BERNARDO DE MONTEAGUDO (1785/1825).

BERNARDO DE MONTEAGUDO, un controvertido personaje de nuestra historia que gozó de la confianza de San Martín, O’Higgins y Bolívar, aun cuando su genio irritable y violento, le alejó, en ocasiones, de alguno de ellos. Político y Escritor. Intelectual revolucionario, Abogado y tribuno que disfrutó de gran prestigio, no tan sólo en su patria, sino en Chile y el Perú. Eficaz colaborador del general San Martín y Bolívar en las guerras de la independencia. Figura polémica, mereció el respeto y la admiración de muchos por sus ideas revolucionarias y sus ideales, su elocuencia en expresarlos y su habilidad administrativa para llevarlos a la práctica; pero suscitó el odio implacable de otros debido a su rigidez y severidad doctrinaria y la turbulencia de su vida personal.

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Nació en la ciudad de Tucumán el 12 de junio de 1785  (algunos autores lo dan nacido en la casa situada frente al colegio Seminario de la ciudad de La Paz, Bolivia) y fue bautizado el 14 de julio del mismo año en la parroquia rectoral de San Miguel, Chuquisaca.  De padres de muy humilde posición, cursó sus estudios de abogacía en las universidades de Córdoba y luego en la de Chuquisaca, donde en junio de 1898 se graduó en Derecho y Teología. Hablaba perfectamente el francés y el inglés, era elegante y seductor y famoso por su éxito entre las mujeres, lo que le costó el odio de muchos hombres. Pero Monteagudo  fue también el primer líder político que pensó que las mujeres debían tomar parte importante en la lucha por la Independencia. Mientras estudiaba en Chuquisaca, se relacionó con muchos de los futuros líderes de la revolución e independencia argentina y apoyó la revolución y tomó parte activísima en las agitaciones que precedieron a la Revolución contra España. Ingresó en la vida política como paladín de la revuelta de Chuquisaca que se produjo el 25 de mayo de 1809 (algunos autores la ubican en el 9 de mayo) y fue encarcelado. Cuando lo pusieron en libertad, continuó incitando con fervor a los líderes patriotas de Jujuy y otros territorios del noroeste a pronunciarse contra la junta de Sevilla, en España. Apercibidas las autoridades realistas de la influencia que ejercía sobre el pueblo, lo desterraron a Buenos Aires, donde llegó a fines de 1809, a tiempo para participar en la Revolución de Mayo de ese año.

Se incorporó al grupo de patriotas revolucionarios y se distinguió como prestigioso agitador de multitudes. Fue elegido Presidente de la Asociación Patriótica, disuelta por los saavedristas. Acompañó al ejército al Alto Perú, en carácter de auditor de guerra y pasó a ser Secretario del Dr. Juan José Casteili (q.v.). Lluego de la derrota del ejército patriota en Huaqui (20 de junio de 1811) regresó a Buenos Aires, donde se convirtió en ídolo de los jóvenes patriotas porteños merced a sus apasionados escritos revolucionarios. Escribió para los periódicos “La Gaceta de Buenos Aires”, “Mártir o Libre” (que él mismo fundó) y “El Independiente” y desde estas páginas denunció o apoyó vigorosamente diversas acciones de gobierno, de acuerdo con sus propias convicciones y ejerció considerable poder político. En 1812 fue miembro de la Ccomisión que procesó y condenó a los cabecillas de la conspiración de Alzaga. Si incorporó a la Logia Lautaro y el 8 de octubre de 1812 dirigió el movimiento popular que tuvo por consecuencia la caída del primer Triunvirato. En 1813, en epresentación de la provincia de Mendoza, fue miembro activo de la Asamblea que se reunió ese año en un intento de revolucionar la estructura institucional del antiguo virreinato. Escritor y Tribuno que disfrutó de gran prestigio, no tan sólo en su patria, sino en Chile y el Perú, colaboró con distintos periódicos y en 1815 fundó el Diario “El Independiente”.

