PEDRO BOHÓRQUEZ, EL FALSO INCA (23/09/1567)

LA LOCA AVENTURA DE PEDRO CHAMIJO ALIAS PEDRO BOHÓRQUEZ, EL FALSO INCA QUE ENGAÑÓ A LOS CALCHAQUÍES. Cuando el conquistador FRANCISCO DE AGUIRRE se hace nombrar virrey, en medio del Amazonas, sobre una embarcación atravesada por las flechas indígenas, su ambición superaba, sin duda, la aspiración por el poder. Buscaba la gloria y lejos de lograrla, encontró la demencia y solo allí, lejos de la realidad que lo atravesaba, alcanzó el poder supremo, que en su inconciencia creyó lograr. Las conquistas fueron, a lo largo de la historia, los ámbitos por donde pasaba la disputa por el poder y en ese espacio, sin normas ni orden, también se abrió el camino a las ambiciones personales de sus protagonistas. En la Argentina, desde aquella época, siempre hubo hombres que buscaron la gloria entrelazada con el afán de poder y riquezas y en la historia de la conquista del norte argentino, figura un hecho curioso que las crónicas y luego las novelas basadas en ellas, han dado en llamar “El episodio del falso inca”, hecho que provocó la segunda guerra de los calchaquíes

Hacia mediados del siglo XVII, Tucumán fue el escenario de una historia fascinante y no muy conocida: la de un aventurero español que llegó a hacerse nombrar cacique por los indígenas nativos, aunque no sería ésta, su única aventura, antes de su trágico final. El protagonista de esta historia fue un andaluz, pintoresco y aventurero, llamado PEDRO CHAMIJO, que se hizo pasar por descendiente de los incas, soberanos del Perú. Engañó a los indios calchaquíes, al virrey del Perú y al gobernador de Tucumán y a mediados del siglo XVII, tuvo sublevados a todos los indígenas de la región del norte. Durante sus andanzas por América cambió muchas veces de nombre y simuló estar emparentado con la nobleza española, haciéndose llamar don PEDRO DE BOHÓRQUEZ, en el Perú y en Chile

CHAMIJO partió de Cádiz, en el año 1620. Eran los tiempos de la Colonia y América se presentaba para muchos españoles, como una promesa de aventuras que prometían fortuna a quienes se atreviaran a enfrentarlas y PEDRO CHAMIJO era uno de ellos. En el comienzo, habría recorrido el Perú y el norte del virreinato del Río de la Plata, en busca de riquezas. Más tarde, cambió su nombre y su identidad, pretendiendo ser para los indios calchaquíes su soberano, “el Inca”  que los salvaría del yugo hispano. Nuestro personaje buscó interesar a las autoridades virreinales para que lo ayudaran a realizar una expedición al río Marañón, donde según él, habría inmensos yacimientos de oro. Mientras estaba en estas gestiones, alternaba entre períodos de riqueza, llevando una vida holgada, producto de innumerables estafas y promesas que realizaba, con otros, en que la pobreza lo llevaba a encontrar refugio y albergue entre los nativos. Allí aprenderá su idioma y sus costumbres y también advertirá la fuerza de la imagen del último Inca, que aún persistía en esas comunidades.

CHAMIJO demandaba dinero, hombres y un título militar a cambio de brindar la certeza de grandes descubrimientos, argumentando, falsamente, su conocimiento de la ruta que lo llevaría a ellos. Pero sus ambiciones fueron creciendo y después de varios fracasos ante las autoridades del virreynato, se instaló permanentemente entre los indígenas, logrando ganarse el respeto de todos ellos, pero especialmente de un cacique, que para reforzar sus demandas, se avino a acompañarlo, en un reclamo que presentó al virrey del Perú. En Lima, solicitó el título de gobernador de las tierras que aseguraba haber conquistado, ya que traía, según él, la prueba de haber sojuzgado a los indígenas, pero nunca fue bien recibido y en cambio fue detenido en varias oportunidades.

Pero logrará liberarse una y otra vez, para seguir con sus fechorías. Hasta que en un pueblo ubicado a siete leguas de Potosí, conoció a un clérigo llamado ANTONIO BOHÓRQUEZ, ante quien se presentó como su sobrino y a quien logra interesar en sus planes expedicionarios. Solo necesitaba dinero y ni bien lo obtiene de su confiado “pariente”, se marcha. Recorrerá distintas ciudades llevando una vida sin privaciones y es entonces cuando decide cambiar su nombre por el de PEDRO BOHÓRQUEZ acompañado de la jerarquía de “don”. Como un “pasajero” que cambia su identidad, pero ubicado todavía en el siglo XVII, se dispone a alcanzar sus objetivos, burlando el orden y las normas, como quien encuentra uno de los huecos por donde se resquebraja el armazón de la justicia y la realidad. Al fin, en contacto con el nuevo virrey del Perú, logrará convencer del éxito que le espera a su expedición y marcha hacia el río Marañón. Pero antes de llegar a su destino, se detiene y se nombra gobernador de esa región, invocando al rey de España. Aseguraba que se quedaba allí, porque en ese lugar habría riquezas ocultas, pero al tiempo, como los resultados no aparecen, sus acompañantes, hambrientos y llenos de ira, incendian las construcciones y atacan a su fundador. Pedro Bohórquez logra salir ileso y huye de sus desilusionados seguidores.

