LOS IDIOMAS PRECOLOMBINOS

LOS IDIOMAS PRECOLOMBINOS. Cuando los españoles empezaron a descubrir las comarcas del Nuevo Continente, se toparon con pueblos aborígenes con distintos niveles de cultura y también con idiomas muy diferentes: los lingüistas afirman que en el continente americano existieron -y en parte siguen existiendo- más de 2000 lenguajes originales. De modo que el contacto entre el mundo hispano y el mundo in­dígena tropezó desde el comienzo con el problema de la incomunicación. En el actual territorio argentino había idiomas que nada tenían que ver entre si. Estaban, por ejemplo, los numerosos pueblos que hablaban guaraní, relativamente fácil de aprender para quien pusiera empeño en la tarea. El padre jesuíta José Cardiel decía a mediados del siglo XVIII que se admiraba “de hallar en esta lengua majestad y energía” y agregaba que “no cede en nobleza y armonía a ninguna de las lenguas que sé”. Pero la gran familia guaraní, que incluía a los tupís, reconocía subgrupos, dialectos diríamos, que eran mucho más arduos. Otro jesuita, el padre Pedro Lozano, refiriéndose a los caigüaes que habitaban las actuales provincias de Corrientes y Misiones, aseguraba que “usan un lenguaje propio, difícil de aprender porque al hablar más parece que silban o hacen algün murmullo dentro de la garganta, que no forman vo­ces”. Es de señalar que fueron precisamente los jesuítas quienes mejor dorminaron el idioma de los guaraníes; ya en 1639 apareció el “Tesoro de la Lengua Guaraní”, del padre Antonio Ruiz de Montoya, y al año siguiente el “Vocabulario de la lengua guaraní”. En las Misiones Jesuíticas sólo se hablaba guaraní y los sacerdotes que estaban a cargo de los establecimientos aprendían previamente el lenguaje de los indígenas, y muchos de ellos, llegaron a hablar a la perfección. Los matacos del Chaco, en cambio, se comunicaban en un idioma muy duro y de difícil pronunciación. El padre José Aráoz también jesuíta, escribió una gramática y un vocabulario en el idioma de este pueblo que, como los tobas, los mo covies, los abipones y los chiriguanos, también disponía de lenguajes propios, verdaderamente endiablados para los españoles. El padre Florian Paucke, austríaco, que pasó muchos años en el Chaco, aseguraba que “apenas si se entiende una silaba o una letra de ellas cuando conversan” y más bien parece “graznido de gansos o de otros animales”. Dice también que los mocovíes y los abipones nunca conversaban en voz alta sino entre dientes, y no pronunciaban claramente las letras o sílabas porque se las tragaban. Sin embargo, el padre Alonso de Barzana escribió un “Arte y Vocabulario de la Lengua Toba”. En cambio, fue relativamente más fácil la comunicación de los españoles con los aborígenes del actual noroeste argentino. Aquí existían por lo menos tres etnias muy diferenciadas: los omaguacas, los atacamas y los diaguitas. Estos fue­ron los más numerosos y conocidos; habitaban los valles que hoy llamamos “calchaquíes” y la región adyacente. Los diaguitas hablaban el “cacán”, que según el padre Nicolás del Techo era una lengua “sobremanera enrevesada y difícil, y tan gutural que parece que no se instituyó para salir a los labios”. Ante semejante obstáculo los españoles recurrieron a un procedimiento muy original para aquellos tiempos, pero no para los actuales: Aprendieron y enseñaron un lenguaje por señas y ademanes, que pronto fue adoptado por los aborígenes.

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