rubio, especial para caballeros, “a quienes no les endurecería las facciones”.

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Había también “ungüentos salutíferos” para combatir la calvicie y “pomadas olorosas” para disciplinar los bigotes. Las ofertas de la medicina también eran variadas. El que prefería a los alópatas, a los homeópatas o aún a los “mano santas”, los tenía bien a mano y si se prefería ser tratado por una corporación galénica, no tenía más que dirigirse a la “Empresa de Puestos Médicos”.

Si lo que necesitaba era que le hicieran una sangría, seguramente encontrará lo que busca si acude a un práctico que se calificaba a si mismo como “pedícuro o callista, flebótomo o sangrador”, en cuyos avisos publicitarios, no dejaba de anunciar que las sanguijuelas que aplicaba, eran importadas de Hamburgo, “célebres por su poder extractivo”.

El doctor Ernest sacaba dientes sin dolor, pues anestesiaba con gas, compitiendo en tales menesteres con una señora que publicaba en el diario La Nación, un aviso donde ofrecía “una cura radical del dolor de muelas, sin operación alguna”, y como siempre, gratis a los soldados y a los pobres”. También la farmacopea era abundante, amplia, generosa e “infalible”.

Ofrecía el bálsamo del doctor Greeves para los sabañones, el aceite de Berthé o el Quinium Labarraque como tónico reconstituyente, las perlas de éter del doctor Clertan para las jaquecas y neuralgias, los polvos de Rogé como laxante y las Píldoras de Vallet, que terminaban “con los colores pálidos”.

Remedios recomendados
Saliva de la curandera (si estaba en ayunas), servía para que friccionando con ella, una misteriosa “glándula”  sólo conocida por ella, en el brazo de un niño con dolor de garganta, milagrosamente hacía que el paciente quedara convencido que “estaba sano”.

Tres hábiles pellizcos aplicados por el curandero en el pellejo del espinazo a la altura de la boca del estómago, detectaba el “empacho”, que luego se curaba con un parche de aceite mezclado con la flor de la ceniza.

No había nada mejor para la “culebrilla”, que frotar un sapo sobre ésta, para que absorba el veneno y quede curada, terapia rechazada por los “médicos”, porque ellos la curaban trazando con un palito, una línea con tinta china rodeando la afección, cuidando de encerrarla para evitar que se unieran ambas puntas (lo que era extremadamente peligroso), que era cuando debían recurrir a curas más radicales como lo era hacerle tomar al paciente un poco de agua, mientras sostenía en sus manos tres ramitas de cualquier árbol o arbusto y el “doctor” recitaba en voz baja: «Yo iba por un caminito, me encontré con San Pablo, me preguntó que tenía, contesté que era culebrilla, ¿con qué se curaría? Respondió San Pablo: con agua de la fuente y ramas de… (aquí decía el nombre del enfermo)»

La operación debía realizarse tres veces por día, durante tres días seguidos y la culebrilla desaparecía. Y vaya uno a saber si alguien se curó de la culebrilla gracias a esta oración, o fue porque esa obligación de estar atento a todo ese ceremonial, distrajo su mente y le bajó el estrés o, lo que es más probable, que jamás se haya sabido que así se curara alguien.

Es verdad que así no se mataba a nadie, ni con otros mil remedios iguales que constituían el formulario habitual de esos curanderos o  “médicos” de nuestra campaña..

Un collar de piola, medido sobre el pescuezo del perro de la casa y puesto en el cuello del niño enfermo de tos convulsa, fácil es que no lo cure, pero tampoco le puede hacer mucho mal. Ceniza del pelo del mismo animal rabioso que ha hecho el daño, puesta en la mordedura, es remedio casi tan seguro como la vacuna de Pasteur, y contra el dolor de muelas, se recomienda el uso de escarbadientes hechos con huesos de sapo.

El pasmo
El sumum de su ciencia la demostraban cuando debían atender a alguien con “pasmo”. Era ésta una enfermedad de la que sí moría mucha gente en el campo. En las heridas, en las llagas, podía entrar el pasmo, en el menor descuido; pasmo de frío en invierno, pasmo de sol en verano. Un atracón de fruta no le daba  a uno indigestión sino pasmo; pasmo da la insolación; pasmo da mucha agua fría después de un trabajo fuerte, y esto de romperse una pierna,  casi no sería nada, si no fuera la amenaza que le entre pasmo.

Y que es “el pasmo”?. Etimológicamente pasmo deriva del latín “pasmus”, que proviene del latín spasmus. Spasmus a su vez, viene del griego “spasmós”, que significa «calambre», “convulsión”. En medicina moderna define a un fuerte resfriado con abundantes mucosidades y dolores musculares. También se refiere al tétanos, enfermedad producida por un bacilo que ataca el sistema nervioso y finalmente se relaciona con la presencia de rigidez y convulsión muscular involuntaria. Para nuestra gente de la campaña “pasmo” era eso y además todo edema o hinchazón que se presentaba en el cuerpo de una persona.

Es evidente que la sintomatología de los males que la medicina moderna vincula con “el pasmo”, llevó al criollo a llamar así a esta enfermedad y por eso, las curas que practicaba incluían “friegas o frotaciones (“fletaciones” se decía), los beberajes de extraña composición, los “yuyos”, que en muchos casos servían realmente para curar, las “ventosas” y las cataplasmas, remedios que eran, según estos “curanderos”, una segura garantía para “atajar el pasmo”.

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