Sostenedor de la política del Director Supremo  Alvear, al caer éste del poder en 1815, fue desterrado como Vieytes, Donado, Gómez, Posadas, Peña, Larrea y otros alvearístas. Viajó por los Estados Unidos y por Francia, volviendo a la patria en 1817. De regreso a la Argentina en 1817, Monteagudo se encaminó hacia Mendoza, donde San Martín, informado de sus antecedentes, de inmediato lo hizo Auditor de su Ejército y a partir de entonces y por el resto de su vida, estuvo vinculado a las guerras de la independencia de Chile y Perú, a excepción de un breve período durante los años 1818 y 1819.

Cuando el desastre de Cancha Rayada, en 1818, repasó la cordillera y se refugió en Mendoza. Desempeñó un papel clave en el juicio y ejecución de los hermanos Carrera, y en 1819, cuando viviendo en San Luis, tuvo a su cargo el proceso de los prisioneros realistas comprometidos en la conspiración que se produjo en esa provincia el 8 de febrero de 1819 y que terminó con la ejecución de todos los complotados. Después de Maipú, en 1820  volvió a Chile y se le asignó la tarea de redactar las proclamas, textos y manifiestos revolucionarios que fueren necesarios para estimular el alzamiento del pueblo chileno contra la presencia realista y se incorporó, nuevamente como Auditor al Ejército Libertador del Perú. En esa campaña se convirtió en uno de los más íntimos colaboradores del Libertador, especialmente, cumpliendo tareas como Ministro de Guerra y Marina y luego, a partir del 1º de enero de 1822, como Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, en el gobierno que se instaló luego de la toma de Lima. Cuando San Martín tuvo que abandonar Perú para entrevistarse con Bolívar en Guayaquil, lo dejó a cargo del gobierno de Perú. Pero, como dirá luego en sus memorias, desde su llegada a Lima hasta el 15 de julio de 1822, vivió días muy amargos, hostigado por sus opositores. Y ya sea por su adhesión incondicional al general San Martín, por las reformas en la administración del gobierno que impuso, por su tono altanero cuando ordenaba, o porque había dispuesto algunos destierros y aplicado sanciones que no fueron del agrado de la población, lo cierto es que se granjeó el descontento de la ciudadanía que exigió su remoción.

El Cabildo de Lima, dispuso entonces que abandonara su cargo y le exigió además que abandonara el país. En 1823 se dirigió hacia la ciudad de Panamá y allí se encontró con Bolívar al que sometió su proyecto de constituír una Confederación Continental Americana (proyecto que luego hizo suyo, como lo comprobó después la historia). En 1824, Bolívar, deplorando lo sucedido en 1822  le permitió retornar al Perú y reconociendo sus virtudes y su conocimiento de los asuntos peruanosde, lo puso bajo su protección y lo nombró su  asesor personal. Instalado nuevamente en Lima. Monteagudo se dedicó a afinar los contenidos de su proyecto de integración americana, sin duda la idea más importante que tuvo y que lo califica como el primer argentino que propuso formar una liga de países americanos. Monteagudo sostenía que era de fundamental importancia para el futuro de las naciones que iban logrando su Independencia, formar una Liga general con todos los nacientes países americanos para luchar contra el enemigo común. Quería que se realizara un Congreso con la participación de los nuevos estados para lograr la “federación hispanoamericana bajo los auspicios de una asamblea cuya política tendrá como base consolidar los derechos de los pueblos y no los de algunas familias”. Desde su ahora privilegiada posición, se opuso tenazmente a toda negociación con España, Portugal, el Brasil, Gran Bretaña o con los que buscaban reyes extranjeros para el país.  Escribió ensayos, sátiras y obras de teatro y algunas fueron prohibidas por el Santo Oficio.

Sus enemigos continuaron acosándolo por sus ideas y presionaron a Bolívar para que se deshiciera de él, acusándolo de intrigar con San Martín. “Estas circunstancias lo han hecho muy temible a los ojos de los actuales corifeos del Perú —dice en una carta el general Simón Bolívar al general SANTANDER—, los que me han rogado por Dios que lo aleje de sus playas, porque le tienen un terror pánico”. En esa nota, el general Bolívar agrega: “Añadiré francamente que Monteagudo, conmigo, puede ser hombre infinitamente útil, porque, sabe, tiene una actividad sin límites en el gabinete y tiene además un tono europeo y unos modales muy propios para una corte; es joven y tiene representación en su persona. Y nuevamente fue evidente que la presencia de Monteagudo en el Perú chocaba con los intereses de alguien y la protección que le deperaba su íntima relación con Bolívar no fue suficiente, pues los mismos intrigantes que lo depusieron en 1822, pocos meses después de su regreso a Lima, ya entrada la noche del 28 de enero de 1825, lo asesinaron en la solitaria calle de San Juan de Dios, de Lima.

Tenía solamente 39 años y murió instantáneamente. Si bien se supo que se trataba de un crimen por encargo y que los autores materiales del atentado habían sido dos esclavos libertos llamados Candelario Espinosa y Ramón Moreira, nunca se logró develar el nombre del que lo ordenó.  La muerte de Monteagudo, que ha quedado envuelta en el misterio, fue atribuida por unos a una venganza particular, mientras que otros, los más, la creyeron originada por odios políticos. Cuando atraídos por el grito de la víctima, acudieron algunos vecinos, sólo encontraron un cadáver que, siguiendo la piadosa costumbre de aquellos tiempos, levantaron y depositaron en el pórtico del próximo convento de San Diego. Monteagudo es, de todos los hombres que actuaron en la época de la Independencia, uno de los que más discutidos han sido. Sea cual sea la opinión que sobre sus grandes defectos se tenga, nadie podrá negarle un superior talento y un grande y profundo amor a la causa de la Independencia americana. Periodista de alto vuelo, en la Gaceta de Buenos Aires, y en Mártir o Libre, que sucesivamente redactó, fue un continuador y propagandista del credo democrático de Moreno.

Al retirarse del escenario político y militar de América, el mismo San Martín le sugirió que escribiera una memoria sobre la administración en el Perú. Así lo hizo y su obra se conoce como “Exposición de las tareas administrativas del gobierno, desde su instalación hasta el 15 de julio de 1822”. Publicó sus célebres “Memorias y escritos políticos” y “Cartas a Bolívar”. Fue una de las personalidades más sugestivas y extraordinarias del período revolucionario de América. Los escritos de Monteagudo lo señalan como un visionario revolucionario a la vez que como un jacobino doctrinario. En el primer periodo que siguió a la Revolución de Mayo perteneció al grupo morenista y poco después se unió a muchos de éstos en demanda de reformas y cambios revolucionarios, incluso, a costa de establecer un caudillo o dictador en el poder, de ser necesario. Su implacabilidad y rigidez de principios quedaron de manifiesto en su apasionada defensa de las ejecuciones ordenadas por Castelli, de Santiago de Liniers y otros líderes de la conspiración de Córdoba (1811) y sus propias acciones similares con respecto a los cabecillas de la revuelta de Alzaga y los hermanos Carrera; la amplitud de su versión, por otra parte, se revela por el hecho de que él, único entre los líderes de la independencia argentina, propugnó una federación de las nuevas naciones de la América española y asistió a Bolívar en el trazado de planes para el congreso panamericano que hubo de celebrarse en Panamá antes de su muerte. Murió asesinado en las calles de Lima el 28 de enero de 1825. Muchos de los dispersos escritos de Monteagudo han sido coleccionados y publicados por Ricardo Rojas en Obras políticas de Bernardo Monteagudo (Buenos Aires, 1916); su biografía ha sido escrita por Mariano de Vedia y Mitre, La vida de Monteagudo (3 y. Buenos Aires, 1950); también por Eduardo M. S. Damero, Monteagudo (Buenos Aires, 1908).

1 Comentario

  1. David Emilio Aguilar Berrospi

    Excelente resumen. espero contar con los libros indicados vía versión digital. Gracias.

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