SAN MARTÍN Y LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ (28/7/1821)

SAN MARTÍN Y LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ. Antecedentes de la lucha por la independencia del Perú. El Perú era el centro de la dominación española en la América meridional. Cuando se iniciaron las guerras por la independencia, ocupaba un vasto territorio que limitaba con la provincia de Quito y el virreinato del Río de la Plata y en fácil comunicación marítima con Chile y desde Lima, la capital, los realistas irradiaban su acción a otros territorios del continente.

Es interesante destacar que en 1810, año en que se produjeron diversos movimientos revolucionarios en Hispanoamérica, el Perú no participó de ellos y debido a su poderío militar, se erigió en un baluarte realista destinado a detener la marcha de la revolución y prolongar las luchas de la independencia por espacio de quince años (1). Sin embargo, desde tiempo atrás, el territorio peruano fue escenario de varios movimientos revolucionarios —aislados e inconsistentes — que fueron rápidamente sofocados por las autoridades realistas.

En 1805, José Aguilar y Manuel Ubalde tramaron una conjura en el Cuzco a fin de establecer un gobierno propio, pero el intento fracasó y ambos cabecillas fueron ahorcados, en la misma plaza, donde años antes, había sido ejecutado Tupac Amarú. En 1809, Antonio Pardo trató de constituír una Junta de gobierno al modo de las establecidas en España, pero no tuvo éxito y fue condenado a presidio. Poco más tarde, el peruano Riva Agüero organizó varios centros revolucionarios, aunque sin ningún éxito. El aristócrata José Baquijano Carrillo pretendió crear un partido político hispanoamericano de carácter constitucionalista en el Perú, pero el virrey sofocó el intento por medio de las armas. Más tarde, un levantamiento de mayor importancia se produjo en el Cuzco, cuando los hermanos José, Vicente y Mariano Angulo, lograron establecer un gobierno municipal, integrado exclusivamente por criollos, hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto y ordenaron la prisión de los cabecillas de este proyecto. Pero el 3 de agosto de 1814, la guarnición de la ciudad apoyó a los revolucionarios y depuso a las autoridades realistas. Se eligió entonces una Junta de gobierno presidida por José Angulo y después de organizar un ejército —compuesto en su mayor parte por indígenas— los rebeldes se apoderaron de varias ciudades, entre ellas Arequipa. Sin embargo, los excesos cometidos por los revolucionarios —asesinatos, saqueos e incendios— desacreditaron el movimiento, que no tardó en ser sofocado por tropas veteranas a las órdenes del general realista José de La Serna. El sur del Perú quedó así pacificado y el general Pezuela, que reemplazó en el mando al virrey Abascal, a fines de 1819, mantuvo en pie de guerra un ejército de 25.000 hombres dirigido por comandados por jefes de reconocida capacidad militar. San Martín decide la campaña por la Independencia del Perú. Y las cosas se mantuvieron así hasta que en 1820, consolidada la independencia de Chile, el general San Martín se dispuso a emprender su expedición libertadora al Perú.

En el mes de mayo de ese año, O’Higgins lo nombró general en jefe de las tropas argentino-chilenas que debían participar de la empresa y el 20 de agosto de 1820 zarpó la expedición del puerto de Valparaíso . La integraban ocho naves de guerra y dieciséis transportes con 1.600 tripulantes a las órdenes del almirante Cochrane. En ellas embarcaron 4.430 soldados, de los cuales 2.300 eran argentinos del Ejército de los Andes y 1.800 pertenecían al ejército de Chile. Acompañaban a San Martin como integrantes del Estado Mayor, los generales Gregorio de Las Heras, y Antonio Álvarez de Arenales, el ex gobernador de Cuyo, Toribio Luzuriaga y el amigo del Libertador, Tomás Guido. El 7 de setiembre de 1820, la flota se detuvo en la bahía de Paracas y San Martín ordenó el desembarco de una división de vanguardia al mando de Las Heras. Enterado de los sucesos, el virrey Pezuela se dispuso a tratar pacíficamente con San Martín y con ese objeto se reunieron representantes de ambas partes en la localidad de Miraflores, pero no se llegó a un acuerdo.

El virrey del Perú, objeta que San Martín firme como “general en jefe del Ejército Libertador”.
El general JOAQUÍN DE LA PEZUELA escribió al general JOSÉ DE SAN MARTÍN diciéndole que para “que la guerra se haga con todas las consideraciones posibles, es de necesidad que omita V. E. poner en sus pliegos el título de General en Jefe del Ejército Libertador, estampado en el que incluyo. En un oficio que acabo de contestar se queja V. E. de que en una gaceta extraordinaria de esta capital, se halla explicada la opinión de algunos individuos de un modo punzante e injurioso, sin que este papel, ni en su forma ni en su substancia, me pertenezca. Con motivo mucho más poderoso, no puedo yo permitir que me dirija V. E. sus propios conceptos, bajo una investidura que contiene un insulto manifiesto a mi sistema y al cargo público que ejerzo”. El general San Martín contestó a este oficio del virrey Pezuela con una carta particular en la que le decía: “Si yo debiese atender tan sólo a mis deseos personales, uniforme siempre en propender a cuanto pueda influir en la cesación de la guerra, facilitando los medios de inteligencia, no me sería difícil renunciar a un título que, a la verdad, no es de importancia para el triunfo de las armas. Pero cuando el título de libertador ha sido conferido al ejército de mi mando por una autoridad, por un poder del cual emana el mío, ni puedo ni debo renunciarlo, sin faltar a mis primeros deberes. Así es que, colocado en la alternativa de dejar de cumplir con éstos, absteniéndome de usar aquella denominación o pasar en silencio alguna de las cláusulas que se encuentran en el oficio de usted sobre el canje de prisioneros, tengo que recurrir al arbitrio de contestar por medio de esta carta particular, para dejar llenadas mis obligaciones en lo más esencial, ya que usted no se aviene a recibir mis notas oficiales bajo e! título de General del Ejército Libertador del Perú.” Y después de hablar extensamente sobre el asunto de! canje de prisioneros, el general San Martín termina su carta así: “Repito a usted que me es sumamente doloroso que la cuestión de títulos promueva nuevamente las dificultades que interrumpen nuestras comunicaciones hasta mi llegada a estas playas y que nos ocupemos, General, de nombres que nada influyen en la actitud formal de nuestros respectivos destinos, cuando usted, creo, debe saber, que por aspiraciones personales poco le costaría hacer un sacrificio de mucho más que un rótulo a su atento y seguro servidor. —José de San Martín.”

El 3 de noviembre de 1820, PEZUELA vuelve sobre el tema y en nota dirigida al general SAN MARTÍN le expresa: “Sea cual fuere —le dice— la autoridad que haya dado el título del Ejército Libertador del Perú al que usted manda, debe conocer que la correspondencia conmigo no debió usarla por las razones que le manifesté en mi oficio del 30 del pasado y que son tan obvias, que no necesitan ni aun aquella explicación. Negarse a su omisión no está conforme con los deseos de la pacificación de éstos países que repetidas veces tiene usted expresados en sus oficios y cartas particulares que con gusto recibí. No lo está tampoco el haberse negado a todas mis proposiciones de paz hechas por expresa orden del rey y a sus diputados en Miraflores; pues incluyéndose en ellas la de quedar el reino de Chile y el ejército del mando de usted en su estado actual de independencia, de hecho, hasta transar con el rey una discordia cuya continuación acabará con el país que usted quiere favorecer. No encuentro en la repugnancia, esa predisposición al término de la guerra que encarecen sus escritos”.

