LAS CASAS DE ANTES EN BUENOS AIRES (1890)

En el Buenos Aires antigüo, salvo los edificios destinados a la administración pública, eran pocas las casas que se destacaban por la calidad de su construcción o la riqueza de su contenido. Sólo hacia fines del siglo  XIX,  los porteños y españoles radicados en el Río de la Plata, comenzaron a mostrar por medio de sus domicilios, el nivel social que habían adquirido, hasta trayendo muchos de ellos, artesanos y obreros desde Europa, para competir con sus vecinos en el lujo y la calidad del diseño de sus propiedades. Fueron famosas en esa época y no precisamente por ser exponentes de un frívolo lujo, sino por ser sede de importantes y destacadas actividades sociales, culturales y benéficas, algunas casas que quedaron en nuestra historia, precisamente por haber albergado, parte de la misma.

Esta es una de ellas. Muchas se le asemejan en Buenos Aires. La fachada tiene cierto empaque señorial. Las puertas, de roble macizo; los herrajes, de bronce. También de bronce el llamador: una mano que aprieta una bola con la punta de los dedos. Sobre el dintel, dos angelotes en actitud de vuelo sostienen una corona de hojas de acanto. Tres anchos balcones saledizos de hierro; uno corresponde al escritorio; los otros, a la sala. Entremos.

Zaguán espacioso con piso de losas romboides negras y blancas. Y el encaje de hierro de la puerta cancela. Traspuesta la cancela, el primer patio, de baldosas pulidas: estrado para las morosas tertulias con mate en el verano, y cancha del rango y la rayuela en todo tiempo. En medio, el aljibe de mármol con su brocal bordeado de tiestos: hélíotropos, dalias y geranios. Tinajas panzonas a lo largo del corredor, de cuya cenefa penden globos de colores —que son tan lindos— y jaulas pajareras. Macetones con jazmines del cabo que florecen allá por diciembre y de noche invaden la casa con vaharadas de su fragancia penetrante.

En la pared frontera al corredor una tupida madreselva trepadora se está el año entero atisbando lo que ocurre en la casa de al lado. Hacia adentro, dos patios más: aromos, acacias que amarillean florecidas en setiembre; parra, perales, durazneros, pileta de lavar, cuerdas para secar la ropa al sol; la cocina, el cuarto de plancha, el de los trastos viejos, la despensa, la leñera, el gallinero y las piezas oscuras para la recua de la servidumbre.

La Sala. A la derecha, la sala. En una de sus testeras un piano vertical —marca Rönich, traído de Hamburgo— en cuya tapa de arriba hay potiches, un vaso con violetas de marfilina y un pastor de porcelana que se pasa la vida sonriendo a una pastora —hecha de su misma pasta— por encima de una ca­rretilla de mimbre llena de rositas rococó. El cubreteclas del piano es de terr ciopelo, con palomas bordadas que llevan corcheas en el pico. Musiquero repleto de álbumes con valses de Ramenti y Cremieux, paráfrasis de «Lucia de Lammermoor», «Norma» y «Roberto el diablo», y melodías para arpa de Mme. Cecile Chaminade, en transcripciones para piano, que son tan románticas. En la otra testera, gran sofá tapizado de felpa granate, flanqueado por dos sillones ceremoniosos. Sillas, bu tacones y un vis-a-vis Luis XV con respaldos de esterilla dorada. Largos tarjeteros de rafia a cada lado de la consola de espejo, con postales —se estilan mucho— que tienen «pensamientos» o simples saludos enviados desde Mar del Plata durante los veraneos.

En casi todos los asientos, almohadones pintados; uno de ellos con la cara de un gato persa cuyos ojos son piedras verdaderas. Retratos del señor y la señora hechos con peto natural. El, con los bigotes enhiestos y cuello palomita; ella, bata de mangas jamón y camafeo sobre el pecho opulento. En una vitrina atiborrada de chucherías —regalos de cumpleaños— un cuadro con mariposas multicolores cazadas en la estancia por uno de los abuelos cuando era chico. Cortinajes pesados que caen en elegantes pliegues hasta tocar el suelo. La alfombra mullida «silencia el rumor de las pisadas», como se dice en las novelas de Carlota Braemé, que todas las señoras leen por entregas.

Araña de seis picos para !a luz de gas. Cuando pasa el tranway de caballos que va a la Floresta, los caireles de la araña tiemblan y al chocar entre sí producen un cristalino tintineo. La sala solo se abre los días de recibo: primer y tercer jueves del mes, o en ocasión de circunstancias especiales. Entonces se quitan las fundan de los muebles y se quema benjuí en el sahumador de terracota que está en una rinconera de petiribí.

El comedor y el escritorio. Cuadrando el primer patio —después de los dormitorios amplios con doseles de damasco sobre la cabecera de las camas—, el comedor de muebles monumentales: aparador, trinchante, cristalero, sillas de respaldo alto alrededor de la mesa larga en cuyo centro se alza un bronce art-nouveau —es la gran moda— sobre carpeta de macramé, y en las paredes oleografías con pescados y frutas. (los almuerzos y las comidas constan de cinco o seis platos, cuando menos). Preside la mesa el jefe de la familia con autoridad omnímoda. Los hijos no hablan sino cuando los padres les dirigen la palabra, y no fuman ante ellos porque quemar tabaco y echar humo por las narices se estima como seria inconveniencia y falta de respeto censurable.

A la izquierda del zaguán, el escritorio: sillones de cuero, diplomas, biblioteca mural atestada de libros cuyos tejuelos tienen iniciales de oro. En sitio destacado, un gran retrato de cuerpo entero de Carlos Pellegrini, hecho por el acreditado fotógrafo Bixio, de la calle Buen Orden. (el retrato proclama la filiación política del dueño de casa.) Sobre pedestal de madera una botella, acostada, que tiene un barquito adentro, producto de la habilidosa artesanía de algún presidiario, sin duda, que lo habrá enviado para obtener unos pesos en recompensa, como se acostumbra. En una mesa baja el último número de ‘»Caras y Caretas», que trae en la tapa una caricatura del general Roca dibujada por Cao: los ojos saltones con expresión de zorro astuto.

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