EL OMBÚ DE LA MALA SUERTE SALVA A LOS HÚSARES DE PUEYRREDÓN (27/6/1806)

EL OMBÚ DE LA MALA SUERTE SALVA A LOS HÚSARES DE PUEYRREDÓN. El día 27 de junio de 1806, una columna de 1.500 soldados ingleses entra triunfante en las calles de Buenos Aires, al redoblar de sus tambores y con las banderas desplegadas. En esa forma tomaban posesión de una ciudad que por aquel entonces contaba con una población de 45.000 habitantes. El 30 de julio, una División de caballería al mando de JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN, bajó al caserío de Perdriel para esperar la llegada del Capitán de Navío SANTIAGO DE LINIERS, que debía incorporarse con un Ejército reclutado en la Banda Oriental y luego avanzar juntos sobre la ciudad, para intentar su recuperación. El pequeño ejército gaucho, organizado para esta operación, gracias a la autoridad e influencia que JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN, tenía entre sus efectivos, mucha gente de campo, que carecía de tanta preparación militar como la de los realistas, pero le sobraba coraje. Los bisoños soldados de la pampa adoraban con fanatismo a sus caudillos y estaban prontos siempre para morir sin pestañear, cumpliendo sus órdenes. La última noche de julio una intensa helada endureció el suelo a la vez que despejó la atmósfera, dejando oír cualquier ruido a gran distancia. A pesar del frío que reinaba esa noche, gran parte del paisanaje movilizado, con la novedad de la empresa, estaba como de fiesta, tomando mate y guitarreando animadamente. Una parte del Escuadrón del capitán Videla, que acampaba frente a la entrada de la quinta de Perdriel, abrigándose debajo de un cerco de ñapinday, parecía querer pasar toda la noche de jarana, cuando apareció, envuelto en amplia capa española, gallardo y sereno, el Mayor Ocampo, quien dirigiéndose a los barulleros les dijo: “Muchachos, si no duermen estarán aplastados para cuando tengan que menear las tabas”. Los paisanos, rápidamente se pusieron de pie y poco entendidos de reglamentos y disciplina, se concretaron a contestar: “Tiene razón, patrón, roncando no alborotaremos tanto”. El comprensivo jefe, lejos de incomodarse por la falta de disciplina cometida por sus soldados, que omitieron darle su título militar, se retiró lleno de buen humor, revelando conocer a fondo el corazón de sus bravos reclutas pampeanos. El mayor Ocampo tenía esa noche preparado su equipo para dormir debajo de un ombú sin hojas, a poca distancia del vivac del grupo de voluntarios que llamó a silencio y estaba haciéndose servir el mate con un blandengue muy supersticioso que, al alcanzarle el último amargo, exclamó con visible temor: ¿Sabe, mi mayor, que es de mala suerte ampararse donde estamos? –agregando: -Le voy a cambiar las pilchas debajo de ese carro para que esté más abrigao. Bueno, pero antes contame qué pasó, así agarro el sueño –respondió en forma distraída Ocampo. A ese pedido, el asistente hizo una mueca extraña que, a pesar de la poca luz que brindaba el fueguito que calentaba la pava de agua, fue notada por el mayor, quien comprendió que había afectado la susceptibilidad del veterano, y en seguida añadió: Sí, cabo, a ustedes, los del campo, gente guapa, los cuentos los desvelan, pero nosotros, los puebleros, flojos, clavamos siempre la guampa en lo más lindo. A esta afectuosa explicación, el humilde paisano contestó risueño: “Ansina” debe ser, señor, cuando usted lo dice, y con su permiso le diré que esta planta tiene desgracia, y pa que vea que la advertencia no es de despreciar, fue este verano que ño Cirilo Ochoa, a quien nadie se atrevía a pisarle el poncho, se le metió tener una de a pie con un arribeño y el forastero, que no valía un rial, se lo limpió en menos de una vuelta allí mesmo donde usted está sentao. El mayor Ocampo, ya sea por tranquilizar a su fiel servidor, o por mayor comodidad, pasó a ubicarse debajo del carro, y en el instante en que iba a acostarse sobre su apero, vio a través de la primera vislumbre del ala, surgir cautelosamente un grupo de ingleses detrás del ombú, apuntándole con sus mosquetes, al mismo tiempo que un joven oficial le hacía señas que no se moviese. Pero Ocampo, apreciando con rapidez lo grave de la situación, saltó en pelo sobre un caballo que el asistente había desatado de la rueda del carro y a toda carrera cruzó las filas enemiga, que sorprendida de tan audaz agresión, descargó sus armas a boca de jarro sin tocarlo, pero derribando al valiente blandengue, que en otro caballo lo precedía armado de lanza. Según notas de un oficial británico presente en Perdriel, la heroica actitud del mayor Ocampo fue el toque de alarma que salvó a las fuerzas de Pueyrredón de ser copadas totalmente por Beresford. En el partido de San Martín, en un terreno que pertenecía al Coronel RODOLFO MOM, pariente del héroe de Perdriel, existe un ombú que, según la leyenda gaucha, fue donde Ocampo acampó la noche anterior al combate. El lugar es la actual chacra Pueyrredón y desde el año 1916 el árbol ostenta una chapa con la siguiente leyenda: “Ombú histórico, testigo del combate de Perdriel contra las invasiones inglesas el año 1806”. Aunque Pueyrredón creía imposible que los ingleses intentasen molestarlo en su acantonamiento, había previsto todo para una fácil retirada, teniendo a mano caballos listos y los carros del arsenal con sus mulas aperadas atadas a las ruedas.

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