El 5 de noviembre de 1820, desde Huaura (Perú), el general SAN MARTÍN contestó a PEZUELA su carta del día 3, manifestándole entre otros párrafos: “Si usted no puede prescindir de los deberes de su ministerio público y tiene una voluntad superior que observar en todas sus operaciones, yo tengo igualmente obligaciones que llenar y dependo de un gobierno supremo cuyas determinaciones dirigen todos mis pasos. Bajo este supuesto, hay una línea divisoria entre mis sentimientos personales por la pacificación de estos países y los medios que se me obliga a emplear para obtenerla. Entre mi indiferencia particular por la concesión de unos títulos que, repito, no tienen influencia en la decisión de la contienda y mi tesón en reclamar la igualdad de tratamiento que debe concedérseme, como funcionario público de’ un Estado Independiente.” El 20 de diciembre de 1820 San Martín se dirige al arzobispo de Lima, expresándole la inconveniencia de oponerse al avance del Ejército Libertador. Desde Huaura, el general SAN MARTÍN escribió una extensa carta al arzobispo de Lima (Perú), monseñor BARTOLOMÉ LAS. Le decía que en esa ciudad se hablaba mucho del gran movimiento libertario que se notaba en el pueblo peruano. “Es tiempo de no equivocarse sobre sobre el estado real del Perú y las miras con que yo he venido. Hasta aquí, mis armas no han afligido a ningún inocente y los mismos a quienes la suerte de la guerra, sujetaba al rigor ordinario de sus leyes, han encontrado en mí un protector y hasta algunas veces, un amigo. Han merecido sobretodo mi primera atención y respeto y los ministros del santuario, dondequiera que se me han presentado, aún siendo sus opiniones contrarias al espíritu general del país”. Agregaba también: “Yo no soy sino un instrumento del destino de mi país y para llenarlo de un modo digno, quisiera poder evitar toda efusión de sangre, porque al fin, todos los que perezcan en la lucha, por una u otra parte, profesan una misma fe y reconocen los mismos principios. En una guerra en que la opinión vale más que la fuerza de las armas, la resistencia puede aumentar las desgracias, más no poner término a la revolución iniciada”.

El 21 de diciembre de 1820, San Martín rechaza nuevamente las objeciones de Pezuela a que se titule “Libertador del Perú”. El general SAN MARTÍN contesta una carta que le enviara el General español JOAQUÍN DE LA PEZUELA el 19 de diciembre, en la que le dice entre otras cosas: “Con fecha 31 de octubre tuve la satisfacción de manifestar a usted, en contestación a su oficio del 30, que yo no podía ni debía renunciar al título de General en Jefe del Ejército Libertador, sin faltar a mis primeros deberes y que para cumplir con éstos en lo más esencial y no pasar en silencio cláusulas de su citado oficio, recurrí al arbitrio de escribir a usted particularmente. Adaptándose usted a mi estilo por su carta del 3 de noviembre, quedó entablada desde entonces y ha continuado luego nuestra correspondencia en aquella forma. Pasando a contestar los demás puntos de su última carta, debo decir, señor general, que yo se demasiado bien cuál es el número de desertores que ha tenido mi ejército y cuánto el que ha sufrido el de usted y a la verdad, la proporción que guardan entre sí, uno y otro, manifiesta que esa asociación tenía y tiene infinita más necesidad de ser purificada que ésta. Como que ha habido día que se han pasado a mis filas, veintisiete oficiales, prescindiendo del suceso del Batallón de Numancia. Y ya que he nombrado a éste y siendo como soy, efectivamente amigo de ver satisfechas a las personas que aprecio, permítame manifestarle, que la irritación que ha producido aquel acontecimiento en la parte sana, contribuye no poco a garantir su comportamiento y a aumentar la confianza de los que mandan, yo celebraría que usted tuviese iguales motivos de satisfacción. Declárole – prosigue San Martín – no puedo acceder a lo que usted me solicita en el penúltimo capítulo de su favorecida del 19 del corriente y le reitero la firme resolución en que estoy de sostener mi dignidad”.

