LA PRIMERA INVASIÓN DE LOS INGLESES AL RIO DE LA PLATA (27/06/1806)

PORMENORES DE UNA INVASIÓN IMPULSADA POR LA CODICIA. Se dice que la primera invasión de los ingleses al Río de la Plata en 1806, se puso en marcha ni bien tomó estado público que en el puerto de la ciudad de Buenos Aires, se encontraba esperando el momento oportuno para zarpar, una embarcación española con la recaudación impositiva de Chile y Perú, consistente en varios millones de pesos de plata, una considerable suma para ese entonces. Según la legislación vigente en Inglaterra, si un buque tomaba posesión de un tesoro así, una parte del mismo le correspondía a los oficiales que lo obtuvieran.

Una disposición que fundamentaba las características particulares de todas las flotas inglesas en aquella época: detrás de sus buques de guerra, se alineaban multitud barcos mercantes, que introducían enormes cantidades de mercadería en los territorios dominados. Esto constituía el segundo negocio de la pragmática oficialidad sajona.

El día 25 de junio de 1806, los ingleses desembarcaron en Quilmes y permanecieron a la expectativa sin animarse a avanzar previendo una defensa organizada. Pero nada de ello sucedía; la improvisación era manifiesta. Los vecinos sin reponerse de la sorpresa ante esta presencia, corrieron a la fortaleza a pedir armamento para participar de la lucha que se avecinaba, con resultado negativo. Mucha vergüenza sintió en ese entonces un joven llamado MANUEL BELGRANO quién pretendió luchar para no entregar la plaza. No se creía oportuno armar a los civiles ante una situación que parecía no traía demasiado peligro a la colonia.

Pero aún si armas. Con cuchillos y viejos sables de antiguas trifulcas decidieron enfrentar a los ingleses. El encuentro se produjo en Quilmes y el resultado fue una fuga generalizada de los defensores ante los primeros disparos de los invasores. Es que no alcanzaba con el coraje y las buenas intenciones: enfrente tenían tropas disciplinadas y muy bien armadas lo que hacía inútil toda resistencia y huían despavoridos, mIentras el oficial que los comandaba, don PEDRO DE ARCE les gritaba indignado: “—¡Yo mando tocar retirada, no desordenada fuga! ¡Qué dirán las mujeres de Buenos Aires!” .

Por eso, la gente no estuvo conforme con el desempeño de los defensores. Es conocido el hecho del público reproche que la mesera de la fonda “Los Tres Reyes” hiciera a unos militares sobre su actitud durante la defensa, cuando les manifestó: “—Desearía, caballeros, que nos hubiesen informado de sus cobardes intenciones de rendir Buenos Aires, de haberlo sabido, nosotras las mujeres nos habríamos levantado unánimemente y rechazado a los ingleses a pedradas».

También existía un descontento generalizado entre los esclavos. ¡Qué ironía ésta donde los hombres sin libertad, tenían un claro sentimiento de Patria y dignidad frente al opresor! Ya se demostrará en los cruentos años venideros el valor y patriotismo de tantos hombres nacidos en África o descendientes de africanos que murieron en la primera línea de fuego, defendiendo la bandera azul y blanca que los esclavizaba.

El virrey SOBREMONTE, quien se había enterado de la invasión mientras presenciaba la obra “El sí de las Niñas” salió precipitadamente del teatro ante el asombro de los restantes espectadores; no atinaba a organizar ningún tipo de defensa, y los ingleses avanzaban sin oposición.

En su avance hacia la ciudad de Buenos Aires los ingleses eran observados a la distancia y durante todo su recorrido por los indios tehuelches. Inclusive un representante de ellos llamado FELIPE, ofreció apoyo para rechazar a los “Colorados” (nombre con el que identificaban los tehuelches a los ingleses, en razón del color de sus chaquetas). Días después, otros caciques como EPUGNER, ERREPUENTO, TURUÑANQÛI, NEGRO, CHULÍ, MARCIUS, PEÑASCAL y otros, también ofrecen su apoyo, que el Cabildo agradece y acepta en las palabras, mas no en los hechos, seguro todavía de poder controlar la situación. La verdad era que los habitantes de la ciudad temían a los indios y desconfiaban del ofrecimiento. Al día siguiente, Buenos Aires se rindió. La bandera inglesa decía de quien era ahora la ciudad. Un bando repetía a toda la población:

“Respetaremos el culto católico. Aseguramos la administración de la Justicia y la propiedad privada. Reconocemos la autoridad del Cabildo. Decretamos la libertad de comercio”.. Resulta obvio que el cuarto punto era el único que realmente importaba a los ingleses, es decir la “Libertad” que ahora existiría en Buenos Aires para comprar “solamente” productos ingleses (ver Inglaterra llora la pérdida de un buen mercado).

Pero en lo que hace a la invasión propiamente dicha, BERESFORD tenía una sola preocupación: las monedas de plata que estaban en poder del virrey. No fue posible ningún acuerdo hasta tanto este tesoro fuera entregado. El Virrey ocultó el tesoro en el fondo de una laguna de la zona de Luján, pero lo cierto es que fue descubierto y cayó en posesión de los ingleses. Este cuantioso botín fue enviado a Londres, recibido con gran júbilo y depositado en el banco de Inglaterra. Posteriormente se repartió entre la oficialidad actuante, una importante parte del mismo. Los frutos del saqueo engordaron las cuentas de los piratas uniformados y esta actitud sería una constante en la relación de los países del Río de la Plata con Inglaterra (ver el tesoro de Buenos Aires).

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *