EPIDEMIA DE CÓLERA EN BUENOS AIRES (30/03/1867)

Apenas aparecidos los primeros casos de cólera en marzo de 1867, la Municipalidad de Buenos Aires reactivó a las comisiones parroquiales y así, el brote pudo ser contenido hacia fines de abril, pero el temor a un rebrote durante el verano,  llevó a reforzar la estructura de las comisiones y prácticas de vigilancia sobre la higiene para evitar la aparición de nuevos casos. De acuerdo con las previsiones, el cólera volvió a aparecer en diciembre. En esta ocasión, impactó duramente no solo en la ciudad, sino en todas las provincias de la República y significó un cambio de escala en las pérdidas humanas. Esta situación desnudó falencias y carencias en áreas sensibles y debatidas largamente en torno a la higiene: el Riachuelo aún emanaba “efluvios y miasmas”, nada se había hecho con los saladeros y curtiembres de la ciudad, y el cementerio de Recoleta era la única necrópolis para enterrar a todos los muertos. Pero, sobre todo, el cólera produjo un colapso institucional. El 17 de diciembre de 1867, todos los miembros de la municipalidad debieron renunciar por las presiones “del pueblo”, encabezado por una serie de redactores de diarios y otras personalidades políticas. El día previo, había circulado en la prensa el pedido “como una medida higiénica de primer orden, la renuncia en masa de todos los señores municipales y su sustitución por una junta extraordinaria de salud pública”.3 La jornada del 17 de diciembre tuvo momentos de aguda tensión cuando, a modo de protesta, se arrojaron documentos y demás artículos de las oficinas a las calles. La agitación recién pudo ser contenida tras la presencia del gobernador Alsina, quien se inclinó por requerir a los funcionarios la renuncia que los manifestantes solicitaban. Así, en reemplazo de los miembros desplazados, se creó una “Comisión de Salubridad Pública”, oficialmente reconocida por las autoridades provinciales para ejecutar y proponer todas aquellas medidas de higiene convenientes mientras durase la epidemia (ver)

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