Continúan las acciones.
Luego del fracaso de las negociaciones realizadas en Miraflores entre San Martín y Pezuela, el general Arenales inició entonces la llamada “primera campaña de la sierra”, en cuyo transcurso ocupó el poblado de “Ica”, venció luego en “Nazca”, despejando así de enemigos, el sur del territorio. Por su Cochrane —que bloqueaba el puerto del Callao— mediante un golpe de audacia, se apoderó de la hermosa fragata realista “Esmeralda”, fue incorporada a la flota libertadora. Mientras tanto, San Martín había establecido su cuartel general en “Huaura”, posición que le permitió hostilizar al enemigo, interceptar sus comunicaciones y favorecer la insurrección del territorio. El 24 de diciembre de 1820, el marqués de Torre-Tagle, intendente de Trujillo, puso su provincia a las órdenes de San Martín, de manera que el norte del territorio, dejó de obedecer a los realistas. Pezuela había establecido su cuartel general en “Aznapuquio” y aunque disponía de un poderoso ejército, vacilaba en enfrentar a los patriotas. El descontento general existente en su tropa y la división entre “absolutistas” y “liberales” (partidarios éstos últimos de la Constitución de 1812), que había surgido entre los realistas, finalmente determinaron que en enero de 1821, a instancias de un grupo de oficiales, Pezuela renunciara al mando, siendo sucedido en el mismo por el virrey De la Serna, quien, al igual que su antecesor, tampoco se destacó en su lucha con los independencistas.

Desde marzo hasta julio de 1821, por orden de San Martín, el coronel Miller, en combinación con parte de la flota, realizó la campaña llamada “de los puertos intermedios” (2) y en forma simultánea, Arenales emprendió la “segunda campaña de la sierra”, por cuanto los realistas habían ocupado nuevamente los territorios liberados en 1820 Las tropas del Libertador avanzaron de norte a sur y volvieron a reconquistar Pasco, Jauja y otras poblaciones que habían caído en manos del enemigo. Restablecida en España la Constitución liberal, el gobierno inició una política de acercamiento con sus dominios y envió comisionados a Colombia, México y Perú. En tal carácter, a este último país, arribó Manuel Abreu con el propósito de negociar la paz entre los beligerantes. San Martín y De la Serna aceptaron la mediación y el 2 de junio de 1821, ambos conferenciaron en la hacienda “Punchauca” y aunque las deliberaciones se efectuaron en un marco de cordialidad, no se llegó a ningún arreglo. Para aceptar el cese de las hostilidades, San Martín propuso el reconocimiento de la independencia del Perú; establecer en el país una Regencia, presidida por De la Serna e integrada por otros dos miembros, elegidos por cada parte, para que gobernaran en forma independiente hasta la llegada de un príncipe de la familia real de España, a fin de establecer una monarquía constitucional. De la Serna expresó no estar autorizado para reconocer la Independencia del Perú y después de consultar con los jefes superiores de su ejército, propuso un armisticio de un año, lapso durante el cual, se trasladaría con San Martín hacia España, para negociar estos temas con el monarca, condiciones que éste rechazó terminantemente.

Reanudadas las hostilidades y ante la situación creada por el avance de las tropas libertadoras, De la Serna resolvió evacuar la ciudad de Lima, para continuar su lucha en el interior del país y si bien esta evacuación puede parecer una derrota de los realistas, en verdad es una hábil operación militar, pues bien sabían éstos, que mantenerse en la ciudad, les habría significado perder todos los territorios que aún estaban en su poder, lo que significaría una derrota total y en cambio, con esta maniobra podían conservar intactos sus efectivos y continuar la guerra en el interior del perú, durante por lo menos cuatro años más (los patriotas consideraron equivocadamente, que la ocupación de Lima, les daría el triunfo definitivo sobre el enemigo). En consonancia con su plan, De la Serna dejó en la capital peruana más de un millar de sus hombres (la mayoría enfermos e incapacitados para combatir), que confió a la generosidad de San Martín y se retiró con el grueso de su tropa y bagajes. San Martín no se apresuró a entrar en Lima y recién lo hizo el 10 de julio de 1821, después que una delegación del Cabildo solicitó su presencia en la capital y de acuerdo a una norma de su conducta, luego de que sus tropas, el día anterior, hubiesen ingresado a ella, se dirigió hacia la “ciudad de los virreyes”, acompañado solamente por su ayudante, eludiendo toda forma de agasajo, pero sin poder evitar las expresiones de júbilo de un pueblo que lo recibió entre vítores y cálidas expresiones de júbilo. Restablecida la normalidad, a los pocos días fue convocada una Junta de vecinos destacados para que expresaran “si la opinión general se hallaba decidida por la Independencia”, consulta que fue respondida afirmativamente y refrendada mediante un acta que fue firmada por todos los asistentes, hechO lo cual, el 28 de julio de 1821, San Martín proclamó pública y solemnemente la independencia del Perú.

