EL PUJLLAY

El pujllay es el espíritu del Carnaval diaguita-calchaquí que preside a una de las fiestas tradicionales más importantes del norte argentino. Es cuando el  hombre se libera y se desinhibe durante siete días y festeja el advenimiento del Carnaval con la caja chayera, las coloridas ropas collas, la aloja y el vino, llenando el aire con su exitante olor a albahaca… La “Chaya”  (el carnaval),  tiene su encarnación en el “Pujllay”, un personaje al que algunos le atribuyen un papel divino, siendo así una divinidad menor en la escala mitológica de la región; otros le conceden sólo el papel de un personaje de la Chaya, desacralizándolo.

Se lo representa con un muñeco de trapo y paja, pintarrajeado y con manchas de almidón en la cara, que viene montado sobre un burro o un chivo. Lleva la guitarra y la caja atadas en una mano, y botellas llenas de aloja y vino, colgando de sus hombros. El Pujllay”  o “Pucllay” es el dios del olvido y de la alegría, conjunción que logra mediante la farsa que él induce y hace estallar en vidalitas, bebidas, coros y en el entierro ceremonial. Los primeros días es todo regocijo y fiesta, pero al llegar al final de la Chaya, las risas se tornan en llanto porque el Pujllay”  va a ser enterrado.

Tal vez por eso se lo describe como un dios efímero que se pone a llorar como un ebrio lírico y sentimental, hecho que lo aleja de la solemnidad divina que inspira terror y lo acerca a la farsa dolorosa y humana. El miércoles de ceniza llevarán al muñeco en andas, hasta las afueras del pueblo, para terminar el ritual y será cubierto con ramas de albahaca, aloja y vino. Luego, en la tumba del Pujllay” se echarán frutos para que el año que viene sean duplicados.

 

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