PANTALONES CON UNA HISTORIA FAMILIAR

Tres sucesos de nuestra Historia, tienen como protagonista a los pantalones, esta prenda de vestir, que enlaza a tres personajes de una misma familia que fueron parte de la misma. En 1853, CIRIACO CUITIÑO, uno de los sanguinarios jefes de “la mazorca”, durante la época de ROSAS, mostró gran preocupación por sus pantalones poco antes de morir. Había sido detenido ese año, tras el fracaso de la revolución dirigida por HILARIO LAGOS, junto con otros policías de la época rosista, Todos fueron acusados de haber cometido graves crímenes entre 1840 y 1842 y casi sin excepción, se los condenó a muerte, disponiéndose que se los fusilara y que sus cadáveres pendieran de sendas horcas durante varias horas.

En la mañana del 29 de diciembre, todo estaba preparado en la plazuela de la Concepción (con el nombre de ALFONSO CASTELAO, poco resta de ella en Bernardo de Irigoyen entre Independencia y Estados Unidos), para dar cumplimiento a la sentencia respecto de Cuitiño y de LEANDRO ALÉN, su gran amigo. Este, que había compartido su cargo policial con la propiedad de una pulpería sita en la parroquia de Balvanera, era padre de Leandro N., nacido en 1842, y abuelo de Hipólito Yrigoyen, en esa época, de poco más de un año. Una multitud se apiñó para presenciar la macabra ceremo­nia. Alén llegó abatido por obra de un ataque sufrido la noche anterior. Cuitiño, en cambio, se mostraba enhiesto. Casi como quien da una orden, hizo un pedido: “Denme aguja e hilo”. Alguien acercó ambos elementos y el temido policía, mientras cosía el pantalón a la camisa, dijo con voz firme: “Como después de fusilados nos van a colgar, no quiero que a un federal, ni de muerto, se le caigan los pantalones”. Y así fue no más, aunque la exhibición de los cuerpos se prolongó solamente hasta el mediodía, con lo que se atenuó el dolor que experimentaba ese niño de ojos oscuros, al ver pendiente el cadáver de su tata. Corridos casi cuarenta años, LEANDRO ALEM (ahora escribe así su apellido) inicia una revolución en las primeras horas del 26 de julio de 1890.

El estruendo de bombas y cañonazos llega hasta la casa del ministro de Guerra y Marina, el gringo NICOLÁS LEVALLE, que se viste rápidamente y se dirige al cuartel del Retiro, dispuesto a dirigir la represión. Y será RAMÓN J. CÁRCANO, quien nos cuenta que LEVALLE, todavía en ayunas, luciendo su barba inmaculada y fumando un cigarro, sale apresurado de su domicilio “lucíendo el kepis de general, casaca militar y cordones dorados, calzoncillos blancos (largos, por supuesto), botines de elástico y espada al cinto”. ¿Nada más? Sí, nada más, porque don NICOLÁS  había salido de su casa sin los pantalones porque no los había encontrado en medio del apuro y de las sombras de la noche. Partía ya presuroso hacia los cuarteles de Retiro, cuando la llegada de un oficial que traía sus pantalones, le permitió completar su vestimenta antes de marchar a repeler la rebelión …. “en calzoncillos”

Pasemos ahora algunos años y ubiquémonos en la madrugada del 4 de febrero de 1905. Otra revolución, sacude la paz de Buenos Aires, pero esta vez está dirigida por HIPÓLITO YRIGOYEN, el sobrino de aquel ALEÉN. A la casa del presidente MANUEL QUINTANA llega un coronel para informarle el estallido de un movimiento cívico-militar. QUINTANA deja el lecho y, mientras comienza a vestirse, dice con voz firme; “Es la hora de ponerse los pantalones”. Y se los puso, nomás, porque reprimió duramente a los revolucionarios, aunque no se los puso en cambio, como se lo aconsejaba el periodista PEDRO BOUREL, para encabezar una revolución que reestructurara políticamente al país (informe basado en fragmentos recuperados de un texto de Enrique Mario Mayochi).

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