BARRIO SANTO DOMINGO

Hubo un barrio en Buenos Aires que vivía dos vidas distintas cada veinticuatro horas. Durante el día vibra con el vivir cotidiano de la ciudad. Tiene grandes casas de comercio, lo cruzan coches, carros, automóviles y tranvías; tiene pequeños cafés donde tocan músicos ciegos; tiene grandes templos y silenciosos conventos.

El antigüo (hoy inexistente Barrio Santo Domingo”, era uno de los primitivos barrios de la ciudad de Buenos Aires. Estaba ubicado aproximadamente, donde hoy está el Barrio de San Telmo. Era un barrio aristocrático que llegaba hasta el bajo, sobre la costa del Río de la Plata, y hacia el norte llegaba hasta la actual calle Moreno, tocando los fondos del Convento de San Francisco, apoyándose entre “el Zanjón del Hospital” y el “Zanjón de Granados”, al decir de la antigüa nomenclatura

Formaba parte de la primitiva traza de la ciudad y debido a su ubicación privilegiada, (a pocas cuadras de la Plaza Mayor), creció y se pobló rápidamente, y rápidamente también, se instalaron en él, importantes comercios, y numerosos servicios. El vivir diurno de este barrio no presentaba nada de extraño. Pero, durante la noche, cuando las voces y el rumor del día iban enmudeciendo, cuando las grandes casas de comercio han cerrado sus puertas, cuando los carros y los transeúntes se han ido, este barrio ilustre, este barrio de evocación y de leyenda, es otro. Al cruzarlo en el inmenso silencio de sus noches, nadie piensa en la vida vulgar y agitada de sus días. Sus melancólicos y polvorientos palacios coloniales, sus conventos dormidos, sus silenciosas iglesias, todas sus pie­dras parecen hablar y contar al solitario transeúnte la historia de sus sombras, la leyenda inolvidable de los espectros que lo pueblan.

Hasta las escasas tabernas que permanecen abiertas parecen pertenecer a otras edades, a las bellas, románticas y gloriosas edades en que vivían sus sombras. Son las apagadas voces de un siglo y medio que hablan en el silencio de esas piedras coloniales; es la historia que vuelve y pasa de puntillas por las estrechas calles del barrio, como para no turbar el sueño de los viejos palacios que duermen. Son las sombras ilustres de las familias patricias que sembraron la semilla de la raza y escribieron con su esfuerzo, con su sangre y con su pensamiento, el libro de la patria, los anales de la nacionalidad.

En esos melancólicos palacios de carcomidas fachadas y umbrales polvorientos, nacieron poetas y soldados, héroes y estadistas. Detrás de esos muros despintados y ennegrecidos, amaron, soñaron y vivieron, allá en la edad lejana en que el siglo XVIII agonizaba y nacía, enorme y luminoso, el siglo XIX. Cuánto vieron los muros!. En los aleros coloniales resonaron los clamores de la reconquista; el tañir sordo y desesperado de las campanas de los dos templos hizo vibrar entre estas piedras, en estos patios solitarios, en estas viejas casas que duermen, el primer grito de la nacionalidad, el primer anhelo de libertad. Testigos de aquella primera gloria que hablaban con campanas y cañones, estas piedras parecen haber guardado sus ecos para siempre, en las almas dormidas, en sus sueños inmóviles; ecos eternos, entre los que parece resonar, con una vibración de inmortalidad, la voz de la campana del Cabildo en aquel amanecer del año 10. ¡Viejo barrio de Santo Domingo, donde duerme la historia.

En el día de las evocaciones, cuando los  transeúntes se hayan ida y se hayan cerrado las tiendas, cuando llegue la noche, se volverá a poblar con las grandes sombras, una confusa y agitada n multitud de sombras que pasará entre los muros coloniales y llegará hasta las cerradas puertas del glorioso convento dominicano, al pie de la torre inmortal, coronada todavía por sus cicatrices. Nadie las verá; pero allí estarán, invisibles y silenciosos, los espectros de aquella multitud que vivió la hora más grande de Buenos Aires y que duermen en el camposanto que hay detrás de uno de los templos, bajo las piedras de una calle. En los obscuros patios, en las amplias ventanas, se moverá esa muchedumbre de sombras, y el barrio, el viejo barrio dormido, vibrará con la fiebre, el dolor y la gloria de los amores, los sueños y las vidas de los patricios, los guerreros, los poetas y los estadistas que allí vivieron y murieron.

Las piedras se acuerdan… ¿Acaso no sintieron pasar con metálico ruido la espada de Belgrano? ¿Acaso no oyeron los versos de Balcarce y de Varela ? Oh, las noches del barrio colonial. Hasta los cafés y las tabernas han cerrado sus puertas y están obscuros. Todo duerme, con el profundo sueño de un cansancio de más de cien años, con la inmensa fatiga de las casas grandes, de las cosas gloriosas, de las cosas inolvidables. El viento del estuario ya no llega a cantar como antes en los viejos aleros; la espuma ya no salpica los umbrales de las casonas.

Entre ellas y el viejo río hay calles y plazas y rascacielos; hay un siglo de civilización y de trabajo, hay un siglo de gloria. Pero en la noche las casonas sueñan… Parece que hablan con cuchicheos misteriosos. Cada rumor que suena en la calle se diría que es una mano espectral de alguien que murió hace mucho, que llama a la aldaba antigua y cubierta de herrumbre de un polvoriento palacio colonial. Las voces apagadas y distantes de la ciudad nocturna no turban el sueño de este barrio, de esta pequeña ciudad de otros siglos, de estas piedras históricas y silenciosas, entre las cuales desfilan calladas caravanas de sombras. Sombras de santos y soldados, de poetas y héroes: las sombras de la patria y de la historia (Recomendamos leer “Barrios, calles y plazas de la Ciudad de Buenos Aires” editado por el Instituto Histórico de la ciudad de Buenos Aires).

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