MARTÍN DE ÁLZAGA (1758/1812)

MARTÍN DE ÁLZAGA nació en Vizcaya, España en 1756. Adinerado comerciante vasco y fundador de una prestigiosa familia de hacendados. Era muy joven cuando se trasladó al Río de la Plata. En muy poco tiempo amasó una fortuna considerable gracias al monopolio del comercio y ocupó distintos cargos públicos, hasta ser nombrado Alcalde de primer voto en 1795. Prominente figura pública durante los acontecimientos de 1807 a 1812 en Buenos Aires; finalmente víctima trágica de ellos. Vino al Río de la Plata, en 1768, a instancias de su tío, MATEO RAMÓN DE ÁLZAGA, próspero comerciante que ya se había instalado en Buenos Aires. En los diez años que siguieron a su arribo aprendió español y llegó a ser un fuerte comerciante e introductor de negros y acumuló suficiente capital, como para iniciarse en la vida pública. Empleado en un principio del fuerte comerciante colonial Gaspar de Santa Coloma, fundó más tarde su propia firma bajo el rubro de “Álzaga y Requena”, no tardando en instalar sucursales en las principales ciudades de esta parte de América, incluso en Potosí, donde lo representaba un pariente, Blas de Alzaga.

Fue varias veces nominado para ocupar cargos públicos pero Álzaga insistía en la imposibilidad de desempeñar funciones públicas, debido tanto a su precario estado de salud como al tiempo que le demandaban sus negocios. Pero el gran ascendiente que tenía en la colonia —llegó a ser, en poco tiempo, el alma del Cabildo— impulsaba a esta corporación a insistir en sucesivos nombramientos. En 1785 llegó a ser miembro del Cabildo y diez años después fue nombrado Alcalde de primer voto, cargo en el que fue ratificado en 1804. En 1790 es designado Procurador Síndico General y un año más tarde Primer Regidor. En 1799, desde el Consulado, fue el primer portavoz de las protestas de los comerciantes peninsulares contra la liberalización de las regulaciones comerciales exigidas por los hacendados criollos con el apoyo del virrey. En 1806 participó activamente en el rechazo de la primera invasión de los ingleses y en 1807, se desempeñaba como Alcalde de primer voto, cuando se produjo la segunda invasión de los ingleses.

Competidor y rival de Liniers en la defensa de la ciudad, se convierte en protagonista de la defensa. Uniforma y sostiene de su bolsillo parte de los 2.000 hombres que reclutó para el Regimiento Voluntarios Patriotas de la Unión, contribuyendo con 8.000 pesos fuertes. Es indiscutible que  mientras “Liniers fue el héroe de la Reconquista, Álzaga fue el héroe de la Defensa”. Merced a su valor y a su esforzado celo puso en condiciones de defensa la ciudad de Buenos Aires, cuando, la noche trágica del 2 de julio de 1807, se la consideró perdida en manos de los ingleses, tras el quebranto de Miserere. Así, resultó ser el héroe civil de la defensa del 5 de julio de 1807 e  impuso en buena parte a éste las cláusulas de la capitulación con los ingleses, con lo cual creció su popularidad. “No sólo estuvo presente en el peligro, sino que desempeñó, en ausencia del general en jefe, don Santiago de Liniers, sus funciones, ya supliendo su ausencia, ya supliendo su deliberación, ya su misma acción”, como ha escrito Bartolomé Mitre en su Historia de Belgrano. Luego, como cabeza del Cabildo de Buenos Aires controló los acontecimientos sin mucha oposición hasta que Liniers recibió su designación como virrey en 1808.

Pero Álzaga, eterno conspirador y jefe indiscutible del grupo de españoles europeos, no veía con buenos ojos al “francés” a quien suponía inclinado a la causa de Napoleón y decidido a formar una Junta en Buenos Aires, similar a la creada en 1808 por Elío en Montevideo y al estilo de las que en España gobernaban en nombre de Fernando VII. Por eso, Álzaga y el Cabildo se resintieron por las demandas de Liniers en el sentido de que los poderes virreinales debían serle devueltos a él y que el Cabildo debía limitarse a cumplir sus propias funciones. El alejamiento entre el grupo de Álzaga y Liniers se profundizó cuando también los españoles comenzaron a sospechar de las actividades del francés Liniers en relación con los acontecimientos de España. El desenlace en la lucha por el poder sobrevino el 1º de enero de 1809 cuando el Cabildo (probablemente por sugerencia de Álzaga), convocó a un cabildo abierto para forzar la renuncia del virrey y formar una junta de gobierno; Liniers carecía de fuerzas para resistir pero, en un dramático movimiento de último momento, Cornelio Saavedra, comandante del Regimiento de Patricios, y otros oficiales criollos colocaron sus fuerzas militares y a la opinión pública detrás de Liniers.