Proclamación de la Independencia del Perú.
El 28 de julio de 1821 En la plaza principal de la ciudad de Lima, Perú, se juró solemnemente la Independencia. En la mañana de tan memorable día el general don José de San Martín reunió en el palacio de los virreyes a los jefes de su estado mayor y desde allí se dirigió a la plaza principal. Precedía a este séquito una lujosa y numerosa comitiva: en medio de la plaza se había construido un gran tablado, al que se dirigió el general San Martín, y una vez en alto, el marqués de Monte-mira puso en su mano la bandera peruana que el Generalísimo creó en Pisco y recibiéndola el general don José de San Martín en medio de un alborozo delirante, la tremoló y pronunció estas palabras que, según un cronista, “permanecerán esculpidas en el corazón de todo peruano eternamente”: “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios de­fiende. Batió luego por repetidas veces la bandera y mientras el símbolo de la nueva nacionalidad era sostenido por su fundador, el pueblo repetía: ¡ Viva la Patria, viva la libertad, viva la independencia! Por la noche se celebró tan magno acontecimiento con una recepción solemnísima en las salas capitulares del ayuntamiento, a la que asistió lo más calificado’ de Lima. Se bailó hasta altas horas de la noche, y por todas partes se dejaba ver el general San Martín afable y cautivante.

El Protector del Perú.
El 2 de agosto de 1821, San Martín asumió el mando transitorio del país (lo sería hasta el fin de las hostilidades), con el título de “Protector del Perú. Ajeno a toda ambición, llegó al gobierno para asegurar la independencia y la libertad, de acuerdo con el pedido popular y con lo solicitado por la Logia Lautaro. Designó ministros a Bernardo de Monteagudo (Guerra y Marina), Juan García del Río (Relaciones Exteriores e Hipólito Unanue (Hacienda). Ejerció luego una obra constructiva de gobierno, en la que se destacó el ministro Monteagudo. Fue garantizada la libertad de los ciudadanos y suprimida la esclavitud y el servicio personal de los indios, como también el uso del tormento. Se decretó la libertad de imprenta, se le asignó carácter oficial a la religión católica. Se abrieron numerosas escuelas públicas se creó la Biblioteca Nacional de Lima: Perú promueve la expansión de la acción libertadora de San Martín. El 3 de marzo de 1822, El ministro de gobierno el Perú, doctor BERNARDO DE MONTEAGUDO dirigió al general LA MAR, que se hallaba en Guayaquil, la siguiente nota: “Señor: Por las comunicaciones del Libertador de Colombia a ese Gobierno, que en copia se remitieron a S. E. el Protector del Perú, no queda duda del plan abierto de hostilidad adoptado contra ese país y del compromiso en que queda el gobierno del Perú con el de aquella República, aunque es muy notable, que en tan difíciles circunstancias, el gobierno de Guayaquil espere en una actitud pasiva el desenlace de las operaciones del Libertador. Sin embargo, le pido a Usía, que siempre que el gobierno, de acuerdo con la mayoría de los habitantes de esa provincia, solicitasen sinceramente la protección de las armas del Perú, por ser su voluntad el conservar la independencia de Colombia, en tal caso emplee Usted todas las fuerzas que están puestas a sus órdenes, en apoyo de la espontánea deliberación del pueblo. Pero si por el contrario, el gobierno de Guayaquil y la generalidad de los habitantes de la provincia, pronunciasen su opinión a favor de las miras de Colombia, sin demora vendrá Usía al Departamento de Trujillo, a tomar el mando general de la costa del Norte, reunir la división del coronel Santa Cruz en Piura, aumentar hasta donde alcancen los recursos del territorio y obrar según lo exija la seguridad del Departamento de Trujillo. Como no es posible prever las diferentes combinaciones que así se presenten, el gobierno deja al arbitrio de Usía para obrar según ellas, pues saben hasta qué grado confiar en el delicado celo y conocimiento de Usía. Tengo el honor de comunicarlo a Usía para su inteligencia”.

