LA PINTURA EN LA ARGENTINA. SUS ORÍGENES

Si hay algo que caracteriza indiscutiblemente a la pintura argentina en sus orígenes, es su vinculación con lo religioso. Ya desde aquella lejana época de la América aún no descubierta, un elemento de la mayor importancia en la vida precolombina era la religión, que era animista, ya que divinizaba las fuerzas naturales, los lugares sagrados y algunos objetos. Representaban a sus dioses, hombres notables, animales o plantas y también hechos de la vida real, utilizando vegetales y minerales para hacer sus pinturas con las que lograban una viva y hermosa policromía. 

Y luego, casi todas, por no decir la totalidad de las obras nacidas a mediados del siglo XVI, tienen una casi excluyente inspiración, que los jesuitas primero y los artistas que fueron llegando de Europa después, encontraron en los templos.

Retablo del Altar Mayor - Catedral de Ávila

Al comienzo, fueron fachadas, retablos, altares, púlpitos, iconografías y escenas religiosas, las que comenzaron a reflejar una casi mística devoción, que en manos de artistas aborígenes, se transformó en hermosas obras, sin olvidar que también les fue útil a los jesuitas, para el cumplimiento de la misión evangelizadora que los trajo a América.

“Muchos artistas y artesanos nativos fueron lo que trabajaron en función de una comunidad cuya vida social estaba centrada en el templo” y para hacerles justicia, hemos buscado, aunque infructuosamente, el nombre, por lo menos de algunos de aquellos aborígenes que la crónica deja asentado en forma tangencial y muy a la ligera, que se destacaron también como pintores, tallistas e iluminadores, realizando obras, que causaron asombro por la pureza de sus líneas, lo glorioso de sus colores y el infinito regocijo espiritual que inspiraban.

Porque será justicia, el reconocerle a estos artistas, lamentablemente hoy anónimos, el mérito de ser los creadores de la pintura argentina. Empleando medios precolombinos al principio, con tintas vegetales y minerales, sobre madera y telas de trama áspera e irregular y guiados luego por los jesuitas, nos dejaron las primeras muestras del arte colonial y abrieron el camino para el nacimiento de la “pintura argentina”.

Pero, olvidándose de ellos, esas crónicas dicen que los fundadores de la pintura argentina, a partir de la época colonial, fueron los artistas jesuitas que trabajaron en el Río de la Plata y que formaron y pulieron las aptitudes innatas de los aborígenes y mestizos que recibían en las misiones, incorporando hermosas pinturas y esculturas en los templos, agregando que también fueron ellos los que llegando de Europa, realizaron aquí sus obras, muchas de las cuales trascendieron en el tiempo y llegaron hasta nuestros días.

Ya adentrado el siglo XVI, comenzaron a llegar al Rio de la Plata, numerosos artistas de origen español e italiano, sacerdotes y laicos que realizaron pinturas y esculturas religiosas y retratos de personajes de la Iglesia y de funcionarios civiles y aunque según registros del Cabildo, vivió en Buenos Aires, al menos durante el transcurso de la séptima década del siglo XVII, un pintor llamado Martín Ezcurra, cuyos méritos y obras son totalmente desconocidos, en realidad, la pintura bonaerense, es decir argentina, comenzó a existir como tal, recién en el siguiente siglo XVIII.

Los retablos escultóricos empezaron a ser sustituidos por cuadros y creció la demanda de obras de tipo civil, principalmente retratos de funcionarios de la corona, de personajes de la aristocracia y de la jerarquía eclesiástica. En 1735, apareció un mural de autor anónimo y de escasa importancia artística, que hoy se conserva en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, detrás del altar de Nuestra Señora de los Dolores y en 1744, aparece una tabla titulada “Escudo de armas de la Ciudad de Buenos Aires”, un trabajo que el Cabildo mandó retocar ese año, lo que indica la existencia de algún artista del pincel.

Esta obra se conserva actualmente en el Museo Histórico Nacional, carece de valor artístico y como es lógico suponer, no es en realidad “un escudo de armas”, sino que seguramente es una recreación fantasiosa del escudo español al que se le han agregado las columnas de Hércules, un mar y barcos que lo surcan, una virgen, un obispo y el escudo de Buenos Aires.

En 1747, llegó a Buenos Aires el jesuita alemán Florían Paucke (1719-1789), que puede ser considerado como el primer pintor verdaderamente dotado que vivió aquí y por lo tanto precursor de nuestras artes plásticas. Sus obras se conservan en Austria. Son ilustraciones acuareladas de sus memorias, un completo registro de la Argentina colonial, los trajes de sus y soldados y la vestimenta de sus gentes, costumbres y usanzas de los indígenas, la vida cotidiana, los útiles de labranza, la agricultura y hasta la fauna y la flora.