Sin remordimiento ni pena alguna, continúa con sus andanzas; se casa con una mestiza y se va a vivir entre los indios. Perisistiendo en su locura, se hace nombrar cacique y organiza un ataque a una reducción domínica, donde lo toman prisionero y lo sentencian a diez años de prisión en Valdivia. Logra huir y en 1656 se dirige a la región del Tucumán, donde comienza con nuevos proyectos. Quería hacerse dueño de toda la región del Tucumán, la que era dominada en un amplio territorio por los indios calchaquíes. Ser español o ser indígena era lo que menos le importaba. Comienza entonces a insertarse entre las comunidades indígenas contando que descendía del último Inca y que venía a devolverles la libertad perdida; venía a salvarlos y a unir a las tribus en una sola nación, hablándoles también de sus planes secretos para atacar a los españoles.

Se hace llamar HUALLPA INCA y a su mujer, una mestiza que venía con él, le daba el título de COYA, es decir, princesa incaica. Entre las historias fabulosas que contaba, figuraba la que se refería a la existencia de un reino imaginario, llamado “Paltiti”, en el que se daba el oro con tal abundancia, que no había más que recogerlo del suelo. Los calchaquíes le creyeron, lo siguieron y le prestaron sumisión

Mientras tanto, no pierde tiempo y se gana la confianza de los misioneros, prometiendo la conversión de los indios al catolicismo y a las autoridades, hablándoles en un tono reverente, les asegura que, gracias a él, los calchaquíes iban a mantenerse sumisos y se prestarían a trabajar en las encomiendas. Prometía, también, encontrar los tesoros escondidos de los antiguos incas, cuyo paradero sólo él conocía y hasta el gobernador de Tucumán, Alonso Mercado y Vilacorta (1620-1681), se ilusionó con tales promesas. Una vez se trasladó desde la ciudad de Córdoba hasta Londres de Catamarca (en la provincia Catamarca), con el sólo objeto de saludarlo personal mente y tener con él una entrevista. Bohórquez, ataviado a la moda india, llevado en andas en una silla de mano como los antiguos soberanos del Perú, llegó acompañado por más de un centenar de caciques: indios cubiertos con sus típicas vestiduras de lana y ostentando largas melenas. El gobernador y sus tropas, con uniformes de parada, los recibieron con grandes agasajos. Habían ido hasta Londres todos los vecinos de Catamarca y 80 soldados del fuerte de Andalgalá. Hubo fiestas durante quince días, carreras de sortijas y corridas de toros. Vecinos españoles representaron dos comedias en honor del gobernador y sus visitantes. Huallpa Inca se volvió con sus indios, habiendo prometido mantenerlos sumidos y no sublevarse.

Logra por fin, que el gobernador del Tucumán, le otorgue  poderes ejecutivos, judiciales y militares y el permiso para hacerse pasar por Inca. Ofrecía a las autoridades españolas colocar a los nativos bajo la autoridad del rey y a los calchaquíes, les  prometía vencer al poder hispano. Pero BOHÓRQUEZ no cumplió con sus promesas a los españoles y pronto éstos descubrirán su doble juego y sus mentiras, por lo que se ve obligado a acudir a

los indios, “sus súbditos”,  en busca de ayuda, diciéndoles que los españoles quieren matarlo porque los defiende, logrando así ponerlos en pie de guerra. Estalla la guerra con los españoles y todo el norte se conmueve. La ofensiva del falso Inca se inicia y  al frente de 500 hombres asaltó el Fuerte de Andalgalá y con otros 1500 cayó sobre la ciudad de Salta. Los malones destruyen los conventos y las misiones apoderándose del rico botín que allí encuentran.

Por un momento pareció que dominaba toda la situación, pero las fuerzas españolas se impusieron. El arcabuz y la pólvora, pronto vencen a los indígenas y a sus rudimentarias armas. El falso inca fue vencido y apresado.

BOHÓRQUEZ se acoge al indulto ofrecido por las autoridades peninsulares. Los calchaquíes, en cambio, continuarán esta la lucha, hasta que finalmente son derrotados y en 1660, las fuerzas de la corona española logran dominar en toda la región (ver Rebelión de los Calchaquíes)).

El andaluz es conducido al Alto Perú, de donde intenta escapar e insta a las comunidades indígenas a que peleen por su liberación, pero su legitimidad ya estaba perdida y no lo escuchan. En Lima es encerrado por “traidor y amotinador” y en setiembre de 1659 es acusado de intento de fuga en el camino. Fue nuevamente detenido y estuvo preso durante siete años, hasta que la Audiencia Virreynal lo condenó a muerte, sentencia que se cumplió el 6 de enero de 1867 (material extraído de una nota deMarta Gordillo publicada en el diario Clarín, de “Andanzas y picardías del falso Inca Pedro Bohórquez”, P. Prebisch, Madrid y del Archivo de la revista Todo es Historia)

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