BARRIO “FLORES” (31/05/1806)

El 31 de mayo de 1806 se instaló el Curato de San José de Flores y esta fecha se considera como la de la fundación no oficial del Barrio porteño de Flores. En 1580, cuando JUAN DE GARAY fundó por segunda a Buenos Aires,  otorgó las tierras conquistadas a los colonos que lo acompañaban en esa expedición y dejó una amplia zona hacia el oeste, sin repartir, por lo que hasta principios del siglo XVII , estuvo prácticamente despoblada. En 1609  esas tierras fueron adquiridas por MATEO LEAL DE AYALA, un Capitán  español que había llegado del Alto Perú y que fue comprando terrenos linderos, hasta formar una extensa propiedad. Cuando AYALA  murió, la propiedad fue heredada por sus descendientes  y pasó por varios dueños hasta que en 1776 fue adquirida por JUAN DIEGO FLORES (según otros autores RAMÓN FRANCISCO FLORES), hombre de misterioso origen, pues fue adoptado de días, por el rico terrateniente JUAN DIEGO DE FLORES, y no menos misterioso final, pues desapareció de su hogar sin dejar rastros, después de disponer la creación de una villa en memoria de su generoso padre adoptivo.

Como era entonces costumbre, el apellido  del propietario, se convirtió en el nombre del lugar que todos conocían como las “tierras de Flores”. El agregado de “San José” se origina en el patrono elegido para la primera Capilla del pueblo. El señor Flores y su amigo y apoderado ANTONIO MILLÁN, diseñaron el pueblo, donaron una manzana para la iglesia y fraccionaron las tierras en manzanas de 16 lotes, que se comenzaron a vender en 1808. El primitivo poblado se formó alrededor del llamado Camino Real, hoy Avenida Rivadavia, por donde circulaban carretas rumbo a Chile o Perú. La plaza de Flores, indicada ya en los planos más antiguos, fue usada durante un tiempo para realizar ejecuciones por fusilamiento, lo que le dio una fama poco agradable. Recibió distintos nombres hasta que se la bautizó General Pueyrredón, pero todo el mundo la conoce como “Plaza Flores”. El pueblo tuvo desde sus primeros tiempos un cementerio propio, ubicado en la zona céntrica, que más tarde fue trasladado a su ubicación actual.

Se recuerda que durante la época de Rosas,  en 1835, en  este pueblo pernoctó FACUNDO QUIROGA antes de partir en aquel “galerón enfático, enorme, funerario” (dixit BORGES) a su cita con la muerte en Barranca Yaco, donde “sables de filo y punta menudearon sobre él”. La quinta en que durmió Quiroga era una de las pertenecientes a la familia TERRERO, a uno de cuyos vástagos, llamado MÁXIMO, MANUELITA ROSAS entregaría en prenda de amor un pañuelo de seda roja, cuando partió para Caseros a defender al gobernador y por allí pasó también después, otra galera de fúnebre aspecto, la que traía el ataúd de Quiroga, escoltada por lanceros de torva catadura. En 1857 se inauguró una línea ferroviaria que unió Buenos Aires con Flores, considerada una zona veraniega y en 1887, Flores fue anexado a los límites de la Capital Federal. Desde entonces es uno de los barrios más famosos de la ciudad.

Escritores como ROBERTO ARLT y LEOPOLDO MARECHAL le dedicaron muchas páginas de sus libros, y sus calles conservan todavía antiguos y notables edificios que fueron testigos de la historia nacional. ROBERTO ARLT nació en Flores y allí transcurrió su infancia. Entonces -como dice en una de sus aguafuertes, “a diez cuadras de Rivadavia empezaba la pampa”-. Vio en Flores los molinos de viento y la desaparición de los aljibes, vio dividirse las quintas sombreadas de paraísos y caer las rejas de hierro macizo. Asistió a la transformación del barrio, y recordaba cuando las cuadras de Yerbal, Bacacay, Fray Luis Bel trán y Bogotá eran bosques de eucaliptos y campos donde soltaban los caballos; cuando en el terreno de las caballerizas de Basualdo se instaló la carpa de un circo; cuando en el cine “El Palacio de la Alegría” (que fue después el Pueyrredón) se enamoró de la actriz LIDIA BORELLI; cuando la gente creía que los socialistas se comían a los chicos crudos y las muchachas lloraban escuchando “La loca del Bequeló”. Cuenta que de niño frecuentaba la librería de Pellerano (y po­siblemente también la de Pariente y otra llamada La Linterna) y que allí descubrió a “Hormiga negra”, a “Rocambole” y a los novelistas rusos. Silvio Astier, en El juguete rabioso, es introducido en la literatura policial por un viejo zapatero que tenía su negocio en Rivadavia entre Sudamérica y Bolivia. No tardó en ser propietario de una culebrina con la que podía matar a cualquiera. Se convirtió así en jefe de una pandilla con la que organizaba expediciones al arroyo Maldonado. Una vez dirigieron la puntería a un depósito de cinc, en Avellaneda y San Eduardo, pero huyeron atemorizados en cuanto apareció un policía. El robo constituía en aquellos hijos del resentimiento una verdadera vocación.

En los poemas de FERNÁNDEZ MORENO asoman también algunos destinos humildes y pintorescos de Flores: el relojero armenio con su blusa de anchos pliegues y el ojo cubierto con su lente negra que examinaba cuidadosamente el complicado latido de tanto re­sorte y tuerquita menuda. Sin duda, al levantar la vista y mirar la calle Rivadavia pensaba en la oscura callecita al pie del Cáu caso; o el inspector de tranvías  que se ha comprado un terrenito y ahora vigila las lechugas y tomates como si fueran los pasa­jeros en un alto de la marcha sacudida; o el barbero sirio de tez morena que, navaja en mano, piensa en Beirut “con su  mar y su luna”, muy distinto por cierto, del peluquero de “La esquina”, de Bernardo Verbitsky, en cuya puerta no faltaban su cilindro de rayos de colores que parecía girar y su bacía (palangana) niquelada, y que se extasiaba recordando la vieja pelu­quería porteña de JULIO VIERA y STARANO, donde se afeitaban el ci­rujano POSADAS, FRANCISCO SICARDI y hasta el chino VICTORINO DE LA PLAZA (extraído de una nota sin nombre del autor publicada en el diario La Nación en marzo de 1987)

(Ver “Barrios, calles y plazas de la Ciudad de Buenos Aires” editado por el Instituto Histórico de la ciudad de Buenos Aires).

 

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