A Paucke le siguieron luego un gran número de artistas y ya en la segunda mitad del siglo XVIII, vivió en Buenos Aires Mariano Antonio Zarco y Alcalá, quien, además de ser platero, era pintor y especialmente dorador. En ese tiempo, también existía otro artista llamado Francisco Pimentel, quien, en 1772, por encargo del Cabildo, ejecutó el retrato del Rey y un “cuadro de armas”, es decir, el escudo de la ciudad.

Dos años después, es decir en 1774, también fue el Cabildo quien encargó un cuadro con las efigies de San Sabino y de San Bonifacio a Andrés Ribera, o Ribero, un artista contemporáneo de otro pintor de igual apellido (nos referimos a Antonio Ribera), quien hizo pinturas y dorados en los templos de Santa Catalina, La Merced y Santo Domingo, todos ubicados en Buenos Aires, decoró también las habitaciones de los virreyes en el Fuerte de la ciudad  y fue a él a quién, en 1783, recurrió la Hermandad de la Caridad, para que dorase el retablo mayor, el pulpito y otras partes de la Iglesia de San Miguel Arcángel.

En 1785 la Corte de España solicitó al Cabildo de Buenos Aires, el envío de dibujos de los uniformes militares que usaban las unidades de la Colonia y se sabe que a tal requerimiento, el Cabildo respondió “Las personas de quienes nos valimos en fe de conseguirlo, no cumplieron y otras no fueron capaces de desempeñar el intento”, lo que demuestra que no habían encontrado el artista que fuera capaz de realizar el trabajo solicitado.

En 1792 aparece un pintor de mayor importancia que los citados anteriormente, al menos según se deduce por los datos que se conocen; nos referimos a Martín de Petris, romano, quien, en el año mencionado de 1792, hizo un retrato de Manuel de Mansilla, y dos años después copió los retratos de Carlos IV y de su esposa, que se destinaron al Fuerte de Buenos Aires y realizó un retrato en miniatura de Francisca Silveyra de Ibarrola, que se conserva en el Museo Histórico Nacional.

De Petris fue así el primero que hizo miniaturas en Buenos Aires y a él, lo siguieron luego otros artistas de los cuales no se tiene referencias, por cuanto la mayoría de las obras que han llegado hasta nuestros días, son trabajos sin firma y sin data, aunque se ha confirmado que son anteriores a los hechos del 25 de Mayo de 1810. Son las miniaturas que representan a Fermín Gil de Alizápaga, a la esposa de éste, a Miguel de Belgrano y a su esposa, a Vicente de Azcuénaga, a Martín de Álzaga y a la Marquesa de Sobremonte, esta última ha sido ejecutada en la tapa de un pastillero.

Carlos Morel - Wikipedia, la enciclopedia libre

Finalmente, sin olvidar que la historiografía argentina reconoce a Carlos Morel (imagen a la izquierda), nacido en Buenos Aires el 8 de febrero de 1813 como el primer pintor argentino, debemos reconocerlos como pioneros de la pintura argentina de antes de 1810, a Florián Paucke, a los españoles Miguel Aucell (se estableció en Buenos Aires en 1754 y comenzó a destacarse 1778, considerándoselo como. el mejor pintor de su época y prueba de ello es que el Cabildo lo comisionó para que hiciera un retrato de sus Majestades Católicas y otro del primer virrey Pedro de Zevallos) y José de Salas (famoso retratista en su época, que en 1801, fundó en Buenos Aires una Escuela de Dibujo y Pintura que seguía el sistema de enseñanza de la Real Academia de Bellas Artes) y al italiano Ángel María Camponesqui, incomparable miniaturista y platero, que era también y especialmente dorador.

Fuentes: “Síntesis histórica del arte en la Argentina (1776-1930). Rodrigo Gutiérrez Viñuales, Ed. R. Gutiérrez, España, 2003; “La cultura en Buenos Aires hasta 1810”. Luis Trenti Rocamora, Ed. Universidad Nacional de Buenos Aires, Buenos Aires, 1948; “Apuntes para la historia de nuestra pintura y escultura”. José María Lozano Mouján, Ed. A. García, Buenos Aires, 1922; “Pintura en Buenos Aires en el siglo XVIII”. Ricardo de la Fuente Machaín, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1946; “La pintura y la escultura en la Argentina”. Eduardo Schiaffino, Buenos Aires, 1933; “Historia Argentina”, Ed. Océano, Barcelona, España, 1982; “Historia de la cultura argentina”. José C. Ibañez, Ed. Troquel, Buenos Aires, 1969; “Crónica Argentina” Tomo V. Editorial Codex S.A., Buenos Aires, 1979; “Noticias de algunos artistas coloniales”. José Torre Revello, Buenos Aires, 1923.

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