LAS ALFOMBRAS DE “BORDO” DE LA PROVINCIA CÓRDOBA

Según relata el padre GUILLERMO FURLONG en uno de sus libros, sobre el trasplante cultural y social en América, durante el período comprendido entre 1536 y 1810, una de las industrias más prósperas en estos territorios, fue la del tejido. Los viejos telares cordobeses se contaban entre los más importantes de la Colonia y su producción de alfombras fue considerada como una artesanía de gran desarrollo y belleza. Cita el padre FURLONG en esta obra, que alfombras floreadas llevadas a España por el virrey Vértiz asombraron “más aún que los finos tapices orientales”.  Realizadas en resistente lana de oveja con dibujos de inspiración silvestre y anima!, se caracterizaron por un tipo de tejido chato con  partes en relieve a las que se designó con e! nombre de “bordo”. De allí viene el apelativo definitivo que las diferencia de otras alfombras tejidas a mano.

Con la expulsión de los jesuitas en 1767,  el antiguo Colegio Convictorio de Córdoba,  ubicado frente a la Compañía de Jesús.  pasó a manos de los franciscanos. Allí funcionó la famosa fábrica de las “Niñas Huérfanas”, donde se hicieron estupendas alfombras y donde las damas de entonces aprendieron a tejer y a bordar. Esta industria próspera entró en crisis a partir de 1810, cuando comenzaron a importarse tejidos ingleses. Entonces cordeletes, frazadas, bavetillas, pañetes y paños con­feccionados en Santa Catalina y Alta Gracia, así como las alfombras de “bordo” de las “Niñas Huérfanas” quedaron relegadas a las pocas familias que continuaron la tradición en el interior de sus casas. Hoy, una heredera de esta tradición es Clara Díaz, quien , trabaja en la confección de alfombras de “bordo”, con el mismo gusto y paciencia que deben haberlo hecho sus antepasados.

Es una técnica que lleva muchas horas, unas mil cuatrocientas o mil quinientas para hacer cada alfombra- “El trabajo incluye varios  pasos. Primero hay que hacer un dibujo sobre la tela, que puede ser arpillera o “canavá”, al que luego se lo  borda con punto cruz o “pata de gallo”, formando un tejido chato hasta cubrir todo el dibujo. Algunos utilizaban directamente el barracán como base. En Tucumán se han  visto algunas hechas con esta técnica. Cuando está totalmente bordada la superficie, se comienza con el “bordo”, que es el relieve característico de estas alfombras”.

Extendidas sobre el piso,  muestran todo su colorido y belleza. Se entremezclan en ellas, tigrecitos con granadas, hojas, guirnaldas y arabescos. Los colores  son los de la tierra: terracota, marrón y colorada, el  blanco y el verde, conformando un conjunto de gran belleza visual. Mullidas y suaves, suman a su colorido, una textura cálida y confortable, características que hoy, lamentablemente, sólo se pueden apreciar en algunas de estas alfombras coloniales que se conservan en las Catalinas, como ejemplos elocuentes del desarrollo alcanzado por esa artesanía  local.

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