La revolución se disolvió y Álzaga huyó junto a otros líderes, acusados de haber intentado liberar a la colonia de la metrópoli. Sus protestas de vasallaje ejemplar no lo libraron de la prisión y fue deportado a la Patagonia por un tiempo. Se sustanció entonces un largo sumario —conocido como Proceso de la Independencia—, que culminó en 1810 con la absolución de los acusados y el rescate de quienes, con su actitud, habían sido protagonistas de un movimiento que dibujó claramente las líneas del conflicto por el poder entre los peninsulares y los criollos y produjo un modelo a partir del cual, pudo ser acometida la exitosa revolución del 25 de mayo de 1810. En 1812, Álzaga, reapareció en la vida pública, Disgustado por la discriminación en contra del núcleo español, orgulloso y de carácter indomable, proyectó apoderarse del gobierno a fin de restablecer la preponderancia de la población española y constituir un gobierno independiente, pero relacionado con las Cortes de Cádiz. Fue así que junto a su Partido Republicano (que bregaba por la independencia bajo control peninsular), decidió que era hora de arrebatar el control del gobierno patrio, ahora en manos del Primer Triunvirato criollo. Pero la suerte ahora no le será tan propicia al ex alcalde:“espíritu inquieto y rebelde; enemigo de todo lo que no significara absoluta sumisión a su rey, celoso y altivo al propio tiempo”, como lo definiera uno de sus biógrafos.

Estaba decidido a arrebatar el control del gobierno patrio de las manos del Primer Triunvirato criollo y contando con el hecho de que Buenos Aires estaba prácticamente desprovista de guarnición (las tropas habían sido enviadas al Ejército del Norte), de que la princesa Carlota había prometido el envío de hombres, armas y suministros del Brasil en su esperanza de ser coronada en el Plata y de que otros refuerzos eran esperados desde Montevideo, proyectó apoderarse del gobierno a fin de restablecer la preponderancia de la población española. Orgulloso y de carácter indomable, poseía aspiraciones amplias y deseaba constituir un gobierno independiente, pero relacionado con las Cortes de Cádiz. El 1º de julio de 1812, “La conspiración de Álzaga’ (como fue conocida) estaba lista para la acción, con el éxito aparentemente asegurado. Pero una combinación de circunstancias, completamente aleatorias: la postergación del alzamiento por el interés sentimental de Álzaga de proceder el 5 de julio (aniversario de las gloriosas acciones contra los ingleses), el hecho de que las fuerzas portuguesas fueran persuadidas por los británicos de regresar al Brasil y sobre todo, por el descubrimiento de la conspiración por parte del virrey, la revolución fue abortada.

El lº  de julio, una vecina denuncia al alcalde de Barracas que se ha enterado por intermedio de uno de sus esclavos —un moreno llamado Ventura— de la existencia de un complot realista encabezado por Martín de Álzaga, listo para estallar esa misma semana en combinación con un desembarco que harían en San Isidro las tropas de Montevideo. Afirma que el español Francisco Lacar, vinculado a Álzaga, es quien ha proporcionado todos esos datos a su esclavo. El alcalde eleva la denuncia a la Intendencia y ésta al Triunvirato, que encomienda la investigación a Chiclana. Ventura ratifica la denuncia y Lacar la niega, pero su hijo de 10 años declara haber oído a su padre comentar con el esclavo los detalles de la conspiración denunciada. Lacar es condenado a muerte “por el crimen de conspiración y coalición” y se ordena la captura de Álzaga y demás comprometidos. Mientras Álzaga escapa, Lacar —en capilla— hace una amplia confesión y da más nombres: entre ellos, el del superior de la orden de los bethlemitas, fray JOSÉ DE LAS ÁNIMAS. El 3 de julio, Lacar es fusilado y se cuelga su cadáver en la horca de la Plaza Mayor “para público escarmiento”. La alarma y la indignación cunden en la ciudad agitada por las ruidosas manifestaciones de los jóvenes de la Sociedad Patriótica, que exigen castigos ejemplares.

A fin de calmar la efervescencia. Rivadavia nombra a algunos de sus miembros —Monteagudo, Pedro José Agrelo, Hipólito Vieytes y Miguel Irigoyen— para que actúen como investigadores junto a Chiclana. Como Álzaga y fray José no aparecen, se detiene a Martín de la Cámara —yerno del primero—, que se niega a dar noticias sobre la conjura: también es fusilado y luego colgado. El 4, se sabe que Álzaga ha estado oculto en el domicilio de Petrona González, pero ya no se encuentra allí. La dueña de casa confirma la noticia y agrega que salió acompañado por el cura de la Concepción, Nicolás Calvo. Este es apresado y, cuando el deán Zavaleta le allana el fuero eclesiástico, denuncia el paradero de Álzaga. Esta confesión le vale la conmutación de la pena de muerte por la de destierro. A la una y media de la mañana del día 06 de julio de 1812, Álzaga  fue tomado prisionero junto al resto de los cabecillas del movimiento. Media hora más tarde se firmó un auto disponiendo ejecutar la sentencia dictada en su contra. BERNARDINO RIVADAVIA llevó dicha sentencia a JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN para que la firmase pero éste se negó, invocando sus sentimientos humanitarios. El triunviro Rivadavia, al recibir esta negativa, procedió por sí solo en esta emergencia. La madrugada del 7 de julio Álzaga es fusilado. Entre los condenados a la pena máxima figuran, además de fray José de las Ánimas, el poderoso comerciante Francisco Tellechea, don Felipe Sentenach —profesor de la Escuela de Matemática—, Francisco Neyra, y 28 más. Unas horas más tarde el cadáver del héroe de la defensa de Buenos Aires y el de quienes lo acompañaron en la intentona, pendían de la horca levantada en la Plaza de la Victoria, donde fueron exhibidos durante tres días  a la expectación pública. Entre los espectadores se hallaba un muchacho de quince años, a quien se acusó, años más tarde de utilizar crueles métodos durante su propio gobierno: Juan Manuel de Rosas.

