LAS RIÑAS DE GALLOS (1757)

Las riñas de gallos fueron una de las diversiones populares que más aceptación tuvo en todo el territorio de las colonias del Río de la Plata, aunque en forma oficial no existieron hasta finales del siglo XVIII.

Hasta el siglo XVIII, los reñideros, solo existían en la campaña, en torno a las pulperías y hasta en el patio de alguna casa de campo y era un espectáculo no permitido por las autoridades, que sabían caer de sorpresa, “cuando previamente no se había “arreglado” con el Comisario”. Es a mediados del siglo XVIII, cuando  comienzan a instalarse también en las grandes ciudades, incluída Buenos Aires. Al principio, las riñas de gallos seguían siendo un espectáculo clandestino, aunque gozaban de la “protección de las autoridades” (también en aquella época, amigos de mirar al costado por conveniencia). Sólidamente establecidos con asientos y graderías, en casi todo el perímetro del “reñidero” algunos, como el que JUAN JOSÉ DE ALVARADO instaló en 1757 en el barrio de Monserrat y otros, más populares, que eran simplemente una “cancha de tierra batida, circundada por un vallado de madera o cañas, instalado en  un campo o terreno cualquiera, libre de malezas y estorbos y generalmente rodeado de una pared de un metro de altura.

Los reñideros legales
En 1780, el virrey VÉRTIZ Y SALCEDo, aprobó una solicitud presentada por MANUEL DE BASAVILBASO mediante un Decretó donde decía: …..”atento a lo que resulta de los precedentes informes, procédase al establecimiento del juego y lidia de gallos a beneficio de la Casa de Niños Expósitos y del público interesado en estas y otras honestas como agradables diversiones, en el patio de la Ranchería ocupada a los Regulares Expulsos; y para que verifique con la debida anticipación pregónese por vía de asiento con el término de dos años”, etc., Al día siguiente “se fijaron en los parajes, públicos acostumbrados” doce carteles impresos señalados para las almonedas y remate, que era como se llamaba a la ronda de apuestas que se concertaban antes de cada combate..

En 1783 un tal MANUEL MELIÁN, en Buenos Aires, arrendó por tres años un local para destinarlo a la lidia de gallos, comprometiéndose a pagar la cantidad de ciento sesenta pesos por cada uno y envió al Cabildo una nota donde expresaba entre otras cosas “ …. tratándose de un sitio público donde suele verificarse un crecido concurso de gente por la mayor parte vulgar y propenso por naturaleza de la diversión a tomar y defender el partido a que se inclina, solicita autorización para llamar la tropa (policía) según las circunstancias lo requieran y se designe juez al alguacil mayor para que cuide de la quietud y buen orden y resuelva de plano, las dudas y controversias que se susciten de las riñas y apuestas”. Le fue concedido lo solicitado, pero al respecto, el Sindico Procurador advirtió en su dictamen que “no faltará   político que desapruebe la demasiada frecuencia en estos combates de gallos, por lo que apartan a la juventud de la aplicación a las ciencias y bellas artes…”.

En Córdoba, en 1800, un tal TADEO ARCE, “deseando facilitar al público alguna diversión, ha deliberado disponer una casa de reñidero de gallos”, bajo la condición de “mandar prohibir en las calles las riñas de gallos”. El teniente gobernador interino NICOLÁS PÉREZ DEL VISO le concedió  el permiso solicitado “en las condiciones que se señalan y prohibiendo las ri­ñas en las calles y otras partes, por lo perjudiciales que son, no habiendo sujeto autorizado que las presida”. Seguidamente, el escribano de gobierno FRANCISCO MALBRÁN Y MIÑÓN informa que notifica al interesado, y en la misma fecha se fijan cuatro carteles en los cantones de la Plaza Mayor. Pero parece que las cosas no anduvieron muy bien en aquel reñidero — lo que no puede extrañar a nadie — , porque en 1801 aparece el vecino BAUTISTA CARRANZA, que  se expresa por nota al Cabildo, que “tiene determinado establecer en esta ciudad para diversión de los vecinos, un reñidero de gallos.

En 1880 existían ya numerosas casas donde se ofrecían “riñas de gallos” y uno de los más famosos era el de “la Plaza”, situado en Venezuela 262 (numeración antigua), entre Chacabuco y Piedras, que como todos ellos, funcionaba con el correspondiente reglamento y la debida autorización de las autoridades. Se cree que el primer “reñidero” fue instalado en 1767 por un tal JOSÉ ALVARADO en donde hoy está la Plaza Monserrat. El historiador FRANCISCO L. ROMAY nos ha ilustrado con el recuerdo de este reñidero,  desde las páginas de su documentada obra “El Barrio de Montserrat”.

El gallo, el verdadero potagonista de esta historia, era un bien preciado en muchos hogares de nuestra campaña. “Se lo preparaba para la lucha con un régimen dietético, reglamentado por leyes severas y principios científicos, y así, como con la castidad se intenta hacerlo más digno de los lauros marciales, se procura, con alimentos suculentos, fortificar su fibra muscular, en mengua de la gordura linfática de los flojos”

“De cuando en cuando se educa al gladiador en las luchas de la batalla, cubriendo su natural espolón con una funda de cuero para que no pueda herir, y es en esas pruebas, cuando se calcula el valor del animal y se forjan sueños más o menos dorados sobre el provenir. He visto a un “gaucho” que durante muchas semanas hbía empleado los cuidados más solícitos en la educación de sus pupilos, quedar desilusionado de sus más risueñas esperanzas durante uno de estos simulacros y destrozar con rabia y furor, al poltrón que se había retirado ante el débil ataque de una gallina”

“Cuando el gallo estaba compuesto, se lo llevaba al reñidero, verdadero teatro, que paga un derecho al gobierno y en el que se exhiben, escritas sobre una gran tabla, las leyes de la “guerra gallesca”. Después, el campeón, en medio de la arena, se le busca un rival, al que se pesa, para igualar a los combatientes, en lo posible, en tamaño y peso. Las armas son las espuelas naturales u otras postizas de latón o de plata. Las de acero estaban prohibidas por reglamento, poue se las creía venenosas”.

“La riña puede durar hasta la muerte de uno de los gladiadores, o hasta que uno de ellos cede el campo y huye por una pequeña salida que estaba siempre abierta para los cobardes, en una esquina de la arena. También se considera derrotado al gallo que, sangrando, bizco y tal vez caído el pico, canta llamando en su socorro a las gallinas de su harén. Este reclamo supremo a las compañeras de sus placeres, era muy conmovedor para nosotros, los europeos, aunque hace en cambio, desternillarse de risa a los argentinos, que lo consideran como la más segura manifestación de cobradía y por consiguiente, de la más oprobiosa derrota”.

Finalmente llegó la cordura y mediante la Ley Nacional de Protección de los Animales Nº 2786 (Ley Sarmiento), sancionada el 26 de julio de 1891, se prohíben en todo el territorio de la República las riñas de gallos

“Al valor de los gallos, los más ricos juegan a veces, sumas enormes, mientras los pobres se contentan con llevar su óbolo de unos cuantos reales al tapete sangriento de este juego cruel” (Lo entrecomillado pertenece a un texto de Pablo Mantegazza, publicado en la obra Estampas del pasado” de José Luis Busanich)

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