Instalación del Congreso Constituyente del Perú.
El 20 de setiembre de 1821, Con gran pompa se instaló el Congreso Constituyente del Perú y el general JOSÉ DE SAN MARTÍN se despojó en su presencia de la banda bicolor, símbolo de la autoridad que hasta entonces había ejercido. Se dirigió luego a los asistentes, declarando: “Al deponer la insignia que caracteriza al Jefe Supremo del Perú, no hago más que cumplir con mis deberes y con los votos de mi corazón. Si algo tienen que agradecerme los peruanos, es el ejercicio honesto y desinteresado del supremo poder que el imperio de las circunstancias me hizo obtener. Hoy, que felizmente lo dimito, yo pido al Ser Supremo el acierto, luces y tino que necesita para hacer la felicidad de sus representantes. ¡Peruanos! Desde este momento queda instalado el Congreso soberano y el pueblo reasume el poder en todas sus partes.” Acto continuo procedió a depositar seis pliegos cerrados, sobre la mesa en que había colocado la banda bicolor. Abandonó inmediatamente el recinto en compañía de TOMÁS GUIDO y subiendo a su carruaje, se dirigió a su residencia de la Magdalena.

Mientras tanto, en esos tiempos, las acciones militares se limitaban al mantenimiento del sitio del Callao, bajo las órdenes de Las Heras los efectivos terrestres y de Cochrane los navales, hasta que en setiembre de 1821, el general La Mar, natural del Perú, que estaba a cargo de esa plaza, se rindió y se incorporó a las fuerzas libertadoras, ejemplo que fue seguido por otros militares que nacidos en América, actuaban en las filas realistas, como el general Domingo Tristán y el coronel Andrés de Santa Cruz. Después de este contraste, los realistas abandonaron el litoral peruano a los patriotas, pero acrecentaron su poder en la región de las sierras y en los valles interiores del Perú, donde se reagruparon a la espera del momento y las circunstancias que fueran oportunas para iniciar una contraofensiva. Como parte de esa estrategia, desde Jauja, el general realista Canterac emprendió una rápida campaña contra los patriotas y en abril de 1822, venció a las fuerzas de Tristán, lo que vino a empeorar las dificultades por las que atravesaba San Martín en esos momentos, acosado por sus adversarios políticos Ante la gravedad de esta situación y comprendiendo que con sus escasas fuerzas, no le era posible mantener sus posiciones en el Perú, San Martín concluyó que era imprescindible la unión de sus fuerzas con las de Bolívar y en julio de 1822, decidió entrevistarse con éste en Guayaquil. Concretada esta reunión y sin haber obtenido la ayuda que le era necesaria, San Martín se trasladó a Lima y presentó la renuncia a su cargo de Protector. De allí pasó más tarde a su patria, para luego alejarse de ella en ostracismo. San Martín decide retirarse del Perú.

