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EL PRIMITIVO HELADO DE LOS PORTEÑOS EN (1800)
En el polvoriento Buenos Aires de 1800 eran pocos los sabores especiales y los gustos que podían darse, especialmente los niños. Por eso, cuando excepcionalmente granizaba en la aldea, los niños festejaban la situación y al respecto, cuenta Lucio Mansilla:
“El asunto tenía su magia y llevaba varios pasos: primero salir corriendo por el patio a juntar todo el granizo que fuera posible y llevarlo de prisa antes de que se derritiera hasta la cocina. Allí había un cilindro de madera que tenía adentro otro más pequeño, de metal, en el cual se había colocado leche batida con huevo, azúcar, vainilla y cacao. En el cilindro más grande se colocaba el granizo, de modo tal que cuando se girara violentamente la manija exterior del aparato, el cilindro pequeño girara al tiempo que se enfriara y transformase la crema en una sustancia muy fría que la gente llamaba “helado”, sin saber que recién en 1853 podrán gustar un sabroso bien llamado “helado” (ve rPrimeros helados en Buenos Aires).