LOS HOMBRES DE MAYO Y LA REVOLUCIÓN INCONCLUSA

“Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes para venir aquí. ¿Quieren ustedes  verlo?. Toque la campana y si nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de ese pueblo cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no!.  Pronto, señores, decirlo hora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; pero, si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada”.

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Así, sin eufemismos y con toda una patria por estrenar, se expresaba aquel 25 de mayo ante los indecisos cabildantes ANTONIO BERUTI, que lideraba junto a DOMINGO FRENCH el grupo de choque conocido como la «Legión Infernal», compuesto por unos seiscientos hombres de las «orillas” dispuestos a todo para de- fender el sueño del cambio. Pocos minutos después y mientras todavía resonaban la las palabras resonantes de BERUTI, se anunciaba oficialmente la conformación de una  Junta de Gobierno  que quedó integrada por CORNELIO SAAVEDRA como presidente y los abogados MARIANO MORENO y JUAN JOSÉ PASO como secretarios. Seis vocales completaban la  nómina: los doctores MANUEL BELGRANO y su primo JUAN JOSÉ CASTELLI; el militar MIGUEL DE AZCUÉNAGA; el sacerdote MANUEL ALBERTI y los comerciantes españoles JUAN LARREA y DOMINGO MATHEU.

MARIANO MORENO guardó un perfil muy bajo durante la Semana de Mayo. No se lo escuchó como a CASTELLI en el famoso Cabildo del 22 ni anduvo por la plaza con los “chisperos” de FRENCH y BERUTU. Su protagonismo comenzó el 25 de mayo de 1810, al asumir la Secretaría de Guerra y de Gobierno de la Primera Junta, cuando dijo en su discurso inaugural: «La variación presente no debe li­mitarse a suplantar a los funcionarios públicos e imitar su corrupción y su indolencia. Es necesario destruir los abusos de la administración, desplegar una actividad que hasta ahora no se ha conocido, promover el remedio de los males que afligen al Estado, excitar y dirigir el espíritu público, educar al pueblo, destruir o contener a sus enemigos y dar nueva vida a las provincias. Si el gobierno huye el trabajo; si sigue las huellas de sus predecesores, conservando la alianza con la corrupción y el desorden, hará traición a las justas esperanzas del pueblo y llegará a ser indigno de los altos destinos que se han encomendado en sus manos.»

El 7 de junio nació el órgano oficial del gobierno revolucionario, «La Gaceta», donde Moreno escribió: “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus repre­sentantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir sus delitos. El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal”.

La Revolución estaba en marcha y las tendencias se fueron perfilando con toda nitidez. MORENO y su gente apurando la revolución y SAAVEDRA, representante de los sectores conservadores, defensores de sus privilegios y, por lo tanto, favorables al mantenimiento de la situación social anterior. Aquel SAAVEDRA que le preguntaba a su amigo VIAMONTE en qué consistía la Revolución: «¿Consiste ésta acaso en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principia a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión, y en decir con toda franqueza como uno de su mayor respeto y confianza ‘me cago en Dios’ y hago lo que quiero?»

MORENO, como contestándole, escribía: «Hay quienes suponen que la Revolución se ha hecho para que los hijos del país gocen de los altos empleos de que antes estaban excluidos; como si el país hubiera de ser menos desgraciado por ser hijos suyos los que lo gobiernan mal”.

Eran dos proyectos de país, era el comienzo de un «ellos» y «nosotros», era el comienzo de una revolución inconclusa (Extraído de una nota escrita por el historiador  Felipe Pigna,  autor de  “Los mitos de la historia argentina”, publicada en el Diario Clarín de Buenos Aires».)

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