Son variadas y disímiles las interpretaciones dadas por los historiadores a esta supuesta conjura en la que, como bien afirmara Domingo Matéu  en su Autobiografía—escrita por su hijo Martín— ”.en obsequio de la historia debo decir que a nadie se le tomó con las armas en la mano y que empresa tan descabellada se magnificó por el genio travieso del doctor Pedro José Agrelo. ”Entre este cúmulo de hechos poco claros, sólo es posible rescatar como efectivamente cierta la existencia de dos actitudes que involucraban posiciones antagónicas. Por un lado, era innegable que Álzaga  y un grupo numeroso de españoles y peninsulares, vecinos ricos y poderosos comerciantes algunos de ellos, hubieran visto con satisfacción el avance de las tropas realistas por el norte y el desembarco en Buenos Aires de las fuerzas de Vigodet en una operación combinada cuyo fin sería deponer al gobierno revolucionario.. Sin embargo, por lo menos durante el proceso, no se reunieron datos suficientes que probaran la intervención directa de Álzaga y de los demás acusados en ninguno de esos planes. Por otra parte, hay que tener en cuenta el estado de extremo nerviosismo que atravesaba el gobierno, en momentos de aguda crisis política, financiera, social y militar. Era un hecho real la oposición latente en el medio porteño, aun entre los mismos patriotas, y se ha probado —a través de denuncias y procesos anteriores— la existencia de mensajeros y espías que llevaban y traían informes entre Goyeneche y Vigodet. A esto se sumaba la campaña de rumores desatada por los grupos de españoles que, más que a detallar los pormenores de un complot, se limitaban a repetir en voz alta lo que en realidad era para ellos sólo una esperanza.

En definitiva, sólo puede afirmarse que el Triunvirato, enterado de la indudable existencia de un complot —muchos conspiraban contra el gobierno en esos momentos—, haya exagerado la historia del negro Ventura para desembarazarse de Álzaga y su peligroso grupo, al mismo tiempo que intentaba atraerse la adhesión de los patriotas más exaltados que rodeaban a Monteagudo. Beruti, testigo presencial de los sucesos, nos ha dejado en sus “Memorias Curiosas” el relato minucioso y. detallado de la ejecución de Álzaga:salió al suplicio de la cárcel pública con su propia ropa, sin grillos y sin sombrero, advirtiéndosele mucha serenidad, que no parecía iba a morir… Fue su muerte tan aplaudida que, cuando murió, se gritó por el público espectador ¡Viva la Patria!, repetidas veces, y¡ muera el tirano!, rompiendo en seguida las músicas militares el toque de la canción patriótica. Fue tal el odio que con este hecho le tomó el pueblo al referido Álzaga, que aun en la horca lo apedrearon y le profería insultos… No ha recibido hombre ninguno de esta capital, después de Liniers, mayor honra por sus hechos que éste; pero tampoco se le ha quitado, en los 300 años de su fundación, la vida a otro alguno, con mayor afrenta e ignominia de su calidad que a él.. Llegado el contento que recibió el pueblo, luego que fue preso… y ejecutado su muerte, a poner tres noches iluminación general en la ciudad, en celebridad de haber concluído con el mayor enemigo de la patria… habiéndose excedido a tal la alegría del público con la justicia que se hizo de este hombre que se tiró públicamente dinero a la gente común en celebridad, en la pieza, por varios individuos. Este hombre [Álzaga], era alto de cuerpo, flaco, seco, muy blanco, muy tieso y sólo sí algo inclinada para adelante, la cabeza cana,  pues tenía más de 60 años, y de una cara y aspecto respetuoso…”. Un fervoroso y a la vez sereno biógrafo y descendiente suyo, Enrique Williams Álzaga, ha escrito: …..creyó Martín de Álzaga en una causa y se jugó por ella. Perdió en la lucha. Pero supo perder. Cayó con los ojos abiertos, con hidalguía y heroísmo, como había vivido. No delató a nadie. No profirió una sola queja. Puesta su mirada en Dios, con serena majestad aceptó y afrontó su suerte”.

1 Comentario

  1. Andrea

    Que injusticia!!!!

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