BATALLA DE SAN JACINTO (29/10/1855)

La batalla de San Jacinto fue librada en cercanías de la actual localidad de Loma Negra (Partido de Olavarría) entre una fuerza de aborígenes bajo el mando del cacique JUAN CALFUCURÁ y el Ejército en Operaciones comandados por el General MANUEL HORNOS que habían sido enviados por el Gobernador de Buenos Aires PASTOR OBLIGADO, luego de la derrota que el Coronel BARTOLOMÉ MITRE sufriera en manos del mismo CALFUCURÁ el 29 de mayo de 1855 en la batalla de Sierra Chica.

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El Coronel BARTOLOMÉ MITRE había sido ignominiosamente derrotado por las huestes de CALFUCURÁ en la batalla de Sierra Chica (31/05/1855) cuando habiendo marchado con la orden de desarticular una acción preparada por el cacique araucano aliado esta vez con los caciques CATRIEL y CACHUL, fue burlado por la estrategia de CALFUCURÁ y obligado a regresar “sin pena ni gloria” a su campamento en Azul (ver Batalla de Sierra Chica)

El general HORNOS fue designado entonces para hacer el escarmiento que no pudo realizar MITRE y para castigar a los culpables del estaqueamiento que había sufrido uno de sus enviados para parlamentar y de la muerte del Teniente Coronel NICANOR OTAMENDI. Con ese objeto salió desde el Azul al frente del Ejército de Operaciones del Sur, que constaba de unos 1.300 hombres y 12 cañones. Los aborígenes fueron avistados en las sierras de Tapalqué pero Calfucurá les tendió una emboscada y luego de fingir una retirada, logró atraer al ejército porteño hacia un terreno pantanoso; una llanura que resultó ser un verdadero tembladeral (donde hoy se encuentra Vialidad Provincial sobre la Ruta 51, en el que inmovilizó por completo a la caballería y a los cañones que llevaba HORNOS.

Los aborígenes, bien familiarizados con esa clase de terreno, pronto dieron cuenta del enemigo que sufrió una penosa derrota. HORNOS tuvo que abandonar la lucha dejando 18 jefes y oficiales y 250 hombres de tropa muertos y 280 heridos, mientras que  numerosos caballos, armas, municiones y otros pertrechos quedaron en poder de CALFUCURÁ.

Luego de esta segunda derrota sufrida por las tropas de Buenos Aires, el gobernador que le recriminó por ellas al Ministro de Guerra diciéndole: “… a costa de trabajo y gastos se logra al fin reunir en tres meses, mil caballos en el sur para el ejército que tanto los necesita y salimos con que en su marcha a Bahía Blanca se perdieron como 600….”.  resolvió hacer las paces con CATRIEL y CACHUL firmando un convenio por el que se obligaba a pasarles grandes cantidades de yerba, azúcar, tabaco, harina, aguardiente, vino de Burdeos, ginebra y 200 yeguas trimestralmente. Y como si ello no fuera bastante se le concedió a CATRIEL el grado de general y cacique superior de las tribus del sur y con el derecho a usar el uniforme militar de su jerarquía.

“Esta debilidad que demostraba el gobierno, al pactar en forma humillante con los aborígenes violentos, mediante tratados de paz que eran una vergüenza nacional y al otorgar grados militares y honores a los más sanguinarios caciques, es necesario atribuirla a  la crítica situación política por la que atravesaba el Estado de Buenos Aires en su confrontación con la Confederación Argentina, liderada por JUSTO JOSÉ DE URQUIZA.

Fue una situación penosa y de graves consecuencias. En el intento de batir a los aborígenes, se habían cometido errores apreciables, pues las operaciones se iniciaron en pleno verano y a través de zonas carentes de agua y de pastizales tan necesarios para la caballada. El cuidado de las fronteras requería considerable esfuerzos del personal y las tropas carecían de armas adecuadas, estaban muy mal vestidas y peor alimentadas. El pago de los haberes nunca estaba al día sin que se tomaran medidas para remediarlo y hasta se retrasaba el licenciamiento de los voluntarios cumplidos. JOSÉ HERNÁNDEZ, el autor de “Martín Fierro”, ha relatado en sus difundidas poesías “Don José “, la ruda vida que llevaban nuestros bravos soldados, hecho que mueve a una justificada indignación y también a preguntarse si los  ignoraban tales anomalías que conspiraban contra el espíritu de las tropas a las que sólo se les exigían cruentos sacrificios. ¿No sabía el Doctor OBLIGADO, su Ministro de Guerra MITRE y los comandantes de las fronteras que los soldados carecían de lo más necesario para vivir y para combatir? Las injusticias y las calamidades comentadas por HERNÄNDEZ han sido ratificadas por numerosos escritores de la época sin que jamás hayan sido rebatidas por sus responsables”.

Con sus triunfos sobre MITRE en Sierra Chica y HORNOS en San Jacinto, Calfucurá confirmó su prestigio ante la indiada, para la que resultó un conductor invencible y reconocido como la suprema autoridad de las pampas, llegando a ser apodado el “Napoleón de las Pampas”. Durante más de un año, el cacique araucano y su gente sentaron sus reales en la zona. El temor cundió por toda la campaña. Las economías lugareñas quedaron seriamente deterioradas. La gente temía volver. Estancias al sur de Tandil se hicieron taperas. Debió transcurrir todo el año 1855 y parte de 1856 para que los exiliados del Tandil y la Lobería –refugiados en Dolores- se animaran a retornar. Pero la pérdida de 64.000 kilómetros cuadrados  de tierras y el consecuente retroceso de la fronteras.que estos hechos produjeron, fueron una consecuencia que fue muy difícil revertir luego (Ver Campañas al Desiero).

Fuentes: “La conquista del desierto “. Coronel Juan Carlos Walther, Editorial Círculo Militar, Buenos Aires, 1964; “Historia General de la Provincia de Buenos Aires”, Daniel Alberto Chiarenza, “Página Histórica de Hoy”, José Salinas Claveras, Revista y Biblioteca del Suboficial, Ed. Esquiú, Buenos Aires, 1980; “La noche triste del Coronel Mitre”, Hugo I. Nario: “Atlas Histórico Militar Argentino”, Ed. Biblioteca del Oficial, Círculo Milkitar Argentino, Buenos Aires, 1974

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