LOS BAILONGOS

Los «bailongos» era como se llamaba a los bailes populares que se organizaban, ocupando grandes galpones y muchas veces hasta en la vía pública.

La palabra «bailongo» no es castellana y se ignora su procedencia. Debe de haber nacido en el lenguaje orillero de Buenos Aires que luego se extendió en todas las direcciones.

La cuestión es que hoy se emplea tanto en la ciudad como en el campo y en todas partes sirve para designar a los bailes de «medio pelo» que congrega a gran cantidad de gente de los arrabales de la ciudad.

Los «Bailongos» tuvieron vigencia a partir de mediados del siglo XIX, en que la palabra «bailongo» se usaba como sinónimo de baile. Vino a sustituir «milonga», palabra empleada para definir una «reunión para bailar» y no solo la pieza musical que se conoce con ese nombre y tuvieron un epílogo muy largo, ya que llegaron hasta mediados del siglo XX.

Recordemos que la milonga de aquellos tiempos, era no solamente el nombre que identificaba a un ritmo de música bailable, que se cantaba con distintas letras y se bailaba (como habanera en la campaña y casi como tango con «corte» y tomando por la cintura a la compañera en la ciudad), en los bailes de gente de mal vivir y baja estofa.

También servia como sinónimo de «baile», es decir, de tertulia donde se bailaba; pero a condición de que fuese algo inferior, poco decente o indecente, para distinguirlos de los demás «bailes», donde sólo se ejecutaban gatos, chacareras o bailes como la firmeza, el palito, la huella y muchos otros más, que cayeron en la decadencia.

El «Martin Fierro» es anterior a la época de los «bailongos»; por eso en él sólo se habla de milongas. Así, dice: «Supe una vez por desgracia, que había un baile por allí y «medio desesperao a ver la milonga fuí» y también emplea la palabra en sentido figurado cuando dice: «Yo he visto en esa milonga, muchos jefes con estancia y piones en abundancia, y majadas y rodeos; he visto negocios feos a pesar de mi inorancia».

Los «piringundines»
También en aquéllos años, con el mismo significado, se usaba con frecuencia la palabra «piringundín» para designar los bailes de gente baja o tosca, acompañados de copiosas libaciones y francachelas, casi siempre terminadas en forma deplorable y violenta.

Pero esta voz, más que para bailes particulares, se empleaba para los públicos, con entrada, paga para los varones, como los de Carnaval, o gratuitos, como los que solían improvisar los domingos y días de fiesta ciertos extranjeros en algunos fondines y trastiendas de almacén donde, gracias a los vapores del alcohol, se podía prescindir de las mujeres, pues, en general, bailaban hombres con hombres, con gran jarana de los muchachos que, desde afuera, los titeaban.

La palabra «piringundín», tan usada en otros tiempos, hoy apenas se oye por ahí. También se ignora su procedencia, pero se empleaba tanto en la capital como en el campo.

Las «milongas» fueron también, de la época de los bailes con bastonero, pero en los «piringundines» no había «bastoneros» y cada cual bailaba con quien se le antojaba, y «si le daba el cuero», como decían los paisanos, todas las veces que quería.

Los bastoneros
Pero en nuestra campaña, el «bastonero» era un personaje imprescindible a los efectos del orden. En esos tiempos, en cada baile familiar, apenas se encontraban cuatro, cinco o seis muchachas, para quince, veinte, treinta o más hombres que acudían desde diez y más leguas a la redonda. Las «chicas», en general, sólo disponían de caballos para acudir y debían, además de galopar muchas leguas, disponer de dos o tres días libres y de quien pudiese acompañarlas.

El «bastonero» señalaba las parejas antes de la eje­cución de la pieza, tratando de contentar en lo posible a todos. Para evitar acuerdos con los interesados, ordinariamente se designaba a un anciano de ecuanimidad insospechable. Sin ese freno, todos se habrían precipitado para llegar primero, y como las niñas eran pocas y los varones muchos, por falta de cultura, resultaban inevitables las discusiones e incidentes que, casi siempre, degeneraban en riñas.

