Palangana

En los ranchos del gaucho, no había agua corriente ni baños como los conocemos hoy.  Para las abluciones matinales se usaba una “palangana”, jofaina o recipiente donde se ponía agua para lavarse. En la pobreza campesina de antaño, estas palanganas no tenían mueble que la contuviera ni ubicación definida; por eso se la dejaba en el suelo, en algún rincón de la pieza o junto al pozo. En uno u otro lado que estuvieran, era común que las personas frecuentemente tropezasen con ellas provocando un rezongo o una injusta exclamación “palangana del diablo” y un masaje en el empeine golpeado. Y la palangana quedaba allí. Nadie la cambiaba de lugar para que otros no sufrieran el mismo percance. Les era útil, pero nadie le prestaba la más mínima atención ni cuidado. Esa “mala onda” de las palanganas y su permanente desubicación, hizo que el nombre de este artefacto adquiriese una significación popular: se llamó “palangana” a las personas que aburrían, que cansaba, ya sea por zoncera natural, ya por ser demasiado conversadora o charlatana, ya por exceso de curiosidad, zalamería u otras características de las que resulta difícil deshacerse a ciertas personas.

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