LA PESTE BUBÓNICA EN BUENOS AIRES (1900)

A comienzos de 1900, la Intendencia de Buenos Aires y el Departamento de Higiene del Ministerio de Salud de la Nación, detectaron la presencia de un brote de “peste bubónica” en varios de los “conventillos” que ocupaban inmigrantes y gente con escasos recursos.

Rápidamente se tomaron los recaudos para evitar su propagación; se puso en marcha una vigorosa campaña sanitaria y se tomaron medidas extremas, incluyendo la caza de ratas y la quema de viviendas presuntamente infectadas. Se dispuso el aislamiento de todos los conventillos y como los barrios más afectados habían sido Balvanera, Almagro, San Telmo y La Boca, de inmediato se ordenó el traslado y el aislamiento en cuarentena de todos los que los habitaban y para evitar la propagación del mal, sus viviendas fueron rápidamente demolidas y quemadas con todas las pertenencias de quienes las habían habitado.

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Se cree que la peste llegó a Buenos Aires en abril de 1899 a través de barcos provenientes de zonas infectadas, tras haber pasado por Montevideo y tuvo un brote significativo a comienzos de 1900, cuando se registraron 124 casos. Luego de ese pico, se estableció una meseta auspiciosa hasta que en 1919, hubo un recrudecimiento con 150 casos, para luego caer drásticamente hacia 1931, que fu cuando desapareció definitivamente.

La de la “peste bubónica” o “peste negra”, fue una de las peores pestes que la Humanidad tuvo que enfrentar en diferentes épocas y países. La bacteria que la causa fue temible y cuando apareció en Europa se cobró cientos de miles de vidas, cuando aún no existían los antibióticos con los que se habría podido combatirla.

Entre 1347 y 1451 mató a cerca de 75 millones de personas en todo el mundo, incluyendo cerca de un tercio del total de los habitantes de Europa. Se propagó a Asia, Italia, el norte de África, España, Normandía, Suiza, Hungría, Inglaterra, Escocia y finalmente Noruega, Suecia, Dinamarca, Islandia y Groenlandia.

La “peste bubónica”, “peste negra” o “enfermedad de las ratas” como también se la llamaba, aunque en verdad era trasmitida por las pulgas que infectaban específicamente a las ratas negras y no a cualquier rata, fue devastadora y si bien la población podía reconocer de inmediato su presencia, porque las “bubas” o “bubones” (inflamación dolorosa de los ganglios linfáticos) que aparecían en axilas, ingle o cuello de los enfermos la hacían evidente, ya era tarde para evitar el avance de la enfermedad. Rápidamente llegaba la fiebre alta, escalofríos, dolor de cabeza intenso y finalmente la muerte por septicemia o neumonía.

No está claro dónde empezó la epidemia pero se cree que fue en las Estepas del Asia Central. Desde allí fue llevada hacia el oeste por los ejércitos mongoles o por los barcos mercaderes que comerciaban entre Asia, África y Europa

En 1855 apareció nuevamente. Esta vez fue en China, donde volvió a cobrarse gran cantidad de víctimas y esa fue la que llegó a Buenos Aires, quizás en 1899. En septiembre de ese año, el diario “La Nación” informó: “Ha causado general sorpresa entre los médicos y el público, la aparición de la peste bubónica en Paraguay, punto mediterráneo, sin contacto con la India, de donde parece ser originaria. Una de las primeras medidas adoptadas por el Departamento de Higiene ha sido clausurar los puertos del Litoral a las procedencias del Paraguay, mientras se resuelve el tratamiento que deberá aplicarse”.

“Los barcos que llegaban eran desviados a la isla Martín García donde se montó un Lazareto para que los viajeros se mantuvieran en cuarentena. Finalmente, una niña paraguaya que se encontraba en Formosa fue el primer caso que ingresó a nuestro país. El segundo foco apareció en Rosario y su primera víctima fue una mujer de mediana edad. El presidente Julio Argentino Roca decretó el aislamiento total de Rosario del resto del país”.

A pesar de esas medidas, la peste igualmente llegó a Buenos Aires. Para evitar el contagio masivo se organizaron matanzas de ratas, dado que sus pulgas infectadas trasmiten la enfermedad. Algunas fueron envenenadas mientras que otras sucumbieron ante garrotazos o disparos. Se hicieron populares los “perros rateros” y esa pesada tarea quedó en manos de los barrenderos públicos”.

Llamativamente, o no tanto, algunas empresas aprovecharon la calamitosa situación para posicionar sus productos en el mercado y las páginas de la prensa escrita se vieron inundadas de artículos que prometían acabar con los roedores. Se impusieron cuarentenas en todo el país y el Ministerio de Guerra cedió los cuarteles de artillería que se estaban construyendo en Liniers y se estableció allí el lazareto para aislar a los enfermos.

Pese al temor que generó la peste, y gracias a que ahora se contaba con sueros y antibióticos para combatirla, sólo fallecieron cerca de cincuenta personas. Entre los médicos abocados a evitar la propagación de la enfermedad se hallaba el joven médico LUIS AGOTE, cuyas investigaciones en torno a la transfusión de sangre, años más tarde,  constituyeron un verdadero logro para la medicina y que habiendo debido viajar a Paraguay en el ejercicio de su profesión, fue víctima de la enfermedad, pero logró recperarse..

El final de la pandemia de peste bubónica en el mundo recién llegaría en 1959. Habían pasado algo más de cien años desde que había reaparecido en la era moderna y millones de muertos en el mundo, daban testimonio de su virulencia (ver Endemias y epidemias en la Argentina).

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