Toro

Para los indígenas, sobre todo los que habitaban en la frontera sur de Buenos Aires, el toro era la expresión máxima de la fuerza , resistencia y valentía, condiciones éstas, que apreciaban con frecuencia, en los tremendos combates que los toros cimarrones sostenían en la época del celo. Eran luchas feroces que duraban horas y horas, de días algunas veces, entre dos contrincantes y que sólo terminaban con la muerte o la fuga vergonzosa de uno de ellos. Sus roncos bramidos se escuchaban desde largas distancias, los retumbantes topetazos y las nubes de tierra que levantaban sus pezuñas en su preparación para el ataque. Provocaban el entusiasmo de los indígenas, cuyos métodos de pelea eran también ruidosos y ciegos, como el de aquellas bestias. Por eso, los “pampas” hicieron de “toro”, un calificativo aplicable, tanto a los seres humanos, como a  los animales, en todas las ocasiones que implicasen una superación del nivel común. El coronel LUCIO V. MANSILLA fue uno de los que fueron reconocidos como tal por los ranqueles que lo llamaban “coronel toro”, expresando así su admiración, cuando rivalizaba con ellos en fuerza física o cuando aceptaba renovados convites de caña, sin que esa fuerte bebida alcohólica lograra vencer su lucidez, aún después de haber volteado al más famoso de los bebedores indios. “Huinca toro” era otra expresión que se oía en las tolderías, cuando regresaban de un malón, derrotados por los “milicos”.

 

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