El 21 de setiembre de 1822 el General SAN MARTÍN hizo saber a su leal colaborador, el General TOMÁS GUIDO, su resolución de abandonar el Perú inmediatamente y ante las acaloradas insinuaciones del General Guido para que no llevara a cabo tal propósito, el Libertador del Perú presentó ciertos y valederos argumentos, entre otros: “Bolívar y yo no cabemos al mismo tiempo en el Perú.. He penetrado sus miras arrojadas. He comprendido su desconcierto por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña. El no excusaría medios, por audaces que fueren, para penetrar en esta República seguido de sus tropas y quizá entonces, no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo. Los despojos del triunfo, de cualquier lado que se incline la fortuna, los recogerían los españoles, nuestros implacables enemigos y apareceríamos convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No seré yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria. Preferiría perecer antes que hacer alarde de laureles recogidos a semejante precio. Eso no. Mientras pueda el general Bolívar, aprovechándose de mi ausencia; lograr afianzar en el Perú lo que hemos ganado y algo más, me daré por satisfecho. Su victoria sería, de cualquier modo, victoria americana”. Decidido su retiro del Perú, el general SAN MARTÍN delega el gobierno del Perú en el marqués TORRE TAGLE, invistiéndolo con el carácter de Supremo Delegado del Perú, acordándole las amplias facultades que el Estatuto le había concedido a él, cuando lo nombró “Protector del Perú”. Al tomar esta resolución, el general San Martín dice en uno de los párrafos de su decreto: “Yo volveré a ponerme al frente de los negocios públicos en el tiempo señalado por la reunión del congreso. Volveré al lado de mis antiguos compañeros de armas y si es preciso que participe en los peligros y la gloria que ofrecen los combates, en todas circunstancias, seré el primero en obedecer la voluntad general y en sostenerla. Entre tanto dejo el mando supremo en manos de un peruano ilustre que sabe cumplir los deberes que le impone su patria. Él queda encargado de dirigir una administración cuyas principales bases se han establecido en un plazo ininterrumpido de seis meses en que el pueblo ha hecho los primeros ensayos de su energía y el enemigo, los últimos esfuerzos de su obstinación. Yo espero, lleno de confianza, que continuando el gobierno bajo los auspicios del patriotismo y disciplina del ejército, del amor al orden que anima a todos los habitantes del Perú y del celo infatigable con que las demás autoridades cooperan al acierto de las medidas administrativas, haremos el primer experimento feliz, al formar un gobierno independiente, cuya consolidación no cueste lágrimas a la humanidad”.

Los realistas capitulan definitivamente en el Perú.
Cuando San Martín se alejó del Perú, le sucedió en el mando una Junta de tres miembros que resolvió proseguir la guerra contra los realistas, pero el fracaso de la campaña motivó la disolución de ese organismo de gobierno. Fue reemplazado por el presidente Rivas Agüero y ante nuevos contrastes de las tropas, el Congreso entregó el mando supremo del país a Simón Bolívar, que decidió ¡al fin”, consolidar la Independencia del Perú, lograda por San Martín. Mientras tanto, los realistas habían ocupado la ciudad de Lima y, al término de una sublevación, también penetraron en la fortaleza del Callao. El curso de los acontecimientos determinó que Bolívar iniciara una campaña a través de los Andes peruanos, y el 6 de agosto de 1824, venció a los realistas en la pampa de “Junin”, sin que se disparase un solo tiro, pues la batalla se libró cuerpo a cuerpo con arma blanca. Los realistas consiguieron reagruparse, pero el general argentino Antonio de Sucre, dejado por San Martín para que colaborara con Bolívar en su campaña por la consolidación de la Independencia del Perú, los volvió a derrotar el 9 de noviembre de 1824 en la batalla de Ayacucho, asegurando así, para siempre, la independencia de la América meridional. (1) Puede afirmarse que de no mediar la derrota de los realistas chilenos per la accion de San Martín en 1817, Abascal -el virrey del Perú, habría tenido el camino libre para invadir el norte argentino). (2). Los peruanos denominaban “puertos intermedios” a los situados al sur de Lima, desde Callao hasta Valparaíso. siendo los principales de ellos, los de Valparaíso, Tacna y Pisco.

5 Comentarios

  1. naomi

    es muy importante aprender la independencia del peruuuuuuuu

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    1. Anónimo

      muy buena informacion de San Martin aprendamos mas.

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    2. Anónimo

      hola

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  2. Anónimo

    demaciados puntos seguidos

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    1. Horacio

      Tiene usted razón Señor Anónimo. Fue un error no haber revisado bien este texto, escrito al correr de la pluma y muy entusiasmado por su contenido. Ya he realizado la necesaria separación de sus párrafos para su mejor lectura y comprensión. Le agradezco su crítica. Con ayudas como la que usted me proporcionó, nuestra página será realmente buena.

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