En aquellos viejos bailes ni los hombres ni las mujeres mismas podían violar o no cumplir las disposiciones del bastonero sin recibir alguna sanción. Como las muchachas eran pocas y no podían rehusar, al fin del baile estaban rendidas y deshechas de cansancio, y no eran pocos los enamorados que no habían conseguido, en toda la noche, bailar una sola pieza con su simpatía.

Por lo demás, los «puebleros» pagaban la chapetonada, porque los «bastoneros» les jugaban la mala pasada de obligarlos a bailar con las más viejas y más feas, y no tenían más remedio que hacerlo si no querían salir de los bailongos arreados a planazos.

Mientras las mujeres estaban sentadas, antes de cada pieza, el bastonero en alta voz indicaba las parejas: «Ciriaco Pérez con Ramona; Rudecindo López con Juana… Y asi sucesivamente. Luego, imperativamente, decía: «¡Adelante los nombraos!».

Y enseguida comenzaba la música. Y no era cuestión de hacerse el loco o el equivocado, porque no faltaba fiscalización, sobre todo femenina, considerando toda sustitución como una ofensa grave para la persona sustituida.

La densificación de la población y la facilidad de trasladarse, trajeron una afluencia mucho mayor de mujeres en los bailes, provocando así,  la desaparición de los antiguos «bastoneros» que por no ser necesaria su actuación, nadie tolerarla en estos tiempos. Sin embargo, no estarían de más en algunos lugares de la campaña, donde, por bailar demasiado con una misma chica o pretender monopolizar­la, no hay casi bailongo, que no termine a puñaladas o a balazos.

Las orquestas
Durante todo el siglo XIX, hasta bien entrado el siglo XX, las orquestas que animaban los bailes en la República Argentina, se componían, ordinariamente, de acordeón y guitarra. Entonces no se conocía el bandoneón y los modestos acordeones y “verduleras” (1) imperaban en los bailongos de la capital y sus alrededores, tocados, naturalmente de oído, asi como las guitarras, aunque sus ejecutantes, antes de iniciar la pieza, a veces hablasen de tonos, citando el de re o el de sol, sin saber lo que decían, porque asi a secas, nada significaban; hasta que, cansados de no entenderse, zanjaban las dificultades aconsejando que acompañasen «por polca» o «por mazurca» y ritmos por el estilo.

Y en realidad, bastaba con el compás, porque tocaban casi todas las piezas en el mismo tono. Y cada una duraba una eternidad; nunca terminaban, sobre todo para los mirones que, impacientes, esperaban su conclusión. Además, había que bailar todo el tiempo, pues pasear del brazo resultaba, para el hombre, un papelón, o hacer el «papel del pavo», segün la expresión campera. Papel reservado a los «puebleros» que, para los paisanos, sin sospecharlo siquiera, lo solían desempeñar a maravilla.

Y las piezas eran todas valses, habaneras, polcas y mazurquitas seguidoras, sumamente elementales. Rara vez se bailaban otros bailes, como «schottisch» por ejemplo. A este género de composiciones, que tienen sin duda su aire propio, se ha dado en llamarlas «rancheras», como si hubiesen tomado su origen en los ranchos.

Cierto es que se ejecutaban en ese medio y que casi todas las rancheras de hoy son las viejas polquitas, valsecitos y mazurquitas de aquellos años; pero no es menos cierto que en ellas se trata de una música completamente exótica.

Con frecuencia la orquesta se componía de un solo individuo que tocaba un acordeón o ejecutaba la melodía en una armónica de boca sostenida con un palo, mientras se acompañaba con guitarra. Otras veces intervenía un sujeto provisto de dos cucharas que, opuestas una a otra, usaba a guisa de castañuelas. Y no faltaron bailongos realizados sólo a mate, o a peine, con acompañamiento de las cucharas susodichas. Muy pocas veces se podía disponer de instrumentos más perfeccionados.

(1). Era un instrumento muy sencillo y pequeño, con apariencia y teclado reducido de acordeón, que se conocía con el nombre de “verdulera”, porque era el instrumento preferido por los inmigrantes (especialmente italianos que se dedicaban a la agricultura y a la venta de su producción en los mercados), que interpretaban música de su terruño, luego de un día de trabajo y que por su sonido nostálgico y alegre les traía recuerdos de sus terruños.

La asistentes
En los pueblos de campo, para la muchachada de la clase media, los bailongos constituían la diversión, por excelencia. Los buscaban con afán, costeándose largas distancias, muchas veces cabalgando en pelo o enancados, para disfrutar de ese placer.

Ordinariamente, para no andar vagando a la ventura, se noticiaban en la Comisarla local, gracias a alguno de ellos bien relacionado, pues la policía debía estar por lo menos advertida y de ese modo, con la noticia, caían en grupos. Porque aisladamente no se atrevían a acudir donde no se les llamaba y donde, a menudo, no se les quería dejar entrar, a causa de algunas travesuras que habían protagonizado,  en el fondo muy estúpidas, porque con ellas se privaban de pode asistir a los bailongos.

Pero a pesar de ese riesgo que corrían, disfrutaban  echando semillas de ombú u hormigas en la pava donde hervía el agua para el mate, arrojando en el suelo picapica para que, al bailar, la levantasen y la picajón obligase luego a abandonar el baile, descomponer las luces y otras bromitas por el estilo, des­provistas de toda gracia, que solían costarles caro a los bromistas en los casos de poderlos identificar.

Aquellos dueños de casa donde se armaban los «bailongos», no eran de los que recibían tales bromas sin reaccionar violentamente y por esa circunstancia los graciosos, para hacerlas, elegían los ranchos donde no había hombrea sino pobres mujeres indefensas.

En cuanto a la concurrencia femenina, los «bailongos» eran bailes de «chimangas», o todo lo más, de familias de «medio pelo», al decir de las niñas de la clase acomodada, que no se dignaban dirigirles la palabra. Sin embargo, en la campaña, tales reuniones nada tenían de indecentes, pues en ellas no se bailaba «con corte ni tomados por la cintura», ni los paisanos conocían esa manera «pueblera» de bailar. Esta moda era propia de los bailongos orilleros de la capital, frecuentados por gente de mal vivir y algunos «niños bien» y «compadritos».

Aparte de los organizados por las familias celebrando cualquier acontecimiento, donde tenían confianza, los muchachos de la clase media, solían tomar la iniciativa y «a escote» (es decir que cada uno pagaba lo suyo), organizaban bailongos con relativa frecuencia y aquello costaba, en realidad, muy poco.

La música, de alguna manera, se conseguía gratis, o sólo por las copas, y lo demás se reducía a un porrón de ginebra, dos o tres litros de menta o de guindado, cuando no de caña de durazno, unas botellas de limonada y sobre todo, yerba y azúcar para «matear» toda la noche y así, con los precios de aquellos años, estas diversiones se podían repetir varias veces en el mes.

los «bailongos» era la diversión preferida para la juventud masculina de los pueblos de campo, por encima de toda otra diversión y esta preferencia no era justificada por las «niñas bien» del pueblo, puesto que cuando estos bailongos coincidían con algún gran baile que se organizaba en el Salón municipal, en el Club Social o en algún regio recibo en una casa de campanillas, donde asistía lo más copetudo de la localidad, no era raro que la mayor parte de los muchachos asistiera por compromiso.

Y eso,  después de medianoche, a la una o a las dos de la mañana y para peor, como ocurría durante los carnavales, que a poco de llegar, caían rendidos de cansancio, luego del ejercicio que habían realizado durante el Corso y  sus posteriores bailes populares.

Por eso, comentando la conducta de esos jóvenes, mientras los adultos y los viejos permanecían silenciosos, con una mueca de desprecio, exclamaban indignadas: «¡Bailongueros», «chimangueros», «chusmones» (ver Recuerdos, usos y costumbres del Buenos Aires de antaño).

Con material extraído de un texto de Rodolfo Senet y de mi Hemeroteca particular..

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