MANSILLA, LUCIO VICTORIO (1792-1871)

General. Nació en Buenos Aires el 4 de marzo de 1792. Hijo del General LUCIO NORBERTO MANSILLA, el héroe de la Vuelta de Obligado. Desde pequeño asombró por su vivacidad y audacia genial, que fueron después los rasgos sobresalientes de su personalidad, junto a una figura muy agradable e imponente.

En 1806 y 1807 luchó con valor  durante las invasiones inglesas, revistando en el “Tercio de voluntarios urbanos de Galicia”, cuerpo que comandaba el maestro de matemáticas Pedro Antonio Cerviño, con el cual siguió luego los cursos que le permitieron obtener el título de “agrimensor que lo autorizaba a abrir una escuela pública. Pero llegaron los días de la Revolución de Mayo y re-nunciando entonces a sus inclinaciones didácticas y optando por la carrera de las armas, fue de los primeros en alistarse en las fuerzas patriotas como cadete del Regimiento 3 de Patricios.

Se incorporó luego al Ejército de los Andes y bajo las órdenes del general Las Heras estuvo en la batalla de Chacabuco y luego en la campaña del sur de Chile.  O’Higgins le encomendó el mando de la custodia de los prisioneros españoles trasladados a San Luis.  Intervino en los sucesos del año 1820 en Buenos Aires y pasó después a Entre Ríos donde, en 1821, fue elegido gobernador y durante su gobierno ordenó redactar códigos penal y de comercio y la primera constitución provincial.

En 1824 fue Diputado de dicha provincia en el Congreso Nacional reunido en Buenos  Aires y fue uno de los firmantes de la Constitución de 1826. En 1827 actuó a las órdenes del general Carlos de Aivear durante la guerra con el Brasil. Se casó con la hermana menor del gobernador Juan Manuel de Rosas, Agustina, de 15 años de edad, conceptuada como una de las bellezas porteñas.

De este matrimonio nació Lucio Victorio, el 23 de diciembre de 1831. No tardó mucho en llegar al mundo su hermana Eduarda, y ambos niños permanecieron unidos por un inmenso cariño fraterno hasta el final de sus vidas. Vivía la familia en un caserón de “cuatro patios” situado en Tacuarí y Potosí (Alsina, de hoy) donde funcionara en la época colonial el Presidio Viejo, circunstancia que aprovechaban algunos servidores para asustar a las criaturas con las almas de los presidiarios enterrados bajo la habitación donde dormían, tratando de lograr así que conciliaran el sueño logrando exactamente lo con-trario. Pero ellos fingían para que se fueran quienes los “cuidaban”, una pareja de negros formada por María y Tomás. A raíz de tales fantasías Lucio Victorio y Eduardita se sentían acosados por miedos absurdos.

No obstante tales experiencias infantiles Lucio Victorio se convirtió en un hombre intrépido y aventurero, tal vez porque su madre, doña Agustina, poseía un carácter fuerte, al igual que su marido, don Lucio, Aunque unido en matrimonio con doña Agustina Ortiz de Rosas, la hermana menor de Juan Manuel de Rosas, Mansilla no tomó parte activa en la guerra entre unitarios y federales. En 1832 fue elegido Diputado a la Legislatura de Buenos Aires y permaneció en ese cargo, por sucesivas reelecciones, hasta 1844. Fue Jefe de policía de Buenos Aires, actuación durante la cual fundó la institución de serenos y redactó reglamentos especiales.

En noviembre de 1845 estuvo al mando de las fuerzas que combatieron en la Vuelta de Obligado donde su nombre quedó glorificado cuando con inusitado valor, defendió la soberanía nacional contra una escuadra anglo-francesa. De él se ha dicho que “jamás envejeció, pues la eterna juventud de sus espíritu iluminaba su fisonomía e imprimía a sus ideas esa espontaneidad de los que empiezan a ver la vida a través de ilusiones espléndidas”. Falleció en Buenos Aires el 10 de abril de 1871, víctima de la fiebre amarilla.

Un “Excursión a los indios ranqueles”.
Es el año 1870 cuando Lucio V. Mansilla organiza desde Río Cuarto un viaje a las tolderías de los indios “ranqueles”. Marcha al frente de una pequeña partida desarmada y se adentra en el peligroso desierto, tratando de demostrar que la paz y la convivencia con los aborígenes, es posible.

Nace así, “Una excursión a los indios ranqueles”, la obra cumbre de la crónica y la literatura de fronteras en Argentina. Escrita por MANSILLA es 1870, originalmente publicada en formato de cartas folletín en el diario La Tribuna, relata el viaje que el coronel MANSILLA emprendiera hacia las tolderías de los caciques Mariano Rosas, Baigorrita y Ramón Cabral con el objetivo de ratificar un tratado de paz entre el Estado nacional y el pueblo originario rankülche.

Sabe que esos eran los dominios del cacique MARIANO ROSAS aquel del que se sospecha que pudo haber sido hijo natural del “Restaurador de las Leyes” y quería darle una prueba de su valor al adentrarse en el desierto con sólo 19 hombres. Él sabía que los indios lo respetaban y decían de él: “Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca a pobre indio”.

El texto se convirtió en un pilar histórico y etnográfico, ya que Mansilla retrata con ingenio, sagacidad y una mirada inusualmente humanista para su época las costumbres, tensiones políticas y la vida cotidiana en los cañaverales pampeanos.

Mansilla se asombra de ver que los indios tenían un sistema numérico decimal, y que podían contar hasta cualquier cantidad. Preparaban banquetes con comida más elaboradas que las del gaucho, con platos y cubiertos. Vio que las indias se pintaban los labios de rojo, que los indios tenían archivos con documentación atinente a su relación con los blancos, que entre ellos las mujeres ocupaban cargos como de embajadoras, cosa que entre los blancos no ocurría etc., y comprendió que esa gente podía ser recuperada plenamente para la sociedad civilizada.

Cuenta también que en esa excursión, fue invitado a ser el padrino de bautismo de una de las hijas del cacique Mariano Rosas. y que en esa ocasión, observó que una de las niñas a bautizar tenía puesto un hermoso vestido de brocato encarnado con encajes y adornos de oro. A falta de zapatos, la niña estaba calzada con unas botitas de cuero de potro. La vestimenta producía en ese medio la sensación de confluencia de la civilización con la barbarie.

Mansilla no podía concentrarse en la misa pensando en la calidad del vestido y en la imposibilidad de que el mismo hubiese sido confeccionado en ese medio. Ni siquiera las niñas cristianas de las ciudades usaban en esa época vestidos de clara confección europea. Su curiosidad aumentaba con el correr de los minutos y a medida que él observaba con más detalle el hermoso vestido de la niña. Al finalizar la misa se dirigió a uno de los presentes y le dijo:

“—¿De dónde ha sacado mi compadre ese vestido?. —¡Oh! Me dijo, ese es el vestido de la Virgen de la Villa de la Paz. —¿De la Virgen?, le pregunté […]. —Si pues, repuso, cuando la invasión que hicimos lo trajimos […] . En efecto, el hermoso vestido de origen europeo, era la vestimenta de una Virgen que los indios habían robado en un malón efectuado a uno de los pueblos de aquella salvaje frontera.

El cacique Mariano Rosas había quedado muy agradecido con Mansilla por haber sido éste padrino de cuatro de los niños bautizados. En prueba de su afecto hizo algo muy infrecuente entre los indios, se sacó su mejor poncho, hecho por su principal esposa, lo que equivale a una alianza matrimonial y se lo colocó a Mansilla. Éste a su vez se sacó el suyo, un poncho de goma que debió resultarle de gran utilidad al cacique. Al separarse Mariano Rosas le dijo a Mansilla: “—Si alguna vez no hay paces, mis indios no lo han de matar, hermano, viéndole